Ana XIII – Día de descanso

A los que siguen esta historia, perdón por el retraso)

 ***

Suspiré profundamente por última vez antes de ponerme de pie. Me sentía un poco mareada.

Salí de mi habitación y escuché durante unos segundos el sonido de la ducha en el baño. Luego me acerque al lavarropas y apoyé sobre mi hombro toda la ropa para tender.

Cuando salí al patio, la luz brillante me hizo cerrar los parpados con fuerza. Era demasiado brillante para mis ojos cansados. Fui distribuyendo a tientas la ropa sobre el cordel, y poniéndole a cada prenda los respectivos broches. Cuando acabé entré a dentro y por unos segundos no pude ver nada.

Mis ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad lentamente mientras llegaba a la cocina y me servía un vaso grande de gaseosa. Cuando me lo acabé, volví  a mi habitación y  me acosté en mi cama boca abajo.

La luz amarilla se dibujaba sobre la pared, como una sonrisa. Todo estaba bien. Todo estaba bien en este momento. Si tan solo lograra quedarme lo suficientemente quieta…

Un momento después, de duración desconocida, mi mama abrió la puerta.

–Ya está la comida hija. Dale que se me ha hecho tarde. Ya son las 12 y 20.

La costumbre me hizo dar un respingo. ¿Las 12:20? El colectivo pasaba 12 y media.

O sea que tendría que ir caminando… Y caminando a paso ligero, si quería llegar al colegio a tiempo. Me invadió otra punzada de odio hacia mi madre. No quería levantarme, necesitaba más tiempo…

Y estaba pensando esto aun cuando mi cuerpo se estaba sentando en el borde de la cama, y luego poniéndose de pie. Lo seguí pensado mientras me sentaba en la mesa y me metía unos bocados de comida en la boca, sin prestar atención a lo que era ni al sabor que tenía.

–Estas pálida hija…

–Me duele la cabeza –respondí automáticamente cubriéndome los ojos con la mano.

La comida me estaba cayendo muy mal, asique dejé el tenedor a un lado y me serví otro vaso de 7up.

Mi mama se puso de pie con prisa.

–Bueno, me voy… en mi cajón hay una tableta de migral si queres –dijo mientras se dirigía a la puerta. –Vuelvo tarde. Limpia la cocina ahora si podes, ¿eh? Chau.

El silencio fue casi ensordecedor cuando cerró la puerta y me quedé sola. La gota de agua que caí de la canilla en el lavado y el tic tac del reloj parecían pisadas de algún animal pesadísimo.

Miré mi comida, que más que comida parecía cadáveres de animales y verduras, y luego miré el vaso de vidrio. El vaso era más lindo. Traslúcido, puro… lo miré por un largo rato, mentalmente calculando el trascurso del tiempo. Cuando pensé que debían ser y media pasada, miré el reloj, y efectivamente eran las 12 y 35. Tardaba 23 minutos exactamente en llegar al colegio, y entraba a la 1:15. Aún tenía tiempo, me dije.

Me levanté y tiré toda la comida en el tacho en lugar de dársela a los perros afuera. Dejé caer los platos y los vasos en el lavado y me terminé la gaseosa. Me lavé la cara con agua fría un par de veces y fui a a mi habitación a buscar mi cepillo, pero después de volver a ver el reloj decidí que no había tiempo para eso. Enrosque mi cabello en un rodete suelto y me puse un mechón detrás de la oreja. Tragué saliva mientras me miraba en el espejo.

Parecía un zombi. Pálida, con ojos traslucidos y ojeras violáceas por debajo.

“No importa… Si no miro a nadie a los ojos, no lo notarán. No es la primera vez que voy al colegio con aspecto de zombi.”

Me pasé la mano por el pelo, y me acomodé el mechón detrás de la oreja innecesariamente. Sacudí la cabeza y dejé de mirarme al espejo. Fui a buscar mi mochila y el guardapolvo. Me prendí los botones en la espalda, uno a uno, mientras me preguntaba cómo iba a hacer para soportar el día que tenía delante de mí. Terminé de ponerme el guardapolvo y las zapatillas, sin tener ninguna respuesta.

“La inercia se encargará de todo, una vez más…”

Miré el reloj, eran y 45 pasadas. Hice la cuenta mental.

