Capítulo 2 – Reescrito

Durante los siguientes dos días me ignoró como si hubiera recordado que yo no existía. A veces sentía que me observaba, pero no era capaz de mirarlo y fijarme si realmente era así. Tenía la impresión de que me estaba vigilando, o tal vez pensé esto porque últimamente estaba llegando a en casa más temprano de lo usual y se quedaba mas tiempo del que se quedaba antes…

La voz de mi profesora de Lengua me trajo de vuelta al presente. -Ana, tu papa vino a buscarte.

Levanté la cabeza de mi carpeta para mirar desconcertada a la profesora. Me quede inmóvil durante un segundo, dudando si realmente había dicho lo que había dicho o si me lo había imaginado. Cuando al fin procesé las palabras, me puse de pie y salí del salón, cuidando de no chocarme ninguna mesa. Mi papa estaba en el pasillo, apoyado contra una de las ventanas, con las manos en los bolsillos. Nerviosa, cerré la puerta detrás de mi y miré el piso.

-Vamos, te llevo al dentista. Anda a buscar tus cosas. -dijo sieñalando el pasillo.

-¿Al dentista? -Pregunté confundida.

-Si. ¿O querés quedarte hasta que termine la clase…? -respondió como si ir al dentista fuera mas divertido que estar en el colegio. Aunque la verdad era que yo prefería cualquier cosa antes que el colegio. -Dale, anda a buscar tus cosas. Decile a tu profesora que tenes que ir al dentista. -Insistió ante mi lentitud.

Sin entender nada entré de nuevo en el salón, mortificada por las interrupciones que estaba provocando en la clase. Pasé por delante de todos hasta mi banco y comencé a meter mis útiles en la mochila.

-Tengo una cita con el dentista -anuncié ante la mirada interrogante de la profesora. Ella hizo un gesto, poco interesada, y siguió con la clase.

Cuando llegué a la puerta, murmuré un «chau» atragantado y salí del salón. Al verme, mi papa se separó de la pared y se acercó. Puso una mano en mi espalda, empujándome suavemente hacia delante. Una especie de euforia se acumuló en mi interior con cada paso que me acercaba a la salida de esa cárcel horrible que era el colegio.

La mano en mi espalda subió hasta mi cuello donde me dio un apretón y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Apreté con fuerza la tira de mi mochila, por alguna razón de pronto tenía ganas de llorar. Cuando finalmente traspasamos las puertas y salimos a la calle, levanté la vista al cielo ligeramente nublado, respirando el aire limpio de la tarde. Era un fresco día de otoño, de esos que me gustaban. El verde amarillento de los arboles contrastaba con el gris casi blanco del cielo. Por un instante me invadió una felicidad que me mareó. “¡Qué alivio es estar fuera del colegio!” Eran las 3 pm, estaba saliendo 3 horas antes de lo previsto.

Mi papa me señaló el auto, estacionado al otro lado de la calle y caminamos hacia él en silencio. No sabía qué decir. No había entendido si realmente íbamos al dentista o no y no quería sonar como una tonta preguntado, si es que había malinterpretado las cosas. ¿Por qué me llevaba al dentista? Es verdad que tenía una muela picada, pero estaba picada hacía un año y a nadie le había importado hasta ahora, a pesar de mis quejas.

Mientras íbamos en el auto me distraje mirando por la ventana. Pensé que estaba tranquila y relajada pero cuando el auto se detuvo frente a un edificio rodeado de un paredón muy alto, me di cuenta de que apenas si me había movido en todo el viaje. Tenía el cuello contracturado.

El paredón estaba cubierto de publicidades y números de teléfonos de tamaños enormes y colores llamativos. Un gran portón abierto parecía ser la entrada. No se veía como el consultorio de un dentista para nada. Mi papa estacionó el coche y después de sacar la llave del encendido, dirigió su mirada hacia mi. Me miró durante un largo rato, bajando sus ojos desde mi cara hasta mis zapatillas deportivas, pasando por mi guardapolvo blanco que apenas sobresalía por debajo de mi buzo. Un buzo holgado que me llegaba hasta por debajo de las caderas. De pronto sentí una alarma, por segunda vez en mi vida, y se me hizo un nudo en la garganta. El estiró una mano hacia mi, y por reflejo volteé la cara hacia el parabrisas.

-Ana… acercate un poco.

Me quedé donde estaba pero, incapaz de desobedecer del todo, giré la cara hacia él. Se acercó a mi y me rodeó el rostro con sus manos. Pasó el pulgar por mi mejilla, corriendo los mechones de pelo que se escapaban de mi rodete, y me los acomodó detrás de la oreja. Tragué el nudo en mi garganta, y lágrimas acudieron a mis ojos al sentir el tacto de sus dedos sobre mi cuello. Un segundo después me quitó la colita suavemente, dejando caer mi cabellera hacia la espalda.

Yo nunca usaba el pelo suelto. No me animaba. Tenía la idea de que si cambiaba algo sobre mi aspecto, alguien lo haría notar, y el pensamiento de llamar así la atención me retorcía el estomago. También creía que usarlo atado me prevenía, cuando iba caminando al colegio por ejemplo, de atraer la atención de esa clase de hombres a los que les gusta gritar cosas por la calle.

Mi papa me acomodó el pelo, peinándolo con sus dedos como si fuera un estilista y me miró con aprobación. -Qué bonita sos Ana -dijo haciéndome ruborizar. -Dejatelo así por hoy. Y sacate el guardapolvo, ya no estás en el colegio -agregó con una sonrisa.

Obedeciendo, me saqué el buzo por la cabeza y lo apoyé sobre mi regazo unos segundos. Luego me desaté el lazo y me quité el guardapolvo por delante. No solía prenderme los botones de atrás ya que casi siempre llevaba un buzo que me cubría todo el guardapolvo menos una franja que parecía una pequeña pollera blanca sobre mis jeans.

A causa de unos senos demasiado desarrollados, era prácticamente incapaz de estar en remera. Me sentía demasiado expuesta solo con esa prenda, especialmente cuando había hombres presente. Mi papa no era la excepción. Agarré el buzo, deseosa de cubrirme el pecho pero una mano grande se posó sobre las mías, impidiéndomelo.

-No te lo pongas, si no hace frio -dijo mi papa rápidamente.

-No importa, prefiero usar el buzo -respondí bajito, pero antes de que me lo pudiera poner, me lo sacó de las manos y lo puso sobre la guantera.

-Te vas a morir de calor con esta cosa. Mejor lo dejamos acá en el auto.

-¿A dónde vamos? -pregunté entonces.

Mi papa tamborileó los dedos contra el volante mirando hacia el edificio, y luego clavó sus ojos en mi. -Primero dejame hacer algo. -abrió la guantera y sacó un objeto que me pareció un encendedor, pero no lo era. -Quedate quieta -me indicó destapando un pintalabios. Me tomó la barbilla y permanecí inmóvil mientras recibía pequeños toquecitos sobre los labios. -Ahora cerrá la boca… apretá los labios.

Lo hice, y apreté los labios como había visto que hacen las mujeres cuando se pintan los labios. Él se alejó de mi y me contempló con una mirada que me hizo estremecer.

-¿A donde vamos…? -murmuré otra vez.

Como si no me hubiera escuchado, guardó el pintalabios rojo en la guantera y salió del auto. Yo estaba perdida. La puerta a mi lado se abrió y él me tendía la mano. La agarré, estremeciéndose de nuevo, y bajé del coche. Sin soltar mi mano, me guió a través de los portones hacia el edificio que había dentro. Me dijo que me quedara detrás de él y que no dijera nada. Como yo no contestaba se detuvo y me miró.

-¿Entendido? -Me preguntó con vos grave.

Asentí varias veces ya que no podía hablar. Ingresamos en el edificio y él se dirigió al hombre de la recepción.

-Una habitación.

***

Mientras recorríamos el pasillo hacia la habitación de lo que ahora entendía, era un hotel, mi corazón latía cada vez más deprisa. A cada paso me sentía más pequeña, y la mano que tiraba de mi más y más grande. Envuelta en una nube de pánico no llegué a considerar la opción de detenerme y huir hasta que me encontré dentro de la habitación. Entonces mi papa soltó de mi, y se paseó por el cuarto mientras se sacaba la campera. La dejó sobre una cómoda y luego se giró hacia mi. Di un paso hacia atrás.

-Relajate hija… -Dijo riendo mientras se acercaba a mi. Yo me apreté contra la puerta, tensando todos los músculos. Apoyó sus manos sobre mis hombros y me dio un apretón suave. -Mirá que tensos tenes los hombros. Vení. -Tiró de mi hacia la cama, y después de sentarse con las rodillas separadas, me puso entre sus piernas. Mi poca altura hizo que nuestras cabezas quedaran casi al mismo nivel. Entonces me giró como si fuera una muñeca, y comenzó a masajear mis hombros.

Nunca me habían masajeado antes. Un segundo después me corregí al recordar el masaje que estas mismas manos me habían dado hace apenas unos días, antes de hacer algo más… Durante dos días me había ignorado, como si no hubiera ocurrido nada, y yo había albergado la esperanza de que las cosas hubieran vuelto a la normalidad. Al menos a lo que en mi casa se llamaba “normalidad”, pero la sensación en mi estómago ahora me decía que me había equivocado.

