Poliamor – 2 – Nadie es suficiente

Nadie es suficiente

Estacionó el coche afuera del edificio y miró su reloj. Había llegado 10 minutos antes. Se reclinó sobre el asiento, sacó el mp3 de la guantera y se dispuso a esperar.

La conoció en navidad. La primera y última navidad que pasó con una novia. Había intentado zafarse pero cuando ella se lo había pedido e insistido, Javier no había encontrado manera de negarse.

A penas cruzar la puerta de la casa de su novia, se había arrepentido de no haberse inventado alguna cita ineludible, pero él mismo se había acorralado sin darse cuenta. En un momento de estupidez le había dicho a Laura, así se llamaba su novia, que ni loco iba a pasar las fiestas con su familia. Desde los 16 años que no lo hacía. En cambio salía con algunos amigos, se iba a algún boliche de la costa, o directamente a la playa, bebía suficiente alcohol como para dejar de pensar en cómo lo veían los demás y trataba de levantarse a alguna chica para empezar bien el año. Por lo general empezaba el año muy bien.

Obviamente esto no contaba cómo argumento para excusarse con una novia por lo que no había podido negarse a pasar la navidad con ella y su familia sin herir sus sentimientos. Además, Laura había sido la primera relación seria para él. Tal vez “seria” no era la palabra indicada. Exclusiva, monógama… Por ella había dejado de ver a Carolina, una chica preciosa con la que había estado, de manera más o menos estable, durante un año y medio. Pero es que Laura lo había enganchado con su aspecto de niña inocente, realmente había intentado tener una relación normal por ella.

Aún recordaba con humor la mirada perturbada de sus padres cuando los contemplaron en la entrada. Los ojos paternos habían ido desde él hasta su hija y de nuevo hacia Javier, obviamente intentando entender porqué su pequeña se había emparejado con un hombre de aparentemente 30 años. “El sexo, señora” quiso decirle Javier a la aterrada madre, y no había podido evitar sonreír mientras los saludaba cordialmente como si no fuera consciente del escrutinio del que era objeto.

Pero los entendía. Se imaginó en su lugar, viendo a su hija de 19 años agarrada al brazo de un chico como él…

Sentado en el coche sacudió levemente la cabeza despejando ese pensamiento, su sonrisa había desaparecido. Nunca tendría hijos, se dijo.

La noche había sido tan incómoda como él había esperado, por lo que se mantuvo aparentemente relajado y tolerante a las preguntas tímidas de la madre, y las mas asertivas del padre. Ninguno de los dos se animó a preguntarle la edad, cosa que él hubiera preferido, ya que la respuesta los hubiera tranquilizado. No, no era tan mayor como aparentaba, ni su hija tan inocente…

Estaban todos sentados en la mesa, esperando que la carne se asara, envueltos en un silencio tenso cuando de pronto llegó la tía de Laura, cargando a su primito de unos pocos meses en sus brazos.

Javier se había puesto de pie, tragando saliva e intentando no girar sus ojos hacia arriba en un gesto de frustración. No le gustaban los bebes llorosos, pero se consoló pensando que su presencia probablemente monopolizara la cena, dándole a él un respiro. La tía de Laura saludó a su hermana y a su cuñado con un gesto cálido y risueño pero cuando giró la cabeza hacia él se lo quedó mirando sorprendida. Miró fugazmente a Laura, y luego a su hermana con unos ojos tan expresivos que Javier pudo casi escuchar sus pensamientos “¿y este quién es?”. Reprimiendo otra sonrisa, él había girado el rostro hacia Laura para que lo presentara, ya que no sabía cómo definirse a sí mismo. Presentarse como su novio sonaba propio de adolescentes…

–Este es Javier… mi novio –había dicho Laura sonriendo nerviosamente y él estuvo a punto de girar sus ojos hacia el cielo otra vez.

Lo hizo abiertamente al recordar, mientras seguía sentado en el coche esperando a que la figura masculina apareciera por el portal del edificio. Buscó a Placebo en el reproductor y recostó la cabeza contra el asiento.

Novio. Odiaba la palabra. La tía de Laura le había sonreído cálidamente como saludo mientras que su sobrina se le había acercado para darle un beso en la mejilla y tomar al pequeño bebe rollizo en los brazos, hablándole y haciéndole esas ridículas morisquetas que la gente sin dignidad le hace a los bebes para hacerlos sonreír.

Sin el niño encima, la tía de Laura se había alisado la ropa, corrido la larga cabellera negra detrás de los hombros, y sentado a la mesa, con las espalda recta, al lado de su hermana. Ésta le había preguntado sobre su esposo –Tal vez venga más tarde… –respondió ella y Javier había notado la melancolía en su voz. Fue ahí, cuando ella lo miró fugazmente, que él cayó en la cuenta de que se había quedado mirándola fijamente por un buen rato. Se apresuró a reclinarse sobre su silla, pasando un brazo por los hombros de Laura para disimular.

Intentó relajarse pero la escalofriante idea de estar posando con su novia mientras ella sostenía un niño encima, no se le había pasado por alto. Y a juzgar por la mirada poco disimulada que su suegra le había echado antes de voltear el rostro y conversar de trivialidades con su hermana, tampoco se le había pasado por alto a ella. Al parecer la idea de que él fuera su yerno de manera permanente la espantaba tanto como a él la idea de tenerlos a ellos como suegros.

Dios… esta noche va a ser muy larga, había pensado para sus adentros, mientras soltaba el aire lentamente de manera que no pareciera un suspiro.

Y así había sido.

***

–¡Ya casi es hora!

–Lauri, dejame cargarlo así vas a ver los fuegos artificiales.

–¿Y vos tía?

–Yo ahora voy, pero primero intentaré hacer dormir a Santiago –Respondió ella tomando al niño de los brazos de su sobrina para luego dirigirse a unas de las habitaciones. Laura agarró a Javier del brazo haciéndolo reaccionar.

–¡Vamos! –le dijo arrastrándolo hacia afuera. El estiró el brazo y tomó una de las copas de la mesa antes de salir al exterior. Estaba fresco, pero hacia una noche idílica. El cielo despejado, las estrellas brillantes… y aun así se sentía sofocado, aunque sabía que no tenía nada que ver con el aire puro de la noche.

Metió la mano que sostenía Laura en su bolsillo, y ella inmediatamente lo rodeó por el codo, mientras esperaban a que empezara el espectáculo.

–¿Tu tía no va a venir? –Le preguntó impulsivamente.

–Sí, sí, solo ha ido a acostar al bebe.

–¿Cómo se llama?

–Santiago. Es un amor…

–No, tu tía.

–¡Ah! Se llama Paola. ¡Mira! –Dijo señalando los primeros fuegos artificiales que comenzaban a cubrir el negro firmamento –¡Wooow! ¡Mira aquel! ¡Y aquel! ¡Woow! ¿Lo viste? –Laura bullía de excitación señalándole los mejores fuegos artificiales, como si necesitara que se los señalara uno por uno. Pero él apenas si miraba y se limitaba a asentir levemente. Estaba pensando en Paola…

Se sacó la mano del bolsillo, dejando caer el brazo de Laura, y le puso la mano en la espalda sutilmente empujándola hacia adelante. Ella respondió y se encaminó hacia la vereda donde su padre encendía los fuegos artificiales en medio de la calle. Un estallido de guerra explotó en la casa de al lado y todos pegaron un salto, especialmente Laura que lo miró desde la calle haciendo un gesto de desagrado y cubriéndose los oídos.

El estallido pareció dar comienzo a los cohetes más ruidosos, como si hubieran estado esperando la inauguración. Pronto el ambiente se llenó con los bombazos ensordecedores, de esos que te dejan los oídos zumbando. Un perro pasó corriendo a toda velocidad, con la lengua afuera y los ojos enloquecidos, y Javier no pudo evitar sentir bronca. ¿Qué mierda le ven de divertido a esos malditos petardos? se estaba preguntando, apretando los dientes, cuando la gruesa figura de su suegro trepó a la vereda haciendo ademanes para que todos que se cubrieran los oídos.

