Cínico patito feo

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–No te creo

–¡De verdad! Era horrible.

–No es posible

–Uff… Bueno, no era “horrible” pero era fea, nada llamativa. Era normal y mediocre.

–Imposible.

–Ufff…

Aspiré con fuerza mientras hundía mi rostro en el suave pelo pelirrojo esparcido sobre la almohada. Le seguí besando el cuello, rosándola apenas con mis labios sin ningún apuro.

–De verdad te digo…

–¿Qué cosa?

–Que si me hubieras conocido hace unos años, pasabas de largo.

Ni siquiera respondí.

–No me crees.

–No.

–Ufff

–¿Qué queres que te diga? A ver… mostrame alguna foto…

–No puedo, las quemé todas.

–Bue… –volví a bajar la cabeza hacia su cuello –Entonces no vamos a llegar a ningún lado.

El silencio se extendió un poco demasiado. Suspiré y le pregunté:

–¿Qué importa?

–Importa.

–¿Por qué?

–Porque–

Sentí contra mis labios como tragaba saliva, cuando me moví un poco sobre ella.

–Porque… es en retrospectiva… cuando se puede saber… lo que significan las cosas.

–¿Y qué significan?

–Eso es lo que quiero saber.

–Bueno, ok, no siempre fuiste una preciosidad, ¿qué importa?

–Aja. Supongo que vos siempre has sido así.

–¿Así como?

–Como sos. Atractivo.

Sentí que me ruborizaba ante el cumplido.

–Mujer, sos 10 mil veces más atractiva que yo. Si alguien se debería sentir inseguro…

–¡Ay! Deja de exagerar, no se puede hablar de nada serio con vos.

–No exagero.

–¿10 mil veces?

–Sí. O más.

–¿Cómo calcularías semejante cosa?

–Pues… de cada 10 mil personas, 10 mil te preferirían a vos.

–Eso no tiene sentido… –Se reía.

–Pues así es.

–¿Hombres o mujeres? –Preguntó después de unos momentos.

–Ambos.

–Claro…

Apoyé la cabeza contra su pecho y cerré los ojos un momento. La lluvia seguía cayendo fuera, acariciando las ventanas. Yiruma flotaba en el aire desde los parlantes de la pc…

–Debería ser… 10 mil mujeres para vos, y 10 mil hombres para mí… –Agregó ella al rato.

–Todos te elegirían a vos –murmuré.

–Callate

Me cubrió la boca con la mano, riendo. Luego siguió hablando:

–Mmm… En realidad no sería un buen método de medición tampoco, los hombres creen que no pueden decir que no a una mujer. A menos que sea horrible…

»”Horrible” en lo que a opinión mayoritaria se refiere –Aclaró –Y las mujeres… disimulan por mas atraídas que se sientan…

Suspiró.

–Los resultados no serían fiables… –Concluyó.

–¿Qué dijiste? –Pregunté irguiendo mi cabeza con fingido interés.

–Dije que…

Tomó aire repentinamente cuando me moví otra vez, retirando mi miembro de su interior lentamente.

–Que no…

–¿Qué cosa?

Lo saqué casi por completo, para luego volver a hundirme en entre sus muslos, centímetro a centímetro.

–…que… que los resultados…

Cuando llegué al fondo de su cuerpo, me ayudé de las rodillas para llegar aún más adentro.

–Ahmmm… –musitó al fin.

Sonreí contra su cuello antes de besarla. Metí la mano entre nosotros y apoyé la punta de mi índice y el dedo medio sobre la zona de su clítoris para masajearla en círculos pequeños y lentos.

Ella suspiró lentamente y cerró los ojos. Después me aferró por los hombros y me clavó las uñas mientras tragaba saliva. Le rocé la mejilla y la mandíbula con mi boca y no dejé de acariciarla hasta que la sentí palpitar alrededor de mí.

Ya iba por su cuarto o quinto orgasmo. Yo había tenido tres.

Era uno de esos días en los que no nos cansábamos de hacer el amor. Podíamos estar así todo el día, y eso era justamente lo que estábamos haciendo.

–Ahmmm–mmmm… ¡Ahmm!

Presioné contra su clítoris mientras me balanceaba suavemente, penetrándola con lentos empujes, hasta que su orgasmo se desparramó por todo su cuerpo y ella se aflojó debajo de mí, temblorosa. La abracé con fuerza y dejé caer la cabeza contra su clavícula, deleitándome en la manera en que sus músculos internos apretaban y aflojaban mi pene.

–Mmmm… –Casi me gustaban más sus orgasmos que los míos.

De pronto ella rió en voz alta y yo reí también por puro contagio.

–¿Qué pasa?

–Na–nada, es solo que… –Tosió entre risas –¿Vamos a estar así todo el día?

–¿Tenes algo mejor que hacer? –apreté mis caderas contra las suyas para enfatizar mi punto.

–No… –se aclaró la garganta mientras me acariciaba la espalda –La verdad que no…

Dos canciones después…

–Te tratan diferente…

–¿Mmm…? ¿Quién?

–La gente… te trata diferente. Cuando… o sea, antes… hace unos años… me trataban como si no existiera…

Me erguí un poco para mirarla, su voz sonaba triste.

–¿Y ahora?

–¡Ahora…! –dijo con un bufido –Ahora… bueno, vos lo sabes. No me gusta salir sola. Prefiero que me acompañes siempre. Me hacen sentir incomoda. Incluso cuando son amables… porque sé que no es sincero, que son todos unos falsos. Sonará cínico… pero simplemente lo sé, porque he estado del otro lado.

–¿Del lado oscuro?

–¿Podes dejar de hacer chistes por un segundo?

Contuve una sonrisa para no hacerla enojar del todo.

–Pues a mi no me importa tu aspecto, –hice un circulo con las caderas, masajeando el interior de su vagina –me importa lo de adentro.

–Sos un… Ahm–mmm…

Pero al menos la distraje por unos segundos.

–¡Además! –Agregó riendo cuando se compuso –Es mentira eso. Una mentira descarada. ¿Que no te gusta mi aspecto?

–Me ENCANTA tu aspecto…

–No, no es lo que quise decir –Dijo entre risas –Me refiero a que… ¿El interior? Dejando de lado el doble sentido, eso del “interior” es un puro cuento. No hay interior y exterior. No estamos partidos en dos mitades, y una es más o menos importante que la otra… como si fuéramos algo que vive «dentro» de nosotros, dentro de nuestro cuerpo y…

–¿No crees en el alma?

–Uff… –Suspiró –No… No es eso a lo que me refiero…

Observé su geste pensativo mientras inspiraba el aroma de su piel.

–Me refiero a que… SOMOS el cuerpo. Y SOMOS el alma. O lo que sea que hay dentro del cuerpo, llamalo como quieras…

»Somos las dos cosas. Somos el exterior y somos el interior. ¿Cómo alguien puede separar ambas cosas? ¿Cómo alguien puede decir que el cuerpo no importa? ¡El cuerpo es todo lo que hay! El cuerpo es lo que nos conecta con el mundo, lo que nos comunica con los demás… Vos decís que no te importa mi cuerpo…

Me erguí y la miré alzando mis cejas.

–¿Realmente te pensas que no me importa?

Sonrió antes de contestar –No. ¡Y de eso es de lo que estoy hablando!

Volví a recostarme contra su pecho y sentí su mano acariciándome el pelo un segundo después.

“El cielo”

–Quiero decir… que el cuerpo es importante. Es muy importante. Hay tanta hipocresía al respecto… Tanta hipocresía. ¡Dios! Gente diciendo “Amate como eres” “Aceptate como sos” ¿Qué carajo significa eso? ¿Qué quiere decir? ¿Alguien se pone a analizar esas frases?

Preferí no contestar eso.

–…“Aceptate como sos” ¿Y qué pasa si tenes sobrepeso? ¿Y qué pasa si sos alcohólico? ¿Y qué pasa si necesitas ortodoncia? ¿Y qué pasa si sos un psicópata o un sociópata?

–¿Cuál es la diferencia?

–Ni idea… ¿Y qué pasa si estas depresivo? “Aceptate como sos….” ¡puff! Si uno se acepta como es y deja de cambiar… esta muerto. La vida es cambio, la vida es movimiento… La vida es transformación…

»Si yo…

Se calló abruptamente.

–¿Qué?

Inspiró profundo antes de responder:

–Si yo me hubiera aceptado como era… no estaríamos acá. Si hubiera aceptado mi aspecto, mis sentimientos, mi depresión… no… no estaría acá… con vos…

Su voz sonaba a lágrimas. Levanté la cabeza justo para ver como una gota rodaba por la comisura de sus ojos hasta perderse en su pelo.

–Shhh… –pasé mi dedo por su mejilla absorbiendo su malestar. Pensé en algo que decir, quería reconfortarla de algún modo.

–Tal vez nos hubieras conocido de todos modos –le dije, y al instante supe que había cometido un error.

–¡Ja! ¿Y qué? ¿Me hubieras “rescatado”?

–Tal vez…

Ella ladeó el rostro y juntó las cejas mientras miraba la pared.

–Esa es otra de las estupideces e hipocresías… –Su tono era amargo –Nadie puede rescatar a nadie. ¿Rescatarme…? Acaso… ¿Acaso andas por la calle rescatando chicas ahora?

Me miró con ojos húmedos.

–¿Acaso cuando vez a una chica insegura, triste y con problemas… y FEA te acercas a ella…? ¿Lo haces?

No contesté. ¿Estábamos peleando?

–No, no lo haces. NADIE lo hace…  Entonces ¿qué te hace pensar que lo hubieras hecho conmigo?

Respiré despacio por la nariz sintiéndome un poco frustrado. No sabía que decir. No estaba seguro de que existiera una respuesta correcta.

–Perdón… –Dijo de repente.

–¿Mmm? –Levanté la frente de su cuello.

–Perdón, no se… –giró el rostro hacia un lado –No sé porque me puse así. Soy una aguafiestas…

–No… –Le dije más por reflejo que sinceridad –Tal vez… Tal vez hay que aceptarse para poder cambiar.

–Mmm… –se pasó los dedos por su pelo enredado mientras miraba la pared reflexivamente.

–Sí. Hay que aceptar… –me dijo con una sonrisa afilada.

Se levantó un poco para apoyarse en los codos y me miró fijamente.

–Hay que aceptar que nadie te va a salvar si no te salvas a vos mismo. Hay que aceptar que tal vez necesites ayuda, pero que nadie te la va a regalar. Y por sobre todo… hay que aceptar que vales la pena. Vales la pena. Eso… eso es lo más importante que hay que entender.

Se dejo caer sobre la cama y se cubrió los ojos con el dorso de la mano.

Tragué saliva. No me gustaba verla así. Le retiré la mano de sus ojos y acaricié su mejilla.

–Sabes que te amo… –Murmuré con voz ronca.

Se lo había dicho muchas veces.

–Amo tu cuerpo, y amo tu mente, y amo tu alma… –Le di un beso por cada parte de ella que amaba.

Sonrió y me sentí aliviado.

–Que cursi –dijo arrugando la nariz mientras me pasaba la punta de los dedos por la barbilla.

Entonces sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez.

–Yo también –susurró  –No lo dudes.

No importaba que no dijera las palabras. Mi corazón se hinchó en mi pecho y bombeó felicidad a través de todo mi cuerpo. Le tomé la boca otra vez y comencé a moverme dentro de ella, sin ninguna intención sexual. Sin buscar ninguna liberación. Solo para sentirla, y hacerme sentir dentro de ella.

“¿Me sentís?” le pregunté con mi cuerpo “¿Sentís como estoy adentro tuyo?”

Ella suspiró de placer y giró sus ojos hacia arriba antes de cerrar sus párpados.

Me perdí en su cuerpo y en sus dulces gemidos mientras otra canción empezaba, y la lluvia seguía derramándose sobre el cristal, aislándonos del mundo exterior.

Tres canciones después…

Su mano empujó mi hombro suavemente.

–Quiero mostrarte algo.

Muy a mi pesar, me erguí y la sujeté por la cintura mientras retiraba mi miembro centímetro a centímetro. Me encantó ver su pequeña sacudida cuando el glande se deslizó hacia afuera finalmente.

Me aclaré la garganta y me dejé caer de espaldas en la cama, sintiendo frió ahí donde ella me había estado envolviendo por horas.

La vi ponerse de pie y caminar hacia el aparador. Sus piernas, sus muslos, su espalda… todo su cuerpo era una obra de arte de piel blanca pálida…

“El color de la leche”.

De músculos blandos y curvas suaves. Un cuerpo femenino, perteneciente a otra época… Unas nalgas que pedían a gritos que las amasara con fuerza mientras besaba sus pechos. Unos pechos que en este momento estaba enfundando en un delicioso corpiño negro.

“No me gusta estar desnuda” me había dicho una vez…

Prefería estar en ropa interior, y la verdad yo no tenía objeciones. La lencería era probablemente el mejor invento en toda la historia de la humanidad.

La boca se me estaba haciendo agua mientras la veía subirse por las piernas una bombacha negra, de tela calada, que terminó cubriéndome la vista de su precioso culo. Casi me quejo en voz alta, pero una vez mas… tenía que admirar esa ropa interior que la sostenía y la subrayaba justo en los lugares correctos, resaltando la voluptuosidad de su cuerpo.

Ella abrió un cajón y después caminó hacia mí con las manos en su espalda.

Arqueé mis cejas interrogante cuando se detuvo al lado de la cama, con gesto inseguro. Parecía nerviosa de repente. Extendió las manos hacia mí alcanzándome un papel.

No, no un papel. Una fotografía.

Observé con curiosidad a la chica de la foto, una adolescente de aspecto triste y luego volví la mirada hacia ella.

–¿Quién …

Entonces la reconocí. Miré la foto con más atención y tragué saliva. Si, era ella. Los ojos…

–¿Sos vos? ¿Que… qué edad…?

–17 –susurró mirándose las manos.

Estaba ansiosa por mi reacción. Traté de borrar cualquier gesto de mi rostro mientras inspeccionaba la foto más detenidamente. El cambio era impresionante…

Contemplé a la preciosa mujer de pelo artificialmente rojizo en frente de mí. Su melena caía hasta la mitad de la espalda, y unos mechones más cortos le enmarcaban el rostro dándole un aspecto algo salvaje. Especialmente ahora que estaba toda despeinada.

La descolorida chica de la fotografía tenía el pelo castaño claro atado tirante en una colita, dándole un aspecto frío… nada favorecedor.

Los ojos, definitivamente el rasgo más rescatable en la fotografía, lucían tristes y apagados. Sin esa chispa que tenían ahora.

Las cejas… Observe sus cejas y las comparé con la fotografía. Ahora eran delgadas y perfectas. El marco ideal para resaltar esos ojos felinos. En la foto en cambio eran difusas, sin ninguna forma definida, y algo espesas en el medio…

“A lo Frida Kahlo” Pensé, y me reí.

–¿De qué te reís? –preguntó alzando la vista del piso. Parecía entre molesta y divertida.

–Nada, nada, es que… tus cejas…

–¡Uff! –Se cubrió el rostro con las manos un segundo y después alargó un brazo hacia mí –Dame la foto.

–Noo, no, dejame mirarla…

Estiré la mano hacia atrás cuando me la intentó sacar.

–No te pongas así mujer. Me encantan tus cejas.

–¡Dame la foto!

–De verdad te lo digo –mi tono era firme cuando la miré a los ojos –Me gustan. Dejame seguir mirando la foto, que para eso me la diste. ¿No?

–No te la di para que te burles…

Le sonreí conciliador y le apreté la mano pasando mi pulgar por sus nudillos.

–No me estoy burlando.

Suspiró resignada y se alejó un paso de la cama. Volví a bajar la vista hacia la foto, fascinado.

Incluso la nariz parecía diferente… Más pequeña. Aunque al mismo tiempo era igual. Levanté la vista y observé su bella nariz, larga y recta. No, no era pequeñita y respingona, pero era perfecta para su rostro.

Tal vez se veía diferente por el cambio de peso, reflexioné. En la foto parecía más rellenita. El rostro más redondo que ahora, como si todavía fuera más niña que mujer.

La piel era otra diferencia… Se ve que había sufrido de acné en la pubertad ya que se podían ver zonas rosáceas y congestionadas en su rostro. En la actualidad su piel era suave y tersa en cada centímetro de su cuerpo, a pesar de las estrías que le recorrían la parte interna de los muslos, y las caderas.

A mí no me importaban en lo más mínimo, pero sabía a ella le seguían causando inseguridad. Prueba de esto era la cantidad de productos dermatológicos que abarrotaban nuestro baño.

Miré una vez más a la fotografía y me fijé ahora en la diferencia más importante de todas, la cual había dejado para el final. La sonrisa.

A parte de los ojos, la sonrisa era lo que más me cautivaba de mi mujer. Y eso que ella era la clase de persona que no sonreía si no tenía ganas, incluso no sonreía seguido, pero cuando lo hacia… lo hacía con todo el rostro, con todo el cuerpo. Su sonrisa iluminaba la habitación.

La chica de la foto no era así. Tenía una sonrisa forzada, de las que se tienen cuando te sacan una foto en contra de tu voluntad. Su rostro estaba contraído y la comisura de sus labios tiraban hacia abajo en lugar de hacia arriba, formando una extraña mueca.

La adolescente intentaba sonreír sin separar los labios. Era evidente la razón… ya que a pesar de sus esfuerzos, unos dientes chuecos y superpuestos  se llegaban a ver con demasiada claridad.

Exhalé el aire despacio.

El efecto final de su aspecto era bastante patético. Tuve que confesarme a mí mismo que tenía razón, si la hubiera conocido en esa época, no la hubiera mirado dos veces.

