Ana – XI – La última vez

Me acurruqué bajo el chorro de la ducha. Deje que el agua golpeara contra mi cuero cabelludo y corriera por mi cabeza hasta mis oídos. Cuando se me llenaron de agua tuve la sensación de estar sumergida en el fondo del mar, o dentro de una burbuja. Me quede quieta, abrazándome las rodillas, dejando que el agua me aflojara el cuerpo y se llevara todo lo malo.

Cuando la bañera se llenó lo suficiente, me distendí y me acosté en el fondo sumergiéndome completamente. Contuve la respiración lo más que pude mientras miraba caer las gotas desde abajo de la superficie. Desee poder respirar bajo el agua. Desee quedarme ahí para siempre.

Finalmente no pude soportar más la falta de oxigeno, así que me erguí tomando una hambrienta bocanada de aire. Me daba vueltas la cabeza y el corazón me latía con fuerza. Respire profundamente, una y otra vez, esperando calmarme pero no funcionó, cada vez estaba más agitada y ansiosa.

Entonces me vi desde afuera, solo por un momento, el suficiente para vislumbrar mi situación y una ola de pánico me golpeó con tanta fuerza, que empecé a temblar. Me cubrí el rostro con las manos cuando los ojos se me llenaron de lágrimas.

“Dios, no puedo vivir así”

Me mecí hacia adelante y hacia atrás, murmurando y apretando mis oídos con las palmas.

No sé cuánto tiempo pasó, pero pasó porque ahora el agua caía casi fría sobre mi cabeza y espalda, haciéndome temblar otra vez. Alce el brazo y cerré las canillas antes de que enfriaran el agua de la bañera y me sumergí hasta el fondo otra vez para calentar mi cuerpo.

¿Qué puedo hacer? Me pregunté. No me podía quedar ahí, pero no quería salir del baño tampoco. Saque la cabeza del agua y escuché con atención. Se escuchaba el murmullo del televisor pero eso no significaba nada. No era raro que lo dejaran prendido cuando no había nadie en la casa para que “hiciera ruido”.

A tirones me saqué la ropa pesada que se me pegaba al cuerpo y me eche un chorro abundante de shampoo en el pelo. Con esa misma espuma me lavé fugazmente el cuerpo y a continuación me enjuagué todo sumergiéndome un par de veces en el agua turbia de la bañera.

Luego me envolví con las toallas, y salí de la bañera. Con el corazón martillándome abrí la puerta sin hacer ruido y me asomé al pasillo. No se veía nadie. Pisando lo más despacito posible me dirigí a mi habitación y cerré la puerta como si fuera a explotar en mil pedazos si tocara el marco.

Me sequé casi raspando mi piel con las toallas, y me vestí con lo primero que encontré: un jean usado y un buzo verde que me puse encima del corpiño directamente. Estaba frotando el toallón contra el pelo mojado cuando escuche el sonido de una puerta. Me congelé, con la cabeza hacia abajo y el cabello húmedo cayendo hacia mis pies.

Los pasos cruzaron de largo mi habitación hacia el baño.

Un puño golpeó contra la madera y me alivié de haber cerrado la puerta después de salir.

–¿Todavía te estás bañando? –preguntó mi padre. –Hace un hora que estas ahí adentro…

Trague saliva y deje caer la toalla al piso. Con suma lentitud agarré un broche de pelo y me lo metí en el bolsillo del buzo. La billetera estaba en un cajón. Un cajón que chillaba al abrirlo. Mire a mí alrededor en busca de mi mochila. La agarré con cuidado y me la puse al hombro. Dentro estaba mi celular. Y creo que tenía también un paquete de toallitas femeninas.

Toc, toc, toc.

–¡Ana! Contestá, o voy a entrar.

Di los dos pasos hacia la ventana y comencé a descorrerla. El marco estaba a la mitad cuando mi padre abrió la puerta de mi habitación.

