Ana 42 – Puta

“¡Anaaa!” gritaba Micaela mientras atravesaba el salón principal seguida de Débora y Belén. Me acerqué a ella con la intención de reducir la distancia y el escándalo que estaba provocando pero a penas pude dar unos pasos.

-¡Ana! ¿Qué te pasó? -exclamó cuando llegó a mi lado.

-Nada -dije alzándome de hombros mientras agarraba mi campera de su mano. -¿Trajiste mi celular?

Ella se quedó tildada un segundo antes de girarse y sacar el celular de su mochila. Entonces reaccionó: -¡¿Cómo que nada?! ¡Tu mama me llamó re preocupada!

-Si, bueno… mi mama es un poco exagerada -dije alzándome de hombros.

-Pero… pero… -parecía a punto de estallar. Me hubiera dado gracia pero estaba demasiado nerviosa. Tenía que evitar que ella y sus amigas se enteraran de lo que había ocurrido. No podría soportarlo. La humillación sería aún peor que la paliza. Micaela me agarró del brazo y tiró de mi hacia el baño. Una vez dentro volvió a insistir.

-¡¿Pero que paso?! ¿Te fuiste con ese chico? ¿Estuviste toda la noche con él?

Tragué saliva y sacudí la cabeza. -No, solo hablamos un rato.

Las tres se miraron entre ellas.

-Y… y me dio un beso. -Agregué en contra de mi voluntad. Micaela abrió los ojos de par en par.

-¡Pero tenes novio!

-Si, bueno… pero él no lo sabe.

Todas empezaron a reír, escandalizadas.

-¡Vaya, vaya! -decía Micaela -Mirala a Ana nomas… con esa cara de santa, ¡y flor de turrita!

Sonreí nerviosa, totalmente arrepentida de haber salido con ellas el viernes. Tantas cosas habían salido mal ese día. Micaela dejó de reír.

-¿Y solo se besaron? -preguntó entrecerrando los ojos.

-Si, nada más. Después regresé al boliche. Lo que pasa es que no conseguía coche… -expliqué haciendo un gesto nervioso con la mano. Ella me miraba con sospecha. Me pareció ver un brillo de malicia en su rostro.

-¡Bueno menos mal! -exclamó con aparente alivio. -Por que ese chico Martin, ufff. Se la pasa todos los días ahí. Siempre que vamos está. Nos ha intentado levantar a todas, ¿o no? -dijo girándose hacia sus amigas quienes asintieron inmediatamente.

-Es un baboso -comentó Débora.

-Ni siquiera debería ir a ahí, tiene como 25 años -agregó Belén con tono indignado. -Si a nosotras no nos dejan entrar en lugares de adultos, a ellos no los deberían dejar entrar al de nosotros. Débora hizo un gesto como si no estuviera del todo acuerdo. Yo tragué saliva intentando mantener el gesto neutro.

-Fue solo un beso -repetí en voz baja, encogiendo mis hombros otra vez. Las palabras quedaron flotando en el aire hasta que el timbre de entrada sonó y las distrajo. Temblando por dentro, me demoré en el baño mientras ellas se iba a hacer la fila. Me lavé la cara con agua fría y empujé todo lo que había escuchado a un rincón de mi mente. No podía pensar en eso ahora, tenia que ir al salón. Tenía que fingir que todo iba bien. Que no me dolía todo el cuerpo a causa de la paliza que me había dado mi papá. Que no me costaba caminar por el dolor que tenía en uno de mis tobillos. Que no me sentía enferma y estúpida.

La hora se me hizo eterna. Traté de concentrarme en lo que decía Jackeline, quien para mi sorpresa y alivio no se había ofendido demasiado por que yo saliera a bailar sin haberle dicho nada. Tal vez porque soné convincente cuando le dije que la había pasado horrible y que no pensaba salir de nuevo nunca más, lo cual era la pura verdad.

Cuando al fin llegó el recreo me obligué a levantarme y caminar a un ritmo normal, conteniendo el dolor cuando apoyaba mi peso sobre el pie derecho. Jackeline se dirigió hacia las escaleras pero yo la ignoré y seguí camino hacia el baño. A duras penas llegué y me encerré en unos de los inodoros. Por un largo momento me quedé mirando el piso, mientras una sensación fría iba trepando por mis pies. Los comentarios de Micaela y sus amigas se repetían en mi mente, desordenadas, entremezcladas, y de todos modos señalaban la misma conclusión: Yo era una estúpida. Sentía tanta vergüenza por lo que había hecho ese fin de semana que quería desaparecer. Lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas. Cerré los ojos y le pedí al cielo que me llevara a otro lugar, a cualquier otro lugar, pero nada ocurrió y el timbre sonó indicando el final del recreo. El baño se fue vaciando y cuando no escuche a nadie mas, salí del inodoro. Desesperada, volví a lavarme la cara con agua fría varias veces pero en el espejo podía ver mi palidez y mis ojos enrojecidos. No podría ocultarlo, no podría… Pensé en mis opciones mil veces por segundo y decidí que me quedaría en el baño la siguiente hora. Corría el riesgo de que Jackeline dijera algo al ver mi silla vacía pero sería peor si notaban que había estado llorando. Me senté en el inodoro otra vez y trabé la puerta. Subí los pies sobre el borde y me rodeé las rodillas con las manos. El tiempo fue pasando lentamente y me pregunté porque los recreos se hacían tan cortos y las horas de clase tan largas. Sin nada que hacer, repasé a pesar mío lo que había ocurrido el fin de semana.

El viernes, después de dar vueltas en la cama toda la noche me había dormido al fin, solo para despertarme con la figura aterradora de mi papa observándome con gesto sombrío desde el centro de la habitación. Yo me había frotado los ojos con manos temblorosas e, incapaz de sostenerle la mirada, me había girado hacia la pared y hecho un bollito. Había tenido tanto miedo de que me golpeara de nuevo que me cubrí la cabeza con las manos. Mi papa había permanecido inmóvil hasta que yo ya no pude ocultar los temblores de mis sollozos. Entonces salió de la habitación sin decir una palabra. De hecho, no me había hablado durante todo el fin de semana. Mi mamá tampoco. El ambiente había sido terrible durante las comidas, con el televisor a todo volumen para disimular el silencio. Había intentado quitarme el maquillaje de nuevo mientras me duchaba el domingo por la noche, pero a pesar de frotarme la cara hasta sentir la piel fina y haberme arrancado la mitad de las pestañas, aun me quedaron restos de color negro en los ojos. Me prometí no volver a maquillarme en mi vida. Por suerte la oreja no se me había hinchado mucho y hasta ahora, nadie había notado la herida, aunque de vez en cuando me la rozaba sin querer y me dolía.

El timbre del recreo me trajo de nuevo al presente. La tristeza se había ido, menos mal, reemplazada por la sensación de astronauta. Me puse de pie, apoyándome contra la pared para no tropezarme ya que, como solía suceder, debía recalcular la gravedad. Sonreí. Por mas raro que fuera esto, lo prefería a sentirme triste. Antes de salir del baño esperé hasta ver que la profesora entraba en el salón de los profesores y me dirigí hacia el pasillo. Jackeline estaba saliendo del salón.

-¡¿Donde estabas?! -Gritó en cuanto me vio. -¡No sabes lo que pasó! ¿Donde estabas?

-Me descompuse así que me quede en el baño ¿qué pasó? -pregunté, molesta de que hubiera arruinado mi fugaz buen humor. Jackeline tomó aire y empezó a hablar:

-Cuando la profesora estaba tomando asistencia y llegó a tu nombre, Micaela saltó: “Ja, como es Ana, seguro esta transándose a alguno en el baño” y ella y las forras de sus amigas se rieron.

Mi cara enrojeció de vergüenza y furia.

-¿Y que dijo la profesora?

-Uff, es que encima Micaela siguió: “profesora, si quiere la voy a buscar, yo se donde está” todo hablando así con esa vocecita de tarada que pone para hablar con los profesores. Decí que a la profesora de lengua no le cae muy bien ella, se ve, porque le dijo “no vas a ir a ningún lado Micaela, sentate. Si Vallejo no está, se le pone «ausente» y eso es todo.” Jaja, y la tonta se puso colorada y no volvió a decir nada.

Siempre había sospechado que yo era la alumna preferida de la profesora de lengua, después de todo, siempre me había sacado 10 en su materia, y era la única que trataba de poner opiniones propias cuando preguntaba qué nos había parecido tal libro. Pero al escuchar lo que me decía Jackeline sentí un amor desbordante hacia ella. Y un odio desbordante hacia Micaela.

-¡Es una maldita! ¡La odio!

Jackeline estuvo de acuerdo, a pesar de que hasta 4to grado había intentado desesperadamente ser su amiga hasta que al fin se dio por vencido y se resignó a ser mi amiga. Hablando del diablo, Micaela salía del salón en ese momento.

-¡Ey, Ana! La profesora te andaba buscando… -dijo con voz alegre como si fuera mi mejor amiga.

-Si, ya escuché -respondí, apretando los puños. Si daba un paso más, la iba a empujar. No me importaba si se rompía el coxis contra el piso. ¡Le iba a pegar!

Algo en mi gesto debió delatarme porque se detuvo en seco, rió nerviosa y regresó hacia donde estaban sus amigas.

-¡Vaya mirada que le echaste! -dijo Jackeline impresionada. Luego hizo un puchero -ojala yo pudiera mirar a la gente así.

Al día siguiente cuando fui al baño, encontré un nuevo garabato en las paredes. Alguien había escrito bien grande “Ana Vallejo PUTA”. Mortificada, regresé casi corriendo al salón y luego de agarrar un marcador negro de la cartuchera de Yamila, volví al baño. Taché la frase y estuve a punto de escribir “Micaela Sarasíbar PUTA” pero me contuve a ultimo momento. Si lo hacía, ella sabría que yo sabía que había sido ella, y tal vez iniciaba una pelea estúpida que no estaba segura de poder ganar. De hecho era seguro que no podría. Micaela era Micaela, la estrella del salón y yo era Ana, la invisible, la nerd. Y si ella hablaba a mis espaldas, sería también Ana la puta. Apreté los dientes y guardé el marcador en mi bolsillo conteniendo las lagrimas de bronca. ¡Dios, no podía esperar a que acabara el año así no tendría que verla nunca más! Al menos durante 3 meses, me corregí.

Tres meses… tres miserables meses y luego todo volvería a comenzar. Apreté los ojos y sacudí la cabeza. No quería pensar en eso, era demasiado deprimente.

A la salida del colegio busqué con la mirada el auto de mi papá pero no estaba. Seguía sin hablarme y no sabía lo que eso significaba. Iba llegando a la esquina cuando escuche una voz extraña que decía mi nombre. Tarde un rato en girarme,y cuando lo hice, deseé no haberlo hecho. Martín estaba sobre una bicicleta, con un pie sobre el cordón.

-¿Ana..? -dijo inseguro y luego sonrió -No estaba seguro -dijo recorriéndome con la mirada.

¡Genial! Me puse colorada al instante tratando de no pensar en mi aspecto. No tenia que decirlo. Sin el maquillaje y la ropa llamativa yo le debía parecer horrible. Me molestó que me preocupara tanto su opinión siendo que no lo quería volver a ver en mi vida.

-Hola -murmuré, y seguí caminando hacia la esquina. Cerré los ojos y recé por que nadie lo viera hablando conmigo. Martín subió la bicicleta a la vereda y me alcanzó en pocos segundos.

-Subí que te llevo -invitó, dando un golpecito al manubrio.

-No, gracias. Prefiero caminar -respondí con voz cortante. Martín se quedo en silencio mientras me seguía con la bicicleta, pedaleando tan lentamente que a veces tenia que apoyar los pies en el suelo para mantener el equilibrio. A pesar de todo, no pude evitar una punzada de culpa por su incomodidad.

-¿Seguro no querés que te lleve? -preguntó de nuevo, cuando habíamos recorrido 5 cuadras en tenso silencio. Todavía faltaban unas 20 más para llegar a mi casa… Pensé en mis opciones y decidí que era mejor que me llevara a que me acompañara cuadra por cuadra, arrastrando su bicicleta, haciéndome sentir más y más culpable. Ademas… aún me dolía un poco el tobillo.

-Bueno, esta bien -dije sin mucha gana, y me acerqué insegura de cómo subirme. El soltó el manubrio y yo me senté sobre el caño del medio. El volvió a sujetarse, encerrándome entre sus brazos e inmediatamente empezó a pedalear. Me aferré al manubrio con fuerza ante el movimiento brusco. Bajó la bicicleta a la calle y pronto estábamos moviéndonos a gran velocidad. Martín pedaleaba sin esfuerzo como si yo no pesara nada y no pude evitar sentirme impresionada. A pesar de mi incomodidad el corazón me latía con fuerza. Nunca me habían llevado en bicicleta, era divertido. Apenas unos minutos después estábamos llegando a mi casa. Cuando solo faltaban unas cuadras, me volvieron los nervios.

