Poliamor 6 – Patético

La puerta se cerró.

Tomás se quedó inmóvil, con el cigarrillo en la mano, y los músculos contraídos. Se escucharon murmullos del otro lado de la pared, luego el sonido de la cama cediendo bajo el peso de alguien, y luego el silencio.

Tragó saliva, con el pulso martillando y los oídos zumbando. Estaba como clavado en el piso, no podía avanzar ni retroceder. Sabía que el más mínimo sonido sexual lo atravesaría como agua hirviendo. Como un cutter abriéndole la piel.

Se sacudió cuando algo le quemó la punta de los dedos. Abrió los dedos y el objeto cayó al piso esparciendo chispitas naranjas.

Tomo aire profundamente mientras apoyaba la espalda contra la pared. Observó las cenizas del cigarro hasta que se apagaron del todo.

“Debería irme…”

–Deberías quedarte.

–No, debería irme.

–Deberías quedarte, deberías interrumpirlos. ¡Se va a cojer a tu novia!

–No es mi novia.

–¿No? ¿Y qué es?

“¿Qué es…?” Esa era la pregunta. Una pregunta que no sabía contestar.

Un murmullo se escucho del otro lado de la pared, y sus entrañas dieron un vuelco. Eran gemidos, gemidos femeninos.

–Sos patético.

–Callate.

Se apoyó las palmas contra los ojos, intentado acallar su mente.

Si se iba, era el fin. Dudaba poder superar la vergüenza y la humillación de haber huido y dejado a la mujer que quería en brazos de otros. Y si entraba…

–Deberías entrar ¿por qué no? Es lo ella quiere.

–No puedo –Sacudió la cabeza en negación.

–Dale, entrá.

Tragó saliva, contrayendo los músculos cuando otro gemido de Carolina atravesó la pared.

–¡Vamos!

–No puedo…

–¿Te pensas que le va a importar…? ¿Con lo excitada que esta? Escucha…

No quería escuchar.

–Entra y cojetela. Seguro le podes sacar un oral al menos. Incluso podrías humillarla…

–No.

Cerró los ojos con fuerza reprimiendo los celos violentos que le retorcían el estomago. Trató de visualizar el tiempo que había pasado con Carolina… las noches, las tardes, los días… Estar con ella lo había revitalizado. Lo había devuelto a la vida. No quería humillarla, no quería odiarla… y temía terminar haciéndolo para el final de la noche.

Un prolongado gemido de inequívoco placer le revolucionó el torrente sanguíneo y se concentró en su entrepierna.

Increíble pero cierto. Se estaba excitando. Tragó saliva incrédulo. ¡Lo único que le faltaba!

Otro gemido, el crujido de la cama, murmullos… Y más gemidos. Escuchó, mirando la nada, una sinfonía de sonidos lo suficientemente claros como para torturarlo, y suficientemente ininteligibles como para volverlo loco.

–Dios, Javier… ¡Ahmmm!

Y de pronto estaba acabando. Estaba acabando espectacularmente.

Caminó hasta la la puerta con el cuerpo vibrando y la mano en el picaporte. Sus pensamientos frenéticos.

“¡Soltala! ¡Es mi novia…! ¡Es una puta…! ¡No! No…”

Aspiró profundo intentando calmarse. Los gemidos se le seguían clavando en el cuerpo, y veneno sangraba de las heridas.

–Es una puta, nunca le importaste en lo más mínimo… solo te estaba usando.

–No…

–Se ríen de vos a tus espaldas.

–No…

–Deberías entrar y tratarla como la puta que es.

Los gemidos femeninos se fueron extinguiendo lentamente… lánguidamente… y con ellos su furia. Una vez más solo quedó la vergüenza.

“El puto soy yo… Un puto cobarde.”

Pero la humillación no había acabado, solo acaba de comenzar. Crujidos… murmullos… y los gemidos comenzaron de nuevo, esta vez alternados con el sonido del colchón hundiéndose rítmicamente.

Suficiente.

Se alejó de la puerta unos pasos y se apoyó, casi derrumbó contra la pared.

