Ana – V – Remordimiento y resignación

Con una excitación resignada, Carlos se terminó de desvestir sin dejar de mirar a Ana, que le evitaba la mirada. Una vez desnudo, se dispuso a entrar en la bañera. Se paró en el extremo libre y lentamente bajó su cuerpo pero en el momento en que sus muslos tocaban fondo, Ana se paró como un resorte e intentó salir de la bañera.

Intentó, porque sin dificultad la sujetó del brazo y la hizo caer encima de él, atrapándola por la cintura.

Ana se retorció e intentó levantarse de nuevo, pero era inútil. El no la soltaría… La apretó contra su cuerpo, sintiendo como su miembro se encajaba entre sus piernas. Al fin dejó de moverse, permitiéndole apretar su cuerpo húmedo y caliente contra el suyo.

¿Hace cuanto no abrazaba a alguien así? Le hundió la cara en el cuello, oliendo su piel. Quería saborearla, quería tener el tiempo para poder lamerle cada centímetro de su piel. Era tan suave, tan tierna.

Le tomó los pechos con las manos y se los masajeó suavemente, raspando los pezones hinchados por el agua caliente con las palmas. Ana intentó cubrirse pero desistió pronto, más pronto que antes. Ojala aceptara el hecho… pensó Carlos, ojala dejara de luchar y entendiera que era inevitable. Le apretó los pezones con los dedos, y luego se los sujetó y los apretó con el pulgar. Ella temblaba y se estremecía, le gustaba…

 –¿Se siente bien, no? –le pregunto al oído.

Ella volteó el rostro hacia la pared. Estaba blanda sobre él, y su cuerpo todo sonrosado. Llevó una mano desde su pecho hacia su vientre, luego subió hasta su cuello, pasando por su torso y sus pechos. Repitió lo mismo con la otra mano, y luego con las dos juntas. Presionaba ambas manos contra su piel desde su panza plana hasta sus clavículas, amasando sus pechos pálidos. Quería tocárselos, chupárselos, estaba enloquecido por sus pechos…

Dejó caer la cabeza hacia atrás sintiendo como el miembro se le endurecía mientras la exploraba con las manos. Que delicia... Ella estaba tensa, manteniéndose erguida para no dejarse caer sobre su pecho. Apoyó la mano sobre su cara, y le empujó la cabeza contra su cuello. Ella se dejó acomodar, y volvió a quedarse inmóvil mientras el seguía hurgándola. La tocó por todas las partes expuestas, contorneando su cintura, su cadera, sus muslos, su vientre… sus brazos, que descansaban inertes a los lados…

De pronto notó la esponja flotando en el agua. Se levantó lo suficiente como para alcanzarla con las puntas de los dedos y volvió a reclinarse con el peso de Ana sobre él. Le gustaba sentir su peso sobre él. Tenerla en sus brazos… Era lo más hermoso que había sentido en años, tal vez décadas.

Ahora con la esponja volvió a recorrerle toda la piel, frotándola por todas partes. En los codos, en las axilas, entre las piernas, en los pezones, en el cuello… Cuando acabó la envolvió con los brazos, y le besó el borde de la mandíbula. Descansó así, sintiendo como el pecho de Ana se hinchaba y deshinchaba con el oxigeno que respiraba…

Un recuerdo fugaz de él upando y abrazando a una pequeña Ana se le apareció en su mente, inoportuno. Cerró los ojos y tragó con fuerza, despejando el pensamiento. Se concentró en los senos maduros del cuerpo femenino en su regazo. Los tomó en sus manos otra vez, sintiendo su peso confortante. Los amasó y le apretó las puntas hasta que Ana gimió y se removió.

No, no era una niña. No lo era.

Era una mujer, y era suya.

Y su pene estaba completamente erecto bajo sus tersos muslos.

Movió sus pies hasta que de una patada sacó el tapón de la bañera que para ese entonces, estaba mas fría que caliente. El agua comenzó a descender, y Ana abrió los ojos, irguiéndose levemente. ¿Es que pensaba que la iba a dejar ir? La rodeó por la cintura con un brazo mientras el agua descendía más y más hasta vaciar la bañera.