Javier no lo hizo. Permaneció inmóvil con una mano en el bolsillo y la otra rodeando una copa vacía y cuando el petardo explotó, potente y ensordecedor, sintió que el estallido le retorcía el estómago.

Alcohol, necesitaba más alcohol.

Se giró hacia la puerta de entrada pero su movimiento atrajo la mirada de la madre de Laura que estaba a pocos metros de él, en el porche. Le sonrió, una sonrisa de lado de esas que usaba con las mujeres, y su suegra pareció responder como mujer antes que como madre devolviéndole la sonrisa y haciendo un gesto con la mano hacia el aire y hacia sus oídos. Él asintió en acuerdo mientras ingresaba a la casa.

Una vez en el comedor tomó una de las copas mas llenas de sidra y se la tomó de un trago. Agarró la siguiente mas llena e hizo lo mismo. Cerró los ojos un momento, respirando lentamente. Laura no tardaría en venir a ver qué estaba haciendo. Caminó hacía el pasillo en busca del baño y un sonido extraño lo hizo detenerse.

Se acercó a la puerta de donde provenía, en la cual brillaba una rendija de luz. Se aproximó y posicionó un ojo en la franja abierta. Ahí estaba ella, la tía de Laura, sentada en una cama con el bebe en sus brazos, meciéndolo suavemente hacia adelante y hacia atrás. Su figura volvió a impactarlo de alguna manera. Le hizo sentir algo… en el pecho. Nunca lo había sentido antes. Ella se mecía, abrazando al niño como si no tuviera nada más en el mundo, y muy bajito tarareaba una canción, casi inaudible. El sonido de su voz atrajo a Javier como un imán. Empujó la puerta que se abrió sin hacer ningún ruido.

–¿No vas a ver los fuegos artifi…

Se calló al ver como se giraba sorprendida hacia él limpiándose las lágrimas de los ojos. Esto le cerró la garganta como un torniquete.

–Si, si, ahora voy. Solo necesito… un momento –dijo escondiendo el rostro detrás del bebe –Ahora voy…

Javier se quedó inmóvil por un segundo. Después miró hacia atrás en el pasillo e ingresó en la habitación cerrando la puerta detrás de sí. Tragó el nudo que tenía en la garganta antes de preguntar –¿estás bien? –se sintía muy torpe de repente.

Paola se puso de pie dándole la espalda y acostó con cuidado el adormilado bebe sobre la cama, acariciándole la barriga y arropándolo con más esmero del necesario.

Se sintió como un pendejo pero no pudo evitar admirar su cuerpo mientras ella se agachaba sobre el bebe. Era pequeña, de caderas anchas y firmes. Un precioso trasero. Cintura estrecha y los pechos… era difícil saberlo pues estaba lactando pero parecían de tamaño más que generoso. Tenía esa clase de cuerpo que la maternidad no altera. Sintió mucha curiosidad, más… que curiosidad.

Ella se irguió y cruzó los brazos sobre su estómago. Seguía dándole la espalda, seguía sin contestarle. Javier se acercó, atraído y le puso las manos sobre los hombros. El contacto le recorrió todo el cuerpo, erizándolo. Le dio un apretón suave antes de girarla hacia él. Ella lo enfrentó, pero le esquivaba la mirada, enfocando sus enrojecidos ojos hacia un lado, en el piso. Le levantó el mentón para verle el rostro, pero ella se puso rígida y cerró los ojos.

–Mirame –Le dijo con voz ronca, y cuando ella lo hizo sus miradas se quedaron trabadas la una con la otra. Había tanta tristeza en esas pupilas, tanta soledad, que lo invadió un sentimiento de protección hacia ella tan intenso que lo desconcertó.

Sus ojos traslucidos lo miraban con un gesto de perplejidad, como si se estuviera preguntando algo que no entendía. El sentía lo mismo. Una atracción… una irremediable atracción. Le acarició la mejilla con el pulgar, y luego le llevó el dedo a los labios. Ella pestañó suavemente y sus ojos se le llenaron de lágrimas mientras lo miraba suplicante. Una súplica inconsciente por parte de ella, Javier estaba seguro. Impulsivamente la abrazó, encajando el rostro femenino contra su hombro mientras le acariciaba la espalda.

–Shh… –le susurró en el oído. Le hubiera dicho algo más pero no sabía ni de que la estaba consolando, aunque de algo estaba seguro… lo iba a averiguar. Iba a saber todo de ella, se prometió a si mismo mientras sostenía su tembloroso cuerpo entre sus brazos.

Suspiró lentamente al recordar ese primer abrazo. No había hecho falta nada más… Mientras la sostenía había sabido que su relación con Laura había terminado de manera inexorable.

Se irguió de repente, levantando la cabeza del respaldo del asiendo. Era la segunda vez que escucha esta canción. Miró su reloj… Media hora había transcurrido, ya se debía haber ido. Agarró el celular y marcó.

–Si, ya podes subir.

–Voy –contestó.

Cerró el celular y después de meterlo en la guantera se bajó del coche en dirección al departamento de Paola.

***

–¿Está encendido?

–Sí, cualquier ruido que haga Santiago lo vamos a escuchar.

–¿Y él nos va a escuchar a nosotros?

Paola abrió los ojos, ruborizada y le pegó en el brazo –No seas tonto –le reprendió atragantada –Sabes que no, solo funciona hacia un lado.

Apoyó el trasmisor de bebe en la mesita de luz y se giró hacia él, visiblemente nerviosa –Recién le he dado de comer así que… probablemente duerma por unas horas.

–¿Dejaste algo para mí? –Bromeó él y se rió cuando recibió otro golpe en el brazo. Se acercó y le tomó el rostro entre las manos –¿Qué pasa?

–Nada, nada –respondió esquivándole la mirada –es solo que… No debería… no deberíamos…

–¿Qué te dije sobre los “deberías”?

Ella cerró los ojos suspirando. Apoyó una mano sobre la masculina que descansaba en su mejilla –Que me los guarde.

–Exacto.

Bajó la cara hacia ella y la besó penetrándola con la lengua, agarrándola por el pelo y apretándole el culo con la otra mano. Le dio una palmadita en una nalga.

–¿De quién es esto? –le susurró al oído mientras le apretaba la carne de su terso trasero.

Ella volvió a pegarle en el brazo y escondió la cara en su cuello. Estaba toda colorada notó Javier sonriendo contra su oído. Levantó el rostro y la besó un poco más, acariciándole la espalda y el trasero antes de girarla de espaldas a la cama y empujarla para que se acostara, con él encima. Le metió inmediatamente las manos por debajo de la ropa y le acarició la faja hasta llegar a sus pechos. Hace unas semanas le había preguntado porque llevaba todavía la faja y ella le había contestado que le gustaba. Santiago ya tenía casi 6 meses, y su estomago estaba plano de nuevo pero Javier no le discutió ya que estaba de acuerdo con ella. La faja negra le apretaba la ya estrecha cintura resaltando sus caderas y sus pechos maternales de una manera muy sexy.

Dios… como los había extrañado. Sin dejar de besarla y apretarla con su entrepierna cada vez más hinchada le levantó la remera y le bajó el corpiño liberando sus senos de sonrosados y grandes pezones. Pezones que se metió en la boca inmediatamente y chupó con besos húmedos y hambrientos.

Paola jadeó e irguió la cabeza pero al momento la dejó caer otra vez sobre el colchón, retorciéndose sutilmente y gimiendo antes los movimientos de su lengua y el ritmo de su succión.

No tenía idea de qué trauma infantil sería la causa de su obsesión por los pechos hinchados de leche materna, y no le importa en lo mas mínimo. Apretó con cuidado uno de los pechos por la base hasta que gotitas de leche salieron por la punta y se apresuró a recogerlas con la lengua. Ella estaba ruborizada y escandalizada pero también resignada y excitada hasta casi el aturdimiento, Javier lo podía ver en sus mejillas sonrosadas, en sus ojos húmedos y en como movía la cabeza de un lado para el otro.