La sorpresa lo congeló un segundo, lo suficiente para que yo abriera la ventana de un tirón y casi me arrojara hacia afuera. Me subí al marco y no llegué a sacar las piernas. Mi padre estiró las manos hacia mí y yo me deje caer hacia atrás. La mochila amortiguó el golpe que hubiera sufrido mi espalda.

Temblando me puse de pie lo más rápido posible y me arrastré hacia la parte delantera de la casa. Estaba por llegar ahí cuando la puerta de adelante se abrió de repente. Me giré tan de golpe que me volví a caer con el cuerpo en dirección al patio. Me puse de pie y corrí hacia atrás de la casa sumida en el pánico.

Llegue al patio y me detuve en la esquina, atenta a la puerta trasera y al espacio del costado de la casa que daba a un portón, esperando a ver por donde aparecía mi padre.

Me llegó el sonido de la puerta delantera cerrándose, pero no sabía qué significaba. Tragué saliva y seguí a la espera de algún movimiento.

No hay palabras para el pánico que sentí cuando la figura de mi padre apareció por el costado de la casa. Corrí hacia la puerta de atrás, que estaba abierta y me metí dentro. De pronto me giré y salí hacia afuera, di dos pasos y volví a entrar.

¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo iba a salir de la casa?

Volví a salir al patio y mi padre ya estaba ahí. El terror me ahogó y ya no pude pensar. Corrí hacia el rincón más alejado y me puse detrás del rectángulo de flores como si esos brotes me fueran a proteger. Estaba temblando.

Mi padre se detuvo a unos metros. Su pecho se hinchaba con sus respiraciones profundas.

–Veni para aca –su tono era autoritario mientras extendía un brazo hacia mí.

No me me moví.

Caminó rodeando las plantas hacia la derecha y yo me moví hacia la izquierda. El se detuvo, apretando los puños.

–Ana… es la última vez que te lo digo… veni para acá.

Aferre mi mochila, paralizada ante su voz y su mirada.

Un segundo después se abalanzó en mi dirección. En dos zancadas había llegado a mí.

–No, no, ¡por favor! –Comencé a llorar.

Me sujetó del pelo y me arrastró sobre las flores que habían quedado destrozadas bajo sus pies. Tiro de mí hacia la casa y una vez dentro cerró la puerta de un portazo.

–Perdón, perdón…

–…la última vez que me desobedeces… –mascullaba sin soltarme.

Me empujó por el pasillo hasta la puerta de la habitación de mis padres y me arrojó dentro.

“No… No…” era mi único pensamiento.

La pieza estaba a oscuras, con apenas unos puntos de luz filtrándose por las persianas. Me hice un bollito al pie de la cama cuando cerró la puerta.

–Perdón, perdón, por favor –volví a sollozar pero él ya me estaba levantando de un tirón. Me arrojó de bruces contra la cama y me apretó la cara contra la colcha. Mi cuerpo quedó doblado contra el borde de la cama. Me sostuvo apretando mi cabello en un puño mientras tiraba de mi jeans hacia abajo.

No… No…

Un zumbido no me dejaba oír mas allá de mi circulación y mi corazón palpitando frenético. La tela de los vaqueros me raspó las piernas hasta la mitad de mis muslos y entonces algo se metió en mi cuerpo a la fuerza. Me contraje de dolor un momento y luego me aflojé contra la cama mientras el estómago me subía por la garganta. Su mano me soltó la cabeza dejando un dolor palpitante en mi cuero cabelludo y luego me apretó por la espalda mientras me embestía con fuerza.

La realidad dio un vuelco brusco, y mi interior quedo del lado de afuera y el exterior del lado de adentro mientras me aplastaba contra el colchón y se hundía en mi cuerpo una y otra vez a pesar de la resistencia de mis músculos.