Así sería más fácil. Sin soltarla descorrió apenas la cortina, y alcanzó su jean que yacía tirado en el suelo. En el bolsillo tenía un par de preservativos. Metió los dedos en el bolsillo y atrapó uno con los dedos.

Estiró el brazo que envolvía a Ana y se irguió un poco para abrir el paquete. Ana suspiró y se comenzó a enderezar hasta que vio el preservativo. Entonces comenzó a sacudirse y a retorcerse violentamente –¡No, no, no, no, no, no, no, no…! –soltó el preservativo y la inmovilizó con los dos brazos.

–Basta, quedate quieta.

–¡No, no, no, por favor, no, no, no…! –Se sacudía frenéticamente de un lado para el otro. –¡No! ¡Por favor!

–¡Basta! –le masculló con voz grave mientras se volvía a inclinar para alcanzar el preservativo. Lo había tocado con los dedos cuando sintió que unas manos le sujetaban el miembro con fuerza, tironeándoselo hacia arriba, acto que lo congeló en el momento y le sacó todo el aire de los pulmones. Ana le rodeó el pene con ambas manos y comenzó a moverlas hacia arriba y hacia abajo.

Carlos tragó saliva mientras todos sus músculos se contraían y finalmente se dejó caer de espaldas, en la bañera. Las pequeñas manos de Ana lo sujetaban con desesperación y los masturbaban con fuerza estrujando su miembro desde la base hasta la punta.

No importaba que no supiera cómo hacerlo, solo tener sus manos contra sus genitales era suficiente. Más que suficiente. Podía sentir como sus testículos se hinchaban y endurecían a cada segundo que pasaba. Cerró los ojos, apoyando la cabeza contra el borde de la bañera pensando que estaba en el paraíso.

Suspirando estiró una mano y le envolvió un pecho a Ana que al instante aceleró el ritmo de la masturbación. Carlos apretó los dientes y contrajo los dedos sobre su pecho en respuesta, sintiéndose cada vez más cerca del orgasmo. Estiró su otra mano y le tomó el otro pecho. Ella se retorció pero no paró de masturbarlo. Le masajeó los pechos y sincronizó el ritmo con las manos de Ana sobre su pene, apretando cuando ella bajaba o subía.

Lo hizo así hasta que sintió que el orgasmo lo invadía inevitablemente. Dejó escapar un jadeo y le apretó los pezones mientras ella le exprimía el miembro palpitante. Finalmente eyaculó con fuerza, liberando chorros de semen que empaparon toda la parte delantera de Ana hasta sus propias manos aferradas a sus los pechos. Ana gimió de dolor y esto se sumó a su excitación sacudiéndolo e intensificando su clímax.

Lentamente bajó a la tierra otra vez, y todos sus músculos se relajaron. Soltó los pechos que había estado estrujando con demasiada fuerza. Ana se puso de pie inmediatamente, y salió tambaleándose de la ducha.

El no se lo impidió. Cerró los ojos con fuerza para no ver como ella tomaba la toalla y huía del baño, sollozando y temblando.

Recostado en el tibió metal de la bañera, observó su miembro laxo sobre su muslo y las gotas de semen en sus manos y una parte de él agradeció el agotamiento momentáneo que le impedía ir detrás de ella en ese mismo instante.

 ***

Después de darse una ducha caliente para sacarse el frío que lo había invadido una vez que la excitación abandonara su cuerpo, salió del baño con una toalla envuelta en la cintura. Se dirigió directo a la habitación de Ana y al abrir la puerta se quedó inmóvil. Ana estaba sentada en el marco de la ventana con las piernas hacia afuera. Al verlo, se apresuró a saltar hacia afuera y desaparecer.

