30 centímetros

Algunos miden su vida en años, horas, minutos…

Otros en momentos y recuerdos…

Él solo podía medirla en centímetros.

 

Cristian tenía, por alguna razón, el extraño presentimiento de que lo estaban observando. Se giró para fijarse y casi se cae al precipicio cuando vio a la chica inmóvil a unos metros de distancia.

Se sujetó con fuerza a la barandilla con el corazón en la boca.

-¡No te acerques! -Le gritó a la maldita mujer cuando vio que esta se acercó para ayudarlo.

-¡Alejate! –Le echó una mirada enloquecida -¡Segui caminando!

La chica se detuvo pero no se alejó.

Cristian respiró profundamente, alejándose del borde, y se apoyó contra uno de los soportes de hierro.

Se giró hacia la chica con la intención de gritarle que se fuera una vez más y la taladró con la mirada. O eso intentó al menos, porque se quedó hipnotizado por una mirada melancólica y profunda.

Unos grandes ojos marrones lo miraban fijamente.

Sus miradas quedaron trabadas por un momento hasta que Cristian la desvió y largó el aire viciado de sus pulmones. ¿Había estado conteniendo la respiración?

-Bajate de ahí… –le dijo la inoportuna muchacha con una voz suave, tímida  pero curiosamente decidida.

Cristian mantuvo la mirada perdida en el horizonte esperando que la presencia de la chica se desvaneciera como por arte de magia. Pero no fue así, obviamente.

-De verdad te lo digo, si no queres presenciar un suicidio andate. No hay nada que puedas hacer. Seguí caminando, esperaré hasta que llegues al otro lado del puente.

La chica lo contempló con esos profundos ojos en silencio. Parecía determinada a algo. A qué, era un misterio.

-Andate. –le repitió Cristian.

Silencio.

-¡Andate! –le gritó echando fuego por los ojos. De pronto se sintió ridículo giró la cabeza hacia el vacío y tomó aire.

¿Qué más le daba? Si ella quería verlo morir allá ella. El no viviría para arrepentirse.

Pensó irónico que debería haberse dejado caer cuando la chica lo sobresaltó… en lugar de aferrarse a la barandilla. Malditos reflejos rápidos.

Cerró los ojos.

-Hace lo que quieras –dijo sin mirarla -No digas que no te lo advertí.

-¡Espera! Espera por favor –la chica se acercó lo más que pudo –Espera un momento. Solo un momento.

¿Es que había un buen momento para tirarse de un puente? ¡Rayos! Tal vez debería haberlo googleado para venir preparado. Si Cristian no hubiera estado tan desesperado se habría echado a reír.

-¿Para qué? ¿Esperar para qué? –le gritó al borde de la histeria mientras se pasaba los dedos por el pelo despeinándoselo nerviosamente.

-¡¿Esperar que eh?! ¡No tenes idea de la mierda en la que estoy metido! ¡No tenes ni la más puta idea!

Apoyó la espalda contra uno de los soportes del puente agitado. Debería hacerlo ya. Debería saltar en ese mismo segundo…

-Espera un momento… – le repitió la chica con una voz suave y persuasiva. -Tal vez yo te pueda ayudar en algo.

Cristian la miró.

Veintipico de años, menuda, aspecto vulgar, ropa horrible, pelo recogido, ojos marrones…

No. Ojos color miel.

Miró otra vez hacia el horizonte. Esos ojos lo ponían incómodo, eran demasiado viejos para una chica tan joven.

Sacudió la cabeza… había perdido el momento. No podía hacerlo con esa maldita muchacha ahí mirándolo. Se volvió a recostar contra la estructura metálica.

-¿Y qué me vas a decir? –le preguntó resignado en tono de burla. –¿que la vida es bella? ¿Qué hay que gente que me quiere…? ¿Que piense en mi familia?

-No. –Dijo rotunda. –En lo que a mí concierne, la familia suele dar más razones para tirarse de un puente que para no hacerlo.

Cristian la miró curioso. ¿Acababa de hacer un chiste?

-No tengo familia de todos modos. –Un escalofrío le sacudió el cuerpo. -y menos mal que no la tengo, he visto lo que estos hijos de puta le hacen a las familias de los que son tan imbéciles como para cabrearlos.

Se dejó caer al piso y se tapó los ojos mientras golpeaba su espalda con la columna de metal. ¡Que estúpido había sido! Lo iban a hacer pedazos si lo encontraban.

Se meció violentamente golpeándose la espalda hasta que le dolía mientras se sujetaba la cabeza tirando, casi arrancándose el pelo.

Estuvo así un buen rato, no sabía cuánto, hasta que fue volviendo en sí.

La noche estaba silenciosa. Había un suave viento fresco.

Con una cierta euforia pensó que estaba en el lugar más seguro del mundo. El «único» lugar seguro de hecho. Entre la barandilla y el precipicio: a eso se había reducido su mundo en los últimos días.

Algunos miden su vida en años, horas, minutos… otros en momentos y recuerdos… El solo podía medirla en centímetros.