A pesar de la tensión y mi intención de no sentir nada, el masaje comenzó a deshacer los nudos en mis hombros. Una sensación de cansancio me invadió haciendo que mis parpados se sintieran cada vez mas pesados. Cuando se me aflojaron las rodillas, mi papa me atrajo hacia él, pasándome un brazo por la cintura mientras que con el otro siguió ablandando mi cuello. No se cuantos minutos pasaron, ya estaba medio dormida cuando sentí una mano debajo de mi fina remera negra. Sus dedos se pasearon por mi espalda y eso me despabiló. Tragué saliva cuando su mano llegó al broche de mi corpiño.

Fue ahí cuando pensé que lo correcto sería alejarme de él. Alejarme antes de que esto fuera demasiado lejos. Pero descubrí que aunque quisiera huir, no tenía fuerzas para hacerlo. Miré la puerta impotente, como si estuviera a cientos de kilómetros de mi. Era más fuerte el deseo de ser tocada y abrazada que el deseo de protegerme. Un sentimiento de soledad me golpeó tan fuerte que casi sentí dolor físico. De pronto me di cuenta de que siempre había estado sola. Nadie me había querido en toda mi vida. ¿Por qué alguien se fijaría en mi? Yo era invisible…

Comencé a temblar mientras lágrimas brotaron hasta caer por mis mejillas. Los brazos que me rodeaban se tensaron a mi alrededor, apretándome contra un pecho ancho.

-Shh… No llores. Ana… no tengas miedo -murmuró mi papa, encajándome entre sus piernas. -Shhh… -descorrió mi pelo hacia un lado y apoyó su pera contra mi cuello. -No vamos a hacer nada que vos no quieras hacer. Solo quiero abrazarte… Solo quiero mostrarte lo mucho que te quiero.

Esas palabras dichas en ese tono me penetraron hasta lo más profundo, tocando heridas que ni yo sabía que tenía y mi llanto se hizo mas intenso. Mi papa me sostuvo pacientemente, meciéndome con suavidad mientras me susurraba palabras de consuelo al oído. Pero fue un suspiro de frustración sobre mi hombro lo que cortó mi llanto abruptamente. Cerré los ojos, y me mantuve inmóvil en sus brazos. Una vez más, estaba aturdida y adormilada cuando noté que mi papa levantaba la cabeza de mi cuello e inspiraba profundamente.

Abrí los ojos y miré a mi alrededor. Era como si estuviera despertando por la mañana, estaba totalmente desorientada. Unos brazos fuertes me dieron la vuelta y me encontré con la mirada de mi papa.

-¿Ya pasó? ¿Ya estás bien? -preguntó con una sonrisa paternal mientras me acariciaba los brazos como para sacarme el frío.

Sonreí tímidamente y asentí. Él me volvió a abrazar, y su respiración caliente me hizo cosquillas en el cuello. Me dejé abrazar, sintiendo como si estuviera borracha o algo así. Ya no sentía tensión ante el tacto masculino, solo me invadía una sensación de sueño. Me hubiera quedado dormida con la cabeza en su hombro si no hubiera tirado de mi para ponerme en pie. Tomó mi rostro entre sus manos y por un momento pensé que iba a besarme. Lo miré con los ojos abiertos de par en par. Sus ojos oscuros me miraban con intensidad. Finalmente acercó su boca a mi mejilla y bajo por mi cuello. Pasó la lengua por debajo de mi oreja y toda mi piel se erizó.

-Levantá los brazos -murmuró, y noté que ya me había alzado los bordes de la remera.

Decidí que no quería levantar los brazos y luego decidí que mis pensamientos no estaban conectados con mi cuerpo ya que los estaba levantando obedientemente. Vi todo negro por un momento, y entonces supe que la remera ya no estaba cubriendo mi cuerpo.

-Acostate en la cama.

Di un paso hacia atrás, y clavé la vista en el suelo. Mi papa, al verme vacilar, se hizo a un lado para dejarme el paso libre y luego me dio un empujoncito hacia adelante. Me resistí durante un segundo, pero cuando escuché aquel inquietante suspiro de frustración, fui hacia la cama enseguida y me senté en el borde, con la mirada en mis pies. Él se sentó a mi lado y apoyando una mano sobre mi clavícula, me empujó hacia abajo. Como si fuera un muñeca sin vida, me dejé caer sobre la cama y fijé la mirada en el techo. Aferré mis manos sobre mi vientre y tragué saliva. Él me contempló durante algunos minutos y luego apoyó su mano sobre las mias, intentando deshacerlas.

Nerviosa, deje caer las manos a los lados. Su mano entonces se posó sobre mi abdomen y comenzó a moverse en círculos sobre mi piel. Me acarició la panza, desde el borde de mis jeans, hasta el corpiño de algodón blanco. Recorrió la curva de mi cintura y luego la rodeó con sus dedos. Su mano era tan grande que me podría haber rodeado toda la cintura con ambas manos.