–¡Ana! –había dado un paso dentro de la habitación cuando reaccionó. Se dio la vuelta y corrió hacia la puerta de entrada a la que le dio un tirón tan fuerte que las bisagras se sacudieron. Estaba con llave. Puteando, giró la llave en la cerradura y salió hacia afuera. Llegó hasta la tranquera de la entrada y se detuvo. Ana ya estaba a metros de distancia, corriendo hacia la esquina.

–¡Ana! –le gritó, con una voz tronante de autoridad que puso en guardia a los pocos vecinos que había en sus veredas, siempre ávidos de algún melodrama familiar.

Ana se encogió al sonido de su voz, pero no se detuvo. Siguió caminando tiesamente, a veces trotando hasta llegar a la esquina, y cuando su figura se perdió de vista al dar la vuelta, la sangre de Carlos hervía de violencia.

Con impotencia y humillación, se sostuvo la toalla al rededor de su cintura, y se metió de nuevo en su casa dando un portazo lo suficientemente fuerte como para que lo escuchara toda la cuadra.

–Hija de puta… Cuando la agarre… Cuando la agarre… –murmuraba caminando de un lado para el otro en la cocina, apretando los dientes. –Pendeja de mierda… –El corazón le latía a mil. Se paró en frente del sillón y descargó una patada brutal sobre él. –¡Maldita sea! –farfulló por el dolor que sintió en el pie, lo que aumentó su rabia. Se dejó caer sobre el sillón resoplando –Cuando la agarre –repitió otra vez –Cuando la agarre…

Con el cuerpo vibrando de furia se imaginó arrastrándola del pelo hasta el sillón donde estaba sentado. La doblaría sobre su falda y la golpearía hasta dejarle las nalgas al rojo vivo. Eso haría.

Después…

Después le aplastaría su lindo rostro contra el cuero del sillón y la cojería por atrás. Directamente por el culo, para que aprenda, –Para que aprenda –repitió en voz alta, visceral. Para que lo recuerde toda la semana.

La imagen de Ana apretada contra el sillón recibiendo sus penetraciones anales con impotencia le desvió toda su furia hacia su entrepierna. Tragando saliva dejó caer la cabeza hacia atrás y se recreó en la fantasía, y se dijo que era premonitoria.

La retorció mentalmente contra el sillón, hundiéndose en su apretado cuerpo de todas las maneras que se le ocurrió, regodéense en las lagrimas y en las suplicas de una Ana que se resistía deliciosamente, a pesar de que él sabía que en el fondo, lo disfrutaba. No tardó en estar completamente excitado otra vez y una nueva furia volvió a invadirlo. Pensó en volver a la ducha y descargarse, pero no quería eso. No quería masturbarse, quería a Ana.

Se puso de pie y regresó a la habitación de su hija. Contempló la pulcra y silenciosa habitación. Había algo en esa habitación que lo crispaba, que le ponía los nervios de punta. Dio unos pasos alrededor, como si estuviera buscando algo. Se acercó a una cómoda y abrió el primer cajón y se congeló al ver su ropa interior.

Agarró una bombacha y se la llevó a los labios, cerrando los ojos. Hundió la mano en las prendas de algodón blanco y sintió que sus dedos tocaban algo duro. Con curiosidad, corrió las prendas y sacó del cajón un cuaderno anillado. Tenía toda la tapa escrita con fibrones, y cubierta de calcomanías. Lo abrió y leyó la primera hoja:

“Querido diario:…”

Eso era todo. Solo esas dos palabras. El resto de la hoja estaba en blanco.

Dando unos pasos hacia atrás, se sentó en el borde de la cama, y pasó a la siguiente hoja. Era lo mismo. “Querido diario…” y nada más. Fue pasando las hojas.

Querido diario, querido diario, querido diario…

Finalmente en la 6ta hoja había algo, unas pocas palabras se entendían.

“Querido diario:

Siento… No siento nad… Tengo… me ha pasado alg…

Hay algo… en mi… que está roto… es como una piel… te cubre y te protege… y es necesaria para vivir… no la tengo… y ahora no se cómo vivir…

No sé cómo vivir… tengo miedo.”