Eran unos… 30 centímetros, calculó con la mirada. 30 centímetros lo separaban del abismo en el que esperaba encontrar consuelo.

Y su albedrío… su albedrío consistía en si se tiraba hacia la izquierda o hacia la derecha, o en si tomaba impulso como si creyera que podía volar, o simplemente se dejaba caer dejando que la gravedad hiciera lo suyo.

Suspiró y vio como su aliento se mezclaba con el aire frío de la noche como si fuera humo blanco.

Estos centímetros son míos, se dijo recostando la cabeza.

Aquí nadie me puede alcanzar. Cerró los ojos.

Aquí nadie puede tocarme.

Decir que se sobresaltó al sentir como lo sujetaban del brazo es poco. Cristian se sacudió espantado como si lo hubieran electrocutado al sentir una mano cerrándose sobre la suya y por segunda vez se sujetó por reflejo a la barandilla después de tambalearse peligrosamente sobre el precipicio.

-¡Perdón, perdón! –Dijo la muchacha de ojos color miel levantando las manos como mostrando que no tenía un arma– Perdón no quise asustarte. Pensé que… pensé que me habías escuchado.

-¡¿Qué te había escuchado?! –gritó Cristian tratando de recuperar el aliento. Parecía que le iba a dar un ataque cardíaco.

-¡Ni siquiera sabía que seguías acá! ¿¡Hace media hora que estas ahí sin hacer un puto ruido y yo… –se dejó caer al suelo casi desplomándose. -…y yo tenía que saber que estabas ahí!? Dios…

El aire parecía no alcanzarle. Aspiró una y otra vez hasta que la sensación de ahogo pasó. Y a todo esto, la chica lo miraba pacientemente.

-¿Crees en Dios? –le preguntó curiosa.

Cristian la miro extrañado, no sabía si lo quería matar o lo quería distraer.

–No, no creo de hecho. –Respondió clavando la vista en el cielo.

-Yo tampoco. ¿Puedo… –Se detuvo y Cristian se giró para verla. Ella lo miraba con ojos cálidos y un gesto…

-¿Podes qué? –le preguntó molesto por su curiosidad.

Ella dio el paso que la separaba de la barandilla y comenzó a trepar.

-No, no, no, quedate ahí. ¿Estás loca? –Cristian se paró con intención de bloquearle el paso pero cuando había trepado hasta arriba en lugar de empujarla la sujetó y la ayudó a bajar de su lado de la barandilla.

-No es que quiera tirarme… –Aclaró ella aferrándose a él. Una vez que sus pies tocaron el piso y Cristian la soltó, ella siguió agarrada a él mientras veía el precipicio y el agua que en la oscuridad parecía negra.

-¿Qué es lo que queres entonces? –le pregunto Cristian atormentado. Tenerla en sus brazos le estaba recordando lo que nunca había llegado a tener. Cariño humano. Amigos verdaderos, amor.

Ella sin soltarlo se fue deslizando hacia abajo apretando su espalda contra el metal del tirante. Parecía aterrada pero entusiasmada al mismo tiempo. Cuando finalmente se sentó en el piso le sujetó la mano y tiró de él para que se sentara.

Cristian se resistió ¿Qué estaba haciendo? Esto no era parte del plan. Entonces ella levantó el rostro y lo miró con esos ojos tan… tenía un gesto cálido e invitante. Su mano se sentía…

Como hipnotizado se sentó al lado de ella. Se quedó tensó unos segundos y luego recostó la cabeza hacia atrás, suspirando… su mirada perdida en la negrura. Trató de relajarse pero todo su cuerpo era consciente de unos dedos pequeños y femeninos que seguían poyados indolentes sobre su mano. Envolviéndolo.

-Solo quería… ver el paisaje. –Dijo ella encogiéndose de hombros graciosamente. –Siempre me pregunté cómo sería pero nunca me animé a hacerlo.

Cristian iba a responder semejante estupidez pero entonces ella le apretó la mano, entrelazando los dedos con los suyos.

Se quedó con las palabras atragantadas y volvió a apoyar la cabeza contra el metal. Su corazón latía fuerte. Cristian no sabía si demasiado rápido o demasiado lento, pero latía fuerte. Creyó que ella podía oírlo.

La miró.

Ella era silenciosa y extraña. Pero no le molestaba. Su presencia era como el aire. Era como estar solo, y a la vez no lo era.

Cuando ella recostó la cabeza contra su hombro a Cristian lo inundó una sensación desbordante que le apretó la garganta y le hizo arder los ojos.

En ese momento se dio cuenta de que la amaba.

Amaba a esa chica de la cual ni siquiera conocía su nombre. Solo sus ojos color miel y su mano suave. Y eso era suficiente.

Tal vez solo la amara porque ese momento era todo lo que existía para él, y ella lo había invadido, pero ni eso le importaba.

Deseó con todas sus fuerzas que ese momento fuera eterno.

Deseó poder vivir en estos 30 centímetros para siempre.

Con ella.

Apoyó la cabeza sobre la de ella y le apretó la mano, deseando…

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