–Paola, mirame… mirame –le pidió aún sujetando el pecho con la mano. Ella ladeó la cabeza y lo miró con ojos nublados. El apoyó sus labios contra el pezón palpitante otra vez y succionó suavemente mirándola a los ojos. Pudo sentir como todo su cuerpo se sacudía. Ya una vez la había hecho acabar solo a base de chupar sus pechos.

Se irguió y la besó en la boca para que saboreara su propia leche antes de ponerse de pié y sacarse la ropa sin dejar de mirar su rostro, y sus pechos húmedos alternadamente. Se estaba desprendiendo los pantalones cuando ella se sentó en el borde de la cama de pronto y metiendo las manos entre las de él, le terminó de abrir el pantalón. Javier se dejó desvestir, acariciándole la mejilla, peinándole el pelo hacia atrás. Era preciosa… Paola. Una belleza atemporal, de piel tersa y un pelo negro azabache con reflejos azulados, pero lo más atractivo de ella era su fragilidad.

Una vez que ella le liberó la ya endurecida erección, se arrodilló entre sus piernas y se la metió en la boca con decisión. Era la primera vez que lo hacía y Javier se sorprendió un poco, aunque lo superó en un segundo. Le sujetó la cabeza para guiarla pero Paola lo chupaba con pasión, metiéndose la verga casi hasta el fondo, moviendo su cabeza hacia delante y hacia atrás con con un ritmo hambriento.

Lo hacía bien, más que bien pensó dejando caer su cabeza hacia atrás. Apenas si lo tocaba con los dientes. Se relajó lo más que pudo, soportando la tortura de ser mamado de una manera tan deliciosa, mirándola de vez en cuando, acariciándole el pelo y otras dejando caer la cabeza hacia atrás, mientras gemía de placer. Ella tenía los ojos cerrados pero cuando los abría lo miraba con adoración y eso le hacía sentir una mezcla de sentimientos de lo más dispares, siendo la excitación por mucho el más intenso.

Ella estaba agradeciéndole… Le estaba devolviendo el favor que ella creía que él le había hecho.

Cuando se metió el miembro completamente en la boca, Javier pegó una sacudida al borde del orgasmo.

–Suficiente amor –le dijo agarrándola del pelo e instándola a ponerse de pie.

La besó, ya que estaba en ese grado de excitación donde nada lo podía asquear y la hizo recostarse en la cama. Le sacó la remera y el corpió por los brazos y casi le arrancó el jean y la ropa interior. Se agachó para sacar el preservativo de sus pantalones y luego de enfundarse el miembro ya estaba dentro de ella, penetrándola hasta el fondo.

Trataba de ser delicado al principio pero no le duraba mucho, especialmente porque ella estaba caliente y empapada. La embistió contra el colchón mientras le lamía y chupaba el cuello, la boca, los pechos. Le agarró las manos que ella había aferrado a su nuca y se las sujetó sobre su cabeza, sintiendo su suave cabellera en los dedos. La penetraba tan profundamente que sabía que le estaba rozando el clítoris con su cadera. Ella se retorcía, se contraía y se distendía intentando alcanzar el orgasmo e intentando retrasarlo al mismo tiempo. Javier sentía lo mismo por lo que su cuerpos se movían a un ritmo animal pero a las vez sincronizado.

La penetró empujando su cuerpo hacia arriba y hacia abajo hasta que todos sus músculos temblaban de tensión y necesidad de liberación. Le soltó los brazos y la rodeó por la espalda metiendo sus brazos por debajo de su cuerpo, abrazándola y hundiendo su cara contra su pelo azabache.

–Soltate… dejate ir… –le jadeó contra el oído y cuando la penetró, hasta el fondo, movió sus caderas formando un círculo, masajeándola por dentro con su miembro. Repitió el movimiento en cada embestida hasta que la sintió tensarse alrededor de él y luego retorcerse de placer mientras le clavaba las uñas en la espalda.

