Capitalismo 2 – Dignidad

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Ezequiel cerró la puerta, lentamente, controlando sus movimientos con cuidado y caminó hacia el escritorio de su jefe. Se detuvo a unos metros y esperó.

Marco se reclinó y lo miró críticamente. Dejó que el silencio se extendiera observando como el pecho de su empleado se hinchaba lentamente con el aire que inspiraba.

-Me han avisado que dentro de poco tendremos que despedir a algunos empleados -Dijo en tono grave. Como él esperaba, su empleado ni se inmutó.

-Son tiempos difíciles, -continuó -por lo que no podemos tolerar empleados que sean… prescindibles.

Permaneció en silencio, aunque estaba sobresaltado. ¿Lo iban a despedir?

-Vos sos unos de los últimos que contratamos, y si tengo que ser sincero, -lo miró con desaprobación -tu trabajo deja bastante que desear.

Ezequiel suprimió la punzada de furia que le aceleró el pulso y siguió inmóvil, a pesar de saber que su trabajo era irreprochable.

Marco casi sonríe ante su determinación -Yo entiendo… sos nuevo… toma tiempo adaptarse. ¿No?

Su empleado seguía expectante, con la mirada en el escritorio entre los dos.

-Ezequiel -dijo su jefe de pronto con un tono demasiado directo, demasiado personal. No pudo evitar mirarlo a los ojos, turbado -¿Estás dispuesto a dar más de vos mismo para conservar este empleo?

-Sí, señor -dijo él sin vacilar. No podía perder este empleo. Apenas llevaba 2 meses trabajando para la compañía, tenía grandes planes ahora que contaba con un sueldo fijo, acababa de mudarse de casa de sus padres a un departamento en la ciudad que apenas podía pagar, todavía ni había terminado de desempacar, si lo despedían su novia tendría que pagar todas las cuentas o simplemente lo dejaría...

Tragó saliva lo mas sutilmente posible, cortando decisivamente su línea de pensamiento. No lo iban a despedir. Simplemente no lo permitiría.

-Me alegra escuchar eso -Y Ezequiel sintió que lo decía en serio. Tal vez su jefe no era del todo ignorante sobre sus capacidades. Era consciente de que lo trataba diferente que al resto de sus empleados. Y sabía la razón. Le pasaba desde que era pequeño, su exagerada seriedad era un imán para las personas que disfrutaban incitando a los demás.

Algunas personas simplemente no podían tolerar la indiferencia, su jefe era una de ellas.

-Te voy a ser sincero Ezequiel… -Marco notó otra vez ese sutil estremecimiento en su empleado cuando pronunció su nombre, cuando antes si apenas había dado señal de notar su presencia -Tu trabajo es prescindible, no es necesario tenerte en la empresa… -Una pausa estratégica -Pero yo, personalmente, necesito algo… -Lo miró recorriendo su cuerpo fugazmente antes de continuar -Algo por lo que estoy dispuesto a pagar.

Ezequiel limpió su rostro de todo gesto, como hacía cuando no tenía la más mínima idea de cómo reaccionar. Abrió la boca como para decir algo, y volvió a cerrarla. Mejor era quedarse en silencio, obligando a su jefe a decir exactamente lo que quería.

Éste lo miró fijamente -¿Estarías dispuesto?

-¿A qué? -pregunto él, devolviéndole la mirada.

-A hacer lo que sea necesario para conservar tu trabajo.

Ezequiel movió su peso hacía el otro pie, era el primer movimiento que hacía. -Mientras esté relacionado con mi trabajo… si.

Su jefe sonrió e hizo un gesto con la mano -Lo está. Yo soy tu jefe y necesito algo. Vos, como empleado mío, lo haces.

-¿Qué es, exactamente, lo que necesita? -Preguntó pronunciando cada palabra claramente.

-Distraerme -Al ver que su empleado no decía nada continuó -Necesito distraerme más de lo que necesito a otro contador.

¿Contador? Ezequiel volvió a tragar saliva, empezaba a sentirse realmente incómodo.

-¿Podría ser más explícito? ¿Que… en qué consistiría este otro trabajo que me ofrece?

Marco sonrió internamente ante sus palabras. “Ofrece” como si se pudiera dar el lujo de rechazarlo. Su empleado era inteligente, si. Y podía rechazarlo, a pesar de todo, si no iba con cuidado. Lamentablemente la sutileza no era su fuerte.

-Tengo… caprichos -Dijo mirando hacia el ventanal y luego hacia él -Quiero satisfacerlos.

