Ana XV – Pequeña aventura

Cuatro días después…

–Ana, te estoy hablando.

Miré a Jackeline fugazmente antes de sacudir la cabeza y hacer un gesto con la mano.

–Perdón, estaba pensando en una cosa…

–¡Has estado todo el día así! ¿Me escuchaste lo que estaba diciendo?

–Sí, sobre… –Hice otro gesto con la mano y la miré mientras trataba de hacer memoria y capturar alguna palabra que hubiera quedado flotando en el aire. No hubo caso.

Ella suspiró y giró los ojos hacia arriba –¡Del viaje!

–Ah, si… viajaste a la capital. A ver a tu primo…

–Si… ¡Bueno! No a ver a mi primo… sino a mis tíos –Aclaró riendo, dejando de lado el fugaz enojo por mi falta de atención. –¡Ay no sabes! Me invitó a…

Apoyé la pera contra mis rodillas, y traté de que su voz me distrajera de lo demás. Cuando decía algo en tono entusiasmado, le dedicaba una sonrisa para que viera que la estaba escuchando y compartía su entusiasmo.

El día afuera estaba gris, con esa luz clara y sin color que tanto me gustaba, pero ni eso lograba tranquilizarme. Las clases daban lugar a los recreos, y los recreos daban lugar a las clases siguientes haciendo que la hora de la salida se acercara más y más.

Que irónico. Siempre me pasaba las horas de clases esperando con ansia la hora de la salida, y hoy sin embargo la temía.

–…y él me dice “¿te importa a vos quedarte en mi habitación?” ¡Noo, que me va a importar, le dije! Jajaja…

Me reí sacudiendo la cabeza –Que loