Ana – VIII – Cenizas

Estuve una semana entera en cama con gripe.

No recordaba la última vez que me había enfermado tanto. Las primeras noches las pasé con fiebre y vómitos, y por momentos sentía que me moría. Aunque sé que uno siempre siente eso justo antes de vomitar.

Mi mama estuvo especialmente molesta, revoloteando a mí al rededor, tocando mi puerta cada dos horas para preguntarme si necesitaba algo o si quería sopa.

Hizo una olla de sopa a pesar de que yo le dije que no podía comer nada.

Mi padre entró en la habitación el primer día, después de que mi mama le contara que me había levantado con fiebre.

Se sentó al borde de mi cama y me puso la mano en la frente. Luego me arropó con el ceño arrugado y se retiró de la habitación. Parecía incómodo.

No volvió a entrar en mi habitación después de eso.

Yo solo salía para ir al baño, así que no lo vi desde entonces, lo cual fue un alivio para mí.

“Tal vez… haya algo de psicológico en mi enfermedad”, pensé al tercer o cuarto día. “No lo se. Sinceramente siento que me voy a morir”.

Desde que se había ido la fiebre solo quería dormir. Tenía tanto sueño, como si no hubiera dormido en años. Acostada en mi cama, sabiendo que estaba demasiado enferma como para ir al colegio o hacer nada, me sentía segura.

“Ojala pudiera quedarme aquí para siempre”, pensé mientras me hacia un bollito entre las mantas.

Pero los días fueron pasando, entre agonías y sueño, hasta que finalmente decidí que el lunes iría a la escuela.

Faltar una semana era demasiado, no porque me gustara ir al colegio, ni mucho menos, sino porque no quería llamar la atención.

Así que el lunes me levanté temprano, a las 8, y me di un baño bien largo, mientras intentaba mentalizarme para volver a la rutina.

Cuando terminé, me envolví en una toalla y arrastrando los pies, me senté a la mesa del comedor, mareada. El baño me había dejado débil. Apoyé mi cabeza en los antebrazos y pensé en el dilema de todos los días:

“¿Comer… o no comer?”

Al tercer día de la gripe finalmente había tomado algo de sopa. Solo unos sorbos. Y había vomitado una hora después. Volví a intentarlo con la sopa a los días siguientes, pero más que nada había estado sobreviviendo a base de 7up.

Al parecer mi estómago estaba de huelga a menos que se tratara de 7up.

Apoyé la pera sobre las manos y me imaginé a mi estómago con dos cejas fruncidas y una libreta, anotando todo lo que llegaba a su puerta:

“–Entrada denegada, denegada, denegada, ¡Ah! Pase por aquí 7up, aquí tiene la entrada vip”.

Me reí sola en la cocina.

“Dios… la fiebre me debe haber matado la mitad de las neuronas”.

Me levante y caminé hasta la heladera.

Todo parecía repugnante. Desde las zanahorias hasta las milanesas.

¡Ugh! Definitivamente no.

Agarré la 7up y me serví medio vaso, meditando vagamente sobre si la gaseosa tendría suficiente azúcar como para mantenerme en pie durante 6 horas.

“Son solo 6 horas, 6 horas de tortura escolar, luego vendré y me meteré en la linda camita”.

Fui al baño y me observé en el espejo. Y sonreí. No sé porque, estaba pálida, ojerosa, mi aspecto era el de una zombi, pero aun así sonreí. Fue una sonrisa bastante triste pero algo es algo.

Por alguna razón me sentía bien. Relativamente bien. Tal vez era porque estaba sola en la casa esa mañana, o tal vez es que había sufrido tanto durante la enfermedad, que ahora mi cuerpo me recompensaba con endorfinas, no se… simplemente me sentía bien. El pasado y el futuro no hacían ruido en mi mente hoy, como si fueran estaciones de radio que no lograba sintonizar.

“Quizá mi cerebro se ha dañado de verdad. Ya dicen todos que los idiotas son felices”.

Fui a mi habitación y preparé la ropa que me iba a poner. Otro de los dilemas frustrantes. Esta era la razón por la que aún usaba guardapolvo, a pesar de que ya en secundario no era obligatorio.

Me puse ropa interior y note que el corpiño me quedaba flojo. No era sorpresa después de una semana sin comer. En el corpiño y en los jeans es donde primero notaba si cambiaba de peso.

Me puse otro corpiño, y me terminé de vestir.

Eran las 10 recién…

Pensé en cómo podía pasar el tiempo antes de que mi mama llegara, con el tiempo justo para hacer el almuerzo que yo no comería.

Medité en esto mientras le tecleaba un mensaje diciéndole que la sopa aún no se había puesto fea, y que había tomado un poco, que si quería no tenía porqué venirse hasta acá.

Dejé el celular en la cama, sabiendo que era en vano. Mi mama siempre hacia las cosas al revés. Lo correcto en el momento incorrecto, o lo incorrecto en el momento correcto…

»O lo correcto de la manera incorrecta, ¡en fin!