Ezequiel se tensó completamente, y volvió a recurrir a la técnica poker face. No podía referirse a lo que él creía que se estaba refiriendo. Era el hombre más masculino que se le podía ocurrir. Tenía alrededor de 40 años, el doble que él, lo superaba ligeramente en estatura, algo que pocos hacían, pero lo sobrepasaba por mucho en corpulencia. Probablemente su jefe era tan adicto al gimnasio como al trabajo, o al menos eso parecía cuando comparaba su propia contextura delgada y atlética con su cuerpo obviamente trabajado.

Estaba casado, recordó de pronto con una ráfaga de alivio. No podía ser entonces, no podía estar refiriéndose a…

-¿Alguna vez has visto a un hombre desnudo? -Le preguntó de pronto su jefe.

Ezequiel se quedó de piedra.

-Sin contar la pornografía.

-No -logró decir.

-Yo tampoco… -dijo con gesto de fastidio mirando otra vez hacia el inmenso cristal de su oficina. Luego miró al piso alfombrado -Creo que, al menos en ese aspecto, la tienen más fácil las mujeres ¿No te parece? A ellas se les permite… -hizo un gesto con la mano -curiosear… sin que se les cuestione tanto la sexualidad.

Ezequiel no sabía que decir. Su mente analizaba todas las opciones, siempre llegando a la misma conclusión. Estaba a punto de perder el empleo.

Su mirada se vio atraía por un retrato en una repisa a la izquierda del escritorio. Era una fotografía de una mujer rubia. Una mujer realmente impresionante.

Marco siguió su mirada -Mi esposa -dijo sonriendo de manera misteriosa -me temo que ella es la culpable de todo esto… Me ha arruinado para el resto de las mujeres -Volvió la mirada hacia él -No hay nada que puedan ofrecerme -dijo mirándolo significativamente.

Ezequiel sintió que la sangre del rostro se le calentaba.

-Señor, si no necesita nada relacionado con mi trabajo, me retiro -Sus nervios no podían soportar más tiempo esta conversación.

-Ya te dije que necesito distraerme -Su jefe en cambio sonaba totalmente tranquilo, como si no fuera la gran cosa proponerle a alguien… ¿Qué?

-Para eso no me pagan.

Marco lo miró fijamente -¿Pero si te pagan para hacer un trabajo dos veces? -Su voz estaba teñida de burla.

Ezequiel juntó sus cejas ante al cambio de tema.

-¿Cómo?

-La semana pasada te hice hacer un balance de nuevo, de principio a fin.

-Es mi trabajo -Repuso lógicamente.

-Eso no tenía nada que ver con tu trabajo -dijo Marco riendo de pronto -te lo pedí porque se me antojó, el reporte estaba perfectamente hecho y vos lo sabes bien -Lo miró desafiándolo a que lo contradiga. No lo hizo. -No había necesidad de hacerlo de nuevo, te lo pedí por… “capricho”.

Ezequiel se tensó al comprender por donde iba.

-No es lo mismo -Respondió rápidamente.

-¿Por qué no es lo mismo? -Preguntó su jefe soltando otra carcajada. Su risa lo crispaba. -Te pedí que rehicieras un trabajo porque si, por que se me ocurrió ¿y vos que hiciste? apretaste los dientes y… No, ni siquiera apretaste los dientes, sin decir palabra fuiste e hiciste lo que te pedí…

»¿Y por qué?

-Porque… -Empezó a decir Ezequiel sin saber cómo seguir la frase.

-Porque soy tu jefe -le terminó Marco rotundo -y si se me antoja que quiero que hagan algo dos veces, mis empleados van y lo hacen.

»Pues ahora… se me antojan otras cosas…

Ezequiel permaneció en un tenso silencio antes de preguntar -¿Qué cosas? -Estaba perdiendo su compostura.

Marco reprimió una sonrisa triunfante. Se encogió de hombros como si nada -No se exactamente -Dijo apoyando su mandíbula sobre sus manos cruzadas mientras apoyaba los codos sobre el escritorio -No sería una distracción si lo planeara de antemano, porque justamente necesito distraerme de eso… -miró su reloj frunciendo el ceño -de la premeditación, de lo calculado -Se reclinó en su silla y lo contempló con mirada felina -Acércate.

Ezequiel se mantuvo donde estaba, clavado en el suelo.

-Te estoy pidiendo que te acerques nomás, ¿es mucho trabajo para vos? -Otra vez se burlaba de él.

Lo miró entre cerrando los ojos y rodeó el escritorio. Se paró a unos dos metros de él.

