Capitalismo 3 – Plata

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Marco apoyó indolente la cadera contra el escritorio y lo miró ladeando la cabeza. De pronto sentía ganas de fumar. Metió la mano dentro de su chaqueta y sacó la pequeña caja plateada.

Ezequiel observó con su vista periférica como su jefe se llevaba un cigarrillo a los labios y lo encendía, succionando una bocanada de humo y luego exhalándola lentamente. Permaneció tenso, inmóvil, y contraído tanto tiempo que sintió el impulso de decirle que hiciera algo de una maldita vez. Justo en ese momento, como si su jefe le leyera el pensamiento… o el cuerpo, éste se irguió y se paró en frente de él.

Marco le recorrió el cuerpo con la mirada una vez más, recreándose en su camisa blanca impecable, sus pantalones formales, sus hombros anchos y su cintura estrecha. Llevó una mano hacia su camisa y metiendo los dedos debajo de la corbata le desabrochó el primer botón.

Ezequiel no pudo evitar dar un respingo y hacer ademán de retirarse. Su jefe retiró la mano y levantó las cejas con una expresión tan despectiva que lo hizo sentir ridículo. En sus ojos veía la burla y el desafío. Apretó los dientes y se quedó inmóvil otra vez. Pronto volvió a sentir los dedos de su jefe en el cuello. Al tercer botón comenzó a sentir una sensación desagradable en el estómago mientras su pulso se aceleraba por la humillación.

Miró a su jefe pero su rostro no revelaba nada. Le estaba abriendo la camisa con gesto de hastío, como si estuviera desenvolviendo un regalo sabiendo de antemano que su contenido lo va a decepcionar.

Si se comportara de otra manera, pensó Ezequiel… Pero como eran las cosas, él se sentía más afectado y ansioso de lo que su jefe aparentaba, y saber que esa era exactamente la intención de éste, no lo ayudaba en absoluto. Se sentía ultrajado y lo que era peor, sentía que sería más humillante echarse para atrás, que soportarlo.

Cuando acabó de abrir su camisa Marco volvió tomar una pitada de su cigarrillo contemplándolo. Aún tenía la corbata puesta. Alzó su mano y le tironeó de debajo de ésta los bordes del cuello de la camisa, haciendo que la corbata quedara en contacto con la piel de su pecho. Un pecho blanco y lampiño, nada que ver al suyo. Hizo a un lado la tela y le pasó el dorso de la mano por las costillas. Pudo apreciar como un leve temblor atravesaba a su empleado, y esto le causó placer, porque él mismo sintió un escalofrío al entrar en contacto con su piel.

-¿Qué hora es? -le preguntó en tono cortante.

Ezequiel abriendo los ojos sorprendido miró hacía el reloj de pulsera sobre el escritorio -9:14 -respondió solícito e inmediatamente sintiéndose como un estúpido. No había estado contando. Cerró los ojos y trató de controlar su circulación antes que llegara a su rostro tiñéndolo de rojo. Había olvidado contar.

Marco sonrió internamente ante su gesto pero no dejó que la sonrisa llegara a la superficie, en cambio le rozó la piel con los nudillos, desde el pecho hasta la cintura y supo que los pensamientos de su empleado habían cambiado violentamente de dirección, concentrándose ahora en el único objetivo de mantener su máscara de indiferencia.

Bien. Eso le impediría pensar en todo lo demás. Repitió las caricias con sus nudillos en el lado izquierdo de su cuerpo, sin levantar los bordes de su camisa. Volvió al costado derecho y le acarició las costillas llevando su mano hacia su espalda. Una vez ahí subió con los dedos, presionando solo un poco, recorriendo los músculos juveniles.

El chico tenía esa suerte de contextura atlética, sin ser realmente un atleta. Sus músculos no estaba trabajados en absoluto y sin embargo su cuerpo era fibroso y delgado. Su abdomen era largo… muy atractivo, pensó Marco. Atractivo de una manera estética. Si fuera un artista le hubiera gustado pintarlo o dibujarlo. Sin embargo no lo era.

-Date la vuelta de cara al escritorio -dijo retirando las manos de debajo de su camisa.

Ezequiel inspiró aire lentamente, intentando calmar la furia que le calentaba la sangre. 40 segundos habían pasado. Se giró, rígidamente, de espaldas al ventanal. Su jefe al lado de él, parecía totalmente relajado.

