Poliamor – 3 – No es lo mío

No es lo mío

Decidió bajar por las escaleras en lugar de tomar el ascensor. Eran tres pisos, y necesitaba sacarse la sensación de encima.

Recordó la primera vez que había subido al departamento de Paola… Había estado completamente agitado, con el corazón latiéndole a mil por la anticipación, aunque lo había ocultado bien, como ocultaba todo.

Fue recién en su coche que se permitió preguntarse a si mismo qué sentía sobre ella, y sobre todo. Y aún no había encontrado la respuesta cuando escuchó una vibración proveniente de la guantera. Su celular. Siempre lo dejaba en el auto, no le gustaba la idea de olvidárselo en lo de Paola.

Lo sacó y vio que tenía una llamada perdida. Pulsó “llamar” y esperó a que la mujer en cuestión atendiera.

–¡Hola Javi!

–¿Por qué me llamabas?

–Bue… saludame por lo menos.

–Hola, ¿qué pasa?

–Nada, solo te quería recordar del almuerzo de mañana… –Su voz fue bajando hasta desaparecer –¿Qué te pasa a vos que andas de tan mal humor?

–Nada.

–¿Le pasa algo a Paola?

–Carolina…

–¿Qué?

–No es asunto tuyo.

Se hizo el silencio por un segundo antes de que contestara irritada –Bueno, ¡está bien! pero si no queres que te pregunte entonces no me eches tu mal humor encima.

Y le cortó.

Puteando por lo bajo, aunque con una risa frustrada, le tecleó que sí, que iba a ir al bendito almuerzo. Se metió el celular en el bolsillo y cerró los ojos con fuerza antes de exhalar lentamente el aire.

Ella tenía razón, no debería haberle hablado así. No tenía la culpa de lo que le estaba pasando. Se lo compensaría mañana cuando la viera.

¿Y qué era lo que le estaba pasando? ¿Por qué se sentía… culpable? Se preguntó, apretando el volante. No tenía razón para sentirse así…

La verdad era que quería hablar con Carolina, quería contarle sus pensamientos y escuchar sus prácticos consejos, aunque nunca se lo confesaría. Su buen humor, su inteligencia a veces exasperante, su simpleza y franqueza, su buen corazón… eran un bálsamo en su vacilante existencia. Ella le diría qué era lo que le estaba pasando… aun si él no quería escucharlo.

Exhaló otro suspiro lento. Al día siguiente finalmente conocería a su nuevo… novio, con quien eventualmente debía llevar a cabo un trío. Se le escapó otra carcajada, pero esta vez de incredulidad. No pensó que Carolina lo decía en serio, cuando ella le contó que tenía la fantasía de hacerlo con dos hombres a la vez, pensó que había sido un comentario al azar… pero debería habérselo imaginado. Cuando se le metía algo en esa linda cabeza rubia, nadie la podía disuadir.

Y él le había dicho que estaba dispuesto…

Y ahora, como parecía ocurrirle con todo últimamente, se había acorralado a sí mismo.

No quería pensar al respecto. Lidiaría con ello cuando llegara el momento… si llegaba. Carolina creía que él no era celoso. Y en cierto modo tenía razón… pero solo en cierto modo.

Él era posesivo, muy posesivo, pero no de la manera en que la mayoría de los hombres lo son. Su infancia le había enseñado a la fuerza una perspectiva diferente de la vida: cuando él estaba con una mujer, estaba con ella y ella con él, y se aseguraba de que todo de ella se concentrara en su persona y en el placer que él le daba y recibía. Era posesivo, pero no quería ni el pasado ni el futuro de una mujer, solo el presente. Porque el presente era todo lo que él estaba dispuesto a entregar. El presente era lo único real, lo demás…  sueños y promesas rotas.

Y el presente lo quería completo.

Esto puede ser un problema, reflexionó. Una cosa era estar con Paola y con Carolina, sabiendo que Paola dormía también con su marido, y Carolina estaba con otro… y otra cosa muy distinta era estar presente mientras esto ocurría.

Ser testigo. Y no solo eso, sino participar, compartirla… con otro hombre. Realmente no sabía cómo iba a hacerlo.

Se sacudió el pensamiento de la cabeza. De última podría intimidar al chico y sutil o no tan sutilmente, deshacerse de él. Solo lo había visto de lejos, pero parecía un buen pibe. Tímido… por lo que le había contado Carolina. Incluso le había hecho prometer que no lo haría sentir incómodo, y dudaba seriamente que le hubiera pedido lo mismo al chico con respecto a él.

Después de todo, él nunca se sentía incomodo, él nunca sentía celos, él era seguro de sí mismo, seguro de todo….

Si, así era él.

