Ana – X – Sangre

Había dos autos en la entrada.

Uno no lo conocía. El otro era el rojo de mi padre.

Me detuve en la esquina contemplando los autos y mis opciones. Fue mi estomago el que decidió por mí. No podía aguantar otro día vagando por las calles. Hoy no.

Sin alternativas, caminé hacia mi casa con resignación. A cada paso mi corazón latía más y mas rápido, para cuando llegué a la puerta tenía el pulso desbocado.

Se escuchaban voces masculinas adentro. Tragué saliva, y golpeé la puerta. Al momento se abrió, y mi papa se hizo a un lado para dejarme pasar.

Me apresure a entrar, saludando con la cabeza al otro hombre que había en el comedor –Hola –murmuré, pero creo que no se escuchó. Iba a ir directo a mi habitación pero la voz de mi padre me detuvo en seco.

–Espera Ana, veni un momento.

En contra de lo que quería mi cuerpo, me di la vuelta mirando hacia el piso. El me agarró por los hombros y acerco su cara a la mía.

–¿Estás bien hija? Te veo paliducha.

Quise sacudirme pero no quería parecer maleducada en frente del otro hombre.

–S–si…

–¿Segura?

–Me… me duele la panza.

Paso el pulgar por mi mejilla un par de veces –Bueno, mejor que descanses entonces–dijo y me soltó.

–Ha estado enferma, la pobre –escuché que le explicaba al invitado mientras yo me refugiaba en mi habitación.

Apenas cerré la puerta, me arrodillé contra la cama y apoyé la cabeza sobre el colchón. Me quede así, en el piso, floja como un trapo, esperando a que se me pasara el mareo.

“Solo un poco… solo lo suficiente para llegar al baño”.

Me desprendí a tirones de mi mochila, y del guardapolvo y me deje caer contra el piso frío. Las baldosas contra la espalda se sintieron muy bien.

Finalmente, después de varios minutos, me puse de pie, trepando y ayudándome con la cama, y me dispuse a salir de la habitación. Aun se escuchaban voces en el comedor.

“¡Rayos!”

Me mire la remera blanca. Una remera totalmente normal, que me quedaba flojita en todas partes excepto en la parte de arriba. La tela se estiraba sobre mis pechos, dibujando sus formas claramente.

“No, definitivamente no puedo salir así”.

Encima de que hoy sentía los senos especialmente pesados y adoloridos… Me puse otra vez el buzo y crucé el pasillo hasta el baño. Solo eran dos metros, y aun así fueron tortuosos. Las voces se habían silenciado.

Me apoyé contra la puerta y esperé a que los hombres iniciaran otra vez la conversación. Entonces gire la llave con mucho cuidado. Solo una vuelta. Luego me quité el buzo por la cabeza, ya que me sentía sofocada.

“Dios, este sería uno de mis infiernos personales…” pensé: “una habitación llena de hombres que yo tendría que cruzar una y otra vez”.

Me senté en el inodoro, desplomándome contra el tanque de agua y cerré los ojos un momento mientras me relajaba y respiraba profundamente.

“Aquí estoy segura, bajo llave…”

***

Un golpe en la puerta me despertó.

–¡Ana! ¿Qué haces ahí, te dormiste?

Me erguí un poco y miré a mí alrededor.

–¿Ana? –dijo mi padre, golpeando la puerta con el puño.

–Ya… –susurré. Era todo lo que le podía decir.

Escuché como se alejaba y respire aliviada.

Me baje los jeans y la bombacha, y me senté otra vez en el inodoro.

Fue entonces cuando noté la sangre.

Al principio no entendía lo que veía. Mi ropa interior estaba manchada de sangre. Me toque entre los muslos, y mis dedos se tiñeron de rojo.

Se me hizo un nudo en la garganta, y los ojos se me nublaron de lágrimas. Me recosté contra el tanque otra vez mientras los parpados se me cerraban en contra de mi voluntad.

–No otra vez… no otra vez… –balbuceé recordando la sangre del primer desgarro, que tardó días en dejar de emanar. –Por favor…

¿Qué había pasado?