Marco aplastó el cigarrillo en el cenicero de vidrio y se puso de pie. Caminó alrededor de su empleado sin tocarlo, hasta el otro lado y se apoyó contra el escritorio, esta vez, de cara al ventanal. Lo contempló de arriba abajo con los brazos cruzados sobre el fornido pecho. Extendió una mano y la introdujo debajo de su camisa desabotonada, sin separar los bordes casi. La mano se perdió debajo de la tela.

Ezequiel sentía como su jefe volvía a rozarle el pecho, las costillas… el estómago… como si estuviera palpando la superficie de una estatua en busca de imperfecciones. Tragó saliva y se dispuso a contener el impulso de sacudirse y darle un puñetazo. Miró el reloj. Apenas había pasado 1 minuto.

Sin despegar la palma de su cuerpo Marco se enderezó separándose apenas del escritorio y se posicionó a su lado, ligeramente detrás de él. Su cabeza quedaba encima del hombro de su empleado. Levantó la otra mano y le rodeó la nuca a través del cuello de la camisa, apretándolo ligeramente con los dedos, y vio como este tragaba saliva y apretaba la mandíbula. Una mandíbula cuadrada y firme, pero ligeramente angulosa.

No era un apretón manifiestamente sensual, sin embargo, tenía una intención de dominación. Empezó a mover la otra mano por su pecho, continuando con su inspección. Lo tocó con la punta de los dedos llegando casi hasta su garganta, en ese momento lo invadió el impuso de rodearle el cuello con la mano y acercarle la boca al oído, pero aún con toda su impaciencia sabía que eso sería ir demasiado rápido. Sintió como cosquilleaba el vello pectoral contra su palma y fue su turno de tragar saliva.

Cuando pasó los dedos por una de sus tetillas el chico aspiró repentinamente y se sacudió despegando su cuerpo de su mano.

Ok, mensaje recibido, pensó Marco sonriendo mientras se pasaba la lengua por los labios, un gesto que su empleado no podía ver. Lo siguió acariciando, ahora con la palma entera, recorriendo los contornos de su cuerpo lentamente, mientras lo sostenía simbólicamente por el cuello. Miró el reloj de reojo. Iban 2 minutos.

Deslizó lentamente la mano hacia su vientre, y la detuvo justo por encima del cinturón del pantalón. La dejo apoyada ahí, quieta e inerte, absorbiendo el calor de su piel. Su empleado respiraba profundamente con el rostro ligeramente volteado hacia el otro lado. Marco escuchó su respiración e intentó acompasar el ritmo de la suya propia a la de él.

Ezequiel tenía el molesto e inexplicable deseo de cerrar los ojos, pero no lo iba a hacer, por supuesto. Sentía la mano grande y oscura de su jefe sobre su abdomen y de pronto lo embistió una oleada de conciencia.

¿Qué estaba haciendo?

Miró el reloj, desesperado, y vio que aún faltaban más de 2 minutos para los 5. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué es esto? Le gritaba su conciencia dentro de su cabeza. ¿Qué es esto?

» ¿Prostitución?

En ese momento sintió como una mano le palpaba la entrepierna por encima del pantalón. Se sacudió violentamente apartando la mano con un manotazo e intentó dar un paso hacia atrás pero los dedos sobre su cuello lo apretaron con firmeza, manteniéndolo en su lugar mientras que la mano que había tocado su entrepierna lo tomaba del brazo derecho, sujetándolo por el codo.

Marco lo sujetó durante unos segundos y luego aflojó el agarre, solo lo suficiente. Parecía que la turbación y la humillación que manaba del cuerpo de joven fluía a través de sus brazos que lo sostenían, directo hasta su pene. Su pulso se aceleró como si algo le hubiera golpeado el pecho con fuerza, quitándole el aire.

Sin soltarlo descorrió la mano que le envolvía el codo rozándole el brazo a través de la camisa hasta la muñeca, donde volvió a cerrar los dedos alrededor de él, sintiendo como latía su circulación. Dejo la mano ahí, en su muñeca, mientras calmaba a conciencia su respiración.

Ezequiel ya no podía ocultar su incomodidad ni su turbación. Respiró profundamente e intentó pensar, pero la mano sobre su muñeca se soltó y volvió a posarse sobre su estómago. Tragó el nudo en su garganta y contó. Faltaba 1 minuto. La mano bajó por su estómago hasta su entrepierna otra vez y se posó justo ahí. Se sacudió pero su jefe no retiró la mano esta vez, sino que presionó más.