Pasé los ojos cansados por los libros en la repisa.

“¿Leer… escribir…?”

Apreté los puños y tragué saliva cuando recordé mi diario tirado en el piso y mis cajones removidos. No tenía que preguntar quien había sido.

Me cubrí el rostro con las manos, cuando la imagen de él leyendo mi diario apareció en mi mente. Aun si solo eran garabatos inconexos, me torturaba. Me revolvía el estómago, y eso era lo último que necesitaba.

¡No volvería a escribir nunca! Me dije.

“Ni sé para qué escribí esas palabras…”

Fui hasta la cómoda y abrí el cajón. Miré el diario con rabia por un largo rato y finalmente lo tomé en mi mano.

“Ya sé lo que haré esta mañana”.

Cerré el cajón y fui a la cocina. Agarré el frasco de alcohol y el encendedor y salí al patio.

Después de arrojar el diario a una distancia prudente y de rociarlo con alcohol, lo prendí fuego y me senté en el borde de la puerta trasera dispuesta a contemplar como se consumía hasta las cenizas.

***

“Decepcionante”, pensé después de echar más alcohol sobre la pequeña fogata. Era la tercera vez y el diario seguía casi intacto.

“¿Qué rayos?”

Un pensaría que un cuaderno de papel se quemaría en dos segundos, pero ya hace varios minutos que estaba encendido y apenas si se le habían chamuscado los bordes.

Busqué a mí alrededor un palo para removerlo.

El patio no era muy grande, tendría… unos 5 metros de profundidad. Siempre había estado inutilizable, cubierto por pasto y yuyos pero por la insistencia de mi madre, mi papa había terminado cortando el pasto hace unos meses. Mi mama aprovechó para plantar un pequeño círculo de flores, cerca del rincón, aunque aún no habían florecido.

En el rincón entre la pared de la casa y el paredón que nos separaba con el vecino, había una pila de chatarra que estaba ahí desde que tenía memoria. Una vieja heladera sin motor, unas carcasas de uno o dos lavarropas, y no se que mas porquerías.

Recorrí la pila con la mirada hasta que vi un palo viejo de escoba. Lo saqué de la pila y después de sentarme otra vez, picoteé el diario con la punta del palo.

Para mi satisfacción, apenas logré separarle las paginas, el fuego las devoró de inmediato.

“Necesitaba aire” me di cuenta.

Contemplé las llamas por un rato, sin pensar en nada.

Al rato las removí un poco más y me puse a pensar vagamente en los otros diarios que había tenido, en las cosas que había escrito, en los recuerdos…

Por ejemplo, cuando tenía 3 o 4 años, me había metido dentro de la heladera hueca de la pila de chatarra y les había dicho a mis padres que quería vivir ahí.

Ellos se rieron, obviamente, pero yo lo decía muy en serio. Incluso recordaba lo irritada que me había sentido cuando se rieron de mi.

Sonreí al recordar mis berrinches. ¿Hace cuanto no tenía un berrinche? Me pregunté, mientras despegaba otra hoja para que le diera el aire.

Finalmente había desistido porque pensé que tal vez me daba frio a la noche, y si ellos cerraban la puerta de atrás con llave, yo no podría entrar a la casa.

Despegué las últimas hojas del cuaderno, recordando…

No tenía muchos recuerdos. Se habían superpuesto unos sobre otros, hasta confundirse en un collage de momentos por lo general tristes y solitarios. Siempre fui una niña solitaria. Hija única, aunque no se si eso tenga algo que ver. Nunca me había sido fácil socializar. Nunca… ni siquiera en el jardín.

Y el secundario solo era otra versión más del jardín.

“Es todo lo mismo… una y otra vez, todo se repite”

Sentí un repentino mareo, y me dejé caer contra la pared. Tragué saliva, y cerré los ojos. Era hora de tomar más gaseosa.

“No quiero ir al colegio” pensé. Me sentía muy cansada todavía, no tenía fuerzas ni para pensar, pero tenía que ir. No había elección, y yo no era de darle vuelta a las cosas inevitables.

Suspiré, resignada.

Las últimas brazas estaban ardiendo cuando el sonido de la llave en la puerta delantera me despabiló.

No me giré pues ya sabía quién era. Un segundo después su voz estridente rompió el silencio y la tranquilidad.

–¡Holaaa…! ¿Ana..? ¿Cómo andas hija? ¿Mejor? ¡Veni que traje comida hecha!

Apreté los parpados, mientras anticipaba un dolor de cabeza.

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Un comentario en “Ana – VIII – Cenizas

  1. Bendita gripe qe le dio a ana días descanso con el pervertido de su padre,me dans gans de matarlo un poquito por no apiadarse de su propia hija. Y la madre sigo pensando que tiene parte de culpa por lo de ana. Y se va a poner peor? Pobre ana! Pero que tenga unfinal feliz me da esperanza. Esperare con ansias el siguiente cap.

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