Recorrí mis pasos desde que salí del colegio, con miedo a recordar o a revivir recuerdos.

¿Mi padre me había hecho algo…? Y luego vine al baño y… ¿Perdí el conocimiento?

Traté de pensar más allá de la sensación de desmayo y el sonido de mi circulación. Me concentré en mi cuerpo.

¿Sentía dolor? No estaba segura. No sentía nada. Me erguí un poco y casi pude percibir las punzadas y el ardor entre las piernas.

Casi. No estaba segura.

Me lleve la mano vacilante a los muslos otra vez y me toque la vagina.

“No me duele”.

Me volví a tocar, más fuerte, y no sentí dolor, solo el leve malestar de siempre.

Respiré profundo una y otra vez, hasta que el martilleo de mi corazón se fue apaciguando.

Y de pronto me di cuenta. Era tan obvio. Conté los días y encajaban. No solo encajaban, sino que estaba en el día exacto. El día en que me bajaba la menstruación cada mes.

Me observé la mano y note que la sangre era más espesa que la sangre normal.

–Dios, por favor, por favor, ¡gracias! –me senté y me limpié con papel higiénico teniendo cuidado, aunque seguía sin sentir dolor. Me limpié una y otra vez hasta que no había mas sangre y me toqué.

No estaba sangrando, es el período.

–Dios, por favor ¡Es el periodo! Por favor, por favor…

¿Cómo puedo una misma cosa ser tan mala un segundo, y tan buena al siguiente?

Tenía ganas de saltar de alegría. Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero esta vez de felicidad y alivio. Realmente debí haber creído que estaba embarazada, porque casi no lo podía creer.

–Gracias, gracias Dios, gracias –murmure levantando la vista al techo, aferrándome a la mejor posibilidad, a pesar del miedo de estar ilusionándome demasiado.

“¡Con razón me sentía tan mal!” Reflexioné “Gripe mas síndrome pre menstrual, ufff…”

Me puse de pie, con fuerza renovada, y apoyé el oído contra la puerta del baño por unos segundos. No se escuchaba nada, tal vez los dos hombres se habían ido.

“Espero” pensé, porque no sería capaz de ducharme si había gente extraña en la casa.

Abrí la puerta y salí al pasillo. Observé la cocina. No había nadie. Fui hasta la ventana del comedor y mire hacia la calle. Faltaba un auto, pero el coche rojo seguía ahí. Me di la vuelta asustada ante un movimiento a mis espaldas.

Mi papa estaba en el marco de la puerta de su habitación.

–Ya se fue –me dijo en tono confidente mientras se metía las manos en los bolsillos.

Me quede quieta, sin saber qué hacer. Podía sentir su mirada sobre mí.

De pronto él dio unos pasos hacia mí y yo lo imité, con la intención de rodearlo y meterme en la habitación, pero él me cortó el paso.

–Tengo… tengo que agarrar las toallas.

–¿Estás mejor? –me preguntó sin escuchar lo que decía.

Me tomó el rostro entre las manos y me inspeccionó. Mantuve los ojos cerrados.

Apoyó una mano en mi frente por unos segundos, y luego me acarició todo el rostro dándome escalofríos.

–Ana…

Su tono me puso la piel de gallina.

–Tenemos que hablar.

Mi estomago se retorció ante la frase más temida para un hijo. Me agarró del brazo y tiró de mí hacia el sillón. Cuando él se sentó, yo me quede parada. Traté de soltarme con un leve tirón, pero no pude.

–Tengo que bañarme.

–Sentate –dijo dando una palmada contra su rodilla.

Miré hacia el pasillo, y hacia la puerta trasera que se veía al fondo.

Un repentino tirón me hizo caer en el sillón, sobre él. Me alzó y me sentó en su falda con mis piernas entre las suyas, envolviéndome por la cintura con su fuerte brazo.

Crucé mis brazos sobre mis pechos y me quede tiesa, mirando el piso.