-¿Me podes dejar en la esquina?

Tardó un segundo en responder y luego sonrió, una sonrisa torcida como si pudiera leerme la mente.

-Si, no hay problema.

Cuando se detuvo, me bajé de la bicicleta y me alejé unos pasos.

-Bueno. Gracias por traerme -dije y empecé a caminar hacia mi casa.

-¡Che!

A pesar de que quería escaparme me detuve en seco. Martín bajó la mirada mientras alzaba fugazmente la rueda delantera de la bicicleta.

-Nada… Hasta mañana, Ana.

-Chau.

Roja como un tomate, casi corrí hacia mi casa. Tal vez él había querido besarme o algo pero yo no quería. Entré a mi casa y tuve la desagradable sensación de que mis padres habían estado hablando de mi. Como hacía cada día, me refugie en mi habitación hasta que mi mamá me avisó que la merienda estaba en la mesa. Ninguno me dirigió la palabra, aunque por diferentes razones. Mi mama parecía avergonzada y mi papa, furioso.

Al día siguiente tuve gimnasia y aunque el tobillo casi no me dolía, mi desempeño fue horrible. Le pedí al cielo que la profesora de gimnasia ya hubiera entregado las notas finales a la directora. Cuando llegué a casa me duché e intenté hacer algo de tarea mientras mi mama preparaba el almuerzo. Durante la comida mastiqué cada bocado hasta deshacerlo y aun así se sentía como si me raspara la garganta. Corté la comida en trocitos diminutos y tomé mucha 7up para disimular. Estaba por irme a tomar el colectivo cuando mi papá rompió el silencio que mantenía desde el viernes.

-Hoy te paso a buscar -informó con voz grave.

-Bueno -respondí sin mirarlo y después de recoger mis cosas salí de la casa. Iba llegando a la esquina cuando casi me choco de frente con alguien. Era Martín.

-Hola Ana.

-Ho-hola.

Dios, no otra vez.

Quise rodearlo y seguir caminando pero me cortó el paso con su bicicleta.

-Vamos que te llevo.

-Es que… voy a ir en colectivo -le dije y era la verdad.

-¿Pero para que vas a gastar plata?

-Prefiero ir en colectivo -insistí.

-¿Por qué?

-Porque me gusta ir en colectivo -respondí molesta. Martín apretó el manubrio. Ya no sonreía.

-Es que vamos a llegar más rápido -insistió con voz tensa. Tragué saliva, buscando alguna respuesta que no lo ofendiera aún mas pero no encontré ninguna.

-Bueno, esta bien -susurré odiando mi debilidad. ¿Por que no podía decirle que me dejara en paz? Me subí al caño de la bicicleta y empezamos a andar. Esta vez no me pareció divertido. El viento que golpeaba en mi cara solo me hizo sentir escalofríos. Por suerte llegamos tan rápido al colegio que no había casi ninguno de mis compañeros. Me bajé de la bicicleta e intenté juntar el valor para pedirle que por favor no me fuera a buscar a la salida del colegio ese día, pero no me animé.

-Gracias por traerme -solté al fin y di un paso hacia la entrada del colegio.

-¡Pero todavía es temprano! -exclamó con una sonrisa y señaló la plaza -Vamos a sentarnos bajo un árbol.

-No puedo. Tengo… tengo que ir al baño.

Me giré y entré en el establecimiento, aliviada por una vez en la vida de cruzar esas puertas. Me refugié en el baño y eché la traba a pesar de estar segura de que Martín nunca entraría dentro del colegio.

Fue un día horrible, ya que me la pasé imaginando qué pasaría si Martín iba a buscarme a la salida y se encontraba con mi papá. Por más ridículo que fuera, incluso llegué a imaginarme una pelea de puños entre ellos. Pelea que siempre terminaba con Martín sangrando en el piso.

A la salida, apenas vi el coche de mi papá estacionado en la plaza, me dirigí hacia él. Solo una vez dentro del coche me animé a espiar la multitud. Por el rabillo del ojo llegué a ver a Martín en la esquina, con su bicicleta, casi escondiéndose detrás de una columna. Por suerte no parecía tener intención de acercarse y enfrentarse a mi papá. Cerré los ojos y suspiré de alivio. Me sobresalté al sentir una mano sobre mi cuello. Mi papa me rodeó la nuca con sus dedos y eso fue suficiente para borrar de mi mente todo pensamiento sobre Martín.

-Tenemos que hablar ¿no te parece? -preguntó con voz suave. El apretón fue demasiado firme como para ser cariñoso. Cuando me soltó, podía sentir la huella de sus dedos sobre mi piel como si siguieran apretándome. Clavé la mirada en la ventana mientras el pánico se iba acumulando en mi interior. Al parecer había estado reprimiendo lo preocupada que me sentía sobre esta conversación. Un zumbido me envolvía mientras ingresábamos en el hotel y yo me escondía detrás de él, a pesar de que el recepcionista estaba oculto detrás de un vidrio polarizado. Una vez dentro de la habitación, se sentó en el borde de la cama y yo hice lo mismo. Los segundos fueron pasando y cuando al fin hizo un movimiento yo di un respingo involuntario. El volvió a bajar la mano y se apretó el muslo.

-¿Hace cuanto tiempo tenes novio? -dijo por fin.

-No tengo novio. No es mi novio, de verdad.

El me miró con tanta intensidad que empecé a temblar por dentro pero le sostuve la mirada y repetí con voz firme: -No tengo novio.

Algo en su gesto se relajó un poco.

-¿Entonces donde estuviste el viernes? -preguntó.

-Estuve en la casa de una amiga… -respondí para hacer tiempo, pero su gesto me hizo agregar de inmediato: -y después… conocí a un chico.

Tardó unos segundos en hablar.

-Y te fuiste con él.

No era una pregunta. Baje la mirada al piso, sintiéndome culpable. Una vez mas se hizo el silencio y pensé que eso era peor a que estallara de una vez pero cuando habló, el tono triste de su voz me caló mas profundamente que cualquier golpe.

-No pensé que fueras así Ana… -murmuró sacudiendo la cabeza. -¿Tenes idea de la decepción que siento?

La vista se me nubló de lágrimas y un escalofrío me cubrió con piel de gallina. Quise encogerme de hombros pero lo único que logré hacer fue encogerme.

-Yo no quería. No se porque lo hice. No se… -sacudí la cabeza y apreté los parpados provocando que las lagrimas se derramaran por mis mejillas. El me observó en silencio, sin hacer ningún ademan de consolarme mientras yo intentaba contener los sollozos pero, mientras más lo intentaba, peor era. Entonces suspiró y apoyó su mano sobre mi nuca.

-Ana mirame. ¿Te forzó?

-¡No, no! -respondí sin pensar pero su gesto, momentáneamente preocupado, se endureció.

-¿Entonces por qué lo hiciste? -preguntó hundiendo sus dedos en mi cuello.

-N-no se.

-¿Fue por algo que yo hice?

-No, no.

-¿hay algo que yo no te haya dado?

-¡No!

-¿Entonces por qué?

-No se.

-Te prohíbo que digas “no se” una vez más -amenazó al tiempo que sacudía mi cabeza. El pánico me hizo un nudo en la garganta y me paralizó. Los segundos fueron pasando mientras lágrimas caían hasta gotear sobre mis manos. El volvió a suspirar y me soltó.

-No nos vamos a irnos hasta que me des una respuesta.

Respiré profundo una, dos, tres veces y empecé a hablar con voz temblorosa.

-No se p-porqué lo hice. De verdad. De verdad. -cerré los ojos con fuerza ante las imágenes de esa noche -No se, f-fue como si… como si se me apagara el cerebro. No entiendo. No entiendo como pude ser tan estúpida. ¡Estúpida, estúpida, estúpida! -repetí golpeándome la cabeza con la palma hasta dejarme doliendo. Entonces me cubrí la cara para ocultar mi vergüenza. Después de unos minutos mi papa agarró una de mis manos y la alejó de mi rostro.

-Esta bien, esta bien… -murmuró acariciando mi mano húmeda -Te creo. Pero no es suficiente, Ana.

-Perdón. Perdón…

-Lo que ocurrió el viernes no puede volver a ocurrir.

-¡No va a volver a ocurrir! Lo juro, lo juro -exclamé girándome hacia él. Lo miré a los ojos esperando que me creyera. El alzó su mano y me acunó el rostro mientras su pulgar me limpiaba las lágrimas.

-Lo se… Pero no es suficiente. Hay cosas que solo se aprenden de una manera.

Acomodó un mechón de pelo detrás de mi oreja y entonces dejó caer su mano.

-Perdón… -susurré una vez más, sin saber que más hacer para que me creyera. Suspiró y sonó cansado. Se miró el anillo de oro en su dedo anular y luego flexionó los nudillos.

-Levantate -ordenó haciendo un gesto con la mano. Así lo hice pero él no se puso de pie sino que separó las rodillas y me atrajo hacia él. Luego abrió el cierre de mi pantalón y me lo bajó con por las caderas. Mi mente se puso en blanco, lista para hacer lo que fuera necesario con tal que dejara de estar enojado conmigo, pero me sobresalté cuando me hizo caer boca abajo contra la cama, atrapando mis piernas entre las suyas. Bajó un poco más mi pantalón por mis muslos y luego descansó su palma sobre mi trasero.

-Quiero que me digas exactamente lo que pasó el viernes desde que saliste de casa.

Tragué saliva. Los segundos fueron pasando sin que supiera qué decir. De pronto su palma descargó con fuerza sobre mis nalgas.

-Empezá a hablar.

Aunque su voz no sonaba enojada, el chirlo dejó mi piel ardiendo y los nervios de punta. Cuando volvió a alzar la mano me apresuré a decir lo primero que me vino a la mente. Le conté como me subí al remis y el trayecto hasta la casa de Micaela. Cuando me trababa o no sabia qué decir, me daba chirlos hasta que el dolor me obligaba a seguir. Pronto dejé de pensar y simplemente verbalicé cualquier cosa que recordaba. Incluso le describí la habitación de Micaela y cómo me habían maquillado y planchado el pelo. Pensé que me diría que dejara de decir tonterías, pero parecía escucharme atentamente. Cuando llegué a la parte donde había conocido a Martín, mi voz empezó a entrecortarse.

-…nos sentamos en la rambla y nos pusimos a hablar. Después… después me invitó un helado.

-¿De qué hablaron? -interrumpió mi papá.

-De nada. De todo un poco.

-¿De qué? -insistió.

-N-no me acuerdo.

Entonces empezó a golpear mis nalgas una y otra vez sin parar a pesar de mis gemidos y de que me retorciera de dolor. Con la cara llena de lágrimas le dije lo que recordaba. Las preguntas que me había hecho Martín, y mis respuestas.

-¿Y después…? -preguntó con voz baja mientras acariciaba suavemente la piel que segundos antes había golpeado. Le conté como habíamos caminado a su casa y que, en un momento del camino, me había entrado miedo pero no me había animado a parar.

-No se porque… -susurré y se me escapó un sollozo porque pensé que iba a golpearme de nuevo pero no lo hizo. Respiré profundo y seguí describiendo lo que recordaba. Mi cara enrojeció de vergüenza cuando le tuve que decir que me había besado. Decir estas cosas en voz alta era como una tortura. Mientras más me costaba hablar, más detalles quería saber mi papá.

-¿Dónde..? -preguntó en un momento. Ruborizada de pies a cabeza, y con el trasero ardiendo de dolor, se lo dije. El metió la mano entre mis piernas y me pasó los dedos.

-¿Acá?

-S-si.

-¿Y después qué hizo?

-M-metió… adentro…

Separó mis labios íntimos y deslizó dos dedos dentro.

-¿Así?

-Si.

-¿Y qué sentiste?

La garganta se me hizo un nudo. Inmediatamente empezaron los golpes.

-¡Nada! No sentí nada.

Los golpes se detuvieron. Metió las manos entre mis piernas y volvió a penetrarme.

-¿Te mojaste?

Me tapé la cara con una mano pero inmediatamente me la agarró y dobló mi brazo sobre mi espalda. Temblando de vergüenza respondí todo lo que pude, pero había cosas era incapaz de responder por mas golpes que me diera.

“¿Que sentiste? ¿La tiene mas grande que yo? ¿Lo disfrutaste? ¿Por qué lo hiciste?”

