Capitalismo 6 – Ventaja

Se echó agua en la cara, sin importarle las gotas que salpicaron su camisa y cerró los ojos con fuerza.

Se lo había hecho otra vez. Lo había tenido ahí parado al lado de su escritorio inclinado y con las manos en la madera, mientras él caminaba de un lado para el otro frente al ventanal, hablando y gesticulando por un teléfono de manos libres…

 

Ezequiel seguía sus movimientos con su vista periférica, o seguía sus pasos o su voz con sus oídos. Hace cinco minutos que estaba parado inmóvil. Durante todo ese tiempo solo era consciente de la presencia de su jefe, y de lo que este le podía o no exigir.

“5 minutos…”

Miró el reloj otra vez y volvió a contar. Si, habían pasado los 5 minutos. Despego las manos del escritorio.

La voz de Marco seguía retumbando grave, en la oficina. Se enderezó con el corazón martillando.

¿Es que esto se iba a volver una rutina? No estaba seguro de qué prefería… esta incertidumbre de no saber qué esperar, o la certeza de saber lo que iba a ocurrir, aun si eso significara una forma leve de prostitución.

“¿Leve…?” le preguntó una vocecita.

“Si, leve.” –le contestó, invocando imágenes pornográficas de actrices siendo usadas por varios hombres.

“ESO es prostitución”, se dijo a sí mismo, reconfortándose. “Eso…

–Ezequiel…

Todo su cuerpo pegó una sacudida, como si alguien le hubiera gritado a todo pulmón en el oído, cuando en realidad su jefe había hablado en un tono perfectamente normal.

Se giró tragando saliva y lo enfrentó.

Su jefe se lo quedó mirando con un gesto indescifrable. Ezequiel intentó imitar su silencio y su cara de póker, a pesar de que el estómago se le retorcía de ansiedad. Le pareció ver una fugaz sonrisa justo antes de que Marco rompiera el contacto visual y se metiera la mano en el bolsillo.

–Bien hecho… –le dijo mientras le alcanzaba un billete de 50.

“¿Bien hecho?”

La frase le quedó sonando en la cabeza mientras miraba el billete. Los nervios lo hicieron moverse por reflejo y cuando quiso acordar ya había tomado el dinero y se estaba dando la vuelta hacia la puerta de salida.

“La próxima vez… la próxima vez se lo diré…” se dijo, refiriéndose a su intención de tirarle en la cara esos humillantes 50 pesos.

 

El sonido de la puerta del baño lo trajo de nuevo al presente. Se aclaró la garganta y se enderezó inmediatamente.

Era Federico, el imputable. Lo vio ingresar en el baño y dirigirse a los orinales. Después de unos segundos fue al lavabo.

Se lo quedó mirando a través del cristal hasta que Federico lo notó e hizo contacto visual con el. Al ver que no bajaba la mirada, le preguntó incómodo:

–¿Pasa algo?

–No… –dijo él riendo una carcajada seca y nerviosa.

“¿Que va a pasar?, solo me estoy preguntando si vos sos otro de los juguetes del jefe, una pregunta totalmente normal”.

Federico lo miró extrañado.

Si, era extraño. Debía ser la primera vez que reía en el trabajo.

Se pasó una mano por la cara y sacudió la cabeza. Luego aferró el mármol con fuerza unos segundos antes de aflojar los dedos. Aspiró con fuerza por la nariz y decidió arriesgarse:

–¿Qué pensas de nuestro jefe?

–¿Qué?

–De Marco Alexiou… ¿Que pensas de él?

Federico parecía incómodo. Lo vio inspeccionar el baño disimuladamente como si creyera que esto se trataba de una emboscada o una broma pesada.

¿Que estaba buscando? ¿Cámaras de seguridad?

Una fugaz inquietud lo traspaso al imaginarse a Marco observándolo a través de una cámara. Dios… se estaba volviendo paranoico.

–Entre vos y yo, Federico…

–Es el jefe.

–Eso ya lo se… ¿que te parece… como jefe?

–Es un buen jefe.

Ezequiel volvió a reír, aunque más bien sonó a tos.

–Oh si… no sabe la diferencia entre secretaria y empleado pero es un buen…

–Es nuestro jefe –repitió Federico tajantemente mientras se secaba las manos –y nosotros sus empleados. Es así de simple.

–¿Así que a vos también… te pide café y esas cosas?

