Poliamor – 4 – Lo hiciste a propósito

Lo hiciste a propósito

Esa misma tarde…

Javier contemplaba a Tomás desde el otro lado de la cama.

Debía confesar que le caía bien. En otras circunstancias… tal vez… podrían haber sido amigos. Era altísimo la puta madre. Fácilmente le sacaba una cabeza. Lampiño, pelo castaño casi rubio…

Reprimió un bufido.

Un niño bonito, parecía un modelo. Un jodido modelo de propaganda.

Clavó la mirada en la pantalla brillante del televisor y borró todo gesto de su rostro, cosa que no le era difícil gracias a la práctica.

–¡Que tontería! –La voz de Carolina le cortó el hilo de pensamiento, antes de darse cuenta que se refería a la película que estaban viendo.

Estaban los tres sentados en la cama de dos plazas, viendo una película romántica, con Tomás del otro lado, y ella entre los dos.

–¡Todo ese problema cuando simplemente podría haber estado con los dos! –exclamó ella irritada.

Carolina era una de las peores compañías para ver una película.

–Fijate, todo ese sufrimiento e indecisión y yendo de acá para allá… ¿Por qué simplemente no van los tres a vivir a esa casa juntos?

Javier sonrió casi imperceptiblemente ante la expresión de Tomás. Al parecer no se había acostumbrado todavía a los discursos de Carolina.

–Carolina… –le comentó él con condescendencia –Digamos que en esa época… o en cualquier época… es algo controversial.

–Lo sé, solo digo que es una estupidez. Ella debería haber estado con los dos, y luego si ese, el morocho, quería seguir su camino, ella se quedaría con Ryan Gosling y el otro no la odiaría ni nada porque estaría sexualmente satisfecho.

Tomás, que no estaba seguro de querer participar en la conversación, se limitaba a respirar lentamente y a rechazar el cigarrillo cada vez que Carolina se lo ofrecía distraída.

–Ella sufre por tonta, porque no quiere herir a nadie, entonces se termina hiriendo a sí misma, como la mayoría de las mujeres, y ese, el de pelo morocho y Ryan Gosling, no la quieren compartir por idiotas posesivos…

Tomás tosió de puro nervios. ¿Les estaba mandando una indirecta?

Carolina siguió como si nada –La única razón por la que el morocho la odiaría es por posesión también, porque no pudo acostarse con ella.

–¿Y porque tiene que ser el rubio… –le preguntó Javier con gesto curioso.

–Ryan Gosling

–…como se llame, ¿por qué decís que ella va a terminar con él después de… haber estado con los dos?

–Y porque… –Carolina señalo a la pantalla y alzó las palmas hacia arriba como si fuera algo obvio –o sea… miralo. ¿Quién no se quedaría con él? –le dio un codazo, riéndose coquetamente.

Javier le atrapó la cabeza debajo de su brazo y le hizo un poco de cosquillas.

–¡No! –Jadeó entre risas –¡No, basta… basta! –le suplicó ruborizada y él la soltó no sin antes agarrarle el cigarro de entre los dedos.

Ella se apoyó en el respaldo de la cama, sofocada y Tomás, por trillonésima vez ese día, tragó el nudo que tenía en la garganta.

Se quedaron los tres en silencio viendo la película hasta que Javier preguntó, juntando las cejas:

–¿Y qué pasa si ella se embaraza?

–¿Qué?

–Si viven los tres juntos… ¿Qué pasa cuando ella se queda embarazada? –preguntó con tono serio.

Carolina lo meditó por unos segundos –Pues… ¿Cuál es el problema? Lo crían los tres.

“Seguro que si” pensó, pero le siguió la corriente.

–¿Y si uno de ellos no quiere ser padre?

–Pues… el padre será el que lo quiera, el que se quede con ella.

Javier se mantuvo en silencio unos segundos.

–¿Y si ninguno de los dos quiere ser padre?

–Pues… –reflexionó un momento –Si ella quiere ser madre… y ellos la quieren a ella… al menos me imagino que la van a ayudar…

La marca entre la cejas de Javier se hizo más profunda.