Esta ultima pregunta la repitió una y otra vez mientras descargaba su palma sin descanso. Cuando se detuvo al fin, estaba tan entumecida a causa del llanto y el dolor que tardé en darme cuenta de lo que ocurría hasta que sentí como su pene golpeaba contra el fondo de mi vagina. Me aferró contra el colchón por los hombros y luego de retirarse, volvió a hundirse de golpe. Traté de aflojarme pero el dolor en mis nalgas me contraía a su alrededor, haciendo la penetración mas intensa. Nunca había sentido su pene tan duro ni tan grande. Fueron solo unos cuantos minutos furiosos y terminó, hundiéndose con todo su peso a la vez que expulsaba un chorro potente que parecía no acabar. Se quedó un rato dentro, aplastándome, hasta que se se retiró dejando mi vagina caliente y húmeda. Demasiado húmeda. Permanecí tumbada sobre el borde de la cama, con la cabeza dándome vueltas. Me di cuenta de que estaba a medio vestir, con el culo al aire, pero a pesar de la vergüenza no pude moverme. No se cuanto tiempo pasó cuando percibí que desataba mis cordones y me sacaba las zapatillas. Luego tiró de mi pantalón hasta quitármelo.

-Vamos… -dijo mientras me ayudaba a levantarme. Me tuve que sujetar de sus brazos para mantener el equilibrio. Terminó de desvestirme y lo seguí hacia el baño dando pasos pequeños, pero aún así un poco de semen se escurrió entre mis piernas. El agua de la ducha no estaba tan caliente pero cuando hizo contacto con la piel de mi trasero, sentí que me quemaba. Me apreté contra los azulejos.

-¡Me quema! -exclamé cuando mi papa tiró de mi brazo.

-No seas tonta -dijo con tono molesto, pero no me moví. Me envolví con los brazos y empecé a temblar. El suspiró y giró las canillas hasta que el vapor se redujo. Estiré la mano y note que el agua estaba casi tibia así que fui acercándome de a poco pero entonces volví a sentir la quemazón. Quise alejarme pero mi papá me atrapó con un brazo y me metió bajo la ducha.

-¡Basta Ana! No seas tonta, si esta fría el agua -masculló cuando me retorcí entre sus brazos pero pronto perdió la paciencia -¡BASTA! -gritó a la vez que me sacudía con fuerza. Dejé de luchar y me quede quieta, a pesar de que sentía que me estaban echando agua hirviendo en las piernas. Apenas podía respirar.

-Aguanta. Ya va a pasar -murmuró en mi oído, mientras apretaba mi cabeza contra su hombro. Me mantuvo así durante un largo rato hasta que mis nervios se cansaron de gritar y el dolor se disolvió en una luz blanca. Perdí la noción de todo a mi alrededor por un momento.

Mi papá me había soltado y ahora me estaba enjabonando todo el cuerpo. Cuando acabó me lavó el cabello con mucha suavidad como si fuera una niña a pesar de que no recordaba que lo hubiera hecho cuando realmente lo era. Cuando terminó de enjuagarme el pelo me dio la vuelta y me acunó el rostro. Su gesto era serio.

-Nunca mas me hagas pasar por lo que pasé el viernes. ¿Sabes lo preocupado que me tenias? ¿Tenes una remota idea?

Se me hizo un nudo en la garganta y un sentimiento de culpa me invadió. Me apretó contra su cuerpo y tuve el impulso de rodearlo con mis brazos pero no lo hice. Contra el vientre se me incrustaba su pene cada vez mas hinchado.

-Cualquier cosa que quieras, cualquier cosa que necesites, me lo pedís a mi. Solo a mi ¿entendido? Cualquier cosa. ¿Que querés? -dijo alejándose para mirarme a la cara. -¿Plata, ropa, que querés?

-Nada. No quiero nada -me apresuré a responder.

-Algo tenes que querer. Todos quieren algo.

Sacudí la cabeza en negación. Me miró con frustración y entonces sus ojos se oscurecieron. Me apretó contra la pared y metió una mano entre mis piernas. Desvié la mirada mientras frotaba mi vagina y masajeaba la zona del clítoris con el pulgar. Después de unos minutos, no pude evitar retorcerme a la vez que el calor se iba acumulando. De repente mi papá apretó su boca contra la mía e intentó meter le lengua entre mis labios. Di un respingo y me alejé instintivamente.

-¿Por que no dejas que te bese?

Sacudí la cabeza y giré el rostro cuando lo intentó de nuevo. El retiró la mano de mi vagina y me sujetó por la barbilla. Lo hizo de nuevo y no pude evitar arrugar el gesto y cerrar los labios y ojos con fuerza. Sus dedos se hundieron en mi brazo y supe que me saldrían moretones. Cuando me soltó, no tuve que mirarlo para saber que estaba furioso de nuevo.

-Date la vuelta -ordenó al tiempo que se agarraba el pene y comenzaba a masturbarse.

»¡Dale! -gritó ante mi vacilación. Me di la vuelta y un momento después empujaba sus dedos jabonosos dentro de mi ano. Apoyé las manos en la pared y contuve el aliento mientras metía y sacaba sus dedos con brusquedad. Agregó un dedo más pero cuando empujó los cuatro, me contraje de dolor. Me rodeó con el otro brazo impidiendo que me alejara y los empujó tan dentro como pudo. Me quedé inmóvil, gimiendo en silencio hasta que mis músculos se aflojaron al fin. Satisfecho, me soltó un momento para colocarse y abrirse paso con su pene.

Esta vez tardó más en acabar y para el final parecía frustrado. Me apretaba los pechos hasta hacerme gemir de dolor, y se movía más y más rápido, chocando contra mis nalgas adoloridas. De pronto me aplastó contra la pared y empujó hasta enterrarse completamente. Mi cuerpo protestaba ante la invasión tan profunda y mis pies apenas tocaban el piso mientras se derramaba caliente y palpitante en mi interior. Cuando al fin se deslizó fuera, mis rodillas cedieron y me hubiera caído al piso si no me hubiera sostenido.

Me quedé apoyada a la pared, recobrando el alientomientras él acababa de ducharse. Solo una vez que salió del baño me metí bajo la ducha y enjuagué un poco con las manos. Mis entrañas palpitaban con fuerzay las piernas me temblaban pero al mismo tiempo era como si faltara algo. Como si estuviera al borde de algo. Me llevé una mano a la entrepierna y al notar el clítoris hinchado y duro la retiré de prisa. Cerré la ducha y me envolví con un toallón. Antes de salir me senté en el inodoro y me contraje ante el ardor que me atravesó. Tomé aire profundamente un par de veces y me limpié sin mirar. Tenia que vestirme así regresábamos a casa donde podría descansar. Y si al día siguiente seguía sintiéndome mal, faltaría al colegio. Tiré la cadena y salí del baño intentando no renguear.

Mi papá ya estaba completamente vestido. Sin mirarlo a los ojos, caminé lo más rápido que pude y empecé a juntar mi ropa. No era fácil porque al agacharme la toalla presionaba contra mi trasero causándome dolor. Él se acercó con gesto impaciente y recogió lo que faltaba.

-Te los pones en casa… -comentó mientras se metía mi corpiño y bombacha en los bolsillos de su campera. Me hizo alzar los brazos para deslizarme la remera por la cabeza. Aspiré aire con fuerza cuando me subió el jean por los muslos. Se irguió y se quedó observándome unos segundos. Escuché como chasqueaba la lengua antes de rodearme la cara con las manos. Mantuve la mirada en el piso.

-Te perdono -murmuró al tiempo que me besaba la frente. Cerré los ojos y solté un suave suspiro de alivio.

***

Apreté los dientes cuando vi a Martín en la esquina, esperándome. No me detuve y seguí de largo, apenas moviendo la cabeza cuando me saludó. Inmediatamente giró la bicicleta y se puso a caminar a mi lado.

-Te vine a buscar ayer pero no estabas… -comentó con tono liviano.

Me encogí de hombros como respuesta. El día anterior me había tomado un día de “descanso” y ese día había salido media hora antes de lo habitual y rodeado la manzana por el lado contrario solo para esquivarlo. También había caminado varias cuadras de más para poder esconderme en la parada de ladrillos ya que las demás paradas de colectivo consistían en un palo puntiagudo pintando de blanco. Pero a la salida del colegio no había podido esquivarlo.

-¿Querés que te lleve? -preguntó al fin.

-No.

Seguimos caminando en silencio hasta llegar a un cruce de avenidas. Entonces Martín se aclaró la garganta.

-Bueno, hasta acá llego -dijo deteniéndose. -Te acompañaría hasta tu casa pero tengo que irme a un lugar… ¿Por qué no me das tu número teléfono? Así quedamos en contacto.

Estuve a punto de dárselo con tal de que se fuera pero sabía que luego me arrepentiría. Tomé aire y decidí aprovechar la oportunidad.

-Martín, yo en este momento no estoy interesada en tener novio ni nada -le solté.

Alzó las cejas y luego bajó la vista hacia sus zapatillas. Parecía avergonzado.

-Que yo sepa no te pregunté de ser mi novia -dijo cortante y se hizo un silencio muy incómodo.

»¿Que te pensás? ¿Que estoy re enganchado con vos o algo así? -siguió con tono molesto, aferrando el manubrio con fuerza -Solo te pregunté por tu teléfono, nada mas.

Me puse colorada de vergüenza, pero me mordí la lengua para reprimir el impulso de disculparme.

-No, es solo que… no quiero tener una relación.

-Yo tampoco -dijo alzándose de hombros.

Me apreté las manos con fuerza y permanecí en silencio. Los segundos fueron pasando.

-Bueno, no te molesto más -dijo al fin, al tiempo que bajaba la bicicleta a la calle. -Ya veo que al final si sos como las demás chicas.

Me pareció escuchar que mascullaba la palabra “puta” por lo bajo, antes de alejarse pedaleando furiosamente, pero no estaba segura. La palabra resonaba en mi cabeza desde que la había encontrado escrita junto a mi nombre en el baño del colegio. Era como un susurro constante en mi oído. Puta… puta… Me quedé mirando el piso unos segundos y a pesar de que sentí un escalofrío que llenó mis ojos de lágrimas, no pude evitar soltar un suspiro de alivio también. Por mas que Martín ahora me odiara y pensara lo peor de mi, prefería eso a tener que pasar por estos nervios todos los días. ¡Estaba harta! Solo quería que me dejaran en paz. Pateé un montón de hojas secas que estaban amontonadas bajo un árbol y seguí caminando, ahora sin apuro, hacia mi casa.

Más tarde ese día, después de merendar, me entraron ganas de ir al baño, cosa que no sucedía desde hacía más de un día. Aunque el día anterior me la había pasado acostada y no había comido casi nada, por lo que tenia sentido. Me sentía rara. Mi cuerpo me resultaba cada vez más extraño. Aun podía sentir a mi papá en mi interior, profundamente enterrado, tocando algo que ni yo podía tocar. Cada vez que me sentaba, lo podía sentir y me estremecía por dentro. Al bajarme el jean noté que tenía la bombacha húmeda, lo que me causó una profunda confusión. Me la tendría que cambiar… De repente me sacudí de dolor a causa de un tirón punzante en el ano. Con manos temblorosas me apresuré a limpiarme con papel higiénico y al verlo lo que encontré fue sangre. Mucha sangre.

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Ana 41 – Martín

(Disculpen la demora. Gracias por leerme. Este blog es muy importante para mi).

***

-¿Y qué edad tenes?

Martín desvió la mirada.

-18.

Estábamos sentados en la rambla, un paredón grueso al lado del boliche, con vista a los balnearios y al mar. Martín no parecía de 18 años en absoluto. Yo le hubiera dado, por lo menos, 21. Esperé a que me devolviera la pregunta.

-¿Vos…? -preguntó mirándose las zapatillas.

-16 años.

Se hizo el silencio durante unos segundos y me puse nerviosa.

-Igual a mi no me importa la edad -comenté sin pensar -la verdad es que no me llevo con los chicos de mi edad.

-¿No? -parecía interesado. -¿Por que no?

-No se. Son muy… -hice un gesto con las manos.

-¿Inmaduros?

-Si- Sonreí. -O tal vez soy yo. Soy una vieja en cuerpo de joven. Mi tío siempre me dice “¿Donde está tu juventud?” “¿Sabes las cosas que yo hacía a tu edad?” Odio que me diga eso. Al parecer la gente de antes empezaba a trabajar a los 14 y ya habían hecho todo para los 18.-

Me callé de golpe. Estaba parloteando estúpidamente.

-Tal cual… ¿qué pasa?

-Estoy hablando demasiado.

-¿Eso es hablar demasiado para vos?