–Las cosas… han cambiado entre nosotros Ana… –empezó a decir mientras me acariciaba los brazos. Me puso el índice bajo la pera y me alzó el rostro.

–Ya no soy tu padre… ¿Entendes eso?

Junte mis cejas con confusión y perplejidad ante semejante declaración.

–Hace mucho tiempo que no lo soy… –continuó –y vos no sos mi hija Ana… Ya no más. Sos una mujer.

Empujó mi cabeza contra su cuello y me acarició la mejilla… –Yo te hice mujer –susurró tan bajito, que apenas se escuchó. Se me humedecieron los ojos.

–Se que a veces… pierdo la paciencia y que no es fácil vivir en esta casa… pero nunca me olvidé de vos Ana, siempre te he querido. No… no llores.

Pero no podía evitarlo. Un rio de lágrimas caía por mis mejillas entre sollozos entrecortados. Trate de respirar profundo para calmarme, pero no funcionó.

Me sostuvo entre sus brazos, meciéndome suavemente.

–Pero mi amor es diferente ahora –dijo cuando mi llanto se calmó un poco –Tenes que entender eso. Ya no te quiero como hija, te quiero como mujer. Y vos tenes que quererme así también.

–No… no puedo –susurré –no puedo.

El suspiró y yo me encogí sobre mí misma.

–Eso es porque no lo has intentado Ana… ni siquiera lo queres intentar.

–No puedo…

De pronto me alzó más sobre sus caderas, y me giró de manera que quedé de espaldas a él. Entonces me metió una mano por debajo de mi remera. Traté de cubrirme los pechos para impedir que me tocara pero me sujetó de las muñecas con la otra mano.

–Quedate quieta –masculló y yo me congelé, apretando mis músculos.

Cuando su mano llegó a mis pechos me soltó las muñecas y me abrazó por los hombros, inmovilizándome.

Me apretó y amasó los pechos una y otra vez, sobre la tela del corpiño y luego por debajo. Me retorcí cuando sentí la piel callosa de sus manos contra mi piel.

–Solo tenes que relajarte… –susurró en mi oído, lo que hizo que me tensara aún más. –Deja de fingir Ana.

Sentí contra mi cuello como tragaba saliva mientras comenzaba a pellizcarme los pezones con sus dedos. Flexioné los músculos de mis piernas como para ponerme de pie, pero no pude siquiera despegarme de su cuerpo.

Entonces aflojé mi cuerpo sobre él y me quedé inmóvil, esperando a que acabara.

A él pareció gustarle mi aparente rendición y aprovechó para soltarme los hombros y meter la otra mano bajo mi ropa interior también. Me tomo los pechos en sus palmas y me los levantó, y masajeó repetidamente. Voltee el rostro hacia un lado y puse mi mente en blanco.

No se si es porque se aburrió de mi pasividad o qué, pero comenzó a apretarme los pechos con demasiada fuerza. Traté de permanecer quieta pero cuando me pellizco un pezón y me lo retorció, me sacudí y gemí de dolor.

–Ah, ¿estás despierta? –dijo en un tono desagradable.

Dejó una mano bajo mi remera mientras me abría el cierre del jean con la otra.

–¡No! No… –le sujeté la mano pero no pude impedir que me la hundiera entre las piernas. –¡No! –Me retorcía –¡No…!

Haciendo sonar las costuras de mi remera, estiró el brazo que tenía en mi pecho y me cubrió la boca.

–Ya te he tocado ahí. No exageres… no exageres…

Aspire una ráfaga de aire por la nariz cuando sentí como sus dedos se metían en mi vagina. Me hundió dos dedos hasta el fondo y los flexionó en mi interior, luego los sacó, y los volvió a meter. Gemí contra su mano.

–¿Por eso no querías…? –Murmuró contra mi cuello –¿Para qué no viera lo húmeda que estas?

La sensación de sus dedos deslizándose hacia dentro y hacia afuera me dio tanto asco que sentí como las nauseas me invadían otra vez.