–¿Y si ella no quiere? –preguntó al fin.

Carolina se aclaró la garganta y un gesto triste y amargo le invadió el rostro.

–Las mujeres no tienen tantas opciones como los hombres –dijo encogiéndose de hombros en un tono de voz apagado.

Permanecieron taciturnos después de eso, en la crepuscular luz del atardecer mientras la pantalla destellaba la película sobre las paredes, y Tomás no logró deshacerse de la sensación de que se estaba perdiendo de algo.

Después de un buen rato Carolina empezó a bufar otra vez.

–¡Es tan estupido! Mira como llora…

Sacudió la cabeza internamente. La mayoría de las mujeres estarían llorando como locas, incluso el sentía un humillante nudo en la garganta y tenía que ser ella de los tres la que rodaba sus ojos hacia el techo de frustración. Javier en cambio seguía inmóvil sin casi parpadear. Uno pensaría que estaba terriblemente concentrado en la película, pero él lo había visto con el mismo gesto durante la propaganda de un shampoo.

–¡Grrrr! –gruñó Carolina a su lado, golpeando el colchón con sus manos –Todo por el sentido de propiedad, todo por la posesión. Todos los problemas de mundo son a causa de eso.

Le extendió el cigarro, pero Tomás sacudió la cabeza, pensativo.

–Todo por la posesión… –repitió ella con convicción –¿Sabes lo hizo una amiga mía? –Le preguntó de pronto con voz chispeante.

Él sacudió la cabeza en negación aunque la pregunta era obviamente retórica.

–Bah… amiga no, una compañera…

»ella estaba saliendo con este tipo… y conoció a otro y quería estar con él también. Entonces bueno… –hizo un gesto con las manos –le metió los cuernos al novio. ¿Sabes lo que hizo cuando él se enteró? –Le volvió a preguntar con ojos brillantes para crear expectación. Al no recibir respuesta continuó:

–le dijo a su novio que en realidad su amante era su novio, y que lo había engañado al otro, con él. ¿Entendes?

Por toda respuesta, Tomás juntó las cejas.

–O sea, básicamente… le dijo a su novio… que el cornudo era el otro y que él era en realidad su amante –le aclaró Carolina –¿Y sabes qué pasó? Su novio no solo no se enojó sino que encima estaba feliz de ser el “amante” con el que ella había engañado al otro tipo ¡Cuando el engañado era el! Ufff… –resopló dándole una fuerte pitada al cigarrillo mientras sacudía la cabeza –Pero qué idiota…

No sabía si reír… o que. No terminó de decidir si debía identificarse con el amante o el cornudo de la anécdota, algo que lo conmocionó bastante. Miró otra vez a Javier fugazmente quien seguía igual de inmutable e inmóvil que antes y luego bajó la vista hacia el colchón sobre el cual estaba sentado. Carolina le pasó el cigarrillo y el negó con la cabeza otra vez.

–Julieta… –dijo de pronto Javier, rompiendo su largo silencio.

Ella largó una carcajada a la vez que le pegaba juguetonamente en la pierna –¡Exacto! ¿Cómo lo supiste? ¡No!, dejá… no quiero saberlo –agregó mirándolo con los ojos entrecerrados aunque él no vio el gesto ya que no despegó la mirada del comercial sobre toallitas femeninas.

Carolina pareció notar su indiferencia y lo miró extrañada. Le paso una mano en frente de los  ojos como comprobando su visión y éste no dio señal de notarlo. Agarró el control remoto y apagó la televisión.

–Ya Javi, da un poco de bola.

El suspiró lentamente pero no se movió.

–Tomas sentate ahí al frente, siento que me voy a volver loca de tanto girar el cuello de un lado para el otro.

El se levantó, diligente, y se sentó en el borde de la cama de espaldas al televisor y Carolina tomó su lugar, de manera que formaron entre los tres un triangulo torcido sobre el colchón.

–¿Cómo lo supiste Javier?