Aún si lo empujaba y le partía la cara de un derechazo se iría de esa oficina humillado, despedido y con las manos vacías. Y lo que había soportado hasta ahora sería para nada. Cerró los ojos con fuerza y contrajo todos los músculos al sentir que la mano sobre su miembro se movía, restregándose suavemente hacia arriba y hacia abajo. Solo 40 segundos más…

Marco nunca había tocado el miembro de otro hombre y se sorprendió, si cabía, al sentirse más que curioso por explorar esta parte de la anatomía de su empleado.

Con dos dedos extendidos, como cuando uno va a tomarle el pulso a alguien, le recorrió el contorno de su miembro desde la punta, que descansaba hacia un lado casi debajo del bolsillo del pantalón, hasta la base del mismo. Repitió el movimiento varias veces, dibujando su miembro a través de la tela. Era grande. Tuvo un nuevo impulso, esta vez era el de verlo desnudo y erecto. Observó con satisfacción como el cuello del joven se ruborizaba y las venas sobresalían por la contención mientras lo tocaba.

15 segundos.

Le acarició la longitud del miembro hasta llegar a los testículos y le hundió levemente los dedos en la base de los mismos. La sacudida que pegó Ezequiel, Marco la sintió como otro golpe descargando sobre su cuerpo, esta vez sobre sus genitales. Mantuvo su mano ahí, apretando suavemente, casi con delicadeza, rozando con su pulgar la parte superior de sus testículos, y sosteniendo la parte inferior con los demás dedos. Acariciando…

5,4,3,2…

Él chico dio un paso hacia atrás y Marco no se lo impidió. Retiró la mano de su entrepierna pero demoró la otra sobre sobre su nuca un segundo antes de retirarla al fin, después de darle un sutil apretón.

Ezequiel se aclaró la garganta tragando, con el cuerpo vibrante como una cuerda por la tensión y la rabia. Se abrochó los botones de la camisa no tan rápidamente como hubiera querido. Exprimió la poca dignidad que le quedaba y se obligó a moverse despacio, prendiendo cada botón concienzudamente.

Se aflojó la corbata y después de ponerla bajo el cuello de la camisa, se la apretó otra vez, sintiéndola como una horca. Deslizó los bordes de la tela debajo de su cinturón, manteniéndose de espaldas a su jefe que había vuelto a prender otro cigarrillo.

No quería enfrentarlo, no tenía cara para pedirle el dinero que le debía. No podía verbalizar nada que significara que había hecho lo que había hecho.

Se alisó la camisa sobre su cuerpo, bloqueando de su conciencia el bulto que tenía en los pantalones y se dispuso a salir de la oficina sin mirar atrás.

-Ezequiel -Lo llamó su jefe y él deseó no tener que girarse. Lo vio sentarse en el sillón frente a su escritorio, con el ceño ligeramente fruncido, como si nada hubiera pasado. Con el cigarrillo en los labios, se llevó una mano al bolsillo de su chaqueta y extrajo una billetera de cuero. Dejó 50 pesos sobre el escritorio.

5 minutos, 50 pesos.

De pronto sintió que no era nada. Que no era suficiente. Se quedó inmóvil en la puerta observando los billetes sobre la mesa, sopesando qué era más degradante, si ir a recogerlos, o irse con las manos vacías.

Finalmente decidió que lo más denigrante era quedarse más tiempo ahí parado, sin moverse. Con su instinto de practicidad, fue hacia el escritorio con rostro inexpresivo, o eso esperaba, tomó el dinero y se lo metió en el bolsillo mientras se dirigía a la puerta y salía de la oficina de su jefe con el corazón desbocado y una sensación de adrenalina corriéndole por las venas.

 ***

 Ezequiel pasó de largo todos los cubículos, incluyendo el suyo propio y se dirigió directo al baño de hombres. Apenas cruzó la puerta se aflojó la corbata con violencia y se desabrochó los primeros botones de la camisa.

Se apoyó, casi aferrándose, al borde del mármol del lavabo mientras se observaba en al espejo. Se sorprendió al verse completamente normal cuando se sentía tan diferente. El corazón le martillaba, y el aire no le alcazaba.

¿Qué es lo que acaba de hacer? ¿Qué es esto?

Se sentía como si hubiera cruzado un límite, un punto sin retorno.

La palabra prostitución volvió a acosarlo. Abrió la canilla y después de mojarse la mano se la restregó por toda la cara hasta el pelo y la nuca, despeinándose completamente.

Si, ahora la imagen en el espejo reflejaba algo de lo que sentía en su interior. A través del cristal podía ver que no había nadie en los inodoros cerrados. Se dio la vuelta e ingresó a uno de los cubículos, apoyándose contra la puerta una vez dentro.

