Ana – VI – Nadie

He decidido cambiar la perspectiva de tercera persona a primera persona. Espero que el cambio no sea muy brusco. Tengo la intención de reescribir «Ana» desde el comienzo cuando tenga tiempo. Saludos.

***

-¡Ana!

La voz me retorció el estómago, pero no me detuve. No podía.

Escondiendo la cabeza entre los hombros seguí caminando, entre trotes, hacia la esquina siempre esperando que en cualquier momento un brazo me agarrara de atrás y me arrastrara de vuelta a mi casa.

Con los músculos engarrotados, me concentré en mis manos mientras caminaba. Parecían del tamaño incorrecto. Demasiado pequeñas o demasiado grandes.

El tramo hasta la esquina se me hizo casi infinito. Cuando al fin giré la esquina, un portazo retumbó por toda la cuadra. Mi padre había entrado dentro.

“Para vestirse y salir detrás de mi tal vez.”

Sentía tanto pánico que no podía pensar. Caminé apresurada, doblando en cada esquina que aparecía en frente de mí, hasta que me di cuenta de que si doblaba una esquina más y estaría de nuevo en mi casa.

Giré sobre mis talones sintiéndome como una idiota. Después de una cuadra llegué a una avenida. Levanté la mirada hacia el cruce sin saber qué hacer, había demasiadas opciones.

El semáforo adelante estaba en rojo.

“Rojo significa que los autos paran.”

Comencé a cruzar pero no había dado dos pasos cuando el bocinazo y la frenada de un coche me congelaron en el lugar.

Quise retroceder, pero el conductor me hizo una seña para que cruzara. Me miró con tanta violencia y desprecio que mis ojos se llenaron de lágrimas.

-Lo siento, perdón… -murmuré inaudible, mientras cruzaba la avenida sintiéndome la persona más estúpida del mundo por haberme equivocado de semáforo.

“Podría haber muerto…” reflexioné conmocionada. “Así es como ocurre, así es como la gente muere.”

Y elevé una fugaz plegaria al cielo: “Si muero Dios, que sea rápido… que sea rápido…”

Seguí caminando, doblando en cada esquina, haciendo escalerita sin ningún destino más que el de alejarme de donde estaba. De mi padre.

Busqué en mi mente algún lugar a donde ir, y no encontré nada. No tenía amigos, no amigos de verdad. No tenía familiares a los que quisiera ver… Eran todos extraños, solo extraños.

Iría al centro, decidí. Esperaría a que mama saliera del trabajo antes de regresar a casa.

El problema era que ella podría regresar a cualquier hora, tanto temprano como tarde, o incluso no regresar en absoluto, aunque siempre avisaba cuando tenía que trabajar de noche.

Pensé vagamente en mis opciones mientras caminaba hacia el centro.

Después de media hora y varios kilómetros entre mi hogar y yo, el pánico comenzó a remitir un poco y mi mente se fue aclarando.

Aminoré el paso, y contemplé a mí alrededor para ubicarme. Era un barrio muy lindo, de esos de calles tranquilas y altos árboles que crean la ilusión de estar en un lugar mágico, donde el tiempo parece moverse más despacio.

A cada paso se me hacía más irreal lo que había pasado hace menos de una hora. Todo era tan pacífico, tan… normal. ¿Cómo podía ser?

Como en un sueño, caminé lentamente, arrastrando hojas con los pies, hasta llegar a una casa con un ancho paredón que rodeaba la esquina. Me senté en él, con la intención de esperar. ¿Esperar qué? No lo sabía.

El tiempo fue pasando…

Transcurría en ráfagas irregulares, como la manera en que el viento arrastraba las ramas de los arboles, o las hojas secas sobre la calle.

A veces se quedaban inertes y el mundo parecía detenerse. A veces volaban lejos de repente.

¿Cómo podía ser? Volví a preguntarme al rato. ¿Cómo podía ser… la indiferencia? Las hojas caían lentamente, desde la punta de las ramas hasta el piso, como si estuvieran hechas de papel.