–¿No es que no lo querías saber?

–Eso era hace 10 segundos, ahora sí quiero saberlo.

El no reaccionó al chiste, pero se movió un poco hacia ella.

–Porque es re gata esa mina… –dijo agarrándole el cigarrillo de entre los dedos.

–Ga… ¡Claro! Ella es gata ¿Y ellos?

–Ellos también –dijo tranquilamente.

Lo más lindo es que Javier sabía que ella odiaba a Julieta, pero Carolina era simplemente incapaz de dejar pasar una oportunidad de desplegar su feminismo.

–¡Claro! Pero “gato” no suena tan mal ¿No? Es más… muchos hombres dirían que es un halago.

–Lo es…

Ella abrió la boca para decirle algo pero de pronto la cerró de golpe y entrecerró los ojos con sospecha. Al parecer se había dado cuenta de que le estaba tomando el pelo.

–Los hombres son unos estúpidos –Declaró rotunda y desafiante, dirigiéndose al perfil de Javier que fumaba apáticamente.

–¿Y las mujeres no? –le devolvió él, girando el rostro hacia ella repentinamente, con una mirada tan fría que hizo sonar una alarma en el estómago de Tomás.

Ella pareció debatirse entre el triunfo y el arrepentimiento. Al final, hizo un pequeño puchero –Las mujeres también –confesó con voz sentida.

Aparentemente satisfecho, volteó el rostro de nuevo hacia la negra pantalla del televisor, adoptando otra vez la pose de “soy re heavy, re jodido” que Tomás no sabía si odiar… o envidiar.

Carolina se arrodilló sobre el colchón y arqueando la espalda gateó lentamente hacia Javier hasta apoyarle la boca contra el oído.

–Pero los hombres son… “especialmente” estúpidos –le susurró.

Y entonces todo ocurrió demasiado rápido.

Javier se abalanzó sobre ella aplastándola de espaldas contra el colchón y Carolina comenzó a gritar histérica.

Tomás se congeló en mitad de un movimiento, con un pie en el suelo y el cuerpo semi erguido, cuando se dio cuenta de que ella no estaba gritando… sino riendo a carcajadas.

–¡Basta, basta! –le rogó entre carcajadas mientras las manos de Javier abajo de su remera le hacían cosquillas –¡No puedo respirar! ¡Ja… Javier! ¡Basta! ¡Basta!

Con todos los músculos en tensión Tomas se sentó suavemente en el colchón para que no notaran su reacción pero era demasiado tarde. En un segundo sintió como el rostro y el cuello le ardían al rojo vivo de rubor y vergüenza. Pidió al cielo que lo tragara la tierra, pero eso no iba a ocurrir.

Javier la seguía tocando debajo de su remera, parando lo justo y necesario para que Carolina pudiera respirar, mientras se retorcía de un lado a otro entre gritos y risas.

Finalmente se hizo el silencio, señal de que ya no le estaba haciendo cosquillas, pero sus manos seguían debajo de su remera. Sobre sus pechos.

Con todo el cuerpo engarrotado Tomás contó los segundos, y al primer gemido de Carolina, se puso de pie como impulsado por un resorte.

–Yo… Yo me tengo que ir.

Ella pareció querer sentarse pero de pronto comenzó a retorcerse entre risas otra vez –Esperá… ¡Ba–Basta… Javier!

–Me tengo que ir, después nos vemos.

–Es–Esperá que… ¡Javier! Esperá que… que te acompaño.

–Deja, se cómo salir.

Era el momento más humillante de su vida.

Rojo como un tomate, con todos los músculos en tensión y sintiéndose un cobarde idiota, salió de la habitación dejando a la mujer de sus sueños en los brazos de otro hombre.

–¡To–Tomás! –La voz de Carolina lo llamó una última vez entre risas entrecortadas, mientras él obligaba a su cuerpo a alejarse de ella, como si estuviera alejándose de su centro de gravedad.

Javier esperó unos segundos después de que el chico abandonara la habitación para detener las cosquillas, a pesar de que Carolina le pegaba en su brazo con fuerza.

