Capítulo 3 – Reescrito

Unos brazos se flexionaron cerca de mi cabeza. Algo rozó contra la humedad de mi vagina, resbalando hacia arriba y hacia abajo varias veces. No llegué a reaccionar cuando el cuerpo pesado de mi papa se dejó caer de golpe sobre mi, aplastándome. Él dolor del desgarro llegó tarde, pero llegó. Erguí la cabeza y la deje caer casi inmediatamente. Estaba empalada por algo enorme que me llenaba el vientre. Quise gritar, tal vez lo hice porque mi papa me cubrió la boca con su mano, hundiendo sus dedos en mi mandíbula.

–Quedate quieta si sabes lo que te conviene –gruñó contra mi cara, con un gesto contraído. Me congelé. Lágrimas corrían desde mis ojos hasta mojar mis orejas. Un pitido agudo llenaba mis oídos. Él también permaneció inmóvil varios segundos, apretando los dientes. Luego se irguió y movió su cadera provocándome una nueva punzada de dolor. Volví a retorcerme y traté de empujarlo, pero apenas si tenía fuerza para levantar los brazos hasta su pecho. Me sujetó las muñecas contra el colchón y siguió desenterrando su pene, provocando dolor a cada centímetro. Cuando lo tuvo casi completamente fuera, volvió a empujar hasta meterlo mas adentro. Me sacudí pero no grité, tenía un nudo en la garganta.

Entonces comenzó a empujar una y otra vez, sin parar, entrando y saliendo forzosamente a través de mis apretados músculos. El dolor me abrumó y me sentí desvanecer. Deje caer la cabeza hacia un lado con los ojos abiertos de par en par. La pared se acercaba y se alejaba de mi…

Lo siguiente que sentí fue un hormigueó en las muñecas. Me las había soltado, y la circulación liberada se sentía como hormigas caminando por todo mi brazo. Un sudor frío cubría mi piel y mi estómago estaba revuelto. Pensé que si me movía podía llegar a vomitar, así que no lo hice. Mi papa me tenía rodeada con los brazos, mientras se hundía entre mis piernas sin compasión. Un entumecimiento se fue apoderando de mi vagina y luego se extendió por mi torso y mis piernas hasta llegar a todo mi cuerpo. Ya no sentía calor, ahora sentía frío.

Él se movía furiosamente sobre mi, sin mirarme. Su cuello estaba rojo con las venas sobresalientes. A veces se detenía para tomar aire, jadeando contra mi cuello y mi oído donde murmuraba cosas incomprensibles, y luego volvía a empezar, sacudiéndome. Pronto no fui consciente mas que de ese movimiento que hacía mi cuerpo, hacia arriba y hacia abajo. No percibía la cama debajo de mi, ni el cuerpo sudoroso que me penetraba y finalmente, ya no fui consciente de nada…

Ahora estaba boca abajo sobre la cama. Mi papa se seguía moviendo sobre mi. No podía encontrar la sensación ni el dolor, solo podía escuchar los resortes de la cama crujiendo a causa de los empujes que me aplastaban contra el colchón una y otra vez, y entonces la habitación volvió a desaparecer…

Cuando volví a abrir los ojos, seguía boca abajo sobre la cama, pero ésta no se movía. Todo estaba quieto y en silencio. No sentía mi cuerpo. Estaba como lejos de mí, pero se iba acercando. Lo primero que sentí fue frío. Piel de gallina erizó la piel de mis brazos. Luego sentí humedad. Mucha humedad entre mis piernas y más arriba, entre mis nalgas. El aire se sentía mas fresco en toda esa zona. Mis pechos, aplastados contra el colchón, estaban blandos y mis pezones sensibles. Las sabanas los rosaban dolorosamente. Una mano se posó sobre mi espalda.

-Ana… Ana… –murmuraba mi papa con preocupación y eso me hizo estremecer –Ana ya pasó… No llores. Perdón. -Me cubrí la cara con una mano cuando intentó besarme la mejilla. –Ya se que duele amor, pero ya pasó. Levante… dejame que te ayudo.

Intentó levantarme pero no pudo. No podía moverme, el cuerpo no me respondía.

Se alejó de mi, y a través de mi llanto lo vi caminar de un lado para el otro, desnudo. Creo que vi su pene flácido colgando pesadamente entre las piernas y el estomago se me encogió. Cerré los ojos con fuerza. Unos minutos después me asusté al sentir algo mojado contra mis muslos.