-No se. -Me alcé de hombros y me quedé en silencio. Los segundos fueron pasando y de pronto tuve ganas de llorar. Tragué el nudo en mi garganta, mortificada. ¡¿Qué me pasaba?! Estaba haciendo el ridículo.

Martín se acercó un poco, sin sacar las manos de los bolsillos de su campera. Parecía contrariado. Seguro se arrepentía de haberme invitado a charlar.

-¿Y que más dice tu tío? -preguntó con suavidad.

Tomé aire y traté de absorber las lagrimas que se había formado en mis ojos. -Siempre me anda molestando diciendo que tengo un novio secreto.

-¿Y es verdad eso?

-No -respondí sacudiendo la cabeza. Estuve a punto de agregar que nunca había tenido novio, pero por suerte llegué a morderme la lengua.

-¿No tenes un novio secreto, o no tenes novio…?

Eso me hizo reír.

-No tengo novio de ninguna clase.

Quise devolverle la pregunta pero no me animé.

-Yo tampoco -dijo adivinando mis pensamientos. -O sea, yo tampoco tengo noviA.

Volví a reír y se me paso un poco la incomodidad. Martín parecía simpático aunque no tenía realmente con quien compararlo. Nunca había conversado con un chico. De pronto me di cuenta que alguien me llamaba.

-¡Al fin! ¡Te buscamos por todos lados! -gritaba Micaela mientras se acercaba junto a Belén. Se paró de golpe cuando vio a Martín.

-Nos vamos a Buda bar, ¿venís?

-No, me quedo -respondí, sorprendiéndome a mi misma. A juzgar por el gesto de Micaela, también la había sorprendido a ella.

-¿Estas segura? -insistió con mirada significativa.

-Si, me quedo.

Micaela y Belén se miraron entre ellas y luego se alzaron de hombros.

-Bueno, como quieras. ¡Chau!

Apenas se giraron para marcharse, me arrepentí de lo que había hecho. ¿Por que no me había ido con ellas? ¡Apenas conocía a este chico! Lo miré de reojo y me dio la impresión de que estaba incómodo. ¡Rayos! Debía pensar que yo gustaba de él o algo así. Después de unos tensos segundos, Martín carraspeó.

-¿Te gustaría tomar un helado? -preguntó señalando al otro lado de la calle.

-Bueno -respondí con un susurró y entonces sacudí la cabeza. -No, no puedo. No tengo dinero.

El sonrió e hizo un chasquido con la lengua. -Yo invito. Vamos.

Cruzamos la calle hacia la heladería “Venecia”, una de las mas antiguas de la ciudad, y pedimos un helado para cada uno. Cuando nos sentamos en una de las mesas empecé a palparme la ropa.

-¿Qué pasa?

-Nada… -dije pegándome mentalmente -acabo de darme cuenta que dejé mi celular en el bolso de mi amiga.

-¿Tenes que llamar a alguien?

-O sea… no tengo idea de qué hora es.

-Serán la 1. Más de eso no.

Tragué saliva y comencé a remover el helado con la cuchara. Se me hizo un nudo en el estómago. Tenía que llamar a mis padres para decirles que estaba bien y que llegaría tarde. El tema es que no estaba segura de donde quedaba el boliche Buda Bar. Le pregunté si él me podía acompañar.

-Si, claro -respondió como si nada y eso me relajó un poco. Mientras terminábamos los helados hablamos un poco más. Me preguntó a qué colegio iba y en donde vivía. Me emocionaba que me hiciera tantas preguntas como si realmente le interesaran las respuestas.

-Sabes… yo vivo acá nomas -comentó con una sonrisa mientras salíamos de la heladería. -Si querés vamos hasta mi casa y llamas a tus amigas.

-¿Vivís cerca? -pregunté insegura.

-Si, a unas cuadras.

Lo pensé un momento. ¿Y si iba a Buda Bar y no encontraba a Micaela? ¿Y si ya se habían ido a otro lugar?

-En realidad quisiera llamar un remis -dije deseando que no se ofendiera -Ya es tarde.

-Como quieras -se hizo a un lado y comenzamos a caminar hacia la derecha.

Después de unas cuadras me di cuenta de que no sabía a donde estábamos yendo pero me dio vergüenza preguntar. No podía dejar de frotarme los brazos. Estaba muy incómoda con esta ropa. Martín me preguntó si tenía frió y yo negué con la cabeza. Me concentré en la idea de que pronto estaría en casa. No había sido tan malo después de todo, me dije. Tal vez podría salir de nuevo la semana siguiente. Me imaginé como sería la conversación con mis padres cuando llegara. Visualice varias reacciones diferentes, buscando las respuestas posibles para que no se enojaran. Me había concentrado tanto que perdí la cuenta de las cuadras que íbamos recorriendo. No sabía dónde estábamos ni en qué dirección habíamos doblado. Una sensación fría me recorrió el cuerpo.

-¿Falta mucho? -pregunté.

-Unas cuadras más.

Pero seguíamos cruzando calles, alejándonos de la playa y de las avenidas iluminadas y el miedo volvió a invadirme. Una parte de mi cerebro me decía que me detuviera. Que me plantara en el piso y me negara a dar un paso mas. Pero la otra parte, ni siquiera se si las mas grande o la mas pequeña, me decía que no hiciera el ridículo y siguiera caminando. Esa parte ganó, ya que mis pies no se detuvieron. Apreté los parpados y traté de pensar en otra cosa.

-Ya casi -dijo después de unas cuadras más. Sonreí automáticamente intentando disimular mis nervios.

Finalmente cruzamos una calle y nos detuvimos en una casa enrejada. Por un lado me sentí aliviada de que ya hubiéramos llegado y por el otro me entraron más nervios todavía. No estaba segura de querer entrar en su casa, pero ya era tarde, me dije. No podía salir corriendo como una tonta. Martín abrió la reja y me hizo pasar dentro. Recorrimos un pasillo oscuro que iba hacia un patio y luego entramos en la casa por la puerta de atrás. La casa estaba casi a oscuras pero se escuchaba un televisor en algún lugar. Tragué saliva e intenté calmar mi pulso desbocado. Llegamos a un comedor donde había dos personas mayores sentadas en unos sillones, mirando la televisión. Martín carraspeó y ambos se giraron hacia nosotros.

-Vamos a mi pieza -anunció. Las personas me miraron con poco interés. Hice un gesto con la cabeza para saludarlos y seguí a Martín, mortificada. Su habitación estaba desordenada y tenía un olor extraño. Había posters en las paredes, algunos de bandas de rock, otros de mujeres semi-desnudas. No me gustó su habitación. Me quedé de pie al lado de la puerta mientras él encendía un equipo de música.

-¿Do-donde está el teléfono?

-En el comedor.

-¿Con tus papás?

-Mis abuelos -corrigió mientras se dejaba caer sobre su cama.

Que tonta. Obvio que eran sus abuelos, eran demasiado viejos para ser sus padres. Retorcí mis dedos, indecisa. ¿Tenia que ir al comedor y llamar a mis padres en frente de sus abuelos? No, mejor llamaría a un remis. Pero no sabia el número de ningún remis. Tendría que llamar a casa y decirle a mi mama que me enviara un remis. ¡Pero no sabía en donde estaba! Primero tenia que pedirle la dirección a Martín. ¿Y qué le diría a mi mama cuándo preguntara dónde estaba? ¿En la casa de un amigo? Ella sabia que yo no tenia ningún amigo. Mejor le diría que estaba en la casa de una amiga. ¿Pero que pensarían de mi los abuelos de Martín?

¿Y si me atendía mi papá?

-¿Pasa algo? -preguntó Martín interrumpiendo mis pensamientos frenéticos.

-Estoy pensando… qué le voy a decir a mis papás.

-¿Por que no te sentás un rato? -ofreció dando un golpe en la cama -Tus papás ya se deben haber ido a dormir. Si los llamas ahora seguro los despertás.

Pensé en lo que había dicho e intenté con todas mis fuerzas imaginar que mis padres ya estaban acostados en lugar de esperándome. Me senté en el borde de la cama y pase las manos por mi falda para secar la transpiración.

-¿Vivís con tus abuelos? -pregunté intentando hace conversación.

-Si.

-¿Y tus papás?

Suspiró antes de contestar.

-Estoy peleado con mi viejo.

-Ah.

Nos quedamos en silencio mientras sonaba la música.

-Yo… yo tampoco me llevo con mis padres -comenté, solo para llenar el silencio. Martín sonrió y se hizo a un lado, para que me recostara en la cama. Dudé un momento pero pudo más el miedo a ofenderlo.

-Solo me puedo quedar un ratito -susurré mientras me recostaba a su lado.

-Ya se. No te preocupes, no muerdo.

Traté de sonreír, pero estaba demasiado incómoda. Puse las manos sobre mi vientre y me quedé mirando el techo, inmóvil.

-¿Te gusta la música, o pongo otra cosa?

-Me gusta. ¿Es Green Day, no?

-Si.

No se me ocurría qué decir, así que observé disimuladamente los posters de las paredes. Todos eran de mujeres rubias, mostrando sus traseros y sus enormes senos. Mas bien eran posters de sus traseros. Lo demás parecía secundario. ¿Esa era la clase de mujer que le gustaba?

Me sobresalté cuando hubo un movimiento en la cama. Martín se puso de lado y me miró de una manera extraña. Desvié la mirada, sintiéndome cada vez más incómoda. Extendió la mano pero en lugar de tocarme, agarró el borde de mi remera, como si quisiera inspeccionarla.

-Me la prestaron -aclaré.

-Te queda bien.

-Gracias. Pa-parece metálico pero en realidad está hecho de una goma o algo así -expliqué, estirando la tela.

-A ver… -dijo apretando la tela entre sus dedos -Es verdad. -Movió su mano hacia arriba lentamente y observó mi cara, expectante.

-¿Te molesta si hago esto? -dijo mientras presionaba suavemente sobre mi pecho.

-No.

Alzó las cejas, aparentemente sorprendido, y después de un momento bajó su rostro hacia el mio. Lo esquivé instintivamente pero entonces me dije que eso era estúpido. ¿Por que no dejaba que me besara? ¿Acaso no tenía curiosidad? Así que giré el rostro hacia el y dejé que apoyara su boca sobre la mía.

Mi primer beso. Al menos sin contar el que le di a un compañerito de jardín un día, bajo la mesa, escondidos los dos detrás del mantel. Como todo lo demás en mi vida, no estaba siendo lo que esperaba. No sabía qué hacer con la boca así que me quedé quieta. Cuando sentí su saliva sobre mis labios tuve el impulso de alejarme y limpiarme con la manga. En algún momento metió la mano por mi escote y la deslizo por debajo del corpiño.

-Son de verdad… -murmuró, pasándose la lengua por los labios -pensé que tal vez llevabas relleno.

Encogí mis hombros como respuesta. Nos besamos durante un rato y lentamente le fui agarrando la mano. No era tan desagradable.

-Tengo que decirte algo… -dijo entonces, sin dejar de acariciarme el pecho. Su mirada era culpable. -En realidad tengo 22 años.

-¿Y por qué dijiste que tenias 18? -pregunté, confusa.

-Es que pensé… tal vez pensabas que era demasiado grande.

-A mi no me importa la edad.

-¿Segura?

-Si. Hay personas que tienen mucha edad y son jóvenes, y hay jóvenes que son mayores -declaré y me sorprendí al escuchar mis propias palabras. ¿De donde había sacado eso? El pareció satisfecho con mi respuesta y volvió a besarme. Me tocaba suavemente, tanto con su mano como con su boca, y me dejé llevar.

-¿Has hecho esto antes? -preguntó al rato.

-Si.

-¿Esto… -dijo acariciando mi pecho -o algo más?

-Ya he tenido relaciones.

Alzó las cejas otra vez y luego sonrió.

-No tenes que mentir -dijo como si le hablara a una niña.

-No soy virgen -respondí molesta.

Su mirada cambió. Retiró la mano de mi corpiño.

-A mi no me molestaría que fueras virgen -dijo con tono seco. -De hecho preferiría que lo fueras.

-¿Por que? -pregunté con un nudo en la garganta.

-Porque eso te haría especial. No como las demás chicas.

Bajé la mirada, sintiéndome culpable y sucia.

-Pues no lo soy.

Mantuve la mirada en mis manos, así que no se de qué manera me miraba. Lo siguiente que supe fue que se estaba quitando la remera. ¿Es que pensaba que como no era virgen me iba a acostar con él? Crucé los brazos sobre mi pecho cuando intentó quitarme el top. Desistió al momento y en cambio comenzó a besarme de nuevo. Apreté los labios al principio pero ante su insistencia, relajé la boca y me dejé besar. Él se acomodó sobre mi y metió las manos por debajo de la tela para acariciarme la espalda y los pechos.