“Aún tengo tiempo…”

Me puse la mochila al hombro y me dirigí a la puerta. Apoyé la mano en el picaporte y en lugar de abrirla me quedé inmóvil, mirándola. Después de unos segundos dejé caer mi mano. Una parte de mi me recriminaba con histeria y la otra no funcionaba. Estaba como trabada.

–Movete Ana, movete…

–No puedo.

Aun así mi mente contaba los segundos, calculando. Me alejé de la puerta y miré el reloj. Menos 10.

“Aún tengo tiempo”

Me acerqué a la puerta otra vez pero no la abrí. Me quedé quieta frente a ella otra vez. Los ojos se me llenaron de lágrimas a pesar de que traté de retenerlas. No podía llorar ahora. No podía ir con los ojos rojos al colegio…

Miré de reojo el reloj. Eran menos 5.

“Aun tengo tiempo… van a estar en la fila cuando llegue… eso toma varios minutos…”

Mi estómago se retorció de ansiedad, imaginándome a mi misma llegando tarde, teniendo que recorrer los pasillos vacíos hasta mi salón, golpear la puerta y entrar hasta mi pupitre, bajo la mirada desaprobadora de mi profesor y la curiosa de todos mis compañeros.

Apoyé la frente contra la puerta y dejé que corrieran mis lágrimas libremente. Cada vez que pestañeaba, podía ver los círculos húmedos que dejaban las gotas al caer al piso. Lloré silenciosamente, contando los segundos como un cuentagotas.

Y entonces un gran alivio me invadió. Me giré y apreté los parpados con fuerza para despejarme la mirada. Eran la 1 en punto. Ya no tenía tiempo…

Suspiré aliviada y arrastré los pies hasta el sillón, donde me desplomé, tirando la mochila a un lado.

Pude sentir como todos mis músculos se relajaban y me di cuenta de que me había estado engañando a mí misma. No podía ir al colegio… No podía…

Me prometí que al día siguiente iría sin falta, no debía acostumbrarme a faltar. Pero hoy me tomaría un día de descanso. Lo necesitaba.

Aspiré aire profundamente y repetí varias veces la frase “no voy a ir al colegio”, para que mi sistema terminara de relajarse y el pánico abandonara mi cuerpo. Luego me levanté con esfuerzo y me dirigí a mi pieza. Dejé la mochila en el piso, y así vestida me metí debajo de las mantas y me hice un bollo. Se sintió tan bien que me quedé así, sin dormir, porque no me es fácil dormir de día, pero si dormitando y en estado sumamente relajado.

En un momento de la tarde me dio calor, y sin abrir los ojos me fui sacando el guardapolvo, y luego los jeans y el buzo. Tiré todo al piso y me volví a envolver con las mantas. No fue mucho después de eso que escuché el sonido de un auto parando frente a la casa. Como si me hubieran echado un balde de agua fría, todo mi cuerpo se puso en tensión, mientras yo rezaba frenéticamente que por favor no sea ese auto.

Pero lo era. La puerta de entrada se abrió y en un segundo yo estaba fuera de mi cama, en ropa interior, sin ningún lugar a donde ir. Sin pensar en lo que hacía, empuje el jean y el guardapolvo debajo de la cama y me metí yo también. Me arrastré lo más oculto posible, sobre el frío piso de baldosa y me aflojé para no hacer ningún ruido mientras trataba de bloquear la imagen de posibles arañas o bichos que pudieran estar por ahí.

Unos minutos después mi puerta se abrió y alguien entró unos pasos. Fue recién ahí cuando me di cuenta de que la mochila estaba a plena vista al lado de la cama. Cerré los ojos con fuerza, sumergida en el pánico y los mantuve cerrados, rezando que por favor no viera la mochila…

***

Aproximadamente 3 horas después…

Me arrastré lentamente fuera de debajo de la cama y me di vuelta en el piso hasta quedar boca arriba. El piso frío en mi espalda me dio escalofríos pero no me importó. Miré el techo un buen rato antes de levantarme y sacudirme el polvo. No había tanto, solía mantener mi pieza bastante limpia. Levanté mi guardapolvo y mi pantalón y me vestí. Me estiré hasta que me sonaron algunas vértebras y luego guardé el guardapolvo en el armario.

