Ana 41 – Martín

(Disculpen la demora. Gracias por leerme. Este blog es muy importante para mi).

***

-¿Y qué edad tenes?

Martín desvió la mirada.

-18.

Estábamos sentados en la rambla, un paredón grueso al lado del boliche, con vista a los balnearios y al mar. Martín no parecía de 18 años en absoluto. Yo le hubiera dado, por lo menos, 21. Esperé a que me devolviera la pregunta.

-¿Vos…? -preguntó mirándose las zapatillas.

-16 años.

Se hizo el silencio durante unos segundos y me puse nerviosa.

-Igual a mi no me importa la edad -comenté sin pensar -la verdad es que no me llevo con los chicos de mi edad.

-¿No? -parecía interesado. -¿Por que no?

-No se. Son muy… -hice un gesto con las manos.

-¿Inmaduros?

-Si- Sonreí. -O tal vez soy yo. Soy una vieja en cuerpo de joven. Mi tío siempre me dice “¿Donde está tu juventud?” “¿Sabes las cosas que yo hacía a tu edad?” Odio que me diga eso. Al parecer la gente de antes empezaba a trabajar a los 14 y ya habían hecho todo para los 18.-

Me callé de golpe. Estaba parloteando estúpidamente.

-Tal cual… ¿qué pasa?

-Estoy hablando demasiado.

-¿Eso es hablar demasiado para vos?

-No se. -Me alcé de hombros y me quedé en silencio. Los segundos fueron pasando y de pronto tuve ganas de llorar. Tragué el nudo en mi garganta, mortificada. ¡¿Qué me pasaba?! Estaba haciendo el ridículo.

Martín se acercó un poco, sin sacar las manos de los bolsillos de su campera. Parecía contrariado. Seguro se arrepentía de haberme invitado a charlar.

-¿Y que más dice tu tío? -preguntó con suavidad.

Tomé aire y traté de absorber las lagrimas que se había formado en mis ojos. -Siempre me anda molestando diciendo que tengo un novio secreto.

-¿Y es verdad eso?

-No -respondí sacudiendo la cabeza. Estuve a punto de agregar que nunca había tenido novio, pero por suerte llegué a morderme la lengua.

-¿No tenes un novio secreto, o no tenes novio…?

Eso me hizo reír.

-No tengo novio de ninguna clase.

Quise devolverle la pregunta pero no me animé.

-Yo tampoco -dijo adivinando mis pensamientos. -O sea, yo tampoco tengo noviA.

Volví a reír y se me paso un poco la incomodidad. Martín parecía simpático aunque no tenía realmente con quien compararlo. Nunca había conversado con un chico. De pronto me di cuenta que alguien me llamaba.

-¡Al fin! ¡Te buscamos por todos lados! -gritaba Micaela mientras se acercaba junto a Belén. Se paró de golpe cuando vio a Martín.

-Nos vamos a Buda bar, ¿venís?

-No, me quedo -respondí, sorprendiéndome a mi misma. A juzgar por el gesto de Micaela, también la había sorprendido a ella.

-¿Estas segura? -insistió con mirada significativa.

-Si, me quedo.

Micaela y Belén se miraron entre ellas y luego se alzaron de hombros.

-Bueno, como quieras. ¡Chau!

Apenas se giraron para marcharse, me arrepentí de lo que había hecho. ¿Por que no me había ido con ellas? ¡Apenas conocía a este chico! Lo miré de reojo y me dio la impresión de que estaba incómodo. ¡Rayos! Debía pensar que yo gustaba de él o algo así. Después de unos tensos segundos, Martín carraspeó.

-¿Te gustaría tomar un helado? -preguntó señalando al otro lado de la calle.

-Bueno -respondí con un susurró y entonces sacudí la cabeza. -No, no puedo. No tengo dinero.

El sonrió e hizo un chasquido con la lengua. -Yo invito. Vamos.

Cruzamos la calle hacia la heladería “Venecia”, una de las mas antiguas de la ciudad, y pedimos un helado para cada uno. Cuando nos sentamos en una de las mesas empecé a palparme la ropa.

-¿Qué pasa?

-Nada… -dije pegándome mentalmente -acabo de darme cuenta que dejé mi celular en el bolso de mi amiga.

-¿Tenes que llamar a alguien?

-O sea… no tengo idea de qué hora es.

-Serán la 1. Más de eso no.

Tragué saliva y comencé a remover el helado con la cuchara. Se me hizo un nudo en el estómago. Tenía que llamar a mis padres para decirles que estaba bien y que llegaría tarde. El tema es que no estaba segura de donde quedaba el boliche Buda Bar. Le pregunté si él me podía acompañar.

-Si, claro -respondió como si nada y eso me relajó un poco. Mientras terminábamos los helados hablamos un poco más. Me preguntó a qué colegio iba y en donde vivía. Me emocionaba que me hiciera tantas preguntas como si realmente le interesaran las respuestas.

-Sabes… yo vivo acá nomas -comentó con una sonrisa mientras salíamos de la heladería. -Si querés vamos hasta mi casa y llamas a tus amigas.

-¿Vivís cerca? -pregunté insegura.

-Si, a unas cuadras.

Lo pensé un momento. ¿Y si iba a Buda Bar y no encontraba a Micaela? ¿Y si ya se habían ido a otro lugar?

-En realidad quisiera llamar un remis -dije deseando que no se ofendiera -Ya es tarde.

-Como quieras -se hizo a un lado y comenzamos a caminar hacia la derecha.

Después de unas cuadras me di cuenta de que no sabía a donde estábamos yendo pero me dio vergüenza preguntar. No podía dejar de frotarme los brazos. Estaba muy incómoda con esta ropa. Martín me preguntó si tenía frió y yo negué con la cabeza. Me concentré en la idea de que pronto estaría en casa. No había sido tan malo después de todo, me dije. Tal vez podría salir de nuevo la semana siguiente. Me imaginé como sería la conversación con mis padres cuando llegara. Visualice varias reacciones diferentes, buscando las respuestas posibles para que no se enojaran. Me había concentrado tanto que perdí la cuenta de las cuadras que íbamos recorriendo. No sabía dónde estábamos ni en qué dirección habíamos doblado. Una sensación fría me recorrió el cuerpo.

-¿Falta mucho? -pregunté.

-Unas cuadras más.

Pero seguíamos cruzando calles, alejándonos de la playa y de las avenidas iluminadas y el miedo volvió a invadirme. Una parte de mi cerebro me decía que me detuviera. Que me plantara en el piso y me negara a dar un paso mas. Pero la otra parte, ni siquiera se si las mas grande o la mas pequeña, me decía que no hiciera el ridículo y siguiera caminando. Esa parte ganó, ya que mis pies no se detuvieron. Apreté los parpados y traté de pensar en otra cosa.

-Ya casi -dijo después de unas cuadras más. Sonreí automáticamente intentando disimular mis nervios.

Finalmente cruzamos una calle y nos detuvimos en una casa enrejada. Por un lado me sentí aliviada de que ya hubiéramos llegado y por el otro me entraron más nervios todavía. No estaba segura de querer entrar en su casa, pero ya era tarde, me dije. No podía salir corriendo como una tonta. Martín abrió la reja y me hizo pasar dentro. Recorrimos un pasillo oscuro que iba hacia un patio y luego entramos en la casa por la puerta de atrás. La casa estaba casi a oscuras pero se escuchaba un televisor en algún lugar. Tragué saliva e intenté calmar mi pulso desbocado. Llegamos a un comedor donde había dos personas mayores sentadas en unos sillones, mirando la televisión. Martín carraspeó y ambos se giraron hacia nosotros.

-Vamos a mi pieza -anunció. Las personas me miraron con poco interés. Hice un gesto con la cabeza para saludarlos y seguí a Martín, mortificada. Su habitación estaba desordenada y tenía un olor extraño. Había posters en las paredes, algunos de bandas de rock, otros de mujeres semi-desnudas. No me gustó su habitación. Me quedé de pie al lado de la puerta mientras él encendía un equipo de música.

-¿Do-donde está el teléfono?

-En el comedor.

-¿Con tus papás?

-Mis abuelos -corrigió mientras se dejaba caer sobre su cama.

Que tonta. Obvio que eran sus abuelos, eran demasiado viejos para ser sus padres. Retorcí mis dedos, indecisa. ¿Tenia que ir al comedor y llamar a mis padres en frente de sus abuelos? No, mejor llamaría a un remis. Pero no sabia el número de ningún remis. Tendría que llamar a casa y decirle a mi mama que me enviara un remis. ¡Pero no sabía en donde estaba! Primero tenia que pedirle la dirección a Martín. ¿Y qué le diría a mi mama cuándo preguntara dónde estaba? ¿En la casa de un amigo? Ella sabia que yo no tenia ningún amigo. Mejor le diría que estaba en la casa de una amiga. ¿Pero que pensarían de mi los abuelos de Martín?

¿Y si me atendía mi papá?

-¿Pasa algo? -preguntó Martín interrumpiendo mis pensamientos frenéticos.

-Estoy pensando… qué le voy a decir a mis papás.

-¿Por que no te sentás un rato? -ofreció dando un golpe en la cama -Tus papás ya se deben haber ido a dormir. Si los llamas ahora seguro los despertás.

Pensé en lo que había dicho e intenté con todas mis fuerzas imaginar que mis padres ya estaban acostados en lugar de esperándome. Me senté en el borde de la cama y pase las manos por mi falda para secar la transpiración.

-¿Vivís con tus abuelos? -pregunté intentando hace conversación.

-Si.

-¿Y tus papás?

Suspiró antes de contestar.

-Estoy peleado con mi viejo.

-Ah.

Nos quedamos en silencio mientras sonaba la música.