Finalmente la soltó.

Ella intentó erguirse en la cama pero él la sostuvo acostada. No iba a dejar que se le escapara, y menos así, sofocada y con los ojos llenos de lágrimas.

–Estúpido, te dije que pararas –le recriminó con furia.

–Pero si solo son cosquillas che…

–No te hagas el imbécil, lo hiciste a propósito.

–¿Qué cosa?

–Basta, dejame levantarme.

–No

–¿No? –Pregunto ella con incredulidad.

–No

Ella lo empujó con las dos manos pero no sirvió de nada.

–Cortala Caro, no te voy a soltar, porque no te quiero soltar, y vos no queres eso tampoco.

–¿Vos me vas a decir lo que quiero? Sos un idiota, lo hiciste a propósito.

–No seas exagerada, yo no hice nada.

–¿Nada?

–Te hice un favor. No, callate por un minuto y escuchame… No te voy a soltar. ¿Me escuchas? Te voy a hacer el amor toda la maldita noche hasta que te olvides de todo. Te extraño, y vos me extrañas también, y si el pendejo este es demasiado cobarde para bancarse que te toque delante de él, ¿cómo mierda pensas que te va a hacer el amor conmigo?

Carolino lo miró con ojos muy abiertos.

–Dejémonos de juegos Caro, eso no va a suceder. Lo intentamos, lo intestaste, pero ya esta…

–No está… no se acabó… –dijo ella con voz insegura.

Se miraron a los ojos, escuchando sus respiraciones y casi pudiendo ver como se les dilataban las pupilas a ambos.

–Por esta noche se acabó –susurró con voz ronca, antes de bajar su boca hacia el cuello femenino. Le besó y lamio la yugular y en su lengua pudo sentir como Carolina tragaba saliva.

–No acabó… –volvió a susurrar débilmente.

Después de hacer un lado, Javier pasó al otro lado de su cuello y la lamió y chupó con esmero desde la clavícula hasta debajo de la oreja, antes de mordisquearle el lóbulo.

–ah… ahmmm –Suspiró ella suavemente, y él supo que ya tenía toda su atención.

Puso las manos al rededor de su rostro y la miró fijamente.

–Se acabó –dijo otra vez antes de besarla con pasión, lamiéndole los labios. Carolina se dejó abrir la boca y le devolvió el beso con esa suavidad decidida tan propia de ella.

Se posicionó más sobre su cuerpo, y sujetándole la cabeza, la penetró con la lengua en vaivenes eróticos que le endurecieron el miembro en cuestión de segundos. Casi podía sentir la humedad resbaladiza sobre su pene, envolviéndolo como lo envolvía la boca femenina.

Volvió a meter la mano bajo su remera y le masajeó uno de sus tersos pechos hasta que la punta se endureció lo suficiente. Luego se la sujetó entre el pulgar y el índice y se la retorció suavemente para un lado y para el otro como si de una pequeña tuerca se tratara.

Carolina se sacudía sutilmente debajo de él, a cada retorcijón cada vez más fuertes.

Bebió sus gemidos desde sus labios. Era como hacer música… a cada botón, le correspondía un delicioso sonido.

Posó la otra mano sobre su otro pecho, y repitió el pellizco sobre su pezón, sincronizándolo con los apretones sobre el otro, y con el movimiento de su lengua.

Ella se retorcía como un gato, y también así le pasaba las uñas por la espalda y por la nuca, clavándoselas suavemente cuando él le hacía doler, a lo que él aflojaba inmediatamente.

–Ah… ahmm… mmm…

Sofocado de tanto besarla, con el aliento caliente le suspiró en el oído:

–Apuesto a que estas muy… muy húmeda.

Ella gimió entrecortadamente y le clavó las uñas con fuerza.

–Tus lindos pezones van a pagar por eso –le susurró mordiéndole la oreja.

Sonriendo bajó una mano hacia su vientre con intención de penetrar en sus jeans hasta su…

–No, Javier… Espera.