Se tapó los ojos con las manos. El maldito ritmo cardíaco no se le bajaba. Le dio un codazo brutal a la puerta que tembló casi crujiendo en las bisagras y se volvió a cubrir los ojos. De pronto se dio cuenta de lo que había hecho, tal vez alguien había escuchado el golpe en la puerta.

¡Lo único que le faltaba! El baño estaba al fondo del pasillo, pero de todos modos se quedó en silencio escuchando por si alguien ingresaba en el baño, mientras intentaba controlar su respiración. Nadie entró. Entreabrió la puerta lo suficiente para volver a comprobar que no había nadie en los cubículos restantes e impulsivamente decidió hacer algo que nunca había hecho en la oficina.

Arrojó su corbata por encima de su hombro, se abrió los pantalones y comenzó a masturbarse. Ya no soportaba la opresión que sentía en el pecho, la tensión que contraía sus músculos, necesitaba descargar.

Fantaseó que le sostenía la cabeza a su novia mientras le hacía tragar su miembro hasta la garganta: Le sostenía la cabeza con ambas manos mientras le cojía la boca entrando y saliendo sin parar, asfixiándola.

Se masturbó así durante unos segundos…

Estaba por llegar al orgasmo cuando de pronto unas manos masculinas lo comenzaron a abrazar por detrás, metiéndose por debajo de su camisa.

Pegó un salto de la impresión mientras un escalofrió le recorría todo el cuerpo como si fuera electricidad. Sacudió la cabeza y abrió los ojos de par en par, profundamente alterado. Había estado a punto de eyacular.

Cerró los ojos con fuerza y se imaginó a su novia en la cama, atada de pies y manos, boca abajo, con las piernas bien abiertas y él, sobre ella, penetrándola por el culo.

Su novia aún no le había permitido hacerlo por detrás.

Le aplastó la espalda contra la cama, clavándose en ella con tanta fuerza que la cama se sacudía. La penetró y la penetró… y la penetró.

No era suficiente.

Su novia comenzó a gritar de dolor mientras él la penetraba con más fuerza aún…

El orgasmo seguía esquivándolo.

La agarró del pelo, tirándole la cabeza hacia atrás con violencia mientras que con la otra mano le sujetaba la garganta sin dejar de embestirla hasta el fondo. Ella lloraba y gritaba -¡Aah! ¡Basta! ¡Basta, Eze…! ¡Me haces daño, por favor…! -le suplicaba llorando -Por favor, ¡me lastimas! ¡Aaah me duele!, me estas rompiendo el…

Ezequiel se sostuvo en el tanque de agua mientras descargaba su eyaculación en el inodoro, sacudiéndose en espasmos de liberación. Un único gemido se le escapó mientras su orgasmo iba remitiendo de a poco. Apoyó la frente contra su brazo y se recostó unos segundos, recuperando el aliento…

Para su alivio la presión en el pecho fue disminuyendo y pudo sentir cómo su circulación se ralentizaba. Con la frente apoyada en su manga apretó su miembro desde la base hasta el glande, sacudiéndose las últimas gotas de semen como si así pudiera sacarse de encima el recuerdo del tacto masculino sobre su cuerpo. Inspiró profundamente por la nariz…

Después de unos minutos y ya sintiéndose más despejado, se limpió, se acomodó el pantalón y salió del cubículo. Fue hacia el lavabo y se lavó las manos con esmero, humedeciéndose un poco la cara para refrescarse. Se secó con unas servilletas y se acomodó el pelo con los dedos hasta quedar satisfecho. Se abotonó la camisa y se anudó la corbata correctamente apretando el nudo de manera que los bordes quedaran simétricos.

Por su aspecto nadie adivinaría que acababa de violar mentalmente a alguien.

Se quedó inmóvil, mirando su imagen en el espejo, dejando que sus pensamientos se asentaran…

El sonido de la puerta avisando que alguien entraba en el baño le hizo reaccionar. Se irguió automáticamente y se alisó la camisa una vez más. Palpó el dinero en su bolsillo y le asintió a su reflejo en el cristal. Plata. Eso es lo que es. Plata.

Acto seguido salió del baño con su compostura habitual.

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5 comentarios en “Capitalismo 3 – Plata

    • Depende del sentido en que preguntes ^^. Es lo ultimo que he escrito, pero la historia sigue. Me he quedado algo trabada, pero tengo intención de continuar todas las historias pronto.
      Saludos!!!

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