Y ella, con la timidez que le provocaba su aspecto, no se hubiera acercado a mí.

“Y no nos hubiéramos conocido…”

Junté las cejas sin saber qué sentir al respecto. Era un panorama que no me gustaba imaginar ni siquiera en lo hipotético.

Un gemido me sacó de mi ensimismamiento y la vi levantando los brazos para cubrirse el rostro con las manos otra vez.

Supuse que debí haber hecho un gesto sin darme cuenta. Dejé caer la foto sobre la cama y me puse de pie para tomarla entre mis brazos.

Nos quedamos un largo rato en silencio, mientras el sonido de la música se mezclaba con el de la lluvia.

–Es verdad lo que decís… –empecé y tuve que aclararme la garganta antes de continuar porque mi voz sonó demasiado ronca.

–Tu belleza es parte de porque te amo. ¿Y sabes por qué? –Le tomé el rostro entre las manos para poder mirarla a los ojos –Por todo lo que me dijiste. El cuerpo es parte de vos. Sos… vos. No es algo separado. En la foto… estas como apagada, triste…

–Es que lo estaba… tenía muchos problemas en esa época…

Apoyé mis labios contra su frente mientras le metía los dedos en el cuero cabelludo para peinarle la melena hacia atrás. Luego la miré a los ojos otra vez.

–Y ahora… ahora brillas. Sos como una flor abierta. Irradias belleza y luz.

–¿Pero qué significa?

–¿Cómo que significa?

Ella me miro compungida.

–¿Qué significa… el que me ames por mi apariencia? ¿No es superficial?

–¿Es que no te has escuchado a vos misma? ¿Cómo puede ser que tengas esas inseguridades?

Ella hizo un sonido entre carcajada y gemido.

–Lo que se acá –dijo llevándose la mano a la cabeza y dando dos golpecitos contra su frente –y lo que se acá –continuó repitiendo el movimiento sobre su corazón –son dos cosas diferentes.

Hizo un gesto de pena y bajó la mirada hacia nuestros pies desnudos.

Le tomé la barbilla entre mis dedos y le alcé el rostro.

–¿Qué pasa?

–¿Qué… Qué harías si yo volviera a estar así?

Era una pregunta incomoda.

–¿Si se te vuelven a torcer los dientes?

–¡No bromees! Sabes a lo que me refiero.

Si, lo sabía. Por eso justamente estaba haciendo chistes estúpidos. La abracé más fuerte y apoyé la pera sobre su hombro para que no viera mi rostro mientras pensaba en una respuesta. No encontré ninguna y no quería decir nada que pudiera ser mentira, así que le devolví su pregunta.

–¿Vos seguirías conmigo si me dejara estar?

–¡No lo permitiría! –Respondió inmediatamente con decisión –No te dejaría descuidarte, no te dejaría olvidar lo mucho que vales, lo mucho que mereces tu salud, lo mucho que vales la pena…

–¿Lo prometes? –le pregunté antes de la emoción me cerrara la garganta del todo.

–¿Qué cosa?

Acuné su rostro y la miré con un cariño desbordante.

–¿Prometes que me recordaras lo mucho que valgo y lo mucho que me merezco ser tan tremendamente atractivo?

Ella rio, una sonrisa brillante.

–Lo prometo.

–Y yo prometo lo mismo –dije apoyando mi nariz contra la suya –¿Hmmm? Prometo amarte y recordarte lo mucho que me encanta tu cuerpo y lo mucho que me, digo “te” mereces tenerlo para dármelo y así hacerme muy muy feliz…

–Tonto… –Se reía pero tenía lágrimas en los ojos.

Le abrí los labios con mi boca y me dispuse a degustarla antes de que me contagiara las lágrimas. Enredé su melena en mi mano y le tiré la cabeza hacia atrás para pasarle mi boca por su cuello, su mejilla, sus ojos, su nariz, y sus labios otra vez.

Le apreté y masajeé las nalgas antes de alzarla y acostarla de espaldas sobre la cama, que era donde pertenecía y donde iba a estar el resto de esta tarde lluviosa.

Entre risas y besos húmedos me preguntó:

–Entonces… ¿Tenemos un trato?

–Tenemos un trato…

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3 comentarios en “Cínico patito feo

  1. Que perfecto sería que pudiésemos despojarnos del cinismo y la hipocresía…
    Al menos ante las personas que queremos…
    Muchas veces el miedo a lastimar al otro nos hace causarle más daño que la sinceridad pero nos lleva tiempo comprenderlo…

    Un abrazo.

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