De pronto me sentí como algo muy pequeño. Toda la fuerza abandonó mi cuerpo, como si mis huesos se hubieran derretido. Cuando volvió a intentar quitarme la remera, no me resistí. Con movimientos torpes e impacientes, me quitó la ropa interior interior y metió una mano entre mis piernas.

-No, ya veo que no sos virgen -murmuró cuando me penetró con sus dedos. No me gustó que dijera eso pero no hice nada al respecto. Tenia la sensación de estar mirando lo que ocurría desde otro lugar.

El acabó de desvestirse y luego de ponerse entre mis piernas, comenzó frotarse contra mi. Entonces me dije que no era tan importante. ¿Por qué no tener sexo con él? Ya lo había hecho antes. Solo una vez… Para saber como era hacerlo con otra persona. Alguien mas cercano a mi edad. Además, él estaba excitado así que ya no podía echarme atrás.

-¿Estas bien? -preguntó cuando me hubo penetrado.

-Si, ¿por qué?

-Es que te quedaste quieta. ¿Te duele?

-No, estoy bien.

Me pareció ver decepción en sus ojos. Se acomodó mejor y empezó a moverse con más energía. Aflojé las piernas y apoyé mis manos en su espalda. Traté de responder cuando me besaba, pero después de un rato giré el rostro hacia un lado y cerré los ojos. Quise mantenerme en el presente pero con cada empuje era como si me estuviera hundiendo en la cama, disolviéndome con el colchón. Pronto perdí la noción de todo a mi alrededor.

-¿Puedo acabar dentro…? -preguntó después de algún tiempo. No me había parecido mucho.

-Si -respondí, extrañada por la pregunta.

-¿Te falta mucho a vos?

Otra pregunta extraña.

-No -mentí.

Mantuve la mirada clavada en uno de esos horribles posters mientras Martín aceleraba el ritmo y alcanzaba el climax. Sin saber qué hacer, dejé escapar un débil gemido y lo apreté un poco con las piernas, esperando que eso fuera suficiente. Él se dejo caer sobre la cama, y ahogó un gemido contra la almohada antes de darse la vuelta con una sonrisa. Estiró un brazo y me apretó contra él.

Eso era todo, pensé con decepción mientras apoyaba la mejilla contra su pecho.

-¿Y, qué tal? -preguntó cuando recobró el aliento.

-Bien.

-¿Seguro? -su voz sonaba escéptica -Dame un momento y vamos de nuevo. La segunda siempre es mejor, lo prometo.

No quería hacerlo de nuevo. No había valido la pena. Noté que la música seguía sonando de fondo, aunque apenas la escuchaba a través del zumbido en mis oídos. Alcé la mano y me observé la palma con atención. Tenía la sensación de astronauta.

-¿Martín… alguna vez hablaste con una chica por teléfono?

-¿Que?

-Quiero decir, ¿alguna vez recibiste una llamada… de una chica llamada Ana?

-Nop. La verdad sos la primera Ana que conozco. Aparte de mi abuela.

-¿Pero nunca te llamó una tal Ana? No digo que la conocieras, digo que te llamó y… la llamada se cortó. Fue hace como 6 meses.

-No. Nunca hable con una Ana. ¿De qué estas hablando? -me miró juntando las cejas y luego sonrió torcido -¿Pensás que ya nos conocíamos o algo así? Creo que me acordaría de vos.

-No, perdón, es una pregunta estúpida. No se porqué se me ocurrió.

Claro que no era el. Su voz no era nada que ver a la voz del teléfono. Nada en él tenía que ver con el hombre del teléfono. Miré nuestros cuerpos desnudos y una sensación enfermiza se instaló en mi estómago. Le pregunté dónde estaba el baño y me levanté de la cama para vestirme. Me sorprendió mi poca estabilidad cuando di un traspié antes de llegar a la puerta. Una vez en el baño prendí la luz, y tuve que cerrar los ojos unos segundos hasta acostumbrarme. Miré a mi alrededor fugazmente y me senté en el inodoro. Aparte de un poco de irritación, no sentía nada. Me quedé mirando el piso hasta que un golpe en la puerta me sobresaltó.

-Che, ¿estas ahí?

El susto me impidió contestar de inmediato.

-¿Ana?

-S-si, ya salgo -tartamudeé.

No escuché pasos que se alejaran de la puerta. Observé el nada familiar baño a mi alrededor. El espejo, el color de los azulejos, todo era extraño. ¿Dónde estaba? Cerré los ojos un momento, intentando encontrar los recuerdos. Había ido al boliche, había conocido a un chico. Ahora estaba en su casa. Y había tenido sexo con él. Abrí los ojos, sintiéndome mareada. ¿Realmente había tenido sexo con él? Me inspeccioné y estuve segura, lo había hecho. Me cubrí la cara con las manos. Las voces del televisor se escuchaban desde el baño y me pregunté si los abuelos de Martín habrían escuchado sus gemidos o el sonido de la cama crujiendo y me di cuenta de que era muy probable. ¡¿Dios, qué esta haciendo ahí?! ¿Cómo había llegado a este lugar? ¡¿Como había podido acostarme con un completo desconocido?!

Toc, toc.

-Ya va.

Me pasé un poco de agua fría por la cara y me senté con la cabeza hacia abajo esperando que se me pasara el malestar. No quería salir del baño. No quería enfrentar a Martín o a la mirada de sus abuelos pero no tenia otra opción. Con el estómago revuelto y un sudor frío en mi frente, abrí la puerta. Ni siquiera lo podía mirar a la cara. El se quedó inmóvil un segundo y luego me agarró del brazo y tiró de mi hasta meterme en su pieza.

-¿Qué te pasa..? ¿No pensarás que te violé o algo así?

-¡No, no! Es solo que… tomé demasiado alcohol.

-¿No era que no te gustaba?

-No me gusta. Pero mis amigas estaban tomando y tuve que tomar.

Me miró con el ceño arrugado y entonces me pareció ver alarma en sus ojos. Me soltó y dio un paso hacia atrás. Miró a su alrededor mientras se pasaba una mano por el pelo.

-Agarrá tus cosas, te acompaño hasta tu casa. Dale.

Con manos temblorosas recogí mi ropa interior y me la puse lo más rápido posible. No tenia ninguna otra pertenencia. Martin fue al baño, se vistió y luego me sacó de su habitación. Cuando pasamos por el comedor llegué a ver que el televisor estaba prendido pero no había nadie ahí, gracias a Dios. Volvimos a salir por atrás, atravesamos el oscuro pasillo, y llegamos a la calle. Me hizo repetirle mi dirección y empezamos a caminar. Me rodeé con los brazos mientras buscaba la dirección de las calles para ubicarme. Si mis cálculos eran correctos, estábamos a más de 20 cuadras. Ya no quise imaginar la reacción de mis padres ni planear una estrategia. Solo me quedaba rezar por que estuvieran durmiendo plácidamente y que la ventana de mi habitación estuviera destrabada.

A pesar de que llevaba zapatos de tacón bajo, me costaba seguirle el paso a Martín. Después de unas cuadras me miró con frustración, o eso me pareció, y me entraron ganas de llorar. Sin decir nada se quitó el buzo y me lo alcanzó.

-Gra-gracias.

El buzo me cubrió hasta por debajo de la minifalda, por lo cual estuve agradecida. No hacía frio pero la nariz me goteaba. Caminamos en silencio el resto del trayecto. Las calles estaban casi desiertas, y me pregunté si alguna vez las había recorrido a estas horas. Probablemente no.

Mi impaciencia por llegar a casa se desvaneció en las últimas cuadras. No tenia idea de lo que me iba a encontrar cuando cruzara la puerta.

-¿Tenés llave? -preguntó Martín impaciente, cuando nos detuvimos en mi vereda.

-Si -mentí. Me quedé en silencio, mirando sus zapatillas.

-Bueno…

-Perdón -susurré, aunque no sabía porqué. Él suspiró.

-No pasa nada -dijo raspando el piso con su suela. Parecía incómodo y con ganas de irse pero de pronto sonrió. Me acomodó un mecho de pelo detrás de la oreja y entonces bajó su rostro hacia el mio. No entendía su comportamiento pero sentí alivio porque si me estaba besando significaba que no estaba tan enojado conmigo. De repente una luz se encendió y Martín cortó el beso, alejándose. Se rió por lo bajo y dio un paso hacia atrás.

-Bueno, mejor me voy. Nos vemos, Ana.

-Chau -susurré, mortificada. Alguien había encendido la luz del comedor lo que significaba que alguien estaba despierto en mi casa.

Por favor Dios, que sea mi mamá.

Esperé a que la figura de Martin se perdiera al girar la esquina antes de mover mis pies y cruzar la tranquerita.

-¡¿Donde estabas?! ¡¡Estaba a punto de llamar a la policía!! -exclamó mi mamá abriendo la puerta antes de que yo tocara el picaporte.

-Pero… ¿Por qué? -fue lo único que se me ocurrió decir.

-¡¿Cómo que porqué?! ¿Tenes idea de la hora que es? Encima te llamo y me atiende tu amiga que no sabe dónde estas, que andas sin celular, que te fuiste con un “chico”…

-Me-me olvide el celular en el bolso de Micaela.

-Si, me lo dijo la primera vez que la llamé. Tres veces la llamé y no la volví a llamar porque ya me daba vergüenza. ¡¿Como te vas a ir sola sin avisar a donde ni con quien?! ¿Estas loca? ¿Sabes la noche que hemos pasado con tu padre?

Las explicaciones se atragantaron en mi garganta, sofocándome. Miré fugazmente la puerta cerrada de la habitación de mis padres y deduje que mi papá se habría ido a dormir en algún momento, cansado de esperar. A pesar de su enfado, mi mamá no estaba gritando más que en susurros, y esto me aterró porque significaba que tenía miedo de despertar a mi papá. Tragué saliva, e intenté hablar pero mi mamá me cortó.

-¿Dónde has estado toda la noche?

¿Qué podía decir? ¿Qué podía inventar?

-En… en lo de un amigo.

-¿Haciendo qué…? ¿Qué amigo?

-Mirando televisión.

-Mirando… ¡¿Y no se te ocurre llamar?!

-No pensé que fuera tan tarde.

-¿Y tu ropa? ¡Dios, mirá la pinta que tenes! Pareces… -se interrumpió para llevarse una mano a la frente. Me miré y caí en la cuenta de que todavía tenía puesto el buzo de Martín. Como me cubría hasta las rodillas daba la impresión de que no llevaba nada debajo.

-Micaela me tuvo que prestar ropa -dije alzando el borde para que viera la pollera.

-¿Por qué?

-Porque… ¡porque la ropa que me diste era horrible!

Mi mamá abrió los ojos de par en par, y su gesto cambió de enfado a apenado.

»¡Se me rieron en la cara cuando fui! -agregué, aferrándome al rol de ofendida. Mi mamá era fácil de distraer, tal vez podría desviar su enojo, pensé. Pero el plan se fue al traste cuando escuché movimiento en la habitación de mi papá. Mi mamá y yo nos congelamos en el acto. La escena podría haber sido cómica si no hubiera sido por el terror que sentía. La puerta se abrió de un tirón y apareció la figura ojerosa y furiosa de mi papá en el marco. Abrió los ojos como platos al verme. Luego desvió la mirada hacia el reloj de pared, y de vuelta a mi. Las venas en sus brazos parecieron hincharse. Di un paso hacia atrás y hundí la cabeza entre los hombros. Mamá intervino con voz conciliadora.

-Ya estas en casa hija, que es lo importante. Ese chico que te trajo… ¿era tu novio?

Dios, ¿por qué tenía que decir eso?

-No. Era-era un amigo.

-Pero… ¡Pero si se estaban besando!

Fue como si hubieran arrojado una bomba atómica en la cocina. Me la quedé mirando pero no había maldad en su gesto. Solo inocente indignación. Bajé la mirada sabiendo que todo en mi gritaba culpabilidad. El espantoso silencio se interrumpió por un chirrido. Mi papa había pateado el sillón. Sin decir una palabra me agarró del brazo y me arrastró a su habitación.

-¡No, no, no, por favor! -Supliqué en vano mientras me arrojaba dentro y cerraba la puerta de un portazo. Me arrodillé en el piso realmente aterrada. Él me levantó por el buzo y tiró hasta arrancármelo por la cabeza, provocándome un fuerte dolor en la oreja.

-¿De quién es esto? -farfulló con furia, apretando el buzo contra mi cara.

-M-me lo prestaron.