Yo ya no estaba en esa habitación, estaba en otra habitación… una habitación anónima de sabanas blancas. Había hormigueo y entumecimiento en mi parte inferior, mientras algo me removía las entrañas como si fuera un puño, abriéndose paso, rasgando y estirándome. Y entonces ya no estaba ahí tampoco. Ahora no estaba en ningún lugar y el tiempo desapareció…

Cuando abrí los ojos unos brazos me estaban envolviendo por dentro de mi buzo, aferrándome y apretándome los pechos.

Su peso me apretaba contra la cama y sus caderas me empujaban hacia arriba mientras jadeaba en mi oído. Traté de moverme pero no tenía fuerzas. Estaba empalada profundamente.

Mi padre empujó en mi interior con insistencia hasta que me penetró una última vez, y se desplomó sobre mí sacudiéndose con fuertes temblores. Su saliva me mojaba la nuca y el oído mientras jadeaba contra mi piel, respirando con dificultad.

Yo me quede inmóvil, pestañeando y respirando despacio.

“Ya acabó… ya se acabó…” me dije.

Finalmente me liberó de su peso y se retiró de mi espalda. Escuché más que sentí como su pene salía de mi cuerpo, y el sonido mojado me enfermó. Cerré los ojos.

Su voz sonó extraña detrás de mi:

–Ya esta… –aspiró ruidosamente por la nariz –Ya esta, Ana, ya pasó… levantate.

Apreté los parpados sin moverme. No estaba segura de poder moverme.

–Vamos, Ana…

Me agarró los bordes del jean y tiró hacia arriba, subiéndomelos por los muslos lo más que pudo. Luego paso sus manos por mi espalda en círculos suaves.

–Arriba.

Tragué saliva y me removí para que dejara de tocarme.

Junté fuerzas y empujé el colchón con las palmas. Mantuve mis piernas rígidamente derechas mientras me erguía. Sentía mi cuerpo a la vez blando y tieso, como si todos mis músculos estuvieran trabados en posición.

Noté que la puerta de la habitación estaba abierta ya que había más luz ahora. Aferrándome al borde de la cama, me apoyé insegura en mis piernas. Trate de mover los pies pero cuando quise destrabar mis rodillas, estas cedieron bajo mi peso haciéndome caer como un títere al que le cortaron los hijos.

Y como si fuera todo parte del mismo movimiento, cuando mis rodillas chocaron contra las baldosas, mi estomago se vació violentamente sobre el piso.

Me derrumbé flácida contra la pared, mientras las arcadas me sacudían y los ojos se me llenaban de lagrimas. Un sudor frio cubrió mi piel y una bruma de aturdimiento me envolvió. Pensé vagamente que al fin había vomitado esa maldita empanada que había estado nadando en mi estomago todo el día sin ir a ninguna parte. Ya me sentía mejor…

Cerré los ojos contra la pared, concentrándome en el frio contacto contra mi frente.

Un tiempo después, demasiado pronto, un brazo me aferró del codo bruscamente y tiró de mí hacia arriba. Me tambaleé y apoyé mi mano levemente en su brazo, y al momento la retiré con alarma. Mi padre estaba delante de mí, completamente desnudo. La imagen de su oscura y velluda entrepierna me shockeó. Desenfoqué la vista.

Me sacudió cuando cerré los ojos y me empujó hacia el comedor. Di un traspié hacia la cocina y entonces me detuve confusa, esperando a que repitiera lo que había dicho.

–El trapo… –masculló con voz frustrada.

Con los ojos casi cerrados, camine con cuidado hasta la cocina/comedor y tomé el trapo rejilla que estaba escurrido al lado de la canilla. Volví a la habitación y lo sostuve en alto esperando mas ordenes.

–Limpiá…

Camine hasta donde estaba la suciedad y me arrodille sosteniéndome en la pared. Luego extendí el trapo rejilla en el piso y junte todo lo que pude del vomito anaranjado. Me dio mucho asco y tuve otra arcada, pero al no tener nada en el estomago solo se me llenaron los ojos de lagrimas. Me puse de pie usando toda la fuerza que tenia, y sosteniendo el trapo con una mano debajo, fui al lavado de la cocina y lo enjuagué con agua fría.