–¿Qué?

–Tenes… tenes que lavarte las manos.

Javier dejó caer la cabeza contra su clavícula.

–De verdad te lo digo.

–Si… ya sé. –suspiró con frustración y retiró la mano de su ombligo pero le dio un último apretón a sus pezones antes de separarse de ella.

Carolina estaba despeinada, ruborizada y con una mirada tan inocente y a la vez lasciva que sintió que su pecho se hinchaba como un globo a punto de estallar.

Impulsivamente bajó la cabeza y le besó la frente. Ella le regaló una mirada tan dulce que no pudo arrepentirse del gesto. Le sonreía cálidamente y le pasaba los pequeños dedos por el antebrazo.

–Y traé… –Sus ojos bajaron fugazmente hasta el bulto entre sus piernas y Javier rió.

–Ok

–Y llevate ese cigarrillo que está quemando mi mesa de luz.

–¿Algo mas señorita?

–Nop.

–Sos la mujer más romántica del mundo, ¿lo sabías?

–No hay nada romántico sobre los gérmenes Javier… ni tampoco sobre tener sexo sin protección.

–En eso te doy la razón –dijo él fingiendo un gesto de horror.

Agarró el cigarro medio apagado de la mesita de luz y salió de la habitación.

Carolina aprovechó para desvestirse hasta quedar desnuda. Se acostó boca abajo en la cama, con el pulso martillándole en todo el cuerpo. Se sintió fugazmente culpable por Tomás, pero ni siquiera pudo terminar de formular el pensamiento. La consumía la expectación.

¿Por qué tardaba tanto Javier?

Cerró los ojos por un momento, y al abrirlos lo vio, de pie en la puerta, mirando fijamente el piso.

–¿Qué haces ahí con la mirada perdida? –le preguntó y él levantó la mirada como si saliera de un trance.

–Nada –cerró la puerta detrás de sí, y se acercó a ella con mirada lobuna.

–Sos preciosa –dijo mientras se sacaba a los tirones todas las prendas de vestir.

–Vamos a usar todos –le arrojó la caja de condones en la cama.

–¡Claro que si campeón! –Respondió ella riendo y de pronto se puso seria –Che, ¿y el cigarrillo? ¿No lo habrás dejado sobre la toalla del baño como la otra vez?

–Shhh… –Se subió a la cama y la sujetó boca abajo cuando ella se quiso dar vuelta.

–Lo tiré, no te preocupes –se sentó sobre ella, con una rodilla entre sus piernas y la otra al costado, y le amasó las nalgas –tenes el culo más lindo del mundo –le dijo antes de agacharse y morderla ahí.

–¡Auch! Jaja vaya… señor romántico.

Se inclinó sobre ella y la besó fugazmente los labios. Ella lo miraba entrecerrando los ojos.

–No pienses que me he olvidado de– se calló abruptamente al sentir que le introducía sus dedos lentamente en la vagina. Metió solo las puntas, y luego los saco y le acarició el clítoris.

Ella se tensó un segundo y luego se aflojó completamente sobre la cama.

–Acá era donde estaba… ¿No? –le susurró al oído mientras la volvía a penetrar –el interruptor que te hacía callar.

Ella suspiró, pero no dijo nada.

–Oh tal vez estaba más adentro.

–Ah-Ahmmm…

–Ahí.

Se acostó al lado de ella, con el muslo sobre sus piernas y le besó despacio desde la base del cuello hasta la mejilla, mientras la acariciaba por dentro y por fuera, lentamente.

La besó en la boca, lamiéndole los labios ya que Carolina parecía incapaz de moverse mucho y volvió a sincronizarse, sumergiendo los dedos hasta el fondo rítmicamente y aprovechando sus suspiros para penetrarla con la lengua.

Así estuvieron por un buen rato, en casi completo silencio, recostados los dos con los rostros muy juntos.

Solo se escuchaban los suspiros femeninos, entrecortados, y las respiraciones cada vez más agitadas.

–Ja… javier… –murmuró al rato.