-¡¿Quién?!

-Un amigo.

-¿Un amigo? Un amigo -repitió con incredulidad. Pensé que me iba a abofetear así que cerré los ojos. En cambio me aferró el pelo en un puño.

-¿Desde cuándo tenes amigos vos, eh? ¡¿Desde cuándo?! -Me encogí ante su voz. No podía pensar cuando me gritaba tan de cerca.

»¡Respondé! -ordenó sacudiendo mi cabeza pero no me salió la voz. Nada de lo que dijera sonaría bien. Mi papá volvió a tirar de mi pelo.

»¿Qué estuviste haciendo hasta las 3 de la mañana?

-Nada, de verdad. De verdad -me disculpaba sin pensar en lo que estaba diciendo. Solo quería que se calmara.

-¿Te pensas que idiota? -Me agarró la cara por la mandíbula y me apretó con fuerza. -Mirame. ¿Te tocó?

-No. No -sacudí la cabeza, desesperada.

-¿Me estas mintiendo?

-No.

Me sostuvo la cara durante un interminable segundo. Luego tiró de mi brazo y me arrojó contra la cama. Me levantó la minifalda e inmediatamente después metió una mano entre mis piernas. Abrí los ojos, aturdida mientras me manoseaba el sexo. ¿Es qué iba a hacer esto con mi mamá del otro lado de la puerta? Ahogué un gemido cuando hundió dos dedos hasta el fondo y empezó a removerlos. Dejé caer la cabeza sobre la cama e intenté contener cualquier sonido. Tal vez si dejaba que hiciera lo que quisiera, se le pasaría el enojo. Después de unos segundos retiró los dedos de mi interior y comenzó a desprenderse el cinturón.

-¿No me estas mintiendo, eh? -murmuró con frialdad. No había acabado de entender lo que acababa de ocurrir cuando el primer cintazo descargó sobre mis piernas. Luego otro, y otro. Gritando de dolor, me intenté cubrir pero solo logré que me golpeara las manos. Desesperada, me subí a la cama y me hice un bollito cubriéndome la cabeza.

-…encima me mentís en la cara! ¡Pendeja de mierda! ¡Puta de mierda! ¿Hace cuánto? ¡¿Hace cuánto..?! -gritaba mi papá, furioso. El cinto descargaba sobre todo mi cuerpo, incluso en la cabeza.

-¡Basta!

Un aullido escapó de mi garganta al recibir un latigazo tremendo en la espalda. Sollozaba y gritaba. No reconocía mi voz.

-¡Basta! Basta, por favor.

Intenté quedarme quieta y esperar a que acabara pero el dolor era demasiado. Un instinto se apoderó de mí. Alcé las rodillas y lo empujé con todas mis fuerzas. Mi papá se tabaleó hacia atrás hasta chocar contra el ropero. Cuando me bajé de la cama quiso atraparme pero perdió el equilibrio y tuvo que usar sus manos para sostenerse. Usé ese microsegundo para salir corriendo de la habitación y de la casa gracias a que mi mama no le había echado llave a la puerta.

Con el corazón desbocado, corrí sin mirar atrás hasta doblar la esquina. Desde ahí corrí dos cuadras por la avenida y me detuve cuando llegué a una parada de colectivo. Era una de las paradas antiguas, construidas en ladrillo con huecos a los costados por donde se podía ver si venía el colectivo. Me refugié dentro y suspiré de alivio al ver que mi papá no me seguía. Me limpié las lagrimas de la cara y tomé una bocanada profunda de aire fresco. De a poco fui tranquilizándome. Contemplé las calles desiertas y noté que la noche estaba muy iluminada. Me asomé por el otro hueco y me encontré con una luna inmensa, totalmente llena en el firmamento. Era bellísima. Siempre había sentido fascinación por la luna. La miré fijamente mientras mi respiración se iba calmando.

De pronto algo llamó mi atención. A unas cuadras de distancia, en la esquina donde la avenida interceptaba otra avenida, había una mujer. Justo en la esquina. Llevaba un vestido o una pollera corta y caminaba de aquí para allá como si esperara a alguien. Parecía tener frío. Me pregunté qué estaba haciendo ahí, tan a la intemperie. Me la quedé mirando hipnotizada, esperando a ver qué hacía cuando un auto se detuvo. Ella se acercó y se inclinó sobre el conductor. Luego de charlar un rato se subió al coche. El corazón comenzó a latirme de prisa cuando comprendí que se trataba de una prostituta. Era bastante obvio ahora que lo pensaba, pero por alguna razón mi cerebro había bloqueado esa opción. Una especie de euforia se instaló en mi pecho, como si acabara de ver algo perteneciente a otro mundo. Un mundo nocturno y prohibido.

¿No tenía miedo esa mujer? ¿No temía que le hicieran daño? Imágenes empezaron a sucederse en mi mente. Me vi a mi misma parada en esa esquina. Vi a un hombre parar su coche y llamarme. ¿Qué le diría? No sabia. Yo me subía a su coche y él me llevaba a algún lugar. A un lugar oscuro. Algo terrible me ocurría. Al día siguiente alguien encontraría mi cuerpo desnudo y ensangrentado. Me llevarían al hospital. Un amable doctor se inclinaba sobre mi con una sonrisa compasiva en su rostro. Era atractivo. Ni muy joven ni muy mayor. Apoyaba con delicadeza su mano en mi frente y me decía con voz grave y suave que ya todo había acabado. Que ahora estaba a salvo. Que ya no tenía que tener miedo.

Un sonido me sacó de mi trance y me detuve en seco. Sin darme cuenta había empezado a caminar hacia el cruce de avenidas. Miré en la dirección de donde procedía el ruido y vi como un grupo de chicos se acercaba, caminando en zig zag por el medio de la calle. Me escondí dentro de la casilla y apreté mi espalda contra la fría pared de ladrillos. Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando caí en la cuenta de mi situación. Eran las 3 o 4 de la mañana y yo estaba en medio de la nada, en un barrio bastante malo, vestida como una prostituta. Los gritos y las risas se aproximaron hasta que el pánico llenó mis oídos con un pitido agudo. Escondida en la sombras, le pedí al cielo que no me vieran. Los segundo se alargaron infinitamente hasta que al fin los chicos pasaron a pocos metros de mi, pateando una lata con cada paso que daban. Me sobresalté cuando uno de ellos estrelló una botella contra el cordón de la vereda, acto que sus amigos le festejaron. No me animé a moverme hasta que sus voces se alejaron unas cuadras. Temblando, me asomé y los observé alejarse con alivio. Miré la luna llena en el cielo y no por primera vez le pedí al Dios que ignorara mis pensamientos. Di gracias por que no hubieran notado mi presencia y prometí no volver a desear desgracias.

Esperé a que los chicos se perdieran de vista y entonces corrí hacia mi casa casi tan velozmente como cuando había huido. Ahora que mi cuerpo se había enfriado podía sentir cada músculo adolorido. Cuando hube llegado, solo la luz del porche estaba prendida. Nerviosa, bajé el picaporte y la puerta se abrió. Haciendo el menor ruido posible, entré dentro y suspiré de alivio al ver la puerta de mis padres cerrada. Eché la llave y caminé de puntillas hacia el baño. Una vez dentro me demoré contra la puerta unos segundos y luego me paré frente al espejo con la intención de lavarme la cara con agua fría. Mi imagen me dejó pasmada. A prueba de agua o no, el maquillaje se había corrido. El rimel manchaba mis párpados y el pintalabios se había difuminado en los bordes de mis labios. Solo me llegaba a ver hasta los hombros, pero el diminuto top apenas me cubría algo. La tela dibujaba mis pechos y entre medio dejaba ver el borde de mi corpiño blanco.

Tragué saliva ante mi aspecto. Parecía una… mi mamá había dejado la frase sin terminar pero ahora yo la podía completar. Parecía una puta. Una trasnochada. ¿Y acaso no lo era? Pensé en lo que había hecho esa noche y me dije que si, lo era. Me miré a través de los ojos de mi papá y la vergüenza me aplastó como un manto de plomo. Sintiendo asco de mi imagen, agarré la esponja de la ducha y me restregué la cara con agua y jabón. Me desesperé al ver que el delineador no salía. Llorando de frustración me refregué una y otra vez pero apenas si lograba desparramar el negro. Con la piel y los ojos enrojecidos, me di por vencida y me enjuagué la cara. Al secarme con la toalla sentí un ardor en la oreja. Me observé en el espejo y el estómago se me encogió al ver que uno de mis aros estaba incrustado a medio camino del lóbulo. Después de pensarlo un momento deduje que debía haber ocurrido cuando mi papá me quitó el buzo por la cabeza. Toqué el aro varias veces con intención de quitármelo, pero la impresión me acobardaba. Mientras más lo miraba, más descompuesta me sentía así que cerré los ojos y, después de contar hasta tres, me lo quité de un tirón.

Respiré profundo un par de veces para quitarme el mareo y fui a la cocina en busca del alcohol. Me limpié la sangre sin mirar y luego de envolverme la oreja con un algodón humedecido en alcohol, me dirigí a mi habitación. Me quité esa ropa horrible y me cubrí con las sábanas, agotada. Me daba asco acostarme tan sucia como me sentía pero no tenia otra opción. En la mañana me ducharía y lavaría todas las sábanas.

En la oscuridad, sintiendo palpitar cada golpe del cinturón en mi cuerpo, repasé uno a uno todos los sucesos de la noche y las decisiones que me habían llevado a este lugar. ¿Por qué no me había ido con Micaela y Belén? ¿Por qué seguí caminando? ¿Por qué no llamé a mis padres? ¿Por qué no me resistí? ¿Por qué no me negué? No había respuesta. Me hice un bollito y lloré de bronca y vergüenza mientras me recriminaba mi comportamiento. No podía culpar a mi papá por su enfado ni por haberme castigado. Me lo merecía. Me lo merecía por mi estupidez.

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Ana – 40 Diferente

Al día siguiente fue a un ciber y eliminé todas mis cuentas. Incluso una cuenta Hotmail que tenía hace varios años. Mi primer mail. Todos los mensajes, todos los contactos. “¿Estas seguro de que quieres eliminar esta cuenta?”

Si. Si. Si.

No estaba segura, pero estaba furiosa. Y enferma de vergüenza. No podía ver ningún ningún contacto sin pensar que podía ser de él. ¿Cómo saberlo? Cada cosa que había compartido con alguien, ahora me imaginaba a mi padre del otro lado, leyéndolo. No era de contar mucho de mi vida, pero a veces se me escapan cosas. Contaba que me sentía sola… a veces inventaba cosas para hacerme sonar mas interesante. Nunca podría contarle nada a nadie sin pensar que tal vez… tal vez fueran él. ¡Eran todos él! Borré todo y me dije que no volvería a hablar con extraños, lo cual significaba no volver a usar internet prácticamente.

Unos días después, estalló una tormenta. Apenas crucé la puerta de la casa mi mama exclamó “¡Hablando del diablo!”. Bloqueé su comentario y la figura de mi papa que estaba sentado en el sillón con gesto serio, y seguí camino a mi habitación.

-Ni se te ocurra esconderte, tenemos que hablar… ¿Adivina a quién me crucé hoy? -dijo ella, cortándome el paso.

-Yo que se.

-Con Marta ¿Te acordás de Marta?

Un escalofrío me erizó la piel.

-No.

-Marta me contó que te vio hace unos meses, -siguió, ignorando mi respuesta -me contó que te vio en una salita… ¡pidiendo anticonceptivos!

-¡¿Que?! Eso es mentira.

-¿Y que es esto? -preguntó mostrándome una caja de píldoras anticonceptivas. Fue entonces cuando noté que la puerta de mi habitación estaba semiabierta y dentro todos mis cajones abiertos y revueltos. Mi cara enrojeció en un segundo.

-¿Revisaste mi habitación?

-¡Mas vale que lo hice! ¿Qué es esto?

–Anticonceptivos

–Eso lo se muy bien, ¿por que estas tomando esto?

–Dame la caja.

–Ana… ¿desde cuando…? ¿Tenes novio?

–Dame la caja.

–Yo ya se que las chicas de hoy…

–¡¡Dame la caja!!

– ¡Ana escuchame! Esto es serio. Yo soy tu madre y se más cosas que vos. Sos muy chica como para andar tomando esto. Las pastillas tienen una fuerte dosis hormonal y vos todavía sos una adolescente, te falta crecer, te falta desarrollarte, tu metabolismo….

–¡¿Crecer?! ¡Ya tengo 16 años! ¡¿Cuanto más te pensás que voy a crecer?!