Ahí se dejó ir el también, satisfecho con haberla hecho acabar antes porque ya no daba más, y con una potente penetración eyaculó en el fondo de su cuerpo, hasta quedar totalmente agotado…

Siempre lo dejaba agotado. Cuando pudo procesar pensamientos, calculó que, máximo, habían tardado 10 minutos. 10 minutos… se sentiría avergonzado de sí mismo si no estuviera mareado de lo intenso que había sido el clímax. Desde la primera vez había sido así. Se devoraban como si fuera el último día, o el primero. Daban todo de sí, y había cierta desesperación en sus relaciones sexuales. No le gustaba pensar en eso, por ahora se limitaba a disfrutarlo.

Se irguió lo suficiente como para mirarla. Paola le acariciaba el pelo suavemente pero miraba hacia un costado.

–Mirame…

Ella volteó el rostro hacia él y Javier le limpió las lágrimas con la punta del índice.

–¿Estás bien?

–Muy bien… –respondió con esa preciosa melancolía que siempre estaba presente en sus ojos.

–Sin arrepentimientos Paola. –le reprendió él con voz severa y ronca.

–Sin arrepentimientos –repitió ella pasándole los dedos por la barba de dos días de la mandíbula.

Javier se subió más arriba en la cama, arrastrándola con él. Se puso de costado para no aplastarla y al peinarle el cabello hacia atrás notó que sus pechos estaban húmedos y rebosantes de leche.

–¡Javier! –susurró ella riendo, mientras lo empujaba suavemente pero no pudo impedir que él aplastara la boca contra sus senos y se los limpiara con la lengua. Cuando acabó le tomó las puntas entre los labios y chupó unos tragos de leche caliente. Primero de uno y luego del otro. Después los abarcó con sus oscuras manos y los examinó detenidamente, sin prestarle atención al escandalizado rostro de Paola.

–¿Los dejé parejos? –Le preguntó mirándola con picardía –¿o te parece que uno esta mas lleno que el otro?

Ella estaba demasiado subyugada como para responder, solo tragó saliva y sonrió. Javier apretó ambos pechos con sus manos hasta que Paola gimió y nuevas gotitas brotaron.

–Perdoname amor, –le dijo plantándole un beso en el pezón antes de lamerla con ganas– pero es que soy adicto… podría hacer esto toda la vida.

Tardó unos segundos en notar que Paola se había puesto rígida, y ahí cayó en la cuenta de sus palabras. Levantó el rostro y volvió a ver arrepentimiento y remordimiento en su cara.

–Paola…

–No, no digas nada.

–Paola, tenemos que–

Como si todo estuviera jodidamente sincronizado el gimoteó de un bebe invadió la habitación acabando con la discusión satisfactoriamente. Ella se irguió como si tuviera un resorte, y Javier no se lo impidió. La observó ponerse una camisa encima y correr hacia la pieza de al lado. Huir… mejer dicho. Se dejó caer hacia atrás sobre el colchón y observó el techo, pensativo.

¿Qué había estado a punto de decir? Quería decirle algo, quería hablar con ella, no podían seguir en esta situación, pero no sabía qué era lo que quería. Tal vez debería agradecer la oportuna interrupción del bebe. ¿No era un perfecto recordatorio de por qué debería dejar las cosas tal como estaban? ¿Es que acaso quería tener una relación seria con Paola? El no funcionaba para las relaciones serias, ya lo había comprobado con Laura a quien no había vuelto a ver después de cortar con ella, un par de días después de Navidad. De esto hacía dos meses.

No solo eso, sino que había vuelto con Carolina, la chica con la que había estado antes de Laura. ¿Acaso estaba dispuesto a sacrificar todo por Paola? ¿Es que estaba loco? Solo tenía 22 años, aunque nadie lo adivinaría por su aspecto, no era la cosa más inteligente del mundo liarse con una mujer casada que para colmo venía con un niño incluido. Y él no soportaba a los niños…

A través del transmisor le llegó la suave voz de Paola consolando a su hijo, luego el silencio y luego la voz femenina tarareando una canción de cuna.

