Ana – VII – Buenas noches

Sostuve el teléfono contra mi oído, por un buen rato. Luego colgué y me quedé un rato más con la mirada perdida.

De pronto me entró pánico.

“¿Y si llama?”

Había estado a punto de darle la dirección. ¿Y si de la daba? ¿Qué pasaría? ¿Quién era él? ¿Acaso quería yo que viniera a buscarme?

“¿Y si no llama?”

Me restregué los ojos con las palmas de las manos, confusa.

“No se… no sé que quiero. No sé.”

Desee que pasara algo, cualquier cosa. Que sonara el teléfono. Yo atendería.

“Lo juro Dios, si llama voy a atender… Y le daré la dirección. Lo juro, por favor… haz que llame”.

Pero no llamó.

Las llamadas de teléfonos públicos muchas veces figuran como número desconocido.

¿Será por eso? ¿Será que no tiene carga? ¿Se habrá arrepentido de ofrecer ayuda?

“Tal vez suspiró aliviado cuando la llamada se cortó”.

Pasé los dedos por los botones como si un relieve fuera a delatar los números correctos.

Estaba llorando otra vez.

Me limpie las lagrimas y sumergida en impotencia comencé a caminar hacia mi casa.

 ***

El auto de mi mama no estaba en la entrada.

Me senté en el porche oscuro de una casa a esperar que apareciera el auto azul por la esquina.

A diferencia del de mi papa, su auto no hacia ningún ruido que anunciara su llegada.

No se de autos, si tuviera que describirlo diría que era azul, silencioso y con la pintura casi nueva.

“Es un lindo auto”.

Recordé como hace unos días, mientras regresaba del colegio caminando porque estaba lindo para caminar, escuché el sonido característico del coche de mi padre. Todo mi cuerpo se tensó, casi estaba temblando cuando el auto me pasó de largo. Era un coche igual al de él, pero de otro color.

Estaba desarrollando una fobia, una especie de pánico a ese sonido. Menos mal que no todos los autos sonaban así.

Pasó una hora.

Hace mucho frío.

Me envolví más en la campera rompe viento de manga corta, y deseé que mi mama volviera pronto. O que mi papa se fuera. Que él y su coche desaparecieran de mi vista.

Después de una eternidad, el auto por fin apareció. Me puse de pie con el cuerpo entumecido por el frío y corrí hacia la casa.

–¡Ma! –grite mientras ella bajaba del coche. Me miró juntando las cejas, y siguió caminando hacia la casa.

Quise gritarle que me esperara, pero ya estaba cerca y no quería que se escuchara desde adentro.

“¿Por qué no me espera?”

Al fin llegué a su lado, justo cuando estaba girando la llave en la cerradura.

–¿Qué haces en la calle a estas horas? –me preguntó sin mirarme.

–Nada… se me hizo tarde.

Ya estábamos entrando en la casa. Sentí el impulso de aferrarme a su brazo y apretarme contra ella. Pero pensaría que me había vuelto loca.

–¿Compraste pan?

–No… me olvidé.

Me escondí en el hueco detrás de la puerta mientras ella cerraba la puerta y comenzaba, como siempre, a quejarse de algo.

–Es lo único que te pedí…

Me oculté detrás de ella, ignorando a la tercer figura en la habitación, y la seguí de cerca mientras se dirigía a su habitación. Cuando se metió en su cuarto dejándome en la intemperie, me apresuré al mío pero antes de que pudiera cruzar la puerta un cuerpo grande me cortó el paso.

Me encogí entre mis hombros y no levanté la vista de sus jeans y sus zapatos. Contuve la respiración sin moverme, como esperando algo. Un grito, un golpe, no sé… El no se movió tampoco.

La voz irritada de mi madre se escuchaba desde su habitación y un segundo después ella entró en el comedor.

El cuerpo masculino se corrió de prisa, permitiéndome el paso.

Me refugié en mi habitación, y me apoyé en la puerta, respirando profundo. Me zumbaban los oídos. No prendí la luz ni siquiera, a tientas caminé hasta mi cama, me saqué las zapatillas de unos tirones, y me tapé con las frazadas hasta la cabeza.

Estaba temblando, tenía tanto frío.