“No te muevas” Ordenó mientras me pasaba una toalla mojada entre las piernas. Un momento después volvió y repitió la operación. Cuando acabó esta vez, me puse de lado con cuidado y alcé las rodillas hasta hacerme un bollito. Tenía mucho frío.

-Hija, levántate. Vamos que te llevo a casa… Dale, allá vas a poder descansar todo lo que quieras… -Su voz se escuchaba cada vez más impaciente. -¡Ana! –gritó de pronto –¡Levantate! Vamos, que te ayudo a vestirte.

Quería levantarme. Su voz me traspasaba, pero no pudía. Terminó por agarrarme de los brazos y arrastrarme fuera de la cama. De alguna manera logré mantenerme en pie mientras recogía mi ropa por la habitación.

-Tomá, vestite –dijo alcanzándome mi remera. -La agarré y pude ponérmela, aunque casi pierdo el equilibrio en el proceso. El corpiño era demasiado complicado así que lo dejé caer al suelo. Me alcanzó el jean y lo sostuve unos segundos sin hacer nada. ¿Cómo iba a ponérmelo si no podía mover las piernas? Mi papa suspiró frustrado y después de agacharse me puso el pantalón por un pie y luego por el otro, y me lo subió de un tirón.

Fui vagamente consciente del movimiento a mi alrededor. Intentaba permanecer sumergida en esta sensación de irrealidad pero la imagen de unas sabanas ensangrentadas se abrieron paso por mi mente embotada y el cerebro se me desconectó otra vez…

Me sujetaban del brazo mientras caminábamos hacia un auto. ¿Ya habíamos salido del hotel? Caminaba casi con los ojos cerrados mientras rodeabamos el edificio. Habíamos salido por la parte de atrás, noté. Mi papa sostenía la puerta del coche. Me senté apoyando el muslo en lugar del trasero y una vez que la puerta estuvo cerrada, me recosté contra ella.

Oleadas de escalofríos y dolor me atravesaban, haciéndome sentir enferma. No quería vomitar. Tomé mi buzo que descansaba sobre la guantera y me cubrí con el. Me gustaba ese buzo, era viejo y tenia algunos agujeros. Del otro lado del vidrio el día estaba brillante, el cielo nublado de un color casi blanco. Los árboles parecían demasiado verdes, la gente demasiado indiferente. Apoyé la frente contra el frío vidrio de la ventana y cerré los ojos.

El sonido inesperado de un portazo me trajo de vuelta en sí. Mi papa acababa de regresar de la farmacia con una pequeña bolsa de plástico. Eso es lo que llegaba a ver con mi vista periférica mientras volvía a recostarme contra la ventana. Aún no estábamos en casa. A pesar de haberme tapado con mi buzo seguía teniendo frío. Me encogí cuando sentí una mano vacilante sobre el hombro, una mano que no tardó en retirarse. El auto arrancó y se puso en marcha otra vez. Yo volví a cerrar los ojos deseando despertar y que todo esto hubiera sido un sueño. O una pesadilla.

***

-Ana… Ana… Ya llegamos.

Me erguí con cuidado y miré a través del parabrisas. Estábamos estacionados frente a nuestra casa.

-Hija… -el tono de disculpa en la voz de mi padre fue como un interruptor que me impulsó a salir del coche lo más rápido posible.

No fue suficientemente rápido. Mi papa llegó antes que yo y me abrió la puerta. Me apreté contra la pared cuando me quiso ayudar a entrar. Esperé a que se hiciera a un lado y entre a la casa tambaleándome. Apenas podía mantener en pie, las rodillas se me doblaban. Fuí rengueando hasta el baño y la parte de mi mente que todavía funcionaba se sorprendió cuando mi papa, en lugar de seguirme, salió de la casa.

Acababa de darle dos vueltas a la llave de la puerta del baño, cuando escuché que él entraba en la casa de nuevo. Deje que mis piernas cedieran y me caí al piso. Me quedé tirada sobre las frías baldosas durante varios minutos.

-Ana… -murmuró mi papa a través de la puerta.

“¿Como pude ser tan estúpida?” Repasé los hechos del día, las partes que me acordaba, y no había manera de evitar la verdad. Había sido una idiota. Me había entregado sin poner ninguna resistencia a pesar de saber lo que iba a ocurrir, y saber que estaba mal. Yo sabía lo que iba a pasar. Una parte de mi cerebro lo sabía, y no lo había impedido. Era débil. Era débil y estúpida. Todo era mi culpa.

-Ana… solo te quiero dar algo. Te hará bien… Te vas a sentir mejor. Hija…

Me tapé los oídos y apreté los ojos con fuerza. “¡Soy tan estúpida, tan estúpida…!”

Un golpe brutal contra la puerta cortó todos mis pensamientos.

-¡¡Ana abrí la maldita puerta!! -Gritó mi padre como un toro. -Si abrís la puerta me voy, ¿me escuchas? solo quiero saber que estas bien.

Temblando de miedo, me levante del piso ayudándome con la toalla de manos y luego con el lavado. Finalmente giré la llave con mano temblorosa y me encogí detrás de la puerta. Mi papa entró en el baño y su presencia lo llenó completamente. No había donde esconderse. Cuando me vio dio un paso hacia mi y yo choqué contra la pared.

-No te voy a hacer nada, solo… solo quería ver si estabas bien.

“¡¿Como iba a estar bien?!” quise gritarle, pero no pude levantar la vista de sus pies, mucho menos la voz. Él suspiró, y luego extendió su mano hacia mi.

-Tomá… Tomá, dale, agarrá… -me urgió mientras sacudía su puño cerrado. Extendí la mano hacia él y me puso una pastilla blanca en la palma. -Te relajará. -dijo simplemente.

Apreté la pastilla y me envolví el torso con los brazos. Quería que se fuera, que me dejara sola. Quería esto más que respirar. Lo escuché carraspear y luego suspirar un par de veces. Esos malditos suspiros que me hacia sentir como una niña caprichosa.

-Esto… -empezó a decir -esto es entre vos y yo Ana… no le incumbe a nadie mas… ¿entendés?

No respondí.

-Ya sos grande Ana. Sos una mujer. Yo pensé…

»¡¡Maldita sea, mirame a la cara que te estoy hablando!! -gritó de pronto agarrándome por el brazo y sacudiéndome. -¡Mirame!

El esfuerzo que tuve que hacer para mirarlo a la cara fue tan grande que comencé a llorar convulsivamente. Su gesto cambió y al instante aflojó el agarre en mi brazo. Después hizo un chasquido con la lengua e intentó abrazarme. Quise resistirme pero me tenía acorralada contra la pared.

-Perdón… shhh, perdoname. Perdón… -murmuraba contra mi oído mientras me envolvía en sus brazos con fuerza. Lloré y me retorcí pero finalmente me rendí. No se cuanto tiempo me sostuvo así, pero para cuando me soltó, ya no sentía nada. Estaba vacía. Cuando me preguntó si estaba bien, yo asentí sin realmente haber procesado la pregunta. Me llevó a la cocina y me hizo tomar la pastilla con un sorbo de agua mientras me hablaba de algo sobre ser una mujer adulta y que lo que sentía era normal “la primera vez”. Después me llevó al baño de nuevo y abrió las canillas de la ducha. Al fin reaccioné cuando comenzó a desvestirme.

-Bueno, hacelo vos -dijo cuando me alejé de él -Pero apurate… yo espero afuera.

Por un momento pensé en cerrar la puerta con llave otra vez, pero no tenia sentido. Comencé a desvestirme con torpeza, tratando de no mover las partes que me dolían. No fue tan difícil, como no llevaba ropa interior, simplemente deje caer la ropa al suelo y me meti en la bañera. Sentí ardor cuando me sumergí en el agua caliente, pero no tuve fuerzas para levantarme. Contuve la respiración, contrayendo los pies, hasta que el ardor entre mis piernas se desvaneció. Entonces me aflojé contra el borde de la bañera y cerre los ojos.

Observé los azulejos color piel, mientras mi mente flotaba en circulos, sin ir a ningun lado, como un pajaro buscando tierra firme, sin encontrarla. Estaba dormitando asi, cuando mi papa entro en el baño de nuevo. Se agacho cerca de mi cabeza y me paso la mano por el pelo mojado.

-Hija, tenes que salir. Vamos… arriba, yo te ayudo. -me agarro por las axilas y tiro de mi hasta ponerme de pie. Senti vergüenza por estar desnuda, pero el esfuerzo por mantenerme en pie pronto absorvió toda mi atención. Los brazos de mi papa me dejaron un momento, y luego me rodearon con una toalla. Puso otra sobre mi cabeza, y me ayudo a salir de la bañera.

-Despues lavas eso -murmuró echando el jean y la remera en el agua de la bañera. Me levantó en brazos sin esfuerzo y me llevo hasta mi habitación. Despues de dejarme sobre la cama, me arropó apesar de estaba mojada y envuelta en las toallas. Me puse de lado y cubrí mi cabeza lo mas que pude. No queria verlo, no queria que me viera. Queria despertar. Queria volver el tiempo atrás.