Y era jodidamente agotador a veces.

***

–Dale, probalo.

–No, gracias –dijo Tomás mientras volteaba el rostro sonriendo.

–Dale, solo un poco.

–No, no me gusta.

–¿Cómo sabes si nunca lo has intentado?

–Lo se, me conozco.

–Tal vez no te conoces tan bien como pensas, a ver… quedate quieto y yo te lo pongo en la boca, vos no tenes que hacer nada.

–De verdad Caro, no es lo mío.

–Pero te va a gustar…

–Lo dudo.

Ella lo miró haciendo un puchero irresistible.

–Ufff… –rodó los ojos hacia arriba riendo –Dale, dame esa maldita cosa. –Agarró el cigarrillo de entre los dedos femeninos y se lo llevó a los labios.

–Ya esta… ¿Contenta? –dijo atreves del cigarro.

–Jaja pero fumá, dale.

Tomás sabía lo que iba a ocurrir, lo mismo que le ocurrió cuando tenía 16 y un compañero del colegio le comidó una pitada del faso que le había robado a su hermano mayor. Aun así aspiro con fuerza e inmediatamente comenzó a toser.

–Ah pero tenes que ir de a poco Tomás, te fumaste medio coso. –le reprendió mientras le golpeaba en la espalda y él seguía tosiendo.

–¿Coso? –repitió riendo, lo que empeoró su tos –Ya esta, cof, cof, pasemos a otra cosa, cof –y tiró el cigarro en el lavamanos.

–Que exagerado… –dijo Carolina sacudiendo la cabeza –¡lo hiciste a propósito!, te das una sobredosis para justificar tu prejuicio…

–No me psicoanalices solo porque no me gusta la marihuana –La agarró por la cintura y la apretó contra él –prefiero otras cosas para relajarme –hundió la cara en su pelo rubio y la levantó en vilo.

Carolina lo envolvió con sus brazos sonriendo y le besó el cuello –ahora no, dale, bajame –le dijo al oído.

–No, te voy a raptar. Te voy a llevar lejos y te voy a encerrar…

–Tomas…

Tomás suspiró. La puso en el piso y se dejó caer en una silla, como derrotado. Decidió volver a intentar hablar de eso que quería hablar hace dos semanas –Caro… –esperó a que ella lo mirara para continuar –¿Estás segura…? –Ella no necesitó explicación.

–No te eches para atrás, lo prometiste.

–De hecho no prometí na… –ante la mirada de ella dejó la frase sin terminar –Ya… es solo que… –cambió de posición en la silla –No sé si voy a poder hacerlo… –dijo mirándola a los ojos –no sé si pueda.

Carolina se acercó con una sonrisa cálida y le pasó una mano por el pelo –Mira… yo tampoco se. Nunca lo he hecho. Pero quiero intentarlo…

–¿Estás segura? –le volvió a preguntar angustiado –No estás obligada.

Ella se alejó de él un paso y lo miró con reproche –¿y qué se supone que tengo que hacer entonces? –Le dijo juntando las cejas –¿Volver con Javier?

Estas palabras se le clavaron como un puñal, aún así contestó con convicción –Estás conmigo ahora.

–Técnicamente estoy con Javier –Respondió ella copiando su tono –he estado con él hace más de un año… A vos solo te conozco hace dos semanas.

Tomas se quedó en silencio, absorbiendo el golpe. Finalmente dijo entre dientes –Dos semanas es suficien–

Riiiiiing

Ambos se sobresaltaron al sonido del timbre.

Carolina, nerviosa, se alisó el delantal y se corrió el pelo detrás de la oreja inconscientemente, lo que se sintió como un nuevo golpe sobre el estómago de Tomas.

–¡Esta abierto! –Gritó ella y volvió a las hornallas a revolver el tuco que había dejado al mínimo unos minutos antes.

Tomás tragó el nudo que tenía en la garganta y trató de adoptar una pose despreocupada sobre la silla cuando era lo que menos sentía, de todas las cosas que sentía.

¿Podría haber llegado en un peor momento?

Escuchó la puerta abrirse y se mortificó al sentir como la anticipación por conocer a la misteriosa pareja de Carolina le bombeaba la sangre hacia el rostro.

Cuando la persona en cuestión apareció en la entrada de la cocina, el primero pensamiento que le cruzó por la mente fue que, definitivamente, no era gay.

–Hola… –dijo el hombre moreno en su dirección y sus ojos negros lo miraron fugaz pero intensamente por un micro segundo antes de acercarse a Carolina, que le daba la espalda.

Se posicionó a su lado, tocándola con su cuerpo y se estiró para plantarle un beso en la mejilla. Carolina ni se inmutó y siguió revolviendo la mezcla en la sartén como si no hubiera notado su presencia.