-Yo… yo tampoco me llevo con mis padres -comenté, solo para llenar el silencio. Martín sonrió y se hizo a un lado, para que me recostara en la cama. Dudé un momento pero pudo más el miedo a ofenderlo.

-Solo me puedo quedar un ratito -susurré mientras me recostaba a su lado.

-Ya se. No te preocupes, no muerdo.

Traté de sonreír, pero estaba demasiado incómoda. Puse las manos sobre mi vientre y me quedé mirando el techo, inmóvil.

-¿Te gusta la música, o pongo otra cosa?

-Me gusta. ¿Es Green Day, no?

-Si.

No se me ocurría qué decir, así que observé disimuladamente los posters de las paredes. Todos eran de mujeres rubias, mostrando sus traseros y sus enormes senos. Mas bien eran posters de sus traseros. Lo demás parecía secundario. ¿Esa era la clase de mujer que le gustaba?

Me sobresalté cuando hubo un movimiento en la cama. Martín se puso de lado y me miró de una manera extraña. Desvié la mirada, sintiéndome cada vez más incómoda. Extendió la mano pero en lugar de tocarme, agarró el borde de mi remera, como si quisiera inspeccionarla.

-Me la prestaron -aclaré.

-Te queda bien.

-Gracias. Pa-parece metálico pero en realidad está hecho de una goma o algo así -expliqué, estirando la tela.

-A ver… -dijo apretando la tela entre sus dedos -Es verdad. -Movió su mano hacia arriba lentamente y observó mi cara, expectante.

-¿Te molesta si hago esto? -dijo mientras presionaba suavemente sobre mi pecho.

-No.

Alzó las cejas, aparentemente sorprendido, y después de un momento bajó su rostro hacia el mio. Lo esquivé instintivamente pero entonces me dije que eso era estúpido. ¿Por que no dejaba que me besara? ¿Acaso no tenía curiosidad? Así que giré el rostro hacia el y dejé que apoyara su boca sobre la mía.

Mi primer beso. Al menos sin contar el que le di a un compañerito de jardín un día, bajo la mesa, escondidos los dos detrás del mantel. Como todo lo demás en mi vida, no estaba siendo lo que esperaba. No sabía qué hacer con la boca así que me quedé quieta. Cuando sentí su saliva sobre mis labios tuve el impulso de alejarme y limpiarme con la manga. En algún momento metió la mano por mi escote y la deslizo por debajo del corpiño.

-Son de verdad… -murmuró, pasándose la lengua por los labios -pensé que tal vez llevabas relleno.

Encogí mis hombros como respuesta. Nos besamos durante un rato y lentamente le fui agarrando la mano. No era tan desagradable.

-Tengo que decirte algo… -dijo entonces, sin dejar de acariciarme el pecho. Su mirada era culpable. -En realidad tengo 22 años.

-¿Y por qué dijiste que tenias 18? -pregunté, confusa.

-Es que pensé… tal vez pensabas que era demasiado grande.

-A mi no me importa la edad.

-¿Segura?

-Si. Hay personas que tienen mucha edad y son jóvenes, y hay jóvenes que son mayores -declaré y me sorprendí al escuchar mis propias palabras. ¿De donde había sacado eso? El pareció satisfecho con mi respuesta y volvió a besarme. Me tocaba suavemente, tanto con su mano como con su boca, y me dejé llevar.

-¿Has hecho esto antes? -preguntó al rato.

-Si.

-¿Esto… -dijo acariciando mi pecho -o algo más?

-Ya he tenido relaciones.

Alzó las cejas otra vez y luego sonrió.

-No tenes que mentir -dijo como si le hablara a una niña.

-No soy virgen -respondí molesta.

Su mirada cambió. Retiró la mano de mi corpiño.

-A mi no me molestaría que fueras virgen -dijo con tono seco. -De hecho preferiría que lo fueras.

-¿Por que? -pregunté con un nudo en la garganta.

-Porque eso te haría especial. No como las demás chicas.

Bajé la mirada, sintiéndome culpable y sucia.

-Pues no lo soy.

Mantuve la mirada en mis manos, así que no se de qué manera me miraba. Lo siguiente que supe fue que se estaba quitando la remera. ¿Es que pensaba que como no era virgen me iba a acostar con él? Crucé los brazos sobre mi pecho cuando intentó quitarme el top. Desistió al momento y en cambio comenzó a besarme de nuevo. Apreté los labios al principio pero ante su insistencia, relajé la boca y me dejé besar. Él se acomodó sobre mi y metió las manos por debajo de la tela para acariciarme la espalda y los pechos.

De pronto me sentí como algo muy pequeño. Toda la fuerza abandonó mi cuerpo, como si mis huesos se hubieran derretido. Cuando volvió a intentar quitarme la remera, no me resistí. Con movimientos torpes e impacientes, me quitó la ropa interior interior y metió una mano entre mis piernas.

-No, ya veo que no sos virgen -murmuró cuando me penetró con sus dedos. No me gustó que dijera eso pero no hice nada al respecto. Tenia la sensación de estar mirando lo que ocurría desde otro lugar.

El acabó de desvestirse y luego de ponerse entre mis piernas, comenzó frotarse contra mi. Entonces me dije que no era tan importante. ¿Por qué no tener sexo con él? Ya lo había hecho antes. Solo una vez… Para saber como era hacerlo con otra persona. Alguien mas cercano a mi edad. Además, él estaba excitado así que ya no podía echarme atrás.

-¿Estas bien? -preguntó cuando me hubo penetrado.

-Si, ¿por qué?

-Es que te quedaste quieta. ¿Te duele?

-No, estoy bien.

Me pareció ver decepción en sus ojos. Se acomodó mejor y empezó a moverse con más energía. Aflojé las piernas y apoyé mis manos en su espalda. Traté de responder cuando me besaba, pero después de un rato giré el rostro hacia un lado y cerré los ojos. Quise mantenerme en el presente pero con cada empuje era como si me estuviera hundiendo en la cama, disolviéndome con el colchón. Pronto perdí la noción de todo a mi alrededor.

-¿Puedo acabar dentro…? -preguntó después de algún tiempo. No me había parecido mucho.

-Si -respondí, extrañada por la pregunta.

-¿Te falta mucho a vos?

Otra pregunta extraña.

-No -mentí.

Mantuve la mirada clavada en uno de esos horribles posters mientras Martín aceleraba el ritmo y alcanzaba el climax. Sin saber qué hacer, dejé escapar un débil gemido y lo apreté un poco con las piernas, esperando que eso fuera suficiente. Él se dejo caer sobre la cama, y ahogó un gemido contra la almohada antes de darse la vuelta con una sonrisa. Estiró un brazo y me apretó contra él.

Eso era todo, pensé con decepción mientras apoyaba la mejilla contra su pecho.

-¿Y, qué tal? -preguntó cuando recobró el aliento.

-Bien.

-¿Seguro? -su voz sonaba escéptica -Dame un momento y vamos de nuevo. La segunda siempre es mejor, lo prometo.

No quería hacerlo de nuevo. No había valido la pena. Noté que la música seguía sonando de fondo, aunque apenas la escuchaba a través del zumbido en mis oídos. Alcé la mano y me observé la palma con atención. Tenía la sensación de astronauta.

-¿Martín… alguna vez hablaste con una chica por teléfono?

-¿Que?

-Quiero decir, ¿alguna vez recibiste una llamada… de una chica llamada Ana?

-Nop. La verdad sos la primera Ana que conozco. Aparte de mi abuela.

-¿Pero nunca te llamó una tal Ana? No digo que la conocieras, digo que te llamó y… la llamada se cortó. Fue hace como 6 meses.

-No. Nunca hable con una Ana. ¿De qué estas hablando? -me miró juntando las cejas y luego sonrió torcido -¿Pensás que ya nos conocíamos o algo así? Creo que me acordaría de vos.

-No, perdón, es una pregunta estúpida. No se porqué se me ocurrió.

Claro que no era el. Su voz no era nada que ver a la voz del teléfono. Nada en él tenía que ver con el hombre del teléfono. Miré nuestros cuerpos desnudos y una sensación enfermiza se instaló en mi estómago. Le pregunté dónde estaba el baño y me levanté de la cama para vestirme. Me sorprendió mi poca estabilidad cuando di un traspié antes de llegar a la puerta. Una vez en el baño prendí la luz, y tuve que cerrar los ojos unos segundos hasta acostumbrarme. Miré a mi alrededor fugazmente y me senté en el inodoro. Aparte de un poco de irritación, no sentía nada. Me quedé mirando el piso hasta que un golpe en la puerta me sobresaltó.

-Che, ¿estas ahí?

El susto me impidió contestar de inmediato.

-¿Ana?

-S-si, ya salgo -tartamudeé.

No escuché pasos que se alejaran de la puerta. Observé el nada familiar baño a mi alrededor. El espejo, el color de los azulejos, todo era extraño. ¿Dónde estaba? Cerré los ojos un momento, intentando encontrar los recuerdos. Había ido al boliche, había conocido a un chico. Ahora estaba en su casa. Y había tenido sexo con él. Abrí los ojos, sintiéndome mareada. ¿Realmente había tenido sexo con él? Me inspeccioné y estuve segura, lo había hecho. Me cubrí la cara con las manos. Las voces del televisor se escuchaban desde el baño y me pregunté si los abuelos de Martín habrían escuchado sus gemidos o el sonido de la cama crujiendo y me di cuenta de que era muy probable. ¡¿Dios, qué esta haciendo ahí?! ¿Cómo había llegado a este lugar? ¡¿Como había podido acostarme con un completo desconocido?!

Toc, toc.

-Ya va.