–No muy seguido.

–¿Y eso no te molesta?

–¿Por qué va a molestar? –contestó irritado. –Ellos son nuestros jefes, pueden pedir lo que se les cante. Así es como funciona. Si algún día yo estoy en esa posición, haré lo mismo. Y dudo que vos no lo hagas. –Y agregó –Si es que llegas a estar en esa posición…

Ezequiel lo miró entrecerrando los ojos por el espejo aunque él no se dio cuenta.

Era complicado. No podía ser muy obvio y delatarse antes de que lo hiciera él. Porque si Federico sabía de lo que estaban hablando y se hacia el desentendido, sabría lo que él hacía para su jefe, y tendría ventaja…

–No creo que quede –le dijo por alguna razón. La verdad él no era dado a la falsa modestia.

–Tal vez sea lo mejor… –respondió el imputable –ya que no te gusta trabajar… El trabajo, quiero decir.

“¡Ja!”

El bufido no debió de ser silencioso, porque Federico alzó la vista hacia él. Le sostuvo la mirada por unos segundos hasta que la bajó, ruborizado. Entonces se dio la vuelta y abandonó el baño.

Ezequiel se quedó mirando la puerta a través del espejo un rato, y entonces volvió a reír.

“Vaya, realmente existe alguien más apático que yo”.

***

Le besaba el cuello mientras balanceaba sus caderas a un ritmo constante. Finalmente sintió la tensión aferrándose a su cuerpo, y no trató de refrenarlo. Bajó la cabeza contra su cuello y vació su orgasmo en el interior de su novia, mientras ella gemía suavemente en su oído.

Jadeando se acostó de espaldas sobre la cama liberándola de su peso. Ella se puso de pie enseguida y se metió en el baño.

Ezequiel contempló el techo, mientras recobraba la respiración.

Ni siquiera un polvo lo tranquilizaba. Se pasó las manos sudorosas por la cara y se apretó los parpados hasta que vio luces de colores. Suspiró. Ni en la cama podía dejarse llevar. En ese maldito departamento de dos por dos, con paredes tan finas que por poco estaban viviendo con los vecinos, era difícil dejar de pensar en lo que se escuchaba del otro lado.

Era difícil dejar de pensar… y a veces sentía que estaba llegando al límite.

Permaneció con los ojos cerrados y se imaginó viviendo en una casa, con amplias habitaciones y un baño decente.

No. MÁS que decente. Un baño con una gran bañera y mármol en las paredes y un espejo de cuerpo entero. Dos baños, claro. Uno general, y uno pequeño en la habitación. Tal vez podría tener un pequeño gimnasio…

Victoria regresó del baño, refrescada, y se acostó bajo las sabanas a su lado.

“Solo unos cuantos años más…” Se dijo mientras la abrazaba. Federico estaba muy equivocado si pensaba que no iba a luchar por lo que quería. Tenían un plan. Solo tenían que seguirlo. Victoria era tan ambiciosa como él y era incansable. Trabajaba en negro en una tienda de ropa en el centro mientras estudiaba para asistente social. La hacían hacer turnos dobles, y casi nunca le daban francos. Y ella los aguantaba. Realmente tenía suerte de haber encontrado una chica así, no abundaban.

Apoyó la pera contra su clavícula y por alguna razón le preguntó:

–¿Acabaste?

–Mmm ¿qué?

–¿Acabaste…? –repitió irguiendo la cabeza y alzando un poco las cejas.

–¡Ah! Si… obvio –respondió un poco crispada.

–¿Segura? Si queres puedo…

Ella se retorció cuando él quiso bajar la mano entre sus piernas.

–Obvio que estoy segura –cerró las piernas con fuerza y se puso de lado –Acabé al mismo tiempo que vos… ¿por qué preguntas?

Al parecer le incomodaba el asunto. Lo notó en su voz y en la tensión de su cuerpo. La verdad no sabía por qué se lo había preguntado.

–No… por nada… –desistió. Realmente no le importaba tanto. Estiró el brazo y apagó la lámpara que iluminaba la habitación.

La habitación/comedor/cocina.

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3 comentarios en “Capitalismo 6 – Ventaja

  1. Me tardé en llegar hasta acá porque quería leerte con calma… El aviso reposaba en mi correo hace días, pero yo lo guardaba como un caramelo codiciado. Como siempre, su sabor me resultó una delicia!

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