Javier suspiró, y a continuación la envolvió por la cintura con un brazo mientras le pegaba los labios al oído –Perdón por lo de ayer… –le susurró y acurrucando la pera contra su cuello le murmuró –¿Me perdonas?

Eso era suficiente con Carolina. No era rencorosa, aunque tenía buena memoria. Ella se aflojó y asintió –Está bien, supongo que tenías alguna razón… –Javier sonrió para sus adentros. Traducción: “después me lo tendrás que explicar detalladamente”.

Tomás intentaba mantener su mirada en la mesada, ignorando la escena que se desarrollaba a metro y medio de él. La obvia intimidad que compartían más todas las cosas que aún no había procesado detenidamente sobre este hombre estaba haciendo estragos con su mente y autoestima.  Solo deseó con todas sus fuerzas no estar ruborizándose.

–Mmm, qué rico huele –Javier le dio otro beso en la mejilla antes de separarse de Carolina y se sentó en una de las sillas que rodeaban la mesa central, enfrentando al chico en cuestión. A pesar de las apariencias no había olvidado su presencia.

–Javier –le dijo extendiéndole la mano sobre la superficie de la mesa y el pibe se apresuró a tomarla y apretarla brevemente.

–Tomás –respondió.

El silencio se extendió unos segundos y Javier lo hubiera dejado correr por un buen par de minutos cuando Carolina lo interrumpió en tono alegre –Javi, el termo está lleno, ¿por qué no cebas unos matecitos mientras? Ya casi están los fideos.

Sonriendo mentalmente, Javier se puso a la tarea.

Tomás volvió a sentir una punzada de inseguridad al ver como no necesitaba ni preguntar dónde estaba la yerba o la azúcar… sabía perfectamente donde estaba todo. Tragando el nudo en la garganta aprovechó para analizarlo detenida y disimuladamente.

Era un hombre de aproximadamente 27, 28 años, tal vez más, bajo de estatura, de extremidades cortas, piel oscura, extremadamente velludo, barba de varios días…

»Cuerpo compacto y macizo…, pelo castaño oscuro ensortijado y ojos oscuros, muy oscuros.

¿Lindo? Se preguntó tratando de verlo desde una perspectiva femenina, cosa que no era difícil. No, no era lindo. Era jodidamente atractivo. Exudaba confianza en sí mismo, parecía totalmente cómodo en su piel… en su oscura y casi exageradamente masculina piel. Era la clase de hombre por el que una mujer dejaba a alguien como…

Pestañó con fuerza, apartando ese pensamiento y apretó los puños debajo de la mesa.

En resumen, no podía ser más diferente a él. Y no le gustaba pensar en el contraste que generaría el tener que compartir una habitación con él durante todo un almuerzo.

Javier escupió el agua fría del primer mate en el lavado y se dejó caer en la silla con el termo y el mate en la mano. Lo llenó con agua caliente y se lo extendió a “Tomás”. Volvió a sentir el impulso de dejar que la incomodidad se dilatara pero le había prometido a Carolina que no se lo haría difícil.

–¿Así que… se conocieron en el gimnasio? –Preguntó para empezar por algún lado.

–Si… en el gimnasio –Respondió el.

Estaba nervioso, notó Javier.

–¿No nos conocimos ahí también nosotros, Caro? –Dijo alargando su cabeza hacia atrás.

Ella soltó una risita antes de contestar –Si, pero no de la misma forma.

–¿Cómo se conocieron? –Preguntó Tomás mas por participar en la conversación que por sincera curiosidad.

De hecho no quería saberlo, y cuando vio como ambos se miraban compartiendo un gesto de complicidad, se arrepintió de haber preguntado.

–Ahmmm… –dijo ella como no sabiendo cómo contarlo. Apagó el fuego de la hornalla, tapó la olla y se acercó a la mesa.

–Dame uno sin azúcar –le pidió a Javier mientras apoyaba una mano sobre su hombro como si nada. Pero Tomás lo notó..

–Yo estaba… a ver, para… Esto fue hace… –Carolina miró a Javier entrecerrando los ojos –Hará… año y medio. ¿No?

–Si, por ahí…

–Y bueno, yo estaba en mi clase de yoga, aún no me había recibido –Empezó a contar mirando a Tomás, quien le devolvió la mirada forzadamente –Y… ¿Viste como son las salas de yoga? –le preguntó.

El se alzó de hombros por toda respuesta, si le hubiera preguntado cómo se llamaba, tampoco hubiera sabido responder.

–Están rodeadas de ventanales –Aclaró ella –Es bastante exhibicionista, la verdad, pero bueno… lo hacen para atraer gente.