“Se acabó” Pensó, suspirando.

No era el fin del mundo. Ya había pasado por esto. Ya sabía como se hacía. Solo habían estado dos semanas juntos… con Tamara había estado 4 años… No había comparación.

No había comparación…

¿Entonces por qué no podía abandonar la casa?

Deslizó la espalda contra la pared, hasta sentarse en el piso.

“Porque la quiero… la puta madre, la quiero.”

Se sentía derrotado. Permaneció en el piso, mirando la pared del baño, mientras le seguían llegando los murmullos, torturándolo con las posibilidades de lo que podría estar pasando dentro.

Mejor dicho… lo que con toda seguridad estaba pasando dentro de la habitación.

Furia, humillación, excitación, celos…

Decidió que se iría cuando acabaran. Escucharía todo lo que pudiera soportar, y de esa manera todo lo que sentía por ella moriría, porque… ¿cómo podría sobrevivir? Tal vez así la pudiera superar más fácilmente…

Dejó caer la cabeza contra la pared y su mano derecha fue a reposar sobre su cremallera.

Realmente no fue consciente de haberse desprendido los pantalones, pero debió haberlo hecho porque cuando quiso acordar tenía la mano sobre su entrepierna.

–Eso sería el colmo…

–No me importa.

Quería dejar de pensar, su mente lo estaba matando. Metió la mano en sus calzoncillos y se agarró el miembro. Ya estaba hinchado y pesado y cuando se escuchó otro gemido de placer, dio un salto.

Cerró los ojos y se dejó llevar. Sincronizó sus movimientos con los sonidos que traspasaban las paredes y al fin su cerebro, privado de sangre suficiente, dejó de recriminarle lo que estaba haciendo.

Se acarició lánguidamente el sexo, atento a todo y a nada.

Cuando un sonido le llegaba, se dirigía directamente a su pene. Cada gemido de Carolina lo endurecía un poco más… lo calentaba más…

Llegó a perder completamente la noción de lo que lo rodeaba. Solo existía su pene, y los gemidos de Carolina, que lo lamían suavemente, o lo mordisqueaban con fuerza.

Finalmente los sonidos cambiaron, se volvieron más parecidos a sollozos, y con ellos, su mano comenzó a moverse más insistente.

Y cuando Carolina llegó al clímax, todos sus músculos se tensaron automáticamente. No le  quedó otra que estrujar con fuerza el glande y dejar que su cuerpo se contrajera y sacudiera repetidamente. Tuvo que apretar los dientes para que no se le escapara un profundo gruñido, pero nada pudo hacer para contener la tremenda eyaculación que le salpicó hasta el cuello.

Con un jadeo mudo, se aflojó contra la pared mientras la sangre le volvía a circular por el resto del cuerpo y la cabeza le dejaba de dar vueltas.

Cuando recuperó el aliento se puso de pie con gran esfuerzo.

Era el fin. Habían acabado juntos por última vez.

Se sentía vacío, y extrañamente fatalista.

Caminó, casi arrastrando los pies por el pasillo, que ahora estaba casi completamente oscuro, hasta la cocina. Se lavó las manos en el fregadero y se secó en la campera de Javier, aunque no lo hizo sentirse mejor. Se sentía miserable.

En frente de él, en un estante de la alacena, descansaba una bolsita que Carolina le había separado a Javier.

Se la quedó mirando con ojos entrecerrados como si esa hierba fuera la culpable de todo. Entonces la agarró y se la metió al bolsillo.

Si. Se iba a llevar la bolsa. ¡Y algo más! Se la iba a fumar esta noche. Javier le robó la novia, pues él le robaría la marihuana. Y esto no era en absoluto tan patético como sonaba.

–Pues suena muy patético, la verdad…

–Callate –masculló en la oscuridad de la cocina mientras se dirigía a la puerta de entrada –Maldito cerebro… Te voy a ahogar con humo vas a ver… El que ríe último ríe mejor…

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3 comentarios en “Poliamor 6 – Patético

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