Me pasé un poco de agua fría por la cara y me senté con la cabeza hacia abajo esperando que se me pasara el malestar. No quería salir del baño. No quería enfrentar a Martín o a la mirada de sus abuelos pero no tenia otra opción. Con el estómago revuelto y un sudor frío en mi frente, abrí la puerta. Ni siquiera lo podía mirar a la cara. El se quedó inmóvil un segundo y luego me agarró del brazo y tiró de mi hasta meterme en su pieza.

-¿Qué te pasa..? ¿No pensarás que te violé o algo así?

-¡No, no! Es solo que… tomé demasiado alcohol.

-¿No era que no te gustaba?

-No me gusta. Pero mis amigas estaban tomando y tuve que tomar.

Me miró con el ceño arrugado y entonces me pareció ver alarma en sus ojos. Me soltó y dio un paso hacia atrás. Miró a su alrededor mientras se pasaba una mano por el pelo.

-Agarrá tus cosas, te acompaño hasta tu casa. Dale.

Con manos temblorosas recogí mi ropa interior y me la puse lo más rápido posible. No tenia ninguna otra pertenencia. Martin fue al baño, se vistió y luego me sacó de su habitación. Cuando pasamos por el comedor llegué a ver que el televisor estaba prendido pero no había nadie ahí, gracias a Dios. Volvimos a salir por atrás, atravesamos el oscuro pasillo, y llegamos a la calle. Me hizo repetirle mi dirección y empezamos a caminar. Me rodeé con los brazos mientras buscaba la dirección de las calles para ubicarme. Si mis cálculos eran correctos, estábamos a más de 20 cuadras. Ya no quise imaginar la reacción de mis padres ni planear una estrategia. Solo me quedaba rezar por que estuvieran durmiendo plácidamente y que la ventana de mi habitación estuviera destrabada.

A pesar de que llevaba zapatos de tacón bajo, me costaba seguirle el paso a Martín. Después de unas cuadras me miró con frustración, o eso me pareció, y me entraron ganas de llorar. Sin decir nada se quitó el buzo y me lo alcanzó.

-Gra-gracias.

El buzo me cubrió hasta por debajo de la minifalda, por lo cual estuve agradecida. No hacía frio pero la nariz me goteaba. Caminamos en silencio el resto del trayecto. Las calles estaban casi desiertas, y me pregunté si alguna vez las había recorrido a estas horas. Probablemente no.

Mi impaciencia por llegar a casa se desvaneció en las últimas cuadras. No tenia idea de lo que me iba a encontrar cuando cruzara la puerta.

-¿Tenés llave? -preguntó Martín impaciente, cuando nos detuvimos en mi vereda.

-Si -mentí. Me quedé en silencio, mirando sus zapatillas.

-Bueno…

-Perdón -susurré, aunque no sabía porqué. Él suspiró.

-No pasa nada -dijo raspando el piso con su suela. Parecía incómodo y con ganas de irse pero de pronto sonrió. Me acomodó un mecho de pelo detrás de la oreja y entonces bajó su rostro hacia el mio. No entendía su comportamiento pero sentí alivio porque si me estaba besando significaba que no estaba tan enojado conmigo. De repente una luz se encendió y Martín cortó el beso, alejándose. Se rió por lo bajo y dio un paso hacia atrás.

-Bueno, mejor me voy. Nos vemos, Ana.

-Chau -susurré, mortificada. Alguien había encendido la luz del comedor lo que significaba que alguien estaba despierto en mi casa.

Por favor Dios, que sea mi mamá.

Esperé a que la figura de Martin se perdiera al girar la esquina antes de mover mis pies y cruzar la tranquerita.

-¡¿Donde estabas?! ¡¡Estaba a punto de llamar a la policía!! -exclamó mi mamá abriendo la puerta antes de que yo tocara el picaporte.

-Pero… ¿Por qué? -fue lo único que se me ocurrió decir.

-¡¿Cómo que porqué?! ¿Tenes idea de la hora que es? Encima te llamo y me atiende tu amiga que no sabe dónde estas, que andas sin celular, que te fuiste con un “chico”…

-Me-me olvide el celular en el bolso de Micaela.

-Si, me lo dijo la primera vez que la llamé. Tres veces la llamé y no la volví a llamar porque ya me daba vergüenza. ¡¿Como te vas a ir sola sin avisar a donde ni con quien?! ¿Estas loca? ¿Sabes la noche que hemos pasado con tu padre?

Las explicaciones se atragantaron en mi garganta, sofocándome. Miré fugazmente la puerta cerrada de la habitación de mis padres y deduje que mi papá se habría ido a dormir en algún momento, cansado de esperar. A pesar de su enfado, mi mamá no estaba gritando más que en susurros, y esto me aterró porque significaba que tenía miedo de despertar a mi papá. Tragué saliva, e intenté hablar pero mi mamá me cortó.

-¿Dónde has estado toda la noche?

¿Qué podía decir? ¿Qué podía inventar?

-En… en lo de un amigo.

-¿Haciendo qué…? ¿Qué amigo?

-Mirando televisión.

-Mirando… ¡¿Y no se te ocurre llamar?!

-No pensé que fuera tan tarde.

-¿Y tu ropa? ¡Dios, mirá la pinta que tenes! Pareces… -se interrumpió para llevarse una mano a la frente. Me miré y caí en la cuenta de que todavía tenía puesto el buzo de Martín. Como me cubría hasta las rodillas daba la impresión de que no llevaba nada debajo.

-Micaela me tuvo que prestar ropa -dije alzando el borde para que viera la pollera.

-¿Por qué?

-Porque… ¡porque la ropa que me diste era horrible!

Mi mamá abrió los ojos de par en par, y su gesto cambió de enfado a apenado.

»¡Se me rieron en la cara cuando fui! -agregué, aferrándome al rol de ofendida. Mi mamá era fácil de distraer, tal vez podría desviar su enojo, pensé. Pero el plan se fue al traste cuando escuché movimiento en la habitación de mi papá. Mi mamá y yo nos congelamos en el acto. La escena podría haber sido cómica si no hubiera sido por el terror que sentía. La puerta se abrió de un tirón y apareció la figura ojerosa y furiosa de mi papá en el marco. Abrió los ojos como platos al verme. Luego desvió la mirada hacia el reloj de pared, y de vuelta a mi. Las venas en sus brazos parecieron hincharse. Di un paso hacia atrás y hundí la cabeza entre los hombros. Mamá intervino con voz conciliadora.

-Ya estas en casa hija, que es lo importante. Ese chico que te trajo… ¿era tu novio?

Dios, ¿por qué tenía que decir eso?

-No. Era-era un amigo.

-Pero… ¡Pero si se estaban besando!

Fue como si hubieran arrojado una bomba atómica en la cocina. Me la quedé mirando pero no había maldad en su gesto. Solo inocente indignación. Bajé la mirada sabiendo que todo en mi gritaba culpabilidad. El espantoso silencio se interrumpió por un chirrido. Mi papa había pateado el sillón. Sin decir una palabra me agarró del brazo y me arrastró a su habitación.

-¡No, no, no, por favor! -Supliqué en vano mientras me arrojaba dentro y cerraba la puerta de un portazo. Me arrodillé en el piso realmente aterrada. Él me levantó por el buzo y tiró hasta arrancármelo por la cabeza, provocándome un fuerte dolor en la oreja.

-¿De quién es esto? -farfulló con furia, apretando el buzo contra mi cara.

-M-me lo prestaron.

-¡¿Quién?!

-Un amigo.

-¿Un amigo? Un amigo -repitió con incredulidad. Pensé que me iba a abofetear así que cerré los ojos. En cambio me aferró el pelo en un puño.

-¿Desde cuándo tenes amigos vos, eh? ¡¿Desde cuándo?! -Me encogí ante su voz. No podía pensar cuando me gritaba tan de cerca.

»¡Respondé! -ordenó sacudiendo mi cabeza pero no me salió la voz. Nada de lo que dijera sonaría bien. Mi papá volvió a tirar de mi pelo.

»¿Qué estuviste haciendo hasta las 3 de la mañana?

-Nada, de verdad. De verdad -me disculpaba sin pensar en lo que estaba diciendo. Solo quería que se calmara.

-¿Te pensas que idiota? -Me agarró la cara por la mandíbula y me apretó con fuerza. -Mirame. ¿Te tocó?

-No. No -sacudí la cabeza, desesperada.

-¿Me estas mintiendo?

-No.

Me sostuvo la cara durante un interminable segundo. Luego tiró de mi brazo y me arrojó contra la cama. Me levantó la minifalda e inmediatamente después metió una mano entre mis piernas. Abrí los ojos, aturdida mientras me manoseaba el sexo. ¿Es qué iba a hacer esto con mi mamá del otro lado de la puerta? Ahogué un gemido cuando hundió dos dedos hasta el fondo y empezó a removerlos. Dejé caer la cabeza sobre la cama e intenté contener cualquier sonido. Tal vez si dejaba que hiciera lo que quisiera, se le pasaría el enojo. Después de unos segundos retiró los dedos de mi interior y comenzó a desprenderse el cinturón.

-¿No me estas mintiendo, eh? -murmuró con frialdad. No había acabado de entender lo que acababa de ocurrir cuando el primer cintazo descargó sobre mis piernas. Luego otro, y otro. Gritando de dolor, me intenté cubrir pero solo logré que me golpeara las manos. Desesperada, me subí a la cama y me hice un bollito cubriéndome la cabeza.

-…encima me mentís en la cara! ¡Pendeja de mierda! ¡Puta de mierda! ¿Hace cuánto? ¡¿Hace cuánto..?! -gritaba mi papá, furioso. El cinto descargaba sobre todo mi cuerpo, incluso en la cabeza.

-¡Basta!

Un aullido escapó de mi garganta al recibir un latigazo tremendo en la espalda. Sollozaba y gritaba. No reconocía mi voz.

-¡Basta! Basta, por favor.