Aún sabiendo que no había nadie, salí de mi habitación en estado de alerta. El sol estaba ya sobre el horizonte, lo que hacía que la luz anaranjada entrara de lleno en la cocina. Me senté en el sillón en donde, hasta hacía unos minutos, mi papa había estado mirando un partido de fútbol en la televisión.

Ni siquiera podía llorar. Estaba tan cansada. Y no era un cansancio físico, era un cansancio emocional. Mi día de descanso se había convertido en un día horrible.

Me fijé la hora. Era la hora en la que estaría saliendo del colegio. Sentí una punzada de bronca. ¡Debería haber ido al colegio! Para lo que me sirvió faltar…

Me puse de pie y salí al patio. Me senté en la escalerita de cemento de la puerta trasera, y contemplé la ropa ya seca del cordel. El viento la hacía bailar. Apoyé la pera sobre mis rodillas y la contemplé moverse de aquí para allá, mientras mi cuerpo se vaciaba de toda emoción y yo me hundía en una apatía reconfortante.

Pasó una bandada de pájaros formando una gran V en el cielo y me pregunté vagamente cómo decidían cual pájaro iría en la punta, delante de los demás. ¿Lo decidirían con una votación? ¿Sería una decisión al azar…?

Respiré el aire fresco y con el oxígeno me invadió el impulso de irme lejos… salir a caminar… tomar aire…

Me puse de pie con renovada energía y junté la ropa del cordel, casi arrancándola con los broches puestos. ¡Sí! Iría a dar una vuelta al centro, tal vez podría ir un rato a un ciber…

Estaba en el pasillo, con la ropa sobre mi hombro, cuando el inequívoco sonido del coche de mi papa estacionó en la calle.

Solo en un segundo mi pulso se desbocó. Apreté la ropa y di un paso para mi habitación solo para dar otro paso hacia atrás un segundo después. No podía pasar por eso otra vez, no podía estar otras tres horas bajo la cama hasta que llegara mi mama.

Estaba casi temblando, paralizada con la indecisión, cuando la puerta de entrada se abrió de golpe.

Mi papa me miró con los ojos abiertos, como sorprendido, pero se repuso en seguida.

–¿Acá estabas…? Te fui a buscar al colegio y no te encontré… –murmuró disgustado mientras cerraba la puerta con llave detrás de él.

–Sa–salimos temprano. –susurré y con la mirada en el piso.

El se dio la vuelta y se quedó en silencio con las manos en los bolsillos.

Me dirigí a mi pieza.

–Espera un momento.

Como si no lo hubiera escuchado entré a mi habitación y después de dejar la ropa sobre la cama me subí y me senté contra la pared. Alcé la mochila y la puse en mi falda. Mi papa entró en ese momento.

–Te dije que esperaras… –caminó unos pasos dentro de la habitación y se paró en frente de la cama.

Aunque estaba temblando por dentro no lo miré. En vez de eso abrí la mochila y saqué la carpeta y cartuchera. Las puse con demasiado cuidado sobre la cama, y luego aplané la mochila un poco para usarla de mesa. Puse la carpeta encima y la abrí. Trate de tardar lo más posible en hacer todos estos movimientos.

Escuché como suspiraba y con mi vista periférica vi como volvía a meterse las manos en los bolsillos. Podía sentir su mirada sobre mí, pero mantuve mis ojos sobre la carpeta.

–¿Viniste caminando…? –Me preguntó con vos grave.

–En colectivo.

–¿Qué?

–En colectivo –repetí más fuerte.

Pasé algunas hojas de la carpeta como buscando algo. Sorprendida de que mis manos no me temblaran. Los segundos pasaron.

–Y… ¿Cómo te fue… en el colegio?

Creo que nunca en la vida me había preguntado eso. Me alcé de hombros en respuesta, deseando que se fuera con todo mí ser.

Volvió a suspirar y yo tragué saliva mientras miraba la hoja delante de mí. Traté de leer algunas palabras, pero no pude procesarlas. Mi mente y mi cuerpo estaban tensándose, como un globo a punto de reventar.

De pronto se me llenaron los ojos de lágrimas. Dejé de pestañear, para que no se derramaran, pero no podría aguantar mucho tiempo más.

Como si lo hubiera notado se removió incómodo y dio un paso hacia la puerta. Dudó un momento, y luego salió de la habitación sin decir nada más.

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