–¿Qué?

–No aguanto más.

Lo suponía. Podía sentir el calor que irradiaba, lo empapada que estaba, y como su vagina palpitaba alrededor de sus dedos como un segundo corazón.

–Aguanta solo un poquito más.

–No.. no puedo.

–No te muevas –le retiró los dedos con sumo cuidado para no provocarle el orgasmo.

–Respira profundo –le acarició las nalgas, y la espalda hasta que su respiración se calmó un poco, y le instó a que se diera la vuelta.

–Abrí las piernas… más… –Carolina tragó saliva y las abrió completamente.

Una de las muchas ventajas del yoga.

Le sujetó las rodillas contra el colchón para inmovilizarla.

–No voy a aguantar eso… –le advirtió ella, con los ojos nublados de excitación.

Él le sonrió desde entre sus piernas, y bajó la boca hasta tocarle el clítoris. Carolina dejo caer la cabeza para atrás, y aspiró profundamente.

A cada círculo que dibujaba con la lengua al rededor de su clítoris, podía sentir como los músculos de sus piernas se contraían inútilmente contra su agarre. Lo envolvió con los labios y lo chupó suavemente a lo que Carolina soltó un sollozo.

Le liberó el clítoris y bajó hacia su vagina. Le hundió la lengua en la entrada un par de veces, antes de lamerla hasta arriba, entre los labios, y luego hasta abajo otra vez.

Podía ver como su cuerpo temblaba, y su carne íntima palpitaba caliente. Le soltó una de las rodillas y le hundió los dedos en su conducto.

Si le tocaba el clítoris, estallaría.

La masturbó despacio, acariciándola hasta que sus dedos estaban calientes y resbaladizos, entonces los sacó y los empujó contra su ano.

Carolina dio un respingo.

–Estas apretada… hace demasiado que no hacemos esto.

Ella lo miró como atreves de una neblina, y al sentir como sus dedos se deslizaban dentro de su cuerpo, volvió a dejar caer la cabeza hacia atrás.

–Ahmm…

–Eso es… abrite para mí.

Le complació saber que no la habían penetrado por ahí desde la última vez que estuvieron juntos, hace un par de semanas. Y no le importó lo que ese pensamiento posesivo implicaba.

Dejó dos dedos dentro para que dilatara, y se dispuso a acariciarle suavemente los labios íntimos con la lengua, manteniéndose alejado del clítoris.

Guió la humedad hacia su mano, y cuando sintió que ella estaba lista, le introdujo un tercer dedo.

Carolina apretó las sabanas entre sus dedos, y gimió como angustiada.

–Ya casi mi amor, ya casi… –La consoló.

Con cuidado le metió el pulgar en la vagina y le hizo algo que nunca le había hecho. Se tocó los dedos entre sí, dentro de ella, atreves de la membrana que los separaba.

La acarició en círculos al principio, familiarizándose con el acto, y luego los sacó y hundió todos al mismo tiempo.

Mientras la cojía con los dedos, Carolina se retorcía y volvía la cabeza para un lado y para el otro mientras ondulaba la cadera contra su mano.

No recordaba haber visto algo más erótico en toda su vida.

Detuvo todo el movimiento, y ella también se quedó quieta, expectante.

–¿Que.. qué pasa? –Le preguntó cuando vio que él no hacía nada.

–¿Queres esto? –movió la mano dentro de ella.

–Mmm…

–¿Lo queres?

–Si…

–¿Cuánto lo querés?

–Javier…

–¿Cuánto?

–Mucho, Javier…

–Mostrame. Mostrame cuanto lo queres.

Ella se quedó inmóvil un segundo, mareada de respirar tan rápido, sin saber qué hacer. Entonces movió un poco la cadera hacia él.

–Eso es, mostrame…

Volvió a repetir el movimiento, y luego otra vez y otra vez, cada vez más desesperada por su contacto. Por empujar sus dedos lo mas dentro de ella posible.

Javier le soltó la otra rodilla y le apoyó la mano sobre el vientre.