Intenté quedarme quieta y esperar a que acabara pero el dolor era demasiado. Un instinto se apoderó de mí. Alcé las rodillas y lo empujé con todas mis fuerzas. Mi papá se tabaleó hacia atrás hasta chocar contra el ropero. Cuando me bajé de la cama quiso atraparme pero perdió el equilibrio y tuvo que usar sus manos para sostenerse. Usé ese microsegundo para salir corriendo de la habitación y de la casa gracias a que mi mama no le había echado llave a la puerta.

Con el corazón desbocado, corrí sin mirar atrás hasta doblar la esquina. Desde ahí corrí dos cuadras por la avenida y me detuve cuando llegué a una parada de colectivo. Era una de las paradas antiguas, construidas en ladrillo con huecos a los costados por donde se podía ver si venía el colectivo. Me refugié dentro y suspiré de alivio al ver que mi papá no me seguía. Me limpié las lagrimas de la cara y tomé una bocanada profunda de aire fresco. De a poco fui tranquilizándome. Contemplé las calles desiertas y noté que la noche estaba muy iluminada. Me asomé por el otro hueco y me encontré con una luna inmensa, totalmente llena en el firmamento. Era bellísima. Siempre había sentido fascinación por la luna. La miré fijamente mientras mi respiración se iba calmando.

De pronto algo llamó mi atención. A unas cuadras de distancia, en la esquina donde la avenida interceptaba otra avenida, había una mujer. Justo en la esquina. Llevaba un vestido o una pollera corta y caminaba de aquí para allá como si esperara a alguien. Parecía tener frío. Me pregunté qué estaba haciendo ahí, tan a la intemperie. Me la quedé mirando hipnotizada, esperando a ver qué hacía cuando un auto se detuvo. Ella se acercó y se inclinó sobre el conductor. Luego de charlar un rato se subió al coche. El corazón comenzó a latirme de prisa cuando comprendí que se trataba de una prostituta. Era bastante obvio ahora que lo pensaba, pero por alguna razón mi cerebro había bloqueado esa opción. Una especie de euforia se instaló en mi pecho, como si acabara de ver algo perteneciente a otro mundo. Un mundo nocturno y prohibido.

¿No tenía miedo esa mujer? ¿No temía que le hicieran daño? Imágenes empezaron a sucederse en mi mente. Me vi a mi misma parada en esa esquina. Vi a un hombre parar su coche y llamarme. ¿Qué le diría? No sabia. Yo me subía a su coche y él me llevaba a algún lugar. A un lugar oscuro. Algo terrible me ocurría. Al día siguiente alguien encontraría mi cuerpo desnudo y ensangrentado. Me llevarían al hospital. Un amable doctor se inclinaba sobre mi con una sonrisa compasiva en su rostro. Era atractivo. Ni muy joven ni muy mayor. Apoyaba con delicadeza su mano en mi frente y me decía con voz grave y suave que ya todo había acabado. Que ahora estaba a salvo. Que ya no tenía que tener miedo.

Un sonido me sacó de mi trance y me detuve en seco. Sin darme cuenta había empezado a caminar hacia el cruce de avenidas. Miré en la dirección de donde procedía el ruido y vi como un grupo de chicos se acercaba, caminando en zig zag por el medio de la calle. Me escondí dentro de la casilla y apreté mi espalda contra la fría pared de ladrillos. Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando caí en la cuenta de mi situación. Eran las 3 o 4 de la mañana y yo estaba en medio de la nada, en un barrio bastante malo, vestida como una prostituta. Los gritos y las risas se aproximaron hasta que el pánico llenó mis oídos con un pitido agudo. Escondida en la sombras, le pedí al cielo que no me vieran. Los segundo se alargaron infinitamente hasta que al fin los chicos pasaron a pocos metros de mi, pateando una lata con cada paso que daban. Me sobresalté cuando uno de ellos estrelló una botella contra el cordón de la vereda, acto que sus amigos le festejaron. No me animé a moverme hasta que sus voces se alejaron unas cuadras. Temblando, me asomé y los observé alejarse con alivio. Miré la luna llena en el cielo y no por primera vez le pedí al Dios que ignorara mis pensamientos. Di gracias por que no hubieran notado mi presencia y prometí no volver a desear desgracias.

Esperé a que los chicos se perdieran de vista y entonces corrí hacia mi casa casi tan velozmente como cuando había huido. Ahora que mi cuerpo se había enfriado podía sentir cada músculo adolorido. Cuando hube llegado, solo la luz del porche estaba prendida. Nerviosa, bajé el picaporte y la puerta se abrió. Haciendo el menor ruido posible, entré dentro y suspiré de alivio al ver la puerta de mis padres cerrada. Eché la llave y caminé de puntillas hacia el baño. Una vez dentro me demoré contra la puerta unos segundos y luego me paré frente al espejo con la intención de lavarme la cara con agua fría. Mi imagen me dejó pasmada. A prueba de agua o no, el maquillaje se había corrido. El rimel manchaba mis párpados y el pintalabios se había difuminado en los bordes de mis labios. Solo me llegaba a ver hasta los hombros, pero el diminuto top apenas me cubría algo. La tela dibujaba mis pechos y entre medio dejaba ver el borde de mi corpiño blanco.

Tragué saliva ante mi aspecto. Parecía una… mi mamá había dejado la frase sin terminar pero ahora yo la podía completar. Parecía una puta. Una trasnochada. ¿Y acaso no lo era? Pensé en lo que había hecho esa noche y me dije que si, lo era. Me miré a través de los ojos de mi papá y la vergüenza me aplastó como un manto de plomo. Sintiendo asco de mi imagen, agarré la esponja de la ducha y me restregué la cara con agua y jabón. Me desesperé al ver que el delineador no salía. Llorando de frustración me refregué una y otra vez pero apenas si lograba desparramar el negro. Con la piel y los ojos enrojecidos, me di por vencida y me enjuagué la cara. Al secarme con la toalla sentí un ardor en la oreja. Me observé en el espejo y el estómago se me encogió al ver que uno de mis aros estaba incrustado a medio camino del lóbulo. Después de pensarlo un momento deduje que debía haber ocurrido cuando mi papá me quitó el buzo por la cabeza. Toqué el aro varias veces con intención de quitármelo, pero la impresión me acobardaba. Mientras más lo miraba, más descompuesta me sentía así que cerré los ojos y, después de contar hasta tres, me lo quité de un tirón.

Respiré profundo un par de veces para quitarme el mareo y fui a la cocina en busca del alcohol. Me limpié la sangre sin mirar y luego de envolverme la oreja con un algodón humedecido en alcohol, me dirigí a mi habitación. Me quité esa ropa horrible y me cubrí con las sábanas, agotada. Me daba asco acostarme tan sucia como me sentía pero no tenia otra opción. En la mañana me ducharía y lavaría todas las sábanas.

En la oscuridad, sintiendo palpitar cada golpe del cinturón en mi cuerpo, repasé uno a uno todos los sucesos de la noche y las decisiones que me habían llevado a este lugar. ¿Por qué no me había ido con Micaela y Belén? ¿Por qué seguí caminando? ¿Por qué no llamé a mis padres? ¿Por qué no me resistí? ¿Por qué no me negué? No había respuesta. Me hice un bollito y lloré de bronca y vergüenza mientras me recriminaba mi comportamiento. No podía culpar a mi papá por su enfado ni por haberme castigado. Me lo merecía. Me lo merecía por mi estupidez.

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Ana – 40 Diferente

Al día siguiente fue a un ciber y eliminé todas mis cuentas. Incluso una cuenta Hotmail que tenía hace varios años. Mi primer mail. Todos los mensajes, todos los contactos. “¿Estas seguro de que quieres eliminar esta cuenta?”

Si. Si. Si.

No estaba segura, pero estaba furiosa. Y enferma de vergüenza. No podía ver ningún ningún contacto sin pensar que podía ser de él. ¿Cómo saberlo? Cada cosa que había compartido con alguien, ahora me imaginaba a mi padre del otro lado, leyéndolo. No era de contar mucho de mi vida, pero a veces se me escapan cosas. Contaba que me sentía sola… a veces inventaba cosas para hacerme sonar mas interesante. Nunca podría contarle nada a nadie sin pensar que tal vez… tal vez fueran él. ¡Eran todos él! Borré todo y me dije que no volvería a hablar con extraños, lo cual significaba no volver a usar internet prácticamente.

Unos días después, estalló una tormenta. Apenas crucé la puerta de la casa mi mama exclamó “¡Hablando del diablo!”. Bloqueé su comentario y la figura de mi papa que estaba sentado en el sillón con gesto serio, y seguí camino a mi habitación.

-Ni se te ocurra esconderte, tenemos que hablar… ¿Adivina a quién me crucé hoy? -dijo ella, cortándome el paso.

-Yo que se.

-Con Marta ¿Te acordás de Marta?

Un escalofrío me erizó la piel.

-No.

-Marta me contó que te vio hace unos meses, -siguió, ignorando mi respuesta -me contó que te vio en una salita… ¡pidiendo anticonceptivos!

-¡¿Que?! Eso es mentira.

-¿Y que es esto? -preguntó mostrándome una caja de píldoras anticonceptivas. Fue entonces cuando noté que la puerta de mi habitación estaba semiabierta y dentro todos mis cajones abiertos y revueltos. Mi cara enrojeció en un segundo.

-¿Revisaste mi habitación?

-¡Mas vale que lo hice! ¿Qué es esto?

–Anticonceptivos

–Eso lo se muy bien, ¿por que estas tomando esto?

–Dame la caja.

–Ana… ¿desde cuando…? ¿Tenes novio?

–Dame la caja.

–Yo ya se que las chicas de hoy…

–¡¡Dame la caja!!