–Y funciona –Dijo Javier sonriéndole una sonrisa torcida que Tomás le devolvió inmediatamente a pesar de su incomodidad.

–Shhh –le retó Carolina –Y bueno, un día de esos, un chico… de lo más descarado, se paró en frente del ventanal a admirar a las chicas en calzas…

–Solo admiraba a una –Intervino Javier recorriéndola con la mirada.

–¡Claaaro! Todas estaban justo agachándose con los traseros apuntando para la ventana y vos, babeándote.

–Yo no babeo –rectificó él mirándola con repentina seriedad.

–Bueno, es una manera de decir… Te las comías con los ojos ¿te gusta más esa? –Javier asintió –después me miraste y señalando a las chicas me hiciste un gesto… como ese meme de “not bad” y me empecé a reír como loca en medio de la clase.

–Eso no fue mi culpa.

–¡Si que lo fue! La profesora miró para la ventana y pensó que yo te conocía, que me habías ido a buscar o algo…

–Y así era.

–Y… –Carolina sonrió de pronto mirando a Javier cálidamente y sutilmente le metió los dedos en el pelo antes de continuar. Y Tomás lo volvió a notar –Y bueno, me mandaron a ver qué querías y… en fin. Así nos conocimos. –concluyó volviendo la mirada hacia Tomás mientras levantaba los hombros fugazmente.

Tomás aceptó otro mate aunque mejor le hubiera caído un antiacido y el silencio se volvió a extender entre los tres.

–¿Y han estado juntos desde entonces? –preguntó otra vez en contra de su voluntad.

–Y… –dijo Javier pasándose una mano por el pelo y sonriendo con picardía –Más o menos. A veces no nos vemos por algún tiempo, pero siempre volvemos.

»Por ejemplo el año pasado viaje a la capital por la temporada, para trabajar y después me vine para acá otra vez. Este año no lo hice…

–¿Por qué no? –no pudo evitar hacer la pregunta en tono de reproche y se arrepintió al ver como Carolina miraba hacia abajo repentinamente incómoda.

Javier en cambio se encogió de hombros sonriéndole levemente –Por una mujer que conocí –Su gesto dio a entender que no quería hablar de eso. Carolina se separó de la mesa y volvió a las hornallas.

Siguieron interrogándose sutilmente por un rato, mientras se pasaban los mates y a pesar de todo, Tomás comenzó a relajarse.

Y entonces el tema de la edad salió a colación.

–¿22 años? –Repitió con incredulidad. Tenía que ser una broma. No podía ser menor que…

–Sí, ya lo sé, estoy hecho mierda.

–¡No es verdad! –Intervino inmediatamente Carolina en su defensa, acercándose a la mesa otra vez  –Mira –le dijo a Tomás mientras agarraba el pelo espeso de Javier y se lo peinaba hacia atrás –¿Ves…?

Tomás lo miró, juntando las cejas.

–E imagínalo sin toda esa barba también –agregó mientras le cubría la barbilla con su pequeña mano. –¿Ves? Así se notaría la edad que tiene.

Tomás contempló el rostro impasible de Javier mientras Carolina le apretaba el rostro como si fuera un niño de 5 años y en contra de todo pronóstico se le escapó una carcajada nerviosa.

Javier que parecía igualmente renuente, estalló en carcajadas roncas también mientras desprendía las manos de carolina de su rostro –Ya Caro, –le dijo para alivianar el ambiente, –no hay caso.

Un poco irritada, Carolina también terminó sonriendo –¿y sabes cuál es la otra razón de tu prematura vejez? –Le preguntó con falsa dulzura.

–¿Cual cariño?

–Que te tomas ridículamente en serio.

–Amor, si fueras una persona tan importante como yo, harías lo mismo.

Ella le pegó juguetonamente en el brazo y la sensación conectó en su cerebro con el recuerdo de Paola y el humor de Javier se oscureció dramáticamente.

Ella notó el cambio en el ambiente y le acarició el hombro donde le había pegado como si le estuviera consolando de un inexistente dolor. Lo miró como diciéndole “después hablamos…” y se giró hacia la cocina.

Tomas suspiró lentamente…

Y se recordó que estaba ahí porque Carolina así lo quería. Habían hecho el amor intensamente durante las últimas dos semanas, y ambos lo habían disfrutado, no tenía razones para sentirse inseguro, ni derecho a sentir celos…

No tenía derecho…

Y no tenía posibilidades de ganar.

–Ya está listo esto, pongan la mesa chicos.

–Sí, mama –Respondieron los dos al unísono, y por un segundo compartieron una sonrisa franca y una mirada de complicidad.

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