El cielo seguía azul, y las nubes eran hermosas. Ni siquiera hacía tanto frío, aunque tal vez era porque había estado caminando.

Me quedé quieta, sentada en el paredón, como si esperara a alguien.

“Si alguien me ve, pensará que estoy esperando a alguien, no es tan raro…”

Imaginé, para pasar el rato, que realmente estaba esperando a alguien. Imaginé que esperaba a un chico. A mi novio. Él vendría corriendo hacia mí, sonriendo, y yo también sonreiría al verlo.

-¡Hola Ana! perdona que llegue tarde, tenía mucho que hacer. ¿Hace mucho que esperas?

-No, solo un poco. Pero es un lindo lugar para esperarte.

-No tan lindo como vos ¿Sabes Ana? Te tengo una sorpresa ¿Ves ese auto de allá? ¿El rojo? Es mío. ¿Recordas como siempre decís que queres irte lejos? Pues nos vamos, hoy mismo. No le avisaremos a nadie, solo vos y yo ¿Te gustaría eso?

Pestañé con fuerza y despejé la fantasía de mi mente antes de que mis lágrimas se derramaran.

Sentí como si un puño me apretara las entrañas, retorciéndolas cruelmente. Me sentí tan mal de repente, que apenas pude mantenerme erguida. Algo me tiraba hacia abajo, hacia el suelo. Un sudor frío me cubrió la piel y algo ácido me subió por la garganta.

Desesperada, me concentré en el cielo, en los arboles, en los autos, y en las personas que pasaban… En los colores de sus ropas, sus zapatos, y en sus gorros. Los clasifiqué en telas, colores, y tonos, y los repetí mentalmente, una y otra vez, dibujando cada letra en una pizarra mental.

Lentamente mi respiración se calmó y también la sensación de ahogo. Mis emociones se disolvieron una vez más y todo volvió a mezclarse en una pintura abstracta donde nada significaba nada.

El sonido de una bocina me sobresaltó y miré a mi alrededor confusa.

“¿Dónde estoy?”

Miré hacia el cielo ahora algo gris y calculé que debía ser media tarde. Traté de recordar…

Había salido del colegio…

Había salido del colegio, y luego… y luego tal vez caminé hacia mi casa en lugar de tomar el colectivo. Quizás me detuve en el camino a descansar.

Una ráfaga de euforia aceleró mi corazón, como si me hubieran inyectado una droga.

Yo estaba ahí sentada, en este lugar, y estaba bien. ¡Todo estaba bien!

Pero solo duró un segundo. Pronto recobré el sentido del tiempo, y los recuerdos de lo que había pasado.

“¿Y si lo he soñado?” Me pregunté, tratando de aferrarme a esta idea.

“Tal vez si, tal vez me senté aquí a descansar y lo imaginé todo… Tal vez no es real”.

Me giré bruscamente para agarrar mi mochila pero no la tenía puesta. No la tenía puesta, y tenía el pelo suelto. Yo nunca lo llevaba suelto…

Ahora era consciente de como las puntas húmedas me mojaban el cuello y la espalda.

Tanteé en mi campera en busca del celular pero tampoco lo tenía.

Apreté los parpados mientras la sensación de desesperación me volvía a invadir.

En ese momento una mujer salió de la casa, detrás de mí y me observó disimuladamente. Salté del paredón, y mis rodillas casi ceden ante mi peso. Como si la gravedad se hubiera triplicado, me obligué a caminar, paso a paso, hasta otra casa más alejada.

Unas punzadas incómodas entre mis piernas desterraron la última esperanza de que todo fuera un sueño.

Me senté en otro paredón, y dejé caer el cuerpo contra la pared a mi lado.

No pude contener las lágrimas esta vez. Oculta en un rincón, lloré silenciosamente, sin hacer ningún ruido.

Las personas seguían pasando…

Cada ser humano que me pasaba de largo se sentía como una bofetada.

“¿Por qué no se detienen?”