– ¡Ana escuchame! Esto es serio. Yo soy tu madre y se más cosas que vos. Sos muy chica como para andar tomando esto. Las pastillas tienen una fuerte dosis hormonal y vos todavía sos una adolescente, te falta crecer, te falta desarrollarte, tu metabolismo….

–¡¿Crecer?! ¡Ya tengo 16 años! ¡¿Cuanto más te pensás que voy a crecer?!

–¡JA! ¡Te falta mucho por crecer! Eso es lo que piensan las chicas de hoy, que con 16 años se la saben todas, que ya son mujeres… No, nena… hay muchas cosas que te faltan por aprender.

–¿Estas hablando de mi o de vos?

Mi mama me miró desconcertada y luego su gesto se puso triste –De las dos.. No quiero que comentas los mismos errores que cometí yo.

–Ah, ¿así que fui un error? –le solté, solo para desviar la conversación. Yo sabía muy bien que había sido un error.

–¡No Ana! Eso no es lo que quise decir, es solo que… Pensé que eras diferente.

–¡¿Diferente?! –estallé y ya no pude contener toda la emoción reprimida –¡¿Diferente cómo?! ¿Diferente porque siempre estoy sola? ¿Diferente porque no tengo amigos? ¿Porque soy una nerd? ¿Porque nunca he ido a un boliche? ¿Porque nunca he tenido novio? ¡¡¿Así es como querés que sea?!! -Grité olvidando todo a mi alrededor. De un tirón le arranqué la caja de las manos y corrí a mi habitación dando un portazo.

Caminé de un lado a otro, temblando. Sentía tanto llanto pujando desde el fondo de mi estómago que no podía respirar. Miré mis cajones revueltos como si hubieran vomitado mis cosas en el piso y se me revolvieron las entrañas. ¡No toques mis cosas! ¡Te odio, te odio! Me dejé caer en el piso y hundí la cara contra el colchón intentando sofocar mis ganas de gritar. En el comedor se escuchaba la voz de mi papá.

-¿… qué querés que haga Mónica…? Está en la edad.

-¡¿Cómo podes decir eso?!

¡Mi papa! ¡Había dicho esas cosas frente a el! Me cubrí la cara con las manos ¿Por que era tan débil? ¿Por que no me había quedado callada? Casi me había largado a llorar frente a ellos. No se lo merecían. Mis sentimientos eran todo lo que tenía, mis secretos, mi dolor. ¡No se lo merecían! Mordí el colchón con fuerza y me tiré del pelo para evitar golpear mis mejillas. Luego me trepé a la cama y me hice un bollito bajo las mantas. Los oídos me zumbaban por lo que no podía entender ya lo que decían. Lagrimas seguían derramándose pero lentamente me fue envolviendo el aturdimiento apático que me permitía descansar.

–No me importa… no me importa si me hacen mal, no me importa… –murmuré inaudible, apretando la caja de anticonceptivos contra mi pecho –Es lo único que tengo para protegerme… es lo único que tengo… lo único… -sollocé hasta quedarme dormida.

A la mañana siguiente

Hace horas que estaba despierta, pero no quería salir de mi habitación. No podía juntar el valor para ver a mi mamá a la cara, siendo que ella pensaba que yo tenia novio y que estaba teniendo relaciones sexuales. Su odiosa mirada de decepción y sus sermones. Yo era la chica mas aburrida del mundo y me había mirado como si fuera una atorranta drogadicta. Así de frágil era su confianza en mi, así de poco me conocía.

La puerta se abrió tan despacio que casi no me di cuenta.

-¿Puedo pasar hija…? -preguntó mi mama con timidez. Me erguí automáticamente en la cama y apoye la espalda contra la pared. Ella entro en la habitación y se sentó en el borde de la cama.

-Ana, tenemos que hablar…

A pesar de mi enojo, no pude evitar sentir un escalofrió. Odiaba que dijera eso. Me ponía los pelos de punta. Decidí que no abriría la boca hasta que saliera de mi habitación.

-He hablado con tu padre y hemos decidido… que podes ir a un boliche.

Me la quedé mirando.

-Ya sos grande. Tenes edad suficiente para ir a un boliche.

»¡No es que no pudieras ir! -siguió ante mi silencio. -¡Es que pensábamos que no querías! Nunca nos lo pediste.

Era verdad. Nunca lo había pedido. En realidad no quería ir a un boliche…. ¿O si? Me alejé automáticamente cuando me acarició el pelo. Dejó caer la mano y se removió nerviosa en la cama. Me sentí culpable pero solo durante un segundo.

-Cómo pasa el tiempo… -suspiró antes de ponerse de pie.

»Así que eso… si querés ir un día, solo tenes que avisarnos. ¿De acuerdo?

-Bueno -murmuré, totalmente desconcertada por la conversación. Estaba ya en la puerta cuando se giro otra vez.

-Una cosa mas hija. Si tenes un novio… A tu padre y a mi nos gustaría conocerlo.

Tragué saliva, y giré el rostro hacia la ventana.

-Bueno, eso nomas. Anda levantándote que vas a llegar tarde al colegio.

Mi papa no habló conmigo en ningún momento, y esto me puso nerviosa. No sabia qué era lo que pensaba ni como iba a reaccionar cuando estuviéramos solos. Pero no tardaría en averiguarlo, pues esa misma tarde me pasó a buscar al colegio. Condujo en silencio por la avenida, alejándose del centro, y yo comencé a retorcer las manos sobre mi falda. Seguro que pensaba que tenía novio, y no tenía idea de como haría para convencerlo de que no era así.

Cuando entramos en la habitación, me quedé cerca de la puerta mientras él se quitaba la campera. Contempló la cama con las manos en la cintura y luego camino hacia la ventana y corrió las cortinas. Entonces se sentó en la cama y se apretó el muslo.

-Acercate. -ordenó.

Obedecí y me senté a su lado. El volvió a apretarse la rodilla como si no supiera por donde empezar.

-¿Hace cuanto estas tomando pastillas?

Tragué saliva.

-Hace unos meses.

-¿Hace cuanto..?

»¿Mas de dos meses? -agregó ante mi silencio.

-S-si.

-¿Por qué? -Preguntó con gesto confuso.

Me miré las zapatillas y me alcé de hombros.

-¿Tenes novio? Podes decirme, prometo que no me voy a enojar.

-No tengo. Lo juro, no tengo, no tengo…

-Sh, esta bien… Te creo -puso la mano en mi espalda y me frotó, tranquilizándome. Nos quedamos en silencio otra vez.

»¿Y las tomas todos los días? -murmuró rodeándome por la cintura.

-Si.

-¿Sin falta?

-Si.

Me peinó el pelo hacia atrás y después de acariciar mi cuello unos segundos se inclinó sobre mi, haciendo que me recostara sobre la cama. Me fue quitando la ropa lentamente hasta dejarme desnuda. Me tocó entre las piernas hasta que pudo penetrarme con varios dedos. Solo entonces se puso de pie y se desvistió él. Una vez desnudo se metió entre mis piernas y me frotó con su miembro antes de deslizarse dentro. Lo hizo lentamente, rodeando mi cara con sus manos. Cerré los ojos. No lo podía mirar, y aun si pudiera, los ojos se me llenaban de lágrimas impidiéndome enfocarlo. Mientras comenzaba a moverse me hizo preguntas que me incomodaron, como si sentía algo diferente, o si me gustaba mas. No se que respondí. Fue diferente, no se si por lo que yo sentía o por lo que él sentía. Me besó el cuello, la cara e intentó besarme en la boca. Tardó menos de lo usual en acabar, y lo hizo más ruidosamente. Su sudor mojaba mi piel, pero no era el único líquido que sentía sobre mi. Dentro de mi.

-¿Y porque no me dijiste? -preguntó cuando recobró el aliento, al tiempo que acariciaba mis pechos. Encogí mis hombros.

»¿Te daba vergüenza?

-Si.

-Tontita…

Mientras nos duchábamos, me pasó la esponja por todo el cuerpo y yo me dejé hacer como si fuera una muñeca. Cerré los ojos, aliviada de que creyera que no tenía novio. Había temido su enfado tanto, que el hecho de que confiara en mi me hacia sentir algo en el pecho. Mientras el agua caliente caía por mi piel, las cosas perdían significado y ya no podía recordar porque había estado enojada. De pronto dudaba de mis recuerdos. ¿Como me podría haber hecho daño alguna vez si ahora era tan cariñoso? Tal vez mis recuerdos estaban mal, tal vez él lo intentaba de verdad y era yo la que me negaba a verlo. Mi papá hizo un chasquido con la lengua, sobresaltándome.

-Te va a quedar una cicatriz… -murmuró con desaprobación, mirando mi brazo. Me tensé al recordar la herida. -Tenes que ser mas cuidadosa, hija. Ana… -Agregó en tono más suave. Me alzó la cara para que lo mirara y me acarició la mejilla con el pulgar -Las cicatrices te estropean la piel y eso es una pena, porque tenes una piel hermosa. Después preguntale a tu madre si tiene alguna crema o algo para ponerle.

Asentí, ya que no podía hablar. De repente me rodeó con lo brazos y me apretó fuerte contra su pecho.

-Tenes que tener mas cuidado… -murmuró contra mi cuello. -¿Lo prometes?