–Así… no pares.

Ondulaba su cuerpo de la manera más increíble, en un momento comenzó a tocarse sus propios pechos, pellizcándose los pezones como él mismo le había hecho antes, y Javier supo que estaba por caer del precipicio.

Así que aplastó la boca contra su clítoris al mismo tiempo que le hundía la mano lo más que pudo en su interior. Estaba tan mojada, que pudo resbalar el cuarto dedo dentro de su ano, y al instante sintió como ella se contraía y convulsionaba sobre él.

–Di–Dios… Ja–Javier… Ah–ahmmm…

Con el otro brazo le apretó un pezón y se lo retorció mientras la chupaba y penetraba profundamente.

Intentó mantener su cadera contra el colchón, apretándola con la boca, pero se retorcía con tanta fuerza que puedo levantarse un par de veces.

Se hubiera reído de su ardor, pero tenía la boca y la lengua demasiado ocupadas, concentrado en darle el orgasmo más largo e intenso posible. Algo que no olvidara pronto.

Y fue largo.

Las sacudidas se fueron apaciguando lentamente, y como él no despegó la boca de ella, nuevas olas orgásmicas la recorrían aún minutos después.

Esperó a que suspirara el último de los gemidos, y la sacudiera el último de los espasmos, antes de retirar los dedos de su cuerpo. Pero la boca siguió ahí un buen rato más.

De hecho… no la despegó hasta que Carolina, que parecía semi desmayada, comenzó a retorcerse y a gemir otra vez.

Con una última lamida sobre su clítoris, se irguió y la tomó de las rodillas arrastrándola hacia él de manera que sus caderas quedaron encajadas la una con la otra.

–No te duermas amor, que el segundo orgasmo siempre es el mejor.

 ***

Había dado dos pasos en el pasillo, en dirección al baño cuando una sensación extraña le recorrió todo el cuerpo como electricidad.

Con un presentimiento bastante improbable estiró la mano y presionó el interruptor de la luz del baño.

Tardó un segundo en reconocer que efectivamente, había una figura al final del pasillo. Se quedó inmóvil consumido por la incredulidad mientras el contorno de Tomás salía a la luz.

Tenía una expresión muy rara. Estaba rojo como un tomate, con gesto de culpa, desafío, humillación y determinación, todo a la vez.

Él lo miraba fijamente sin salir de su asombro y Tomás le devolvió la mirada, sin mover ni un músculo.

Se quedaron así, en guardia como dos pistoleros del viejo oeste hasta que Javier reaccionó. Dio un paso hacia atrás y algo en el temblor que recorrió a Tomás lo apaciguó.

Se metió en el baño sin saber que debía hacer, se lavó las manos distraídamente y agarró una caja de preservativos del botiquín.

Al salir, Tomás seguía ahí, inmóvil.

Le dio una mirada de advertencia y sin entender su propia motivación, le extendió el brazo, ofreciéndole el cigarrillo.

En lo que pareció una eternidad, Tomás finalmente levantó el brazo con lentitud, como si esperara un ataque sorpresa, y aceptó el cigarrillo con un asentimiento desconfiado.

Envuelto en una nube confusa, Javier se dirigió a la habitación pero se congeló en la puerta, sin saber si debía cerrarla o dejarla abierta.

La voz de Carolina lo despabiló:

–¿Qué haces ahí con la mirada perdida?

–Nada –cerró la puerta detrás de sí y contempló el cuerpo completamente desnudo de Carolina, que yacía boca abajo sobre la cama.

–Sos preciosa –dijo mientras se sacaba a los tirones todas las prendas de vestir.

–Vamos a usar todos –le arrojó la caja de condones a la cama.

–¡Claro que si campeón! –Respondió ella riendo y de pronto se puso seria –Che, ¿y el cigarrillo? ¿No lo habrás dejado sobre la toalla del baño como la otra vez?

–Shhh… –Se subió a la cama y la sujetó boca abajo cuando ella se quiso dar vuelta.

–Lo tiré, no te preocupes.

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