El sol ya estaba casi oculto en el horizonte. La luz era gris oscura y azulada. Ese color en el que se ve, y no se ve.

Hacía frío.

Me miré el brazo y note que estaba con piel de gallina. Tenía frío, recién me daba cuenta.

No me importaba.

“¿Qué hora será?… ¿Ya habrá llegado mama a casa?”

Otra persona pasó de largo…

“Les debería preguntar la hora”.

Una mujer y un niño caminaron a mi lado, quise decir algo, pero no me salieron las palabras.

“Les debería decir… les debería pedir ayuda…”

-¿Puedo hablar un momento con usted? Yo… no puedo volver a mi casa.

-¿Por qué?

-Mis padres… mi papa… él… él es abusivo. Conmigo.

-¿Te ha pegado?

-No… Si. Si…

-¿Sí o no?

-Sí, me ha pegado.

-¿Por qué?

-Porque… estaban peleando… mis padres, y yo me interpuse.

-Eso no se hace, no te deberías meter en asuntos de adultos.

-Yo… es que no aguantaba más. Se pelean todo el día, gritan…

-Eso es cosa de ellos.

-Él… me fue a buscar al colegio. Yo no me podía negar. Sabía… Se que no debía haber entrado al hotel. Yo sabía que no estaba bien.

-Pero lo hiciste de todos modos.

-No podía negarme…

-Porque lo querías. Sabías lo que iba a pasar y lo dejaste pasar. Es tu culpa Ana. Él solo se aprovechó de lo que le diste.

-No, no fue mi culpa, yo no quería… Me hizo mucho daño.

-¿Y por qué no se lo has dicho a nadie entonces? ¿A tu madre?

-No pude… no podía pensarlo, no podía decirlo.

-¿Pensas que alguien te va a creer ahora?

Cerré los ojos con fuerza y me abracé por la cintura.

La mujer ya iba por la esquina…

“¿Por qué no se lo dije a nadie?” me repetí.

Pero es que yo sabía por qué. Recordaba los miedos que me impidieron hablar, porque eran los mismos que me impedían hablar ahora, en esta calle, a esa mujer que doblaba la esquina, totalmente indiferente:

Le diría a mi mama, ella me creería… no era tonta ni malvada, solo egoísta.

Se pondría histérica… aun si solo lo hacía porque eso se esperaba de ella. Casi la podía ver gritando y amenazando de muerte a mi padre.

El negaría todo.

Pero yo lloraría y temblaría e incluso me descompondría, porque tengo un estómago débil.

Al final me creerían. La policía me creería.

Sería un escándalo.

Todo el barrio se enteraría. Toda mi familia, todos mis compañeros en el colegio…

Me encogí más sobre mí misma ante el pensamiento.

Todos hablarían de mí a mis espaldas. Todos me señalarían. Ya era bastante sobrevivir siendo invisible, pero eso… Eso no lo podría soportar, no podría.

-No puedo… -murmuré sintiendo como las nauseas remitían, mientras aceptaba este hecho.

“No puedo, simplemente no puedo.”

Respiré profundo el aire frío de la noche, y miré el cielo ahora oscuro. El frío me calaba hasta los huesos, pero se sentía bien.

No, no bien… pero algo parecido. Todo volvía a perder el significado. Solo había frío en mí, por el momento no había nada más en lo que pensar. Ninguna cosa que decidir.

“Solo soy un punto en un universo infinito… solo eso. Nada importa. Nada es importante”.

Ya deben ser las 8.

Me levanté despacio, tenía el cuerpo un poco entumecido. Me dispuse a caminar, muy despacio, hasta mi casa. Tal vez cuando llegara ya estaría el coche de mama fuera.

No había hecho una cuadra, cuando vi una cabina telefónica. Metí mi mano en el bolsillo y si, tenía una moneda de 50 centavos, la había notado cuando busqué el celular.

Crucé la calle hacia el teléfono y metí la moneda en la ranura. Marqué el número y esperé a que atendiera.

-Hola ¿Quién habla?

-Soy yo, ma.

-¿Ana? ¿Qué pasa? ¿Y tu celular?

Escuchar el tono cansado e irritado de mi madre, fue extrañamente reconfortante.

-Nada, me lo olvidé. Solo te quería preguntar… ¿A qué hora llegas?

-No se… tarde Ana, estoy ocupada… ¿Para eso me llamaste?

-Si…

-No se… tarde, tengo que trabajar… acordate de comprar pan que se acabó. -Y cortó.

El tono intermitente que llenó el silencio me heló el cuerpo. Me quede inmóvil con el teléfono en la mano, mirando fijo los números de emergencia hasta que las lágrimas no me dejaron ver nada.

Me apresuré a girar el rostro cuando alguien pasó por la vereda.

-Si… si… -murmuré con la voz rasposa. -Está bien…

Apreté el teléfono contra mi oído hasta que la figura desapareció, y estuve sola otra vez.

La sensación en el pecho, la de que se me rompía algo en pedazos, volvió a invadirme y sentí que estaba sola, absolutamente sola, al borde de un precipicio oscuro.

Escuche los pasos de otras personas y sin saber qué hacer, fingí que llamaba a alguien, marcando unos números al azar.

Las personas pasaron, otra vez… nadie se detuvo.

“¿Por qué lo harían?”

-Hola ¿Quién habla?

La voz, tan clara, me sobresaltó. Tragué saliva y me quedé en silencio.

-Hola… ¿Quién habla? -insistió la voz en el teléfono. Era una voz masculina. -¿Hola…?

Se escuchaba música y murmullos de fondo.

Apreté el teléfono con fuerza, con el corazón martillándome.

-¿Es una broma?

-No… -respondí sin pensar.

El hombre permaneció en silencio unos segundos.

-¿Quien habla? -volvió a preguntar.

Quise responder, pero se me cerró la garganta.

-Martin, ¿venís? Nos vamos…

-Ya, ya, espera un segundo.

Se escuchó ruido y voces por un momento, y entonces solo hubo silencio.

-¿Quién habla? -la voz volvió a sobresaltarme.

-Nadie.

Se hizo el silencio por un par de segundos..

-¿Cómo te llamas? -Su tono era amable y los ojos se me llenaron de lágrimas, no sé por qué.

Aspiré y suspire varias veces antes de susurrar -Ana.

-¿Ana?

-Sí.

-Está bien. Ana… ¿Estás bien?

Silencio.

-¿Te ha pasado algo?

Las lágrimas caían por mis mejillas.

-S-Sí.

Escuché como aspiraba aire profundamente y deseé que se quedara del otro lado, así… sin decir nada.

-¿Donde estas?

Miré a mí alrededor.

-En… en un teléfono. En la calle.

-Está bien… Escuchame Ana ¿Ves alguna direcció-

La llamada se cortó.

1310238825344.logo-72.default

Anuncios

3 comentarios en “Ana – VI – Nadie

  1. Pobre ana, como es posible que una persona pueda sentir tanto medo de volver a su hogar, fue muy triste lo de imaginarse a ssu novio salvándola y llevándola lejos, y luego lo del miedo a decirlo es verdad uno juszga a las personas pero no se sabe por lo que pasan y seguro pasaría por mucha humillación incluso antes de que su propia madre le crea.

    por un momento llenaste mi corazón de esperanza con martin, solo espero que de verdad la ayuda o hagan algo.

    me explaye pero es que este fichero deja muchos sentimientos encontrados. Gracias por escribir tan bien.

  2. Es la primera vez que leo tu blog, y me ha gustado esta historia por lo bien escrita y por la profundidad psicológica que le imprimes a los personajes, no es un relato erótico simplón y pornográfico, sino que me gusta mucho como involucras y haces sentir al lector la intensidad emocional de la historia. Te felicito. Si lo deseas puedes pasar a mi blog y leer un poco para saber tu opinión. Saludos.

¿Qué sentis?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s