-Si -susurré apoyando la mejilla contra su hombro. Deseé que me abrazara con mas fuerza y, como si hubiera escuchado mis pensamientos, su brazo se tensó a mi alrededor sujetándome. Su otra mano bajo hacia mi trasero y comenzó a masajearme. Solté un gemido y retorcí los pies cuando sus dedos jabonosos se sumergieron entre mis nalgas…

Una hora después viajamos a casa en silencio. Era tarde, el sol apenas era visible. En un momento encendió la radio y se puso a cantar al son de una canción de Luis Miguel. Me tomó de la mano y me la apretó y yo sentí que me apretaba el corazón. Por la ventana, las nubes oscuras contrastaban con el cielo naranja brillante. Por alguna razón, cuando el auto se detuvo frente a nuestra casa, no sentí el alivio de siempre. Hubiera querido seguir mirando por la ventana un tiempo mas, mientras me sostenía la mano y su voz sonaba de fondo. No cantaba mal, y también sabía silbar. Quise que ese trayecto, entre el hotel y nuestra casa, durara mas. Cuando bajara del coche él sería mi papa de nuevo, y yo volvería a ser su hija…

***

Durante los siguientes días no podía dejar de pensar en lo que me había dicho mi mamá. Siempre había fantaseado con salir de noche, pero por alguna razón siempre lo había visto como algo alejado o inalcanzable. ¿Que iba a hacer yo en un boliche de todos modos? No me gustaba esa música, no me gustaba la gente, no me gustaba bailar… ¿Pero como sabia que no me gustaba si nunca había ido? ¿Acaso quería ser así de aburrida toda la vida? Tal vez era hora de dejar atrás mis miedos.

Con esto en mente fue como el jueves, con el corazón martillandome de nerviosismo, seguí un impulso. Como cada vez que se acercaba el fin de semana, chicos y chicas mayores repartían entradas 2×1 para los boliches de la ciudad. Me abrí paso entre los compañeros que se amontonaban a su alrededor y me acerqué a donde estaba Micaela con sus amigas. Ya casi no quedaban fines de semana en el año escolar, era ahora o nunca.

-Mica… -susurré al tiempo que le tocaba el hombro. Ella se dio vuelta y me miró como si no me conociera. Tragué saliva.

-¿Van a salir este fin de semana?

-Si…

-¿Les molesta si voy con ustedes?

Entrecerró los ojos y por un momento creí que diría que no.

-¿Vas a traer a tu novio? -preguntó en cambio. Parecía entusiasmada.

-No, a él… no le gusta salir.

¡Rayos! Debería haber dicho que ya no tenia novio.

-¿Y te deja salir sola? -Intervino Débora.

Me encogí de hombros.

-Más o menos

Todas se rieron por alguna razón. Micaela me miró de nuevo, mas detenidamente.

-Venite a mi casa mañana a las 10, ¿sabes donde vivo?

-Creo que si.

Al parecer no recordaba que en primer grado había ido a dormir a su casa una vez. No la culpaba. A mi también me parecía extraño que alguna vez hubiéramos estado tan cerca. Durante las 24 horas siguientes me arrepentí unas 100 veces de haberme comprometido a ir con ellas a bailar. Estaba casi enferma de los nervios, y el hecho de que no tuviera ropa adecuada empeoró la situación. Mi mamá me terminó prestando ropa de cuando ella era joven. Mientras tiraba prendas sobre su cama, hacia comentarios nostálgicos sobre sus días de adolescente.

-¡Pensar que ahora toda esta ropa se esta volviendo a usar! Así son las modas. Tarde o temprano, todo vuelve.

Revisé la ropa, viendo polleras cortas, vestidos, y jeans. Decidí que la comodidad era mas importante que el look, y elegí un jean negro, elastizado, tiro alto. Ya no se hacían jeans así, ahora eran todos tiro bajo y no me gustaban. Me lo probé y apenas pude cerrar el cierre.

-¡Mira que cinturita tenía a tu edad, eh! -exclamó felicitándome, o felicitándose. La verdad es que ella seguía siendo delgada y seguía vistiendo de manera juvenil. Incluso mas que yo.

Mientras me miraba al espejo pensaba en como pedirle a mi mama que llamara a Micaela para decirle que estaba enferma y no podría ir. Pero el orgullo me impidió decirlo en voz alta.

Mi papa se mantuvo ajeno a todo el proceso, ignorando cómo mi mama me ayudaba arreglarme. Solo a ultimo momento, cuando el remis tocó bocina, intervino con gesto serio.

-A las 12 en punto, estas en casa -dijo terminante.

-Si, a las 12 -prometí. La verdad es que agradecía tener una excusa para volver temprano.

Cuando el auto se detuvo frente a la casa de Micaela me dije que ya era tarde para echarse atrás. En el trayecto había incluso pensado en decirle al conductor que me dejara en centro, meterme en un ciber, y quedarme ahí una hora, pero deseché la idea por lo patética. Le ordené a mi cerebro que se callara. Estaba siendo una tonta. No era para tanto.

Toc, toc.

Micaela abrió la puerta y me miró de arriba abajo antes de saludarme.

-¡Ana! Que puntual. Entrá. ¿Trajiste la ropa?

-¿Qué ropa? -pregunté mientras ella cerraba la puerta.

-La ropa para bailar.

Mire hacia mis sandalias de taco bajo.

-No me digas que pensás ir así.

-¿Por que no? -murmuré poniéndome colorada. Belén y Débora se acercaron, rodeándome.

-¡Dios Ana, no podes ir con jean! -Exclamó Micaela, girando los ojos hacia el techo -Capaz que ni te dejan entrar así…

Me pasé las manos transpiradas por el jean. Observé mi ropa con otros ojos. Mi musculosa negra y la camperita de lana fina color gris perla que me habían regalado hace unos años y nunca había usado. Luego las miré a ellas. Todas llevaban minifalda. Micaela tenía un top dorado de breteles finísimos que dejaba ver su corpiño. Definitivamente se había puesto relleno.

-Igual no importa -dijo alzando las manos con entusiasmo -Yo te presto ropa, veni. -me tomó de la mano y me llevó a su habitación. Belen y Débora vinieron detrás.

Nunca había visto tanta ropa como la que tenia Micaela en su ropero. Ropa hermosa, brillante y colorida. Aparte de la mortificación a causa de mi aspecto, me invadió la envidia. Yo no tenía nada así. Ni siquiera tenia un espejo lo suficientemente grande como para contemplarme. Micaela tenia un espejo de cuerpo entero, con marco de peluche rosa fucsia. Toda su pieza era genial.

-A ver, desvestite -Ordenó, cortando mis pensamientos. Dudé un momento y luego me saqué la camperita de lana y la deje sobre la cama. Micaela me alcanzó una minifalda de jean y un top de espalda abierta. Con manos torpes, me quité el jean lo más rápido posible y me puse la minifalda. ¡Menos mal que me había depilado las piernas! De hecho me había depilado mas que las piernas…

El top era de una tela extraña, azul metálica, y tenia un cuello que se fruncía y se hundía entre mis pechos. Me sentía desnuda y tuve que reprimir el impulso de taparme con los brazos. Me paré frente al espejo y me observé extrañada. Nunca había visto mis piernas así. Me sobresalté cuando Micaela me rodeó desde atrás y me pellizcó las costillas.

-¡Que hija de mil! Flaca y con tetas -Exclamó tirando de mi remera hacia abajo. Automáticamente me cubrí con las manos.

-¡Ay vamos! ¿Para que las tenes si no las vas a mostrar? Sino prestamelas -bromeó y me guiñó un ojo. Todas rieron. Yo también. A pesar de mi incomodidad sentí una punzada de satisfacción ante sus comentarios.

-¡Ahora el maquillaje!

Me arrastraron hacia el comedor otra vez y me sentaron de manera que me diera la luz en la cara. Yo le había pedido a mi mama que me depilara las cejas y me pusiera un poquito de rímel. Solo eso me había parecido un gran cambio pero al parecer no era suficiente.

-No mucho. No me gusta el maquillaje -le aclaré, impotente. Micaela tenia los ojos super maquillados. A ella le quedaba bien, pero no creía que me fuera quedar bien a mi.

-No te preocupes. Cerrá los ojos.

-¡Yo le plancho el pelo! ¿Te puedo planchar el pelo? -preguntó Débora.

-Bu-bueno.

Así que mientras Micaela me ponía maquillaje por toda la cara, Débora me peinaba y Belén hacia comentarios sobre los progresos.

-¿A que hora viene Maxi? -preguntó en un momento.

-Once y media me dijo, pero viste como es… -respondió la otra.

Se me tensó el estomago. ¿Once y media? ¿Y cuándo íbamos a ir al boliche?

-No mucho… -murmuré después de unos minutos. Ya había perdido la cuenta de las capas de maquillaje que me iba poniendo.

-Sh, cerrá los ojos. No te estoy poniendo mucho, no te preocupes…-dijo y ella y Belén se rieron por lo bajo. De pronto todo mi cuerpo se tensó. ¿Y si se estaban burlando de mi? ¿Y si me estaban pintando una cara de payaso para hacerme pasar el ridículo? Tragué saliva e intenté contener las lágrimas. Era lo único que faltaba.

-Mirá para arriba.

Así lo hice y los ojos se me humedecieron al contacto del lápiz delineador. Me limpié con la punta el dedo.

-No te preocupes, es a prueba de agua -Explicó.

Genial.

Unos tortuosos minutos más, y al fin acabó.

-¡Ya esta! -declaró guardando el delineador. -¡Belén trae el espejo!

Me erguí sobre la silla y estiré el cuello ya que me sentía contracturada. No tenía idea con lo que me encontraría pero cuando vi mi imagen en el espejo, me quedé pasmada. No me había pintando una cara de payaso, gracias a Dios. De hecho no me habían puesto mucho maquillaje. O mejor dicho, esa era la impresión. Micaela era realmente buena maquillando. No se me veían las ojeras, mis cejas estaban super delineadas y mis ojos… Me llevé una mano a la cara y me toqué despacio.

-¿Te gusta?

-No… no me reconozco -susurré y sonreí. -Gracias, me gusta.