Dejé de respirar cuando llegó a mis pechos. Me cubrió un pecho con una mano y luego lo apretó suavemente. Su pulgar se demoró sobre mi pezón, rozándolo hasta ponerlo duro. Tragué saliva y giré el rostro hacia la pared. Me concentré en lo que veía; un cuadro feo y algo parecido a un tragamonedas. Su otra mano se metió bajo mi espalda y me alzó levemente. Escuché el broche del corpiño desprenderse y la tela, liberada de la tensión, saltó hacia adelante. Sin quitar la vista de la pared, dejé que alzara mis brazos, primero uno y luego el otro, quitándome los breteles. “No, no es un tragamonedas… Es un dispensor de preservativos.”

Ya solo me cubría el corpiño suelto, que descansaba sobre mis pechos como si fuera un paño. Dejó la tela ahí uno segundos, mientras me acariciaba los brazos y finalmente lo hizo a un lado. El aire fresco me erizó la piel y después de mover las manos nerviosamente sobre la cama, terminé cerrando los ojos. Mi papa no hizo nada por un rato, a pesar de que podía sentir su mirada sobre mi.

-Que hermosa…. que hermosa -murmuró y de pronto, demasiado pronto, sentí su boca contra mi pecho. Abrí los ojos de par en par. Él separó los labios y me pasó la lengua húmeda por el pezón. Me sujetó los brazos cuando quise levantarme, sin parar de lamerme la punta del pezón. Después, se lo metió en la boca. Me sacudí de pies a cabeza, dejándome caer sobre el colchón. Aturdida, observé como chupaba y apretaba mi pezón entre sus labios. Lo besaba como si fuera una boca. Entonces pasó a mi otro pecho, y me lo chupó de igual manera. Alternó entre mis senos, raspándome con su barba creciente y luego suavizando mi delicada piel con la lengua. Volví a tragar saliva, aunque mi boca no tardó en llenarse de nuevo. Los parpados se me cerraban y los ojos se me iban para arriba. El corazón latía desbocado en mi pecho, incluso empecé a sentir un latido en mi vagina…

En algún momento se subió sobre mi. Ahora mi papa me rodeaba con sus enormes muslos a los lados de mi cadera y sujetaba mis brazos contra la cama. Me sobó los pechos hasta que los tuve totalmente sonrosados y mojados y mi mente se había cansado de dar vueltas en círculos. “Que preciosa sos, que dulce…” jadeaba en mi oído, antes de seguir esparciendo saliva por mis pezones, mi cuello y mi vientre.

Basta, pensé. “Basta… ya es suficiente. Es demasiado…” Pero no podía hablar. ¿Y acaso podía echarme atrás ahora? Mi papa estaba abriéndome el cierre del pantalón. Un momento después sentí como tiraba de mis zapatillas hasta sacármelas. Mis jeans siguieron el mismo camino y mis piernas cayeron blandas sobre el borde de la cama. Entonces metió su enorme mano entre mis piernas y me frotó hasta empapar mi bombacha. Aun a través de mi aturdimiento fui capaz de sentir vergüenza de esa humedad, y de notar como había excitado esto a mi papa, cuyo aliento se sentía caliente contra mi cuello.

-Mi amor… cariño… estas tan húmeda, mi amor…

No. Ya no había marcha atrás. Cerré los ojos y me entregué a lo que sea que fuera a pasar. Me quitó la bombacha con impaciencia, y después de agacharse en el borde de la cama y separarme los muslos, metió su cabeza entre mis piernas. Me sacudí con brusquedad cuando su boca hizo contacto con mi vagina y toda mi realidad dio un vuelco violento. Me abrazó por la cadera para que no me moviera y restregó su boca arriba y abajo sin parar, provocándome sacudidas una y otra vez hasta dejarme totalmente aturdida.

Cuando volví en sí, mi papa seguía con la boca apretada contra mi entrepierna, chupándome y haciendo ruidos mojados y hambrientos. Aflojé las piernas y pestañé para despejar las lagrimas que nublaban mi vista. Se me escapó otro gemido, y luego una sacudida involuntaria cuando su lengua pasó por encima de mi clítoris para luego volver hacia abajo. Estaba shockeada por lo extremo de la situación. Mi papa me estaba chupando ahí abajo, como si le gustara, como si no sintiera asco. ¿Era esto normal?

Ni siquiera me di cuenta de lo estúpido de mi pregunta. Él se había levantado de la cama y se estaba quitando la ropa. Nunca enfoque la vista sobre él, no podía hacerlo. Mantuve mi cabeza de lado, los ojos casi cerrados… la habitación aparecía y desaparecía.

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