–¡JA! ¡Te falta mucho por crecer! Eso es lo que piensan las chicas de hoy, que con 16 años se la saben todas, que ya son mujeres… No, nena… hay muchas cosas que te faltan por aprender.

–¿Estas hablando de mi o de vos?

Mi mama me miró desconcertada y luego su gesto se puso triste –De las dos.. No quiero que comentas los mismos errores que cometí yo.

–Ah, ¿así que fui un error? –le solté, solo para desviar la conversación. Yo sabía muy bien que había sido un error.

–¡No Ana! Eso no es lo que quise decir, es solo que… Pensé que eras diferente.

–¡¿Diferente?! –estallé y ya no pude contener toda la emoción reprimida –¡¿Diferente cómo?! ¿Diferente porque siempre estoy sola? ¿Diferente porque no tengo amigos? ¿Porque soy una nerd? ¿Porque nunca he ido a un boliche? ¿Porque nunca he tenido novio? ¡¡¿Así es como querés que sea?!! -Grité olvidando todo a mi alrededor. De un tirón le arranqué la caja de las manos y corrí a mi habitación dando un portazo.

Caminé de un lado a otro, temblando. Sentía tanto llanto pujando desde el fondo de mi estómago que no podía respirar. Miré mis cajones revueltos como si hubieran vomitado mis cosas en el piso y se me revolvieron las entrañas. ¡No toques mis cosas! ¡Te odio, te odio! Me dejé caer en el piso y hundí la cara contra el colchón intentando sofocar mis ganas de gritar. En el comedor se escuchaba la voz de mi papá.

-¿… qué querés que haga Mónica…? Está en la edad.

-¡¿Cómo podes decir eso?!

¡Mi papa! ¡Había dicho esas cosas frente a el! Me cubrí la cara con las manos ¿Por que era tan débil? ¿Por que no me había quedado callada? Casi me había largado a llorar frente a ellos. No se lo merecían. Mis sentimientos eran todo lo que tenía, mis secretos, mi dolor. ¡No se lo merecían! Mordí el colchón con fuerza y me tiré del pelo para evitar golpear mis mejillas. Luego me trepé a la cama y me hice un bollito bajo las mantas. Los oídos me zumbaban por lo que no podía entender ya lo que decían. Lagrimas seguían derramándose pero lentamente me fue envolviendo el aturdimiento apático que me permitía descansar.

–No me importa… no me importa si me hacen mal, no me importa… –murmuré inaudible, apretando la caja de anticonceptivos contra mi pecho –Es lo único que tengo para protegerme… es lo único que tengo… lo único… -sollocé hasta quedarme dormida.

A la mañana siguiente

Hace horas que estaba despierta, pero no quería salir de mi habitación. No podía juntar el valor para ver a mi mamá a la cara, siendo que ella pensaba que yo tenia novio y que estaba teniendo relaciones sexuales. Su odiosa mirada de decepción y sus sermones. Yo era la chica mas aburrida del mundo y me había mirado como si fuera una atorranta drogadicta. Así de frágil era su confianza en mi, así de poco me conocía.

La puerta se abrió tan despacio que casi no me di cuenta.

-¿Puedo pasar hija…? -preguntó mi mama con timidez. Me erguí automáticamente en la cama y apoye la espalda contra la pared. Ella entro en la habitación y se sentó en el borde de la cama.

-Ana, tenemos que hablar…

A pesar de mi enojo, no pude evitar sentir un escalofrió. Odiaba que dijera eso. Me ponía los pelos de punta. Decidí que no abriría la boca hasta que saliera de mi habitación.

-He hablado con tu padre y hemos decidido… que podes ir a un boliche.

Me la quedé mirando.

-Ya sos grande. Tenes edad suficiente para ir a un boliche.

»¡No es que no pudieras ir! -siguió ante mi silencio. -¡Es que pensábamos que no querías! Nunca nos lo pediste.

Era verdad. Nunca lo había pedido. En realidad no quería ir a un boliche…. ¿O si? Me alejé automáticamente cuando me acarició el pelo. Dejó caer la mano y se removió nerviosa en la cama. Me sentí culpable pero solo durante un segundo.

-Cómo pasa el tiempo… -suspiró antes de ponerse de pie.

»Así que eso… si querés ir un día, solo tenes que avisarnos. ¿De acuerdo?

-Bueno -murmuré, totalmente desconcertada por la conversación. Estaba ya en la puerta cuando se giro otra vez.

-Una cosa mas hija. Si tenes un novio… A tu padre y a mi nos gustaría conocerlo.

Tragué saliva, y giré el rostro hacia la ventana.

-Bueno, eso nomas. Anda levantándote que vas a llegar tarde al colegio.

Mi papa no habló conmigo en ningún momento, y esto me puso nerviosa. No sabia qué era lo que pensaba ni como iba a reaccionar cuando estuviéramos solos. Pero no tardaría en averiguarlo, pues esa misma tarde me pasó a buscar al colegio. Condujo en silencio por la avenida, alejándose del centro, y yo comencé a retorcer las manos sobre mi falda. Seguro que pensaba que tenía novio, y no tenía idea de como haría para convencerlo de que no era así.

Cuando entramos en la habitación, me quedé cerca de la puerta mientras él se quitaba la campera. Contempló la cama con las manos en la cintura y luego camino hacia la ventana y corrió las cortinas. Entonces se sentó en la cama y se apretó el muslo.

-Acercate. -ordenó.

Obedecí y me senté a su lado. El volvió a apretarse la rodilla como si no supiera por donde empezar.

-¿Hace cuanto estas tomando pastillas?

Tragué saliva.

-Hace unos meses.

-¿Hace cuanto..?

»¿Mas de dos meses? -agregó ante mi silencio.

-S-si.

-¿Por qué? -Preguntó con gesto confuso.

Me miré las zapatillas y me alcé de hombros.

-¿Tenes novio? Podes decirme, prometo que no me voy a enojar.

-No tengo. Lo juro, no tengo, no tengo…

-Sh, esta bien… Te creo -puso la mano en mi espalda y me frotó, tranquilizándome. Nos quedamos en silencio otra vez.

»¿Y las tomas todos los días? -murmuró rodeándome por la cintura.

-Si.

-¿Sin falta?

-Si.

Me peinó el pelo hacia atrás y después de acariciar mi cuello unos segundos se inclinó sobre mi, haciendo que me recostara sobre la cama. Me fue quitando la ropa lentamente hasta dejarme desnuda. Me tocó entre las piernas hasta que pudo penetrarme con varios dedos. Solo entonces se puso de pie y se desvistió él. Una vez desnudo se metió entre mis piernas y me frotó con su miembro antes de deslizarse dentro. Lo hizo lentamente, rodeando mi cara con sus manos. Cerré los ojos. No lo podía mirar, y aun si pudiera, los ojos se me llenaban de lágrimas impidiéndome enfocarlo. Mientras comenzaba a moverse me hizo preguntas que me incomodaron, como si sentía algo diferente, o si me gustaba mas. No se que respondí. Fue diferente, no se si por lo que yo sentía o por lo que él sentía. Me besó el cuello, la cara e intentó besarme en la boca. Tardó menos de lo usual en acabar, y lo hizo más ruidosamente. Su sudor mojaba mi piel, pero no era el único líquido que sentía sobre mi. Dentro de mi.

-¿Y porque no me dijiste? -preguntó cuando recobró el aliento, al tiempo que acariciaba mis pechos. Encogí mis hombros.

»¿Te daba vergüenza?

-Si.

-Tontita…

Mientras nos duchábamos, me pasó la esponja por todo el cuerpo y yo me dejé hacer como si fuera una muñeca. Cerré los ojos, aliviada de que creyera que no tenía novio. Había temido su enfado tanto, que el hecho de que confiara en mi me hacia sentir algo en el pecho. Mientras el agua caliente caía por mi piel, las cosas perdían significado y ya no podía recordar porque había estado enojada. De pronto dudaba de mis recuerdos. ¿Como me podría haber hecho daño alguna vez si ahora era tan cariñoso? Tal vez mis recuerdos estaban mal, tal vez él lo intentaba de verdad y era yo la que me negaba a verlo. Mi papá hizo un chasquido con la lengua, sobresaltándome.

-Te va a quedar una cicatriz… -murmuró con desaprobación, mirando mi brazo. Me tensé al recordar la herida. -Tenes que ser mas cuidadosa, hija. Ana… -Agregó en tono más suave. Me alzó la cara para que lo mirara y me acarició la mejilla con el pulgar -Las cicatrices te estropean la piel y eso es una pena, porque tenes una piel hermosa. Después preguntale a tu madre si tiene alguna crema o algo para ponerle.

Asentí, ya que no podía hablar. De repente me rodeó con lo brazos y me apretó fuerte contra su pecho.

-Tenes que tener mas cuidado… -murmuró contra mi cuello. -¿Lo prometes?

-Si -susurré apoyando la mejilla contra su hombro. Deseé que me abrazara con mas fuerza y, como si hubiera escuchado mis pensamientos, su brazo se tensó a mi alrededor sujetándome. Su otra mano bajo hacia mi trasero y comenzó a masajearme. Solté un gemido y retorcí los pies cuando sus dedos jabonosos se sumergieron entre mis nalgas…

Una hora después viajamos a casa en silencio. Era tarde, el sol apenas era visible. En un momento encendió la radio y se puso a cantar al son de una canción de Luis Miguel. Me tomó de la mano y me la apretó y yo sentí que me apretaba el corazón. Por la ventana, las nubes oscuras contrastaban con el cielo naranja brillante. Por alguna razón, cuando el auto se detuvo frente a nuestra casa, no sentí el alivio de siempre. Hubiera querido seguir mirando por la ventana un tiempo mas, mientras me sostenía la mano y su voz sonaba de fondo. No cantaba mal, y también sabía silbar. Quise que ese trayecto, entre el hotel y nuestra casa, durara mas. Cuando bajara del coche él sería mi papa de nuevo, y yo volvería a ser su hija…

***

Durante los siguientes días no podía dejar de pensar en lo que me había dicho mi mamá. Siempre había fantaseado con salir de noche, pero por alguna razón siempre lo había visto como algo alejado o inalcanzable. ¿Que iba a hacer yo en un boliche de todos modos? No me gustaba esa música, no me gustaba la gente, no me gustaba bailar… ¿Pero como sabia que no me gustaba si nunca había ido? ¿Acaso quería ser así de aburrida toda la vida? Tal vez era hora de dejar atrás mis miedos.

Con esto en mente fue como el jueves, con el corazón martillandome de nerviosismo, seguí un impulso. Como cada vez que se acercaba el fin de semana, chicos y chicas mayores repartían entradas 2×1 para los boliches de la ciudad. Me abrí paso entre los compañeros que se amontonaban a su alrededor y me acerqué a donde estaba Micaela con sus amigas. Ya casi no quedaban fines de semana en el año escolar, era ahora o nunca.

-Mica… -susurré al tiempo que le tocaba el hombro. Ella se dio vuelta y me miró como si no me conociera. Tragué saliva.

-¿Van a salir este fin de semana?

-Si…

-¿Les molesta si voy con ustedes?

Entrecerró los ojos y por un momento creí que diría que no.

-¿Vas a traer a tu novio? -preguntó en cambio. Parecía entusiasmada.

-No, a él… no le gusta salir.

¡Rayos! Debería haber dicho que ya no tenia novio.

-¿Y te deja salir sola? -Intervino Débora.

Me encogí de hombros.

-Más o menos

Todas se rieron por alguna razón. Micaela me miró de nuevo, mas detenidamente.

-Venite a mi casa mañana a las 10, ¿sabes donde vivo?

-Creo que si.

Al parecer no recordaba que en primer grado había ido a dormir a su casa una vez. No la culpaba. A mi también me parecía extraño que alguna vez hubiéramos estado tan cerca. Durante las 24 horas siguientes me arrepentí unas 100 veces de haberme comprometido a ir con ellas a bailar. Estaba casi enferma de los nervios, y el hecho de que no tuviera ropa adecuada empeoró la situación. Mi mamá me terminó prestando ropa de cuando ella era joven. Mientras tiraba prendas sobre su cama, hacia comentarios nostálgicos sobre sus días de adolescente.

-¡Pensar que ahora toda esta ropa se esta volviendo a usar! Así son las modas. Tarde o temprano, todo vuelve.

Revisé la ropa, viendo polleras cortas, vestidos, y jeans. Decidí que la comodidad era mas importante que el look, y elegí un jean negro, elastizado, tiro alto. Ya no se hacían jeans así, ahora eran todos tiro bajo y no me gustaban. Me lo probé y apenas pude cerrar el cierre.