Me puse de pie y todas volvimos a la habitación. Me contemplé en el espejo de cuerpo entero. El pelo planchado parecía mucho mas largo y me caía por la espalda en cascada hasta las caderas. Mis ojos eran grandes y alargados, con pestañas super espesas y mi piel pálida parecía perfecta.

-¿Qué cambio, no? -comentó Débora mientras me tocaba el pelo.

-Si, la verdad -respondí con sinceridad.

Ayudé a Micaela a doblar y guardar toda la ropa en el ropero. A pesar de las protestas de las chicas, me volví a poner la camperita de lana con la excusa de que tal vez luego me daba frío. De pronto me acordé que mi celular estaba en el bolsillo del jean sobre la cama. Lo agarré y me recorrí la falda buscando algún bolsillo. No había ninguno.

-Mica, podes guardar mi celular en tu cartera?

-Si, claro.

Eran las doce menos cuarto cuando al fin la mamá entró en la habitación para avisarnos que nos habían venido a buscar. Todas nos despedimos de sus padres y salimos de la casa. Fuera esperaban cinco chicos, casi todos compañeros de colegio. Intercambiamos saludos rápidos y comenzamos a caminar rumbo a la costa. Si mi mama hubiera sabido que íbamos a ir caminando desde lo de Micaela al boliche, no me hubiera dejado ir.

-¿Ana…? -preguntó Damián, uno de nuestros compañeros de clase. Al parecer no me había reconocido.

-¿Viste cómo la arreglamos? -intervino Micaela, sin darme tiempo a responder.

-Bueno, tampoco es que Ana estuviera rota, Mica -Aclaró Belén, dándome un codazo.

-¡Ay, es una forma de decir! ¿O no que estas re diferente?

-Y… si -murmuré.

-¿Ves? No se ofendió -le aseguró a Belén, como si yo no estuviera ahí. Apreté los dientes y me quedé callada. Yo ya sabia como era Micaela así que era mejor ignorar todo lo que dijera.

Mientras caminábamos en grupo por el medio de la calle, sentí mariposas en el estómago. Estaba ocurriendo. Algo que había fantaseado, estaba ocurriendo. Era parte del grupo. ¡Y no había sido tan difícil! Solo había tenido que animarme. Un poco de maquillaje y una minifalda había el hecho el resto. El entusiasmo y los nervios me hincharon el pecho. Me sentía diferente, como otra persona. Como alguien mas interesante y divertida.

Durante el trayecto, varios chicos y hombres nos gritaron cosas obscenas, pero como estábamos todas juntas simplemente nos reímos. Micaela incluso le hizo la señal de fuck you a uno. Si hubiera estado sola me hubiera muerto de miedo. Aunque pensándolo bien, si hubiera estado sola no estaría en esta calle, con esta ropa, de camino a la playa.

Fuimos a un boliche que estaba sobre el mar, junto a los balnearios. “El Contrabandista”. Todo el exterior estaba recubierto de madera vieja lo cual hacia que de lejos pareciera un barco pirata. Tenia una especie de terraza arriba y una puerta que daba a una escalera que bajaba. La mayor parte del edificio era subterráneo. En la entrada había dos guardias, ambos altos y robustos, con cara de pocos amigos. Cuando llegamos a la puerta uno de ellos, que era pelado y tenia lentes oscuros, nos saludó como si nos conociera de toda la vida y se inclinó para que le besáramos la mejilla. Sin saber qué hacer, imité a las demás y, una a una, fuimos ingresando al lugar. Mientras bajábamos la escalera, la luz fue desapareciendo, reemplazada por una luz azul parpadeante y una música tan fuerte que aturdía. Me apreté a Belén y cuando llegamos a la multitud del interior, le agarré el brazo para no perderla de vista. Caminamos haciendo trensito hasta llegar a un rincón donde había un amplio sillón blanco. Débora y Maxi, su novio, se fueron a bailar juntos, y Micaela se fue hacia el mostrador para dejar la cartera. Con Belén nos sentamos en el sillón a esperarla. Pronto se acercaron varios chicos a preguntarnos si queríamos bailar. Me sorprendió que me preguntaran a mi también. Respondí que no automáticamente. Me sentí aliviada de que Belén los rechazara también pero entonces se acercó otro chico, realmente lindo, y ella dijo que si. No la culpaba, pero mientras se alejaba me entró el pánico. Apenas la podía ver entre la gente, con las luces que parpadeaban de manera que las personas parecían moverse como fotografiás, pero noté como bailaba una especie de salsa con el chico y sentí envidia. No tenia idea de como bailar así, solo haría el ridículo. Varios chicos más me pidieron para bailar, pero los rechacé.

-Bueno, ¿me puedo sentar con vos entonces? -respondió uno con una sonrisa.

-Esta bien, -le respondí sin saber cómo decirle que no. Se sentó mi lado y un segundo después pasó un brazo por mis hombros. En el sillón a nuestra izquierda había una pareja que se estaba besando, de una manera asquerosa en mi opinión, como si estuvieran solos, y este chico parecía querer imitarlos. Giré el rostro cuando intentó besarme. Ni por casualidad quería hacer eso, no era mi tipo.

-¡Vamos, un beso nomas! ¡Sos muy linda!

-¡No te escucho! -le dije por sobre la música, y era casi verdad. No se podía hablar ahí adentro.

Lo intentó un par de veces mas y finalmente se levantó y desapareció entre la multitud. De pronto me encontré sola, sentada ahí, rodeada de gente besándose y bailando. Y yo no quería hacer ninguna de las dos cosas. Permanecí ahí lo más posible pero de pronto sentí que me sofocaba. Me levanté y fui abriéndome paso entre los que bailaban, rumbo a la salida. Había demasiada gente, demasiado ruido, demasiado todo. Suspiré aliviada cuando divisé la escalera que subía hacia la calle y el aire fresco. Estaba casi arriba cuando alguien me agarró del brazo. Me di la vuelta sobresaltada y él me soltó inmediatamente.

-Perdón. Hola.

-Hola -respondí automáticamente. Era un chico mayor. Mucho mayor. Tenia vello en la pera.

-No se escucha nada ahí dentro -comentó metiéndose las manos en los bolsillos.

-No… -dije y sonreí nerviosa. -Estoy medio sorda-.

El sonrió también y luego bajó la vista hacia mi escote.

-¿Te puedo preguntar como te llamas?

-Si. Digo… Ana -Me ruboricé como una tonta. -¿Vos cómo te llamas?- le devolví.

Bajó su cabeza a mi altura antes de responder:

-Martín.

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Ana 39 – Confiar

No podía ser, no podía ser…

Si podía ser.

Un frío se instaló en mi pecho, erizando mi piel. Tenía que salir de ese lugar. Me puse de pie y salí corriendo fuera del ciber.

-¡Ana!

No paré. Seguí hacia la esquina, doble. ¿Donde ir? ¿Donde? A ningún lado. Divisé el coche y empecé a caminar hacia el. Cuando llegué me metí dentro. Necesitaba refugio, no quería que la gente me viera. Quería que me tragara la tierra.

-¡Ana!

La puerta a mi lado se abrió y mi papá asomó la cabeza dentro del auto.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué te fuiste así?

-¡¿Y a vos que te parece?! -le grité sin pensar. Mi cuerpo temblaba. El me miró sorprendido durante un segundo y entonces vi algo en sus ojos. Fue fugaz, pero lo vi. El sabía. Lo sabía. Giré el rostro hacia la ventana y apreté los puños.

-Vamos a algún lugar a hablar… -murmuró mientras se sentaba a mi lado.

-Quiero ir a casa.

-Ana…

-¡¡Quiero ir a casa!! -grité, sacudiéndome su mano. -¡¡No quiero ir a ningún lado nunca mas!!

Su gesto cambió entonces. Puso la mano en mi cuello otra vez y me apretó la nuca con fuerza.

-Bajá el tono. No te olvides a quien le estas hablando.

¿A quien le estoy hablando? ¡¿A quién?! quise gritarle, pero ya no podía. Toda la emoción se atragantó en mi garganta. Mi mente intentaba conectar los puntos, mostrarme algo que era demasiado horrible… demasiado evidente. Mi cara se ruborizo y los ojos se me llenaron de lágrimas. No podía pensar en eso ahora. No podía. Desvié la mirada y me quedé quieta, intentando no explotar. Intentando no romperme. Me concentré en no llorar con todas mis fuerzas. Tanto que apenas registré que mi papa había retirado la mano de mi nuca y ahora el auto se movía. Hacia dónde, no sabía. Solo podía pensar en respirar lentamente, una y otra vez. Una y otra vez. De pronto sentí unos dedos sobre mi cara y salté como si me hubieran quemado. No volvió a intentarlo. Faltaban pocas cuadras cuando me di cuenta de que íbamos a casa. Apenas paró el coche, abrí la puerta y corrí hacia la casa. Crucé el comedor y fui directo al baño. Cerré con llave y me apoyé contra la puerta.

Eran tan obvio ¡¿Como podía haber sido tan estúpida?! Era tan obvio… Me pregunté cómo habría conseguido mi mail pero había tantas maneras que no valía la pena. Siempre me olvidada borrar el historial en los cibers, le bastaba con haberse sentado en una computadora que yo hubiera usado antes. ¡Que estúpida! ¿Como no me di cuenta? Siempre estaba conectado cuando yo estaba conectada. Siempre insistía en hablar de mis padres…¡¿Cómo pudo haber una cosa así?! ¡¿Como pudo hablarme como si fuera un chico de mi edad?! No podía respirar de la bronca que sentía. Era 10 mil veces peor que cuando había encontrado mi diario tirado en el piso. Traté de recordar cada cosa que le había contado a Charly21. ¡Charly! Ni siquiera se había puesto un nombre diferente. Por eso nunca me creía… Por eso a veces parecía como si me leyera la mente.

