Capitalismo 1 – Pensamiento fugaz

El pensamiento se le había cruzado un día, mientras veía al veinteañero que habían contratado para ser su empleado. Otro más, entre sus muchos empleados.

Fue un pensamiento fugaz y absurdo, pero como todo lo que lograba penetrar en el cerebro compulsivo de Marco, dicha fantasía se convirtió pronto en una obsesión remitente que lo acosaba cada vez que sentía que su mente iba a estallar de monotonía. Lo cual era seguido.

Su nuevo empleado, Ezequiel… era irritantemente eficiente. “Eficiente”, esa era la palabra. ¿Qué otras? Pensó Marco quien solía etiquetar y clasificar a las personas según sus características, un pasatiempo producto de un trabajo que le exigía al máximo sus capacidades discriminatorias.

Serio, imperturbable, privado… indescifrable dirían algunos, pero él no. Marco era un observador excepcional y no tardó en darse cuenta del engaño del muchacho.

Lo había puesto a prueba desde el primer día sobresaltándolo adrede, reprobándolo, criticando su trabajo cuando era intachable, haciéndolo trabajar más de la cuenta o ignorándolo más de los nervios de un joven de 22 años tendrían que ser capaz de soportar.

Y sin embargo lo había soportado excepcionalmente, sin delatar ninguna expresión… aunque Marco, para su extremo deleite, había notado la tensión nerviosa que emana del joven a pesar de que, en apariencia, permanecía inmutable.

Su empleado era de la clase de personas que por fuera parecen tranquilas, mientras que por dentro sus nervios pueden estar destrozándole el estómago. La fachada de precoz seriedad que el chico le mostraba al mundo le provocaba un sentimiento extraño… entre ternura y admiración paternalistas.

Marco sonrió para sí, irónico. No era paternal lo que le quería hacer a su empleado. Quería… Se pasó una mano por el pelo, despeinándose los risos oscuros. No estaba seguro de lo que quería, y eso lo molestaba. No estaba acostumbrado a la incertidumbre, no era compatible con su personalidad controladora.

Lo más curioso es que, hasta el momento, había sido completamente heterosexual, a pesar de su gusto por experimentar. Y probablemente su empleado también lo fuera.

Detalles… decidió, evocando la imagen siempre pulcra de su empleado. Eso solo hacia la cuestión más interesante para su mente maquinadora.

Tampoco podía ser insatisfacción sexual, reflexionó mientras recordaba la ultima… sesión con su esposa. Se removió en el sillón, con una sonrisa en los labios. Aún le dolían los genitales…

Quería sumisión, eso es lo que quería. O al menos una de las cosas que quería. El chico lo exasperaba con su comportamiento obediente y dócil que no era más que otra de sus máscaras.

Lo respetaba porque era su jefe, nada más. No lo respetaba a él, aun si estaba algo intimidado por su persona.

¿Quién no lo estaría? Se dijo a si mismo con más sentido común que arrogancia. Era alto, de metro ochenta, corpulento, de ascendencia griega. Tenía 41 años, y su pelo espeso apenas mostraba algunas canas a los costados mezcladas con sus risos oscuros. Vestía con impecable buen gusto, entre sobrio y elegante, y era, no olvidemos, uno de los mayores accionistas de la empresa en la que trabajaba, sumando a su retrato una fortuna considerable.

Si, era un hombre imponente. E incluso sabiendo esto, Marco estaba seguro de que su empleado lo respetaba como respetaría a un pusilánime, si éste tuviera su puesto.

Lo que Ezequiel realmente respetaba, era la jerarquía. Sabía cuál era su lugar en la empresa, y se comportaba acorde. Si el tablero se diera vuelta, hipotéticamente hablando, y él terminara siendo su jefe, se lo podía imaginar tratándolo con la actitud correspondiente a su cargo, indiferente ante lo que pensara de Marco como persona.

Más aun… sabía que si el chico se viera en esa posición, no lo trataría con la deferencia con la que él lo trataba en la actualidad, pidiéndole que rehaga un trabajo perfectamente hecho. Perfecto hasta la exasperación.

Escuchó un ruido en la puerta y observó de reojo como el objeto de sus pensamientos ingresaba en su despacho. Volvió la mirada al monitor.

No, él no lo haría trabajar de más, ni le humillaría de ningún modo. No tenía una vena vengativa, Marco lo podía observar en sus rasgos casi adolescentes, en su corte de pelo entre juvenil y a la vez anticuado, en sus rasgos finos, en su gesto imparcial… Tenía cierta pureza, producto de una mente clara y analítica, evidente en la prolijidad de su trabajo.

“Prolijo”, otra palabra para él.

-Aquí tiene el balance que me pidió –le dijo su empleado con un tono de voz claro y educado.

Marco ni lo miró, seguía teorizando en su mente. Si él fuera su jefe lo trataría como a cualquier empleado, con un respeto minuciosamente proporcional a su rendimiento. ¡Incluso lo ascendería! Pensó, con un exabrupto de irritación. Ese chico ascendería a su peor enemigo si creyera sinceramente que es lo mejor para la empresa.

Así de correcto era. Así de imparcial. Así de escrupuloso.

Su mano seguía suspendida en al aire sosteniendo los papeles de contaduría.

-Deja los papeles sobre la mesa –le respondió sin despegar la mirada de la computadora.

Lo irritaba, lo irritaba muchísimo. Y aunque no le gustara admitirlo, su mente implacablemente lógica no tardó en hacerle reconocer la razón.

El chico le recordaba a él.

Ezequiel dejó los papeles sobre la mesa y se dio la vuelta dirigiéndose hacia la puerta.

No es que fueran iguales, ni mucho menos. Levantó la vista y observó la espalda de su empleado mientras se alejaba.

Es que reconocía en él la ambición que había sido su fuerza motora la mayor parte de su vida. Lo veía y se veía a sí mismo, de 20 años, creyendo que entendía las reglas del juego capitalista, decidido a hacer todo lo que estuviera a su alcance para ascender, para escalar. Todo… se repitió recordando, mientras estuviera dentro de las reglas del juego.

Había aprendido la lección entonces. Había aprendido que los escrúpulos no son compatibles con el éxito. Y los había perdido, como alguien deja caer un lastre que le mantenía fijado en el suelo. Desde entonces no había hecho más que ascender.

-Ezequiel –lo llamó Marco con voz grave y algo ronca y pudo apreciar como el muchacho se  estremecía sutilmente ante su tono.

Quería devolverle el favor. Quería arrebatarle los escrúpulos, como se los habían arrebatado a él una vez.

El chico se giró con ese rostro suyo tan impasible. Era alto, casi tanto como él.

-¿Si?

Si… ¿Por qué no? Necesitaba una distracción y hace tiempo que no se cruzaba con un verdadero desafío. Su cerebro estaba sobrecargado de cifras, estadísticas, y porcentajes, al punto de darle una migraña… necesitaba desconectar, necesitaba…

-Cerrá la puerta, tengo que hablarte de algo.

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