-¡Mira que cinturita tenía a tu edad, eh! -exclamó felicitándome, o felicitándose. La verdad es que ella seguía siendo delgada y seguía vistiendo de manera juvenil. Incluso mas que yo.

Mientras me miraba al espejo pensaba en como pedirle a mi mama que llamara a Micaela para decirle que estaba enferma y no podría ir. Pero el orgullo me impidió decirlo en voz alta.

Mi papa se mantuvo ajeno a todo el proceso, ignorando cómo mi mama me ayudaba arreglarme. Solo a ultimo momento, cuando el remis tocó bocina, intervino con gesto serio.

-A las 12 en punto, estas en casa -dijo terminante.

-Si, a las 12 -prometí. La verdad es que agradecía tener una excusa para volver temprano.

Cuando el auto se detuvo frente a la casa de Micaela me dije que ya era tarde para echarse atrás. En el trayecto había incluso pensado en decirle al conductor que me dejara en centro, meterme en un ciber, y quedarme ahí una hora, pero deseché la idea por lo patética. Le ordené a mi cerebro que se callara. Estaba siendo una tonta. No era para tanto.

Toc, toc.

Micaela abrió la puerta y me miró de arriba abajo antes de saludarme.

-¡Ana! Que puntual. Entrá. ¿Trajiste la ropa?

-¿Qué ropa? -pregunté mientras ella cerraba la puerta.

-La ropa para bailar.

Mire hacia mis sandalias de taco bajo.

-No me digas que pensás ir así.

-¿Por que no? -murmuré poniéndome colorada. Belén y Débora se acercaron, rodeándome.

-¡Dios Ana, no podes ir con jean! -Exclamó Micaela, girando los ojos hacia el techo -Capaz que ni te dejan entrar así…

Me pasé las manos transpiradas por el jean. Observé mi ropa con otros ojos. Mi musculosa negra y la camperita de lana fina color gris perla que me habían regalado hace unos años y nunca había usado. Luego las miré a ellas. Todas llevaban minifalda. Micaela tenía un top dorado de breteles finísimos que dejaba ver su corpiño. Definitivamente se había puesto relleno.

-Igual no importa -dijo alzando las manos con entusiasmo -Yo te presto ropa, veni. -me tomó de la mano y me llevó a su habitación. Belen y Débora vinieron detrás.

Nunca había visto tanta ropa como la que tenia Micaela en su ropero. Ropa hermosa, brillante y colorida. Aparte de la mortificación a causa de mi aspecto, me invadió la envidia. Yo no tenía nada así. Ni siquiera tenia un espejo lo suficientemente grande como para contemplarme. Micaela tenia un espejo de cuerpo entero, con marco de peluche rosa fucsia. Toda su pieza era genial.

-A ver, desvestite -Ordenó, cortando mis pensamientos. Dudé un momento y luego me saqué la camperita de lana y la deje sobre la cama. Micaela me alcanzó una minifalda de jean y un top de espalda abierta. Con manos torpes, me quité el jean lo más rápido posible y me puse la minifalda. ¡Menos mal que me había depilado las piernas! De hecho me había depilado mas que las piernas…

El top era de una tela extraña, azul metálica, y tenia un cuello que se fruncía y se hundía entre mis pechos. Me sentía desnuda y tuve que reprimir el impulso de taparme con los brazos. Me paré frente al espejo y me observé extrañada. Nunca había visto mis piernas así. Me sobresalté cuando Micaela me rodeó desde atrás y me pellizcó las costillas.

-¡Que hija de mil! Flaca y con tetas -Exclamó tirando de mi remera hacia abajo. Automáticamente me cubrí con las manos.

-¡Ay vamos! ¿Para que las tenes si no las vas a mostrar? Sino prestamelas -bromeó y me guiñó un ojo. Todas rieron. Yo también. A pesar de mi incomodidad sentí una punzada de satisfacción ante sus comentarios.

-¡Ahora el maquillaje!

Me arrastraron hacia el comedor otra vez y me sentaron de manera que me diera la luz en la cara. Yo le había pedido a mi mama que me depilara las cejas y me pusiera un poquito de rímel. Solo eso me había parecido un gran cambio pero al parecer no era suficiente.

-No mucho. No me gusta el maquillaje -le aclaré, impotente. Micaela tenia los ojos super maquillados. A ella le quedaba bien, pero no creía que me fuera quedar bien a mi.

-No te preocupes. Cerrá los ojos.

-¡Yo le plancho el pelo! ¿Te puedo planchar el pelo? -preguntó Débora.

-Bu-bueno.

Así que mientras Micaela me ponía maquillaje por toda la cara, Débora me peinaba y Belén hacia comentarios sobre los progresos.

-¿A que hora viene Maxi? -preguntó en un momento.

-Once y media me dijo, pero viste como es… -respondió la otra.

Se me tensó el estomago. ¿Once y media? ¿Y cuándo íbamos a ir al boliche?

-No mucho… -murmuré después de unos minutos. Ya había perdido la cuenta de las capas de maquillaje que me iba poniendo.

-Sh, cerrá los ojos. No te estoy poniendo mucho, no te preocupes…-dijo y ella y Belén se rieron por lo bajo. De pronto todo mi cuerpo se tensó. ¿Y si se estaban burlando de mi? ¿Y si me estaban pintando una cara de payaso para hacerme pasar el ridículo? Tragué saliva e intenté contener las lágrimas. Era lo único que faltaba.

-Mirá para arriba.

Así lo hice y los ojos se me humedecieron al contacto del lápiz delineador. Me limpié con la punta el dedo.

-No te preocupes, es a prueba de agua -Explicó.

Genial.

Unos tortuosos minutos más, y al fin acabó.

-¡Ya esta! -declaró guardando el delineador. -¡Belén trae el espejo!

Me erguí sobre la silla y estiré el cuello ya que me sentía contracturada. No tenía idea con lo que me encontraría pero cuando vi mi imagen en el espejo, me quedé pasmada. No me había pintando una cara de payaso, gracias a Dios. De hecho no me habían puesto mucho maquillaje. O mejor dicho, esa era la impresión. Micaela era realmente buena maquillando. No se me veían las ojeras, mis cejas estaban super delineadas y mis ojos… Me llevé una mano a la cara y me toqué despacio.

-¿Te gusta?

-No… no me reconozco -susurré y sonreí. -Gracias, me gusta.

Me puse de pie y todas volvimos a la habitación. Me contemplé en el espejo de cuerpo entero. El pelo planchado parecía mucho mas largo y me caía por la espalda en cascada hasta las caderas. Mis ojos eran grandes y alargados, con pestañas super espesas y mi piel pálida parecía perfecta.

-¿Qué cambio, no? -comentó Débora mientras me tocaba el pelo.

-Si, la verdad -respondí con sinceridad.

Ayudé a Micaela a doblar y guardar toda la ropa en el ropero. A pesar de las protestas de las chicas, me volví a poner la camperita de lana con la excusa de que tal vez luego me daba frío. De pronto me acordé que mi celular estaba en el bolsillo del jean sobre la cama. Lo agarré y me recorrí la falda buscando algún bolsillo. No había ninguno.

-Mica, podes guardar mi celular en tu cartera?

-Si, claro.

Eran las doce menos cuarto cuando al fin la mamá entró en la habitación para avisarnos que nos habían venido a buscar. Todas nos despedimos de sus padres y salimos de la casa. Fuera esperaban cinco chicos, casi todos compañeros de colegio. Intercambiamos saludos rápidos y comenzamos a caminar rumbo a la costa. Si mi mama hubiera sabido que íbamos a ir caminando desde lo de Micaela al boliche, no me hubiera dejado ir.

-¿Ana…? -preguntó Damián, uno de nuestros compañeros de clase. Al parecer no me había reconocido.

-¿Viste cómo la arreglamos? -intervino Micaela, sin darme tiempo a responder.

-Bueno, tampoco es que Ana estuviera rota, Mica -Aclaró Belén, dándome un codazo.

-¡Ay, es una forma de decir! ¿O no que estas re diferente?

-Y… si -murmuré.

-¿Ves? No se ofendió -le aseguró a Belén, como si yo no estuviera ahí. Apreté los dientes y me quedé callada. Yo ya sabia como era Micaela así que era mejor ignorar todo lo que dijera.

Mientras caminábamos en grupo por el medio de la calle, sentí mariposas en el estómago. Estaba ocurriendo. Algo que había fantaseado, estaba ocurriendo. Era parte del grupo. ¡Y no había sido tan difícil! Solo había tenido que animarme. Un poco de maquillaje y una minifalda había el hecho el resto. El entusiasmo y los nervios me hincharon el pecho. Me sentía diferente, como otra persona. Como alguien mas interesante y divertida.

Durante el trayecto, varios chicos y hombres nos gritaron cosas obscenas, pero como estábamos todas juntas simplemente nos reímos. Micaela incluso le hizo la señal de fuck you a uno. Si hubiera estado sola me hubiera muerto de miedo. Aunque pensándolo bien, si hubiera estado sola no estaría en esta calle, con esta ropa, de camino a la playa.

Fuimos a un boliche que estaba sobre el mar, junto a los balnearios. “El Contrabandista”. Todo el exterior estaba recubierto de madera vieja lo cual hacia que de lejos pareciera un barco pirata. Tenia una especie de terraza arriba y una puerta que daba a una escalera que bajaba. La mayor parte del edificio era subterráneo. En la entrada había dos guardias, ambos altos y robustos, con cara de pocos amigos. Cuando llegamos a la puerta uno de ellos, que era pelado y tenia lentes oscuros, nos saludó como si nos conociera de toda la vida y se inclinó para que le besáramos la mejilla. Sin saber qué hacer, imité a las demás y, una a una, fuimos ingresando al lugar. Mientras bajábamos la escalera, la luz fue desapareciendo, reemplazada por una luz azul parpadeante y una música tan fuerte que aturdía. Me apreté a Belén y cuando llegamos a la multitud del interior, le agarré el brazo para no perderla de vista. Caminamos haciendo trensito hasta llegar a un rincón donde había un amplio sillón blanco. Débora y Maxi, su novio, se fueron a bailar juntos, y Micaela se fue hacia el mostrador para dejar la cartera. Con Belén nos sentamos en el sillón a esperarla. Pronto se acercaron varios chicos a preguntarnos si queríamos bailar. Me sorprendió que me preguntaran a mi también. Respondí que no automáticamente. Me sentí aliviada de que Belén los rechazara también pero entonces se acercó otro chico, realmente lindo, y ella dijo que si. No la culpaba, pero mientras se alejaba me entró el pánico. Apenas la podía ver entre la gente, con las luces que parpadeaban de manera que las personas parecían moverse como fotografiás, pero noté como bailaba una especie de salsa con el chico y sentí envidia. No tenia idea de como bailar así, solo haría el ridículo. Varios chicos más me pidieron para bailar, pero los rechacé.

-Bueno, ¿me puedo sentar con vos entonces? -respondió uno con una sonrisa.

-Esta bien, -le respondí sin saber cómo decirle que no. Se sentó mi lado y un segundo después pasó un brazo por mis hombros. En el sillón a nuestra izquierda había una pareja que se estaba besando, de una manera asquerosa en mi opinión, como si estuvieran solos, y este chico parecía querer imitarlos. Giré el rostro cuando intentó besarme. Ni por casualidad quería hacer eso, no era mi tipo.

-¡Vamos, un beso nomas! ¡Sos muy linda!

-¡No te escucho! -le dije por sobre la música, y era casi verdad. No se podía hablar ahí adentro.

Lo intentó un par de veces mas y finalmente se levantó y desapareció entre la multitud. De pronto me encontré sola, sentada ahí, rodeada de gente besándose y bailando. Y yo no quería hacer ninguna de las dos cosas. Permanecí ahí lo más posible pero de pronto sentí que me sofocaba. Me levanté y fui abriéndome paso entre los que bailaban, rumbo a la salida. Había demasiada gente, demasiado ruido, demasiado todo. Suspiré aliviada cuando divisé la escalera que subía hacia la calle y el aire fresco. Estaba casi arriba cuando alguien me agarró del brazo. Me di la vuelta sobresaltada y él me soltó inmediatamente.

-Perdón. Hola.

-Hola -respondí automáticamente. Era un chico mayor. Mucho mayor. Tenia vello en la pera.

-No se escucha nada ahí dentro -comentó metiéndose las manos en los bolsillos.

-No… -dije y sonreí nerviosa. -Estoy medio sorda-.

El sonrió también y luego bajó la vista hacia mi escote.

-¿Te puedo preguntar como te llamas?

-Si. Digo… Ana -Me ruboricé como una tonta. -¿Vos cómo te llamas?- le devolví.

Bajó su cabeza a mi altura antes de responder:

-Martín.

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