Me senté en el piso, y me cubrí la cara con las manos. Le había dicho que iba mal en el colegio, le había dicho que odiaba a mis padres… ¿Que mas le había dicho? ¿Que mas le había revelado? Me cubrí la boca para no gritar. Todo lo que tenia eran mis sentimientos y mis pensamientos… eran míos, y él me los había robado. Me había engañado. ¿Como pudo hacer algo asi…? Agarré la toalla de manos y me la apreté contra la cara, para ahogar los sollozos. No era suficiente. La mordí con fuerza una y otra vez hasta que me dolían los dientes.

-¿Hija estas bien?

Tragué saliva varias veces antes de responderle a mi mamá.

-Estoy descompuesta.

-Ay hija… ¿Queres que te lleve al hospital? -preguntó desde el otro lado de la puerta.

-No.

-¿Que comiste hoy? ¿Comiste algo? ¿Queres que…?

-¡No quiero nada! -grité y la voz me sonó rara. Me tapé los oídos e intenté ahogar todo a mi alrededor hasta que mi mamá dejo de hablar. De pronto dejé de llorar y un impulso se apoderó de mi. Me puse de pie y busqué hasta encontrar la maquinita de afeitar de mi papá. Le desarmé el cabezal y quité las hojas. Inspiré una bocanada de aire y la apreté contra mi brazo lo mas fuerte que pude. Solo llegué a cortar unos 10 centímetros antes de que el dolor me despabilara. Pero fue suficiente. El corte se llenó de sangre y pronto ésta comenzó a derramarse por mi brazo. Miré las lineas que dibujaba la sangre, como hipnotizada, hasta que no pude sostenerme mas. Deje caer los brazos y cuando la sangre empezó a gotear el piso se me aflojaron las piernas. Me dejé caer. Un golpe de sudor cubrió mi frente y me entraron ganas de vomitar. ¿Que había hecho..? Agarré la toalla y la envolví alrededor de mi brazo a la vez que me recostaba contra la puerta. Fui vagamente consciente de lo que decía mi mamá. Le hablaba a mi papá. Decía que algo me pasaba.

-Se ha peleado con una amiga… -dijo mi papá en un momento. No escuché mucho más, de pronto me sentía cansada. Tenía sueño…

No se cuanto tiempo pasó, cuando el pitido en mis oídos empezó a disminuir, la casa parecía estar en silencio. El baño se veía extraño. Mas grande o más pequeño. Baje la mirada a mi brazo, sin saber qué esperar. Cuando quise retirar la toalla, noté que parte de esta se había pegado a la herida. Mi remera y mi pantalón estaban manchados de sangre. Con cuidado fui despegando la toalla y al hacerlo, la herida empezó a sangrar de nuevo.

-No, otra vez no. Por favor… -susurré sin dejar de despegarla, a pesar del dolor. Cuando acabé me sentía enferma de nuevo, pero tenía que levantarme, tenia que aprovechar para ir a mi habitación. Metí una toallita femenina en mi bolsillo y abrí la puerta con cuidado. No se veía nadie. Fui al comedor, tiré los restos de la maquinita de afeitar y agarré la botella de alcohol antes de entrar en mi pieza. Me eché un chorro en la herida y a pesar de que me lo merecía, no pude evitar sacudir el brazo a causa del dolor. Luego me pequé la toallita sobre el corte y me metí bajo las sabanas. Agotada, rememoré lo que había ocurrido y esta vez no sentí enojo. Sentí que se me rompía el corazón. Me sentía traicionada y antes de caer dormida después de llorar desconsoladamente, me prometí que nunca, nunca más volvería a confiar en nadie.

***

Al día siguiente me levanté a las 11 de la mañana, y fui capaz de vendarme el brazo, desayunar e ir al colegio. Tal vez no era tan increíble, pensé mientras miraba por la ventana del colectivo. Había ido al colegio en peores condiciones, y nadie se había dado cuenta. Lo había logrado, incluso cuando sentí que no podría. Ese día no fue la excepción. Por mas pálida o zombie que estuviera, nadie dijo nada y de alguna manera el día acabó. A la salida mi papá no estaba, asi que fui a la parada de colectivo pues no sentía fuerzas para caminar hasta casa. Durante la noche se había metido en mi habitación y había intentado hablar conmigo, pero permanecí en silencio hasta que desistió. No quería enfrentarlo. No quería verlo nunca más. Por primera vez en meses, volví a fantasear con huir…

Cuando llegué a casa, fui directo al baño y me cambié la venda. Traté de cortarla lo más fina y pequeña posible, pero seguía sin ser suficiente. Mi papá se daría cuenta… Cerré los ojos con fuerza y me recriminé mi estupidez, pero solo durante un momento. No servia de nada arrepentirse. En especial porque no podría haber actuado de otro modo. Recordaba lo que había sentido. Recordaba la sensación de estar al borde de un precipicio, la sensación de estar a punto de romperme en mi pedazos. Recordaba no poder respirar ni pensar. Lo recordaba porque ya lo había sentido antes. Era como un agujero negro…

Logré evitar a mi papá durante unos días, y me dio la impresión de que él también estaba incómodo. Pero finalmente fue a buscarme al colegio otra vez. Impotente, dudé solo un segundo y luego subí al coche. Condujo hacia el centro y para mi incredulidad, estacionó frente al ciber donde siempre íbamos.

-No quiero ir al ciber. No quiero ir nunca más -dije si mirarlo, cruzándome de brazos.

-¿Por que? -preguntó, y tuve que reprimir el impulso de mirarlo con los ojos abiertos de par en par.

¿Vas que iba a fingir que no lo se? ¿Vas a fingir que no sabes que lo se?

Al parecer si. Al parecer iba a fingir que nada había ocurrido.

-Por que no. Me aburrió -dije apretando los dientes.

El esperó un momento y luego arrancó el motor sin decir nada. Me llevó a jugar pool y a tomar café. Jugué como si fuera un robot, ignorando sus comentarios y sus chistes. Volvió a interrogarme sobre el colegio y sobre si me gustaba alguien, y no respondí nada. No solo porque estaba enojada, sino porque no podía. Nunca había podido hablarle, y ahora menos todavía. Me juré no revelarle nada más en mi vida. Para el final del partido ya no intentaba hacerme reir, sino que estaba visiblemente molesto y eso me tenía al borde de las lágrimas.

Cuando llegamos a casa toda mi bravura había desaparecido. Apenas cruzamos la puerta me agarró de la mano y me llevó a su habitación. Intenté zafarme una vez y en respuesta me apretó hasta hacerme doler. Gemí, pero no me soltó hasta llegar a la cama. Entonces agarró mi mano y le dio un besó para luego masajearla cariñosamente. Tragué saliva, confundida por lo que sentía. Me dejé abrazar y en seguida comenzó a tocarme y a desvestirme. Pronto mi cerebro se desconectó y me entregué a la costumbre. No se dio cuenta de nada hasta que todo había acabado.

-¿Que te pasó ahí? -preguntó juntando las cejas y yo me paralicé a pesar de haberlo esperado. Baje la mirada a mi brazo y note que la venda estaba manchada de sangre. Levanté la mirada con gesto culpable, sin saber qué decir. De pronto su gesto cambió, como si se hubiera dado cuenta de algo.

-Dejame ver.

-No es nada.

-¡Mostrame! -me agarró del brazo y arrancó la venda. Cerré los ojos y hundí la cabeza entre mis hombros. Se hizo el silencio durante varios segundos, su mano me apretaba la muñeca con fuerza.

-¿Qué te hici… qué te paso?

»¡¡Te hice un a pregunta!! -gritó ante mi silencio, sacudiendo mi brazo con brusquedad.

-Me caí -respondí sin pensar.

-¿Te caíste?

-S-si. En el patio. Me caí del paredón.

-¿Y que hacías subida al paredón? -inquirió con incredulidad.

-Es que… se cortó el agua y me caí del paredón.

-¿Que?

Cerré los ojos un momento. Era una buena historia así que volví a empezar.

-Se cortó el agua, entonces subí al techo pa-para destrabar el cosito del termotanque y cu-cuando quise bajar me caí del paredón y me lastimé con los vidrios…-

Mi papa me soltó el brazo de golpe y comenzó a vestirse. Cuando acabó salió de la habitación a grandes zancadas. Sin saber que hacer, me vestí yo también.

-¡¡Ana!!

La voz venía desde el fondo de la casa. Me apresuré a ir a su encuentro. Él estaba en el patio, mirando el paredón con las manos en las caderas.

-¿Por dónde subiste?

-Por ahí -dije señalando la montaña de chatarra del rincón. -Y me caí y me lastimé con esos vidrios -agregué en un susurró, señalando los pedazos de vidrios colocados en punta, que recorrían toda la parte de arriba del paredón. Un método inútil de seguridad, común en nuestro barrio.

Él se quedó en silencio contemplando el paredón pero note tenía la mirada perdida, como si no me escuchara realmente. Me sobresalté al oír el timbre de la entrada.

-¡Holaaa! ¿Hay alguien en casa? -decía mi mamá, mientras golpeaba la puerta para que le abrieran. Miré a in papá nerviosa.

-¿Todavía te sangra? -preguntó él, en voz baja.

-No, no -dije levantando el brazo automáticamente. Pero era verdad, había dejado de sangrar.

-¡Bueno, tapate eso! -masculló entonces, molesto -No preocupes a tu madre al pedo.

Apreté el brazo contra mi costado y me giré ansiosa por alejarme de su enojo pero su voz me congeló en el lugar.

-Ana -llamó con tono grave. Esperó a que me girara antes de hablar «Que sea la última vez» dijo, advirtiéndome con la mirada.

-Si.

Dudé un momento y luego corrí hacia el interior de la casa.

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