Se puso de pie y después de deshacerse del preservativo comenzó a vestirse. Necesitaba… necesitaba irse, necesitaba pensar.

Solo le faltaban los zapatos cuando ella, con las piernas desnudas, la camisa entre abierta y el pelo revuelto, apareció en el marco de la puerta. Increíblemente la maternidad la hacía aún más caliente.

–Ya me voy… –le dijo Javier haciendo un gesto vago con la mano.

–Está bien –respondió ella, contrastando sus palabras con su gesto –Perdón por… –miró hacía la otra habitación, a través de la pared.

Él hizo un chasquido con la lengua –No tenes nada por lo que disculparte –le dijo con tono molesto y el ceño arrugado –No pasa nada.

Ella parecía divida entre dos o más sentimientos. Un millón probablemente.

–¿Te… te vas con ella? –Le preguntó de repente.

Javier alzó las cejas en gesto interrogante ¿De dónde había salido esa pregunta? No, no iba a lo de Carolina, pero por alguna razón contestó: –Capaz… no sé.

Ella se quedó un momento en silencio mirando el piso.

–¿Es que no soy suficiente? –Su voz sonó tan bajita que Javier casi no la escuchó. Se terminó de calzar en silencio y después de ponerse en pie se acercó a ella.

La contempló por unos segundos, peinándole el pelo negro hacia la espalda y acariciándole la mejilla. Llevó una mano hacia su camisa y le tironeó la tela para abajo, hasta descubrir uno de sus pechos. Le pasó el pulgar por el pezón, apretándolo hacia un lado y hacia el otro y entonces se inclinó sobre ella metiéndose el pico rosado en la boca. La succionó con fuerza una única vez, haciéndola gemir. Tragó el líquido tibio antes de levantar la cabeza.

–No, no lo sos –respondió mirándola a los ojos, mientras le acomodaba la camisa.

–¿Acaso yo lo soy para vos? –Le preguntó con cierto tono de amargura en la voz. Ella parecía saber a lo que se refería porque bajó los atormentados ojos hacia el piso.

–¿No es ese el dilema universal…? –Continuó Javier –Vos no sos suficiente, tu marido no es suficiente, tu hijo no es suficiente, yo no soy suficiente…

»Nadie es suficiente para nadie, Paola. Por eso es que no hay que…

Suspiró y se pasó una mano por el pelo. Le estaba dando un sermón sobre la importancia de la libertad a una mujer casada y madre de un niño pequeño.

Se sintió un idiota, y se sintió cruel. ¿Qué carajo sabía él de la vida? La agarró suavemente por los hombros hasta que hizo contacto visual con él.

–Paola, cuando te digo que me gustaría que dejaras a tu marido, no lo digo por mí, lo digo por vos. ¿Me escuchas? No tiene nada que ver con celos o posesión, es porque quiero que seas feliz, y veo que acá no lo sos, y me gustaría que lo seas, me gustaría que seas li…

Paola lo miró suplicante, rogándole silenciosamente que no siga por ahí. Sus ojos estaban húmedos otra vez. Javier dijo una mala palabra por lo bajo.

–Está bien, está bien… –le tranquilizó pasándole las manos por los antebrazos –Hoy no vamos a hablar de esto –le consoló –pero pronto lo vamos a hacer, ¿me escuchas? –le rodeó el rostro con las manos –Metetelo en la cabeza –Y al decir estas palabras, sintió que también se las estaba diciendo a sí mismo.

Ella tragó saliva antes de responder con un tímido asentimiento. Él le acercó la boca a sus labios  para despedirla con un suave beso y se separó de ella.

–Chau.

–Chau –pareció responder ella aunque no salió ningún sonido de sus labios. Lo miraba con ojos anhelantes e impotentes.

Javier la rodeó y salió del departamento con una profunda confusión emocional.

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