Carlos repasó las palabras con sentimientos encontrados. Queriendo sentir, y no queriendo sentir nada.

Finalmente pasó la hoja y lo que encontró fue una sola palabra escrita una y otra vez. Cientos de veces. Dio vuelta las páginas una a una y todas estaban llenas con la misma palabra.

Por favor, por favor, por favor, por favor, por favor…

Pasó las hojas sintiendo que algo le apretaba el corazón hasta hacerlo sangrar y arrojó el cuaderno al piso como si quemara. Se sentía sofocado de repente. Bajó la cabeza entre las rodillas intentando respirar con normalidad. Los ojos le ardían.

Volvió a revivir la tarde en que desvirgó a Ana en el hotel, hace unas semanas. Había sido un animal, había perdido totalmente el control. Cuando volvió en sí, y vio su cuerpo pálido en la cama, como una niña otra vez…  Su niña…

Eso había sido insoportable. Literalmente. No lo podía soportar. Se había detenido en una farmacia de camino a casa para comprar preservativos solo para demostrarse a sí mismo que no se arrepentía. No se podía arrepentir. No podía. Porque lo que había hecho era irreversible.

Miró a su alrededor, volviendo al presente. Las paredes color rosa pálido, y los peluches en las repisas le hicieron sentir el impulso de destrozarlo todo. De arrancar el empapelado floral, de rasgar la frazada y destrozar los muñecos. ¿Por qué tenía muñecos aún? Se preguntó poniéndose de pie, ¿por qué se comporta como una niña?

No por primera vez sintió algo retorcerse en su interior. Como dos animales tratando de devorarse el uno al otro. Remordimiento… y resignación. Permitiría una vez más la pelea interna, a pesar de saber de antemano cuál de los dos lados ganaría. Porque ya había ganado antes. Ya estaba hecho.

Trató conscientemente de recordar a Ana de pequeña. Trató de evocar una imagen tan tierna que no hubiera manera de sexualizarla… una imagen a la cual aferrarse en momentos de debilidad.

No pudo. No pudo recordar.

De pequeña, de bebe ¡vamos! Piensa. Es tu hija.

Se le vino a la mente el recuerdo de una Ana de pocos meses, en sus brazos, mientras él la exhibía en frente de todos.

El había querido un varón, pero ese día no, ese día estaba orgulloso de tener a Ana en sus brazos. Era una beba preciosa, todos la adoraban. Había presumido de ella delante de todos sus conocidos y amigos.

Aún era preciosa. Aunque ella no lo supiera. El quería mostrarle lo hermosa que era, es tan tímida… tan tímida. Y al mismo tiempo quería que siguiera así, oculta, disfrazada de chica normal, y que su belleza sea su secreto. Un regalo solo para él.

Buscó en su memoria mas recuerdos, recuerdos de él cambiándole los pañales, vistiéndola, curándole una herida, alimentándola… Pero de esas cosas se había encargado su mujer. El nunca hizo nada de eso.

Un fugaz sentimiento de culpa vino y se fue, reemplazado automáticamente por la recriminación. El había estado ocupado trabajando para mantenerlas… ¡Por eso no había estado para Ana! Se había matado trabajando, se dijo, reconfortándose. Y aún hoy le costaba cargar con todo… de hecho ni siquiera podía hacerlo. En la actualidad su mujer ganaba y pagaba la mayoría de los gastos, y él tenía que soportarlo… Soportar las burlas de sus amigos en el bar, sus chistes: “¿Por qué no le pides el auto prestado a tu mujer? ¿Por qué no le dices que nos pague las cervezas?”