Sosteniéndome la cara con su mano, que parecía cubrirme de oreja a oreja, me hundió sus dedos una y otra vez, a ritmo insistente. Me contraje lo más que pude pero finalmente me aflojé otra vez, sintiéndome enferma.

Cuando me pasó los dedos calientes por mi clítoris, esparciendo la humedad, mi estomago dio un vuelco.

“¡Basta… Basta!” Quería gritarle, aunque no tenía fuerzas para gritar. Sentía como si me estuviera desmayando.

Deje de sentir mi cuerpo por un momento…

–¿Qué te pasa?

Su voz brusca me despabiló de repente. Me estaba preguntando algo. Noté que ya no me estaba tocando.

Todavía me cubría la boca con la mano, asique no podía decir nada. Debe haber notado esto porque me soltó y volvió a preguntar en tono brusco:

–¿Qué te pasa?

Por un segundo no supe a lo que se refería. Giré el rostro hacia adelante y entre fugaces parpadeos vi que había sacado la mano de entre mis piernas, y que tenía los dedos llenos de sangre.

Tragué saliva y susurré con los ojos cerrados –Estoy… estoy indispuesta.

Lo sentí tensarse debajo mío, mientras sostenía la mano en el aire como si considerara sus opciones. Finalmente me empujó con su cuerpo y me sostuvo por la axila con la mano limpia, mientras se ponía de pie detrás de mí. Me rodeó y fue hasta el lavado de la cocina.

Yo permanecí parada mirando la nada. Apoyé el pie con fuerza cuando me tambaleé un poco hacia la derecha.

Su repentina voz grave me sacudió de pies a cabeza:

–Anda a bañarte –masculló sin darse la vuelta, con el sonido del agua corriendo de fondo.

Me subí el cierre del vaquero y sintiendo que yo era un ser demasiado pequeño como para poder mover mi cuerpo, caminé con pasos vacilantes hacia el baño.

“Las toallas…”

Me di la vuelta y fui a la habitación de mis padres, abrí el ropero y tomé las toallas. Parecían más pesadas de lo habitual. Las puse sobre mi hombro y camine hacia el baño otra vez.

Cerré la puerta, sin girar la llave, y dejé las toallas sobre el inodoro. Abrí la ducha, giré cada canilla al máximo, y me metí dentro con la ropa puesta.

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16 comentarios en “Ana – X – Sangre

  1. Me infarto! Como es posible que el padre de ana no reacciones? Por el contrario le dijera a ana que la amaba como mujer. Estoy al borde de ahorcarlo de puro coraje si yo fuera la mama de ana y me enteraba de algo así lo capaba ppara que sufriera un poquito.

    gracias por el capitulo, espero no tardes m,ucho.

  2. Lo raro es… Que todos comentan cosas negativas sobre el padre de Ana y todo lo que le pasa a la nena, pero, igual se meten a leer un capítulo de INCESTO, veo una doble moral en ello…

    • Oye no critiques si haces lo mismo leer para hacerte sentir un chico de mente abierta cuando se tiene mente abierta no se critica ni se pone en duda los gustos de los demás. No leas los comentarios para critcar a quien comenta. Si entras lee los capítulos y déjale un buen comentario a la bella escritora. Perdón por meterme en el dialogo pero no me gusto mucho tus comentarios.

  3. Yo lo sé, y tu lo sabes… El tema es, los puritanos que se rasgan las vestiduras ante cualquier cosa que leen, pero están ávidos de leer cosas mas fuertes….

  4. Perdón e. Luscil. Tu regalandonos tus bellas historias y uno aquí entrando en platicas innecesarias. Yo de todos modos sigo leyendo y comentando no importa quien se asuste y se de golpes de pecho, criticando a los que seguimos está historia.

    • Pero yo no he dicho que sea una puritana. Y no entro a criticar a los que leen, si critico al padre de ana esporque estoy interesada en la historia, pero no estoy dándome baños de pureza y nose si sea le primera en leer pero si en comentar, además tu solo entras a señalar errores, amigo deja tus criticas y superalos solo son historias. Okas.

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