-¿Es que te crees demasiado digno para lo que te propongo? ¿Preferirías el despido? -le espetó su jefe, y Ezequiel se estremeció al sentir la desaprobación y el desdén en su tono.

-No sé qué es lo que queres, -le dijo tuteándolo por primera vez ¿Qué más da? Pensó, estaba casi despedido -pero si, preferiría el despido antes que hacer ciertas cosas.

-Lo sé muy bien y lo triste es que vos pensas que es un rasgo digno de admiración, cuando es todo lo contrario.

-¿Tener dignidad? -Le replicó él ofendido -Tal vez para usted…

-¿Dignidad? -le cortó Marco levantando su voz lo suficiente para que retumbara en las paredes, desconcertando a su empleado. -¿Pensas que es dignidad dejarse pisotear como lo haces vos? Hace solo unos momentos te dije que tu trabajo era deficiente, ¿acaso me dijiste algo?

Ezequiel quiso contestar, pero no se le ocurrió nada que decir antes de que su jefe continuara.

-No hiciste el más mínimo gesto para defenderte… ¿Dignidad? -Le volvió a repetir casi escupiendo la palabra -Vaya hipocresía la tuya. Bien que te tragas la dignidad cuando te conviene.

Ezequiel estaba lívido. No recordaba la última vez que alguien lo había sermoneado. E increíblemente venía de parte un hombre que le estaba haciendo proposiciones. ¿Cómo había logrado hacerlo sentir como un fraude?

-¿Te pensas que yo no tengo que comerme el orgullo también? -le pregunto su jefe un momento después en tono más apacible volviendo a cambiar de humor.  -¿Te pensas que sos el único prostituyéndose ante los caprichos de sus jefes?

Ezequiel sintió como se le retorcían sus riñones ante la palabra, y desvió la mirada.

Marco hizo un gesto con la mano hacía el ventanal donde se observaba los demás rascacielos -Capitalismo -Declaró -Todos estan en la misma, todos nos estamos vendiendo…

»¿Qué diferencia hay? Decime. Yo estoy 10 horas acá por lo general, más que nadie, mi mente está completamente absorbida por este trabajo, al punto de que a veces siento que voy a enloquecer de estrés. Y si, me pagan bien por esto, me pagan jodidamente bien. Vendo mi mente, mi tiempo, mi alma… ¿Te crees mejor que yo?

El aludido permaneció en silencio, confuso, con la mirada clavada en el piso. No estaba acostumbrado a estar confundido. Lo que el hombre en frente de él le estaba diciendo, le estaba provocando un corto circuito en la mente.

-Es simple, Ezequiel -continuó su jefe, persuasivo -tenes dos opciones delante de vos: o perdes el trabajo, y todo lo que eso conlleva… -Marco esperó a que el panorama se le hundiera en la conciencia antes de continuar -O te lo ganas… Con trabajo extra, como todos los que tienen suficiente inteligencia como para perseguir sus ambiciones.

Ezequiel, con incredulidad, sintió como algo anudado muy tenso en su interior, comenzaba a desatarse. Las palabras de su jefe lo estaban penetrando.

-No estás obligado a nada… -Marco fue poniéndose de pié lentamente -Hay gente que simplemente no tiene lo que se necesita para conseguir el éxito -Vio como sus palabras surtían efecto en la tensa mandíbula de su empleado, que seguía sin mirarlo.

»Pero probalo antes… -Le dijo enderezándose y metiéndose las manos en los bolsillos -Así sabrás, de una vez por todas, que clase de hombre sos. Qué clase de vida vas a tener. Es mejor que conozcas desde ahora cuáles son tus límites, te ahorraras años de frustración, creeme.

¿Es que le estaba haciendo un favor ahora? Ezequiel levantó la mirada hacia él dispuesto a decirle algo pero las palabras se le atragantaron cuento cuando vio como su jefe se llevaba la mano a la muñeca y comenzaba a desabrocharse el puño de la camisa.

No. No el puño de la camisa. El reloj… Se estaba quitando el reloj.

Tragó saliva y reprimió el impulso de dar un paso hacia atrás. Su jefe permanecía con el ceño levemente fruncido y una mirada seria. No había nada sexual sobre su manera de comportarse… hasta ahora. Lo vio apoyar el reloj de pulsera sobre la superficie lustrosa del escritorio, extendiéndolo.

-Este es el cronómetro -dijo enderezando el reloj sobre la mesa. Se irguió y lo miró fijamente a los ojos, con rostro inexpresivo -Dependiendo de la cantidad de minutos que pasen, agregale un cero. Eso es lo que te voy a pagar.