-Vas a estar bien -dijo mientras acariciaba mi cabeza -solo necesitas descanzar. Quedate acostada todo lo que quieras. -Senti sus labios sobre mi frente y luego el sonido de mi puerta cerrandose. Minutos despues su coche se alejaba de la casa.

Me quede mirando fijamente la pared. Ni siquiera podia llorar. Mi mente estaba trabada. Me quede así durante varios minutos, tal vez media hora, hasta que empecé a sentir frío. Decidí levantarme y aprovechar que estaba sola. Ni yo sabia qué iba a ocurrir cuando llegara mi mama. Sentada en el borde de la cama, mire a mi alrededor, aturdida. Hasta la luz parecia diferente… Traté de levantarme y caí sentada sobre la cama de nuevo. Un unico sollozo se me escapó. Trague saliva y volví a intentarlo, ignorando los musculos adoloridos. Aferré la toalla que me envolvía y sali de mi habitación arrastrando los pies.

Contemplé la casa vacía y silenciosa. Y tranquila, como solo lo estaba cuando mis padres estaba fuera. De pronto pensé en la pastilla que me había dado mi papa ¿Cuanto tiempo tardaría en hacerme efecto? Arrastré los pies hacia la habitación de mis padres pero antes fui hasta la puerta de entrada y bajé el picaporte. “Cerrada”. Seguí camino y abrí el primer cajón del ropero, esperando encontrar la pequeña bolsa de farmacia. Si una pastilla me relajaría, tal vez dos me harían dormir. Tal vez tres me harían olvidar…

Cuando encontré la bolsa noté que tenía varias cosas dentro. Volqué el contenido en el cajón y lo observé petrificada. Repasé los hechos del día: mi papá me había ido a buscar al colegio, me había llevado a un hotel y había… Cerré los ojos y un temblor helado me recorrió el cuerpo adolorido. Agarré una de las cajas y la observé de cerca.

»y luego había parado en una farmacia y había comprado una tableta de relajantes musculares, un lubricante genital, y preservativos. Tres cajas de preservativos.

El sonido de un coche estacionando frente a la casa me despabiló. Cerré el cajón y, apoyándome en el ropero, en la puerta y en la pared, pude llegar hasta mi habitación y cerrar la puerta. Fue entonces cuando noté que había sangre en mis chinelas. Alce un poco la toalla y vi que la sangre subía por la parte interna de mis piernas, desde mis pies hasta mi entrepierna. El piso se puso de costado y casi me caigo. Me derrumbé sobre la cama y después de cubrirme lo mejor que pude, cerré los ojos tratando de contener las náuseas.

La puerta de entrada se abrió y las voces estridentes de mis padres llenaron la casa. Reían y bromeaban sobre algo. Fugazmente pensé que era extraño que llegaran juntos a la misma hora. Nunca lo hacían.

Dormitaba cuando mi mama abrió la puerta de mi habitación.

-¡Ah! Estas en casa -Exclamó con sorpresa. Después entró en la habitación y cerró la puerta. -¿Estas bien? -murmuró después de un momento. No dije nada. -¿Estas indispuesta? -preguntó entonces, en tono confidente. -Vi el jean manchado en el baño. Después acordate de lavarlo, ¿si? -Como no respondía siguió -¿Te duele mucho…? ¿Queres tomar alguna pastilla?

-¿Qué pasa? -Interrumpió mi papa, desde el marco de la puerta. Me encogí queriendo desaparecer.

-Nada, nada. -decía mi mama apresurándose a salir de la habitación llevándose a mi papa con ella. -Cosas de mujeres…

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9 comentarios en “Capítulo 3 – Reescrito

  1. Cuando empecé a leerme el primer relato no pensé que terminaría leyéndome de golpe los tres relatos hasta la última palabra. Por alguna extraña razón fui por un momento Carlos y Ana.

      • sería genial, yo entiendo que digas que así cada quien se crea su visión pero me encanta los pequeños retazos que pones de él, lo que él considera de Ana y cómo se justifica, Es más quisiera uno de ahora (en el cap después de intemperie), 3 meses después, si se desespera su pasividad o si ,+as bien lo excita o quizás esta lleno de paciencia esperando que lo acepte, qué demonios pasa por esa cabeza.

        Disculpa si parece que estoy queriendo dirigir u ordenándote qué hacer en tu historia, solo son cosas que me preguntó y que me encantaría saberlo sobre todo porque manejas genial a ambos personajes
        gracias por escribir!

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