La voz grave y autoritaria de mi padre sonó desde detrás de mi:

–Otra vez –dijo.

Como si estuviera funcionando con un piloto automático, lave el trapo bajo la canilla y luego lo retorcí hasta sacarle toda el agua que pude y volví a la habitación. Me arrodille otra vez y junte lo que quedaba de la sustancia pegajosa. Apoyé el codo en la pared y después de ponerme de pie, me dirigí a la cocina. La voz masculina volvió a atravesar mi aturdimiento.

–Una vez más, ponele desinfectante.

Tragué saliva y me incliné para agarrar la botella de desinfectante con olor a pino que había debajo de la mesada. Enjuagué el trapo otra vez, lo apreté para sacarle el agua, y le eche un chorrito del líquido verde oscuro. El olor artificial a bosque llego hasta mi nariz, y me hizo sentir un poco mejor. Era un olor que me encantaba. Olor a limpio y a desodorante de auto.

Volví a la habitación y una vez más me arrodille en el piso y lo limpie con el trapo. Ahora estaba limpio del todo. Hice un circulo cubriendo toda la baldosa y luego doble el trapo por la mitad y lo deje en el suelo. Volví a cerrar los ojos, estaba muy cansada…

Había movimiento a mí alrededor, fui vagamente consciente del sonido de cajones abriéndose y agua corriendo. Luego la voz de mi padre me puso en tensión otra vez.

–Ya esta…

Me metió uno de sus brazos bajo las rodillas y el otro por mi espalda.

–Shhh… Ya pasó, ya esta –murmuró cuando me encogí sobre mí misma. Me tomó en brazos de todos modos y me levantó del piso con el trapo en mi mano. Trate de mantenerme rígida, pero simplemente no tenía fuerzas. Me afloje en sus brazos y cerré los ojos otra vez.

–Tira el trapo ahí.

Abrí los ojos y solté el trapo en el lavamanos frente a mí. Luego me llevo a mi habitación y me dejó torpemente sobre mi cama. Gire mi rostro hacia la pared, ese fue el único movimiento que pude hacer.

Unos momentos después él volvía a entrar en mi habitación. Dejó mi mochila en el piso y se acercó a mi cama con un vaso lleno de un agua turbia y blanquecina.

–Tomate esto hija…

Mis entrañas se retorcieron ante su tono y cerré los ojos con fuerza, pero no me resistí cuando puso una mano bajo mi nuca y me levantó la cabeza. Abrí la boca y deje que el líquido se deslizara por mi garganta.

–Todo… tomalo todo. Te hará bien.

Volví a abrir la boca y tome los últimos sorbos amargos. Gire el rostro hacia la pared otra vez y deje los brazos flácidos sobre mi abdomen. Entre largos parpadeos observé la pared. La textura de la pared. Trate de pensar pero no pude. Trate de sentir pero tampoco pude. No sentía nada.

Entonces la mano grande de mi padre se posó sobre las mías. Abrí los ojos y en un fugaz vistazo llegué a ver como mi vello púbico sobresalía por el cierre abierto de mis vaqueros. Me hubiera cubierto pero él ya tenía su mano ahí. Me acaricio la panza suavemente y luego rozó mis risos íntimos con la punta de sus dedos para finalmente volver a posar la palma sobre mi vientre.

–Descansa…

Me observo por unos segundos y luego pasó el dorso de su mano por mi cuello y mi rostro.

–Y no te preocupes… las mujeres no pueden quedar embarazadas durante el periodo. –Estiró la mano para tomar el borde de una manta y la extendió sobre mi cuerpo.

Un momento después la luz desapareció. Estaba cerrando las persianas…

El sonido de las ventanas trabándose…

Una puerta cerrándose…

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