Apretó los dientes mientras la humillación le retorcía el estómago. ¡Lo soportaba todo por ella, por Ana! Sino hace tiempo habría dejado a su mujer, pero todo se complica cuando uno tiene hijos…

Y él había hecho lo correcto. Cuando Silvia quedó embarazada, hizo lo correcto, hizo lo que debía. Se sacrificó y las mantuvo. Se partió el lomo para poder comprar esta casa. Y no había sido fácil. Todo por su esposa, todo por Ana. El había dado todo por ellas. ¡Todo! Y no había estado ahí para verla crecer, pero no era su culpa…

¿Y después? Le preguntó una vocecita. Tu esposa ha estado compartiendo la carga de las cuentas hace ya 10 años, ¿qué excusa tenes para no haber visto crecer a tu hija? ¿Cuándo fue la última vez que la miraste? ¿O que que hablaste con ella?

Cerró los ojos con fuerza para acallar el interrogatorio. Parecía ayer cuando Ana era un bebe que se quedaba dormida junto a él en el sillón, y ahora… ahora era una mujer. De un día para el otro…

¿Donde está su hija? ¿Donde está su pequeña?

¿Dónde estaba el?

Un río de recuerdos comenzó a fluir en su mente como si hubiera derribado un dique. El recuerdo de infinitas noches en las que mandó a Ana a su cuarto de un grito, para que no lo molestara. El miedo en su pequeño rostro, el silencio… La ausencia de besos paternales, la ausencia de paciencia…

La ausencia de amor.

Se apoyó una mano en la frente palpitante y trató de bloquear los recuerdos que amenazaban con desmentirlo. Se concentró en la Ana desnuda que había tenido en sus brazos en la bañera. En la mujer. Porque era una mujer ahora.

Y la amaba… ¡la amaba! como una vez amó a su esposa, hace tantos años. Más… la amaba  más de lo que amó a su mujer porque la amaba ahora y el ahora era mas importante que el pasado y el futuro. El ahora, el deseo.

Se aferró a eso. Ese deseo, esa sensación de sangre caliente que nublaba su mente y acababa con toda duda. Y sintió un gran alivio… El alivio de sentir que la batalla interna ha acabado otra vez.

Desterró los pensamientos de una Ana pequeña, eso ya no existía. El pasado no existía. El amó a su mujer una vez y ahora no lo podía recordar, porque ya no la amaba. Ese amor ya no existía. Su hija ya no existía. Eso se había acabado, como el amor a su esposa. Se había destruido con los años. ¿De quién era la culpa? Ni eso importaba.

Ni eso importa… –repitió para sí, con convicción. Las cosas eran así. Ana no era su hija. No lo había sido desde hace años. Y él no había sido su padre desde hace años… si alguna vez lo había sido.

Antes que su padre él era un hombre, y ella antes que su hija, una mujer.

Buscó a su hija una vez más pero ya no la encontró. Solo encontró a la mujer.

Y él tenía deseos… Necesidades. Y ella también las tenía, él lo sabía. Lo sabía mejor que ella… Y quería enseñarle. ¿Acaso no era suya? Se justificó ¿Acaso no era suya para amar?

Y Ana lo amaba… Cada vez que la tocaba, se emocionaba. Podría haberlo acusado con su madre pero no lo hizo. Podría haberse reusado…

¿Podría?

¡Si podría…! se contraatacó. No es una niña. Es una mujer. Una mujer lo suficientemente mayor para entender las cosas…

Y lo amaba… porque los hijos aman a sus padres. Están programados así. Y era un amor que él podría usar, porque era incondicional, era inevitable. Esta metido en su sangre.

Y él la amaría a ella. Sería un hombre para ella. Se la merecía ¡Se la merecía!

Por todo lo que había sacrificado, por todos los sueños rotos y los planes frustrados, se la merecía. Por ella y para ella, la iba a tener.

La iba a tener…

1310238825344.logo-72.default

Anuncios

3 comentarios en “Ana – V – Remordimiento y resignación

  1. Me deja un mal sabor de boca la actitud que carlos toma sobre su hija es escalofriante que la persona en la que ana debería confiar y sentirse protegida sea quien le este destrullendo el alma,es una historia que atrapa y que logra hacerte sentir a oscuridad de ana y agradecer por el padre que tengo en serio escribes genial, gracias por compartir

¿Qué sentis?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s