Ezequiel desvió la mirada hacía el reloj y no pudo evitar hacer la cuenta mentalmente. 10 minutos, 100. 25 minutos, 250. Una hora…

-Yo no he aceptado nada -se apresuró a decir antes de que su jefe pudiera adivinar su indecisión.

Éste lo miró fijamente y él supo que ya la había adivinado. Sabía exactamente lo que estaba pensando. ¿Alguna vez se había creído más inteligente que este hombre? ¿Alguna vez había pensado que sería un mejor jefe que él? Nunca más lo volvería a pensar.

-¿Tenes miedo de siquiera intentarlo una sola vez? -Lo desafió Marco. -¿Tan poco te importa tu trabajo? ¿Tan poco estás dispuesto a sacrificar?

-No es miedo…

-¿Qué es entonces? -le interrogó Marco, y su voz quedo flotando en el aire.

Ezequiel permaneció en silencio buscando una respuesta que no encontró. Él, que siempre estaba seguro de las cosas, se sentía completamente perdido. Su jefe permaneció en silencio esperando una respuesta que sabía, no llegaría.

-Yo no… -Se aclaró la garganta -¿Qué es… lo que quiere hacer?

Marco se acercó a él con las manos aún en los bolsillos, y lo miró fijamente. Pudo ver que el chico hubiera preferido alejarse de él, pero no lo hizo. Le recorrió el cuerpo con la mirada sabiendo que lo estaba incomodando hasta el extremo.

-No tengo idea -dijo al fin, encogiéndose de hombros y mintiendo descaradamente -quiero ser espontáneo. -Entonces lo miró con ojos intensos -y quiero que me obedezcas… -le dijo terminantemente. Observó como el nudo en su garganta subía y bajaba casi imperceptible, y continuó con tono más desenfadado -Si llega un punto en el que sentís que te estoy pidiendo más de lo que este empleo vale, no tienes más que decirlo -Le señaló el reloj -Te pagaré e iras a recoger tus cosas inmediatamente.

Ezequiel pálido, se aclaró la garganta de nuevo. Después de un momento dijo -¿Cuánto tiempo…? -dejó la pregunta abierta, ya que no sabía de lo que estaban hablando exactamente.

Marco alzó los hombros -Hasta que vos digas… Obviamente pondremos un límite mínimo -Agregó de pronto, sonriendo con ojos astutos. Su mente rápida había adivinado lo que el chico estaba pensando -la verdad no me gusta tirar la plata. Digamos… 5 minutos.

Ezequiel se quedó mirando el ventanal donde se veían los demás edificios. 5 minutos. 5 minutos, se repitió. Solo tendría que aguantar 5 minutos y no perdería el empleo. Cerró los ojos por un largo segundo. Su mente se dio por vencido, abrió los ojos y miró al piso, a los pies de su jefe.

Marco respiró lenta y profundamente. Ver a su empleado así, acorralado, le estaba excitando tremendamente. Pero sabía esconderlo, él era un maestro en el arte de ocultarse detrás de una máscara. Su empleado, un aficionado.

Sabiendo que era crucial mantener a su empleado en ese estado de aturdimiento y tácito acuerdo, en silencio tomó el pequeño control remoto del escritorio y presionó el botón. Vio como el chico se sobresaltaba ligeramente cuando las persianas comenzaron a descorrerse, pero se quedó en su sitio.

Las cortinas semi traslucidas cubrían lentamente el enorme ventanal, como si de una cuenta regresiva se tratara, dejando la oficina en una suave penumbra que estaba teniendo un efecto claustrofóbico en Ezequiel.

No tengo nada que perder, se dijo a si mismo intentando justificarse. Si ese… Si su jefe iba demasiado lejos lo mandaría a la mierda a él y al empleo.

»Incluso tal vez podría demandarlo por acoso sexual, pensó para tranquilizarse, aun sabiendo que su orgullo no se lo permitiría. Podría chantajearlo…

No, se dijo al fin. No lo subestimaría otra vez.

La cortina terminó de cubrir el cristal y Marco contempló el perfil de su joven empleado que le rehuía a su mirada, relamiéndose por dentro.

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Un comentario en “Capitalismo 2 – Dignidad

  1. ohh, esta muy buena la trama, ese tal marcos aunque no esta usando a fuerza para obtener lo que quiere lo manejo psicologicamente, lo a doblegado sin siquiera, tocarlo

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