Apenas escuché cuando mi mama me dijo que estaba la lista la cena. Ni le respondí y me quedé dormida otra vez.

A mitad de la noche me desperté como si hubiera tenido una pesadilla. Me erguí un poco, desorientada, y muerta de calor. Tenía el cuerpo cubierto de sudor, sentía el pelo y la nuca húmedos. Me saqué la campera, y empujé los jeans con los pies hasta hacerlos un bollo debajo de mis pies. Me dejé caer en el colchón e intenté dormirme otra vez.

Esta vez recordé la pesadilla.

No tenía sentido… Estaba en una especie de supermercado, todo era blanco, y había góndolas infinitas. Yo iba con un carrito de esos para hacer las compras, caminando despacio. O no… Tal vez no me movía. Y había alguien que me pasaba de largo con un carrito. Un hombre. Me pasaba de largo, y detrás de él había otro idéntico a él que me pasaba de largo también. Y luego otro, y otro, y otro, todos me pasaban de largo cada vez más rápido hasta que el movimiento me ponía histérica.

No se por qué era tan terrorífico pero me desperté con la respiración agitada como si me estuviera ahogando.

Me sentía muy mal.

Descorrí las sabanas hasta la cintura y respiré lentamente, tratado de recobrar el aliento. Algo me pasaba… algo no iba bien.

Me acurruqué de lado tratando de enfocar en la oscuridad, pero todo se veía azul oscuro con chispitas negras. O negro con chispitas azules. No se distinguían formas.

Mi piel lo sintió antes que yo.

Sentí un escalofrío y entonces me di cuenta de que no se veía el contorno de la ventana. Había algo entre la ventana y yo. Alguien…

Salté hacia atrás, dando patadas contra las sabanas, hasta apretarme contra la pared.

–Shh… Soy yo.

Una luz se encendió, la de mi velador, y entonces lo vi. Mi padre estaba agachado sobre mi cama.

Me cubrí los ojos por un momento, para protegerlos de la repentina luz. Cuando bajé el brazo clavé la mirada en la frazada y me quede quieta. El corazón me martillaba en el pecho.

–Vení… -levantó la mano y yo me encogí más sobre mí misma.

Su suspiro me puso piel de gallina.

Extendió el brazo y me agarró de la muñeca.

–No… –susurré.

Tiró de mí, alejándome de la pared.

–Acóstate –dijo mientras levantaba las sabanas.

Dude durante un segundo, y luego me metí debajo de las sabanas. Fijé mi mirada en el elástico de la cucheta de arriba.

Acomodó las sabanas al rededor de mi cintura y luego se detuvo. Podía sentir su mirada sobre mí.

Aferré el borde de las mantas y traté de taparme pero él me sostuvo las manos. Tragué saliva cuando comenzó a descorrer sus dedos por mis brazos hacia mis hombros. Cuando llegó a mi cuello los ojos se me llenaron de lágrimas y ya no pude ver nada. Tragué el nudo en mi garganta.

Me acarició la mejilla y limpio mis lágrimas con el pulgar.

–Shh…

Cuando mas lagrimas llegaron, las limpió con la punta de los dedos. Después de limpiar varias gotas más, se dio por vencido.

Bajó su mano hacia mi cuello otra vez, rozándome con sus dedos ásperos. Después apoyó una mano sobre mi pecho y me frotó con la palma hasta que mi pezón se puso duro.

Yo sentía como las lágrimas me mojaban el pelo, y hasta me entraban en los oídos.

Voltee el rostro hacia la pared cuando dibujó el contorno del pezón sobre mi remera con la punta de índice.

Un segundo después sentí la frazada cubriéndome hasta el cuello. Una mano grande me cubrió la mejilla y me giró el rostro hacia arriba.

–Que descanses Ana –me besó la frente.

Nuevas lágrimas brotaron y él las limpio con el pulgar una vez más.

–Buenas noches –se puso de pie y después de apagar la luz, salió de la habitación.

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5 comentarios en “Ana – VII – Buenas noches

  1. Por favor, por favor que ya no le haga nada ya ese padre violador de carlos a ana, por favor te lo pido, que ya la ayuden, su madre es una mala mujer al no notar lo que le pasa, dame una esperanza.

    que bueno que estás publicando mas rápido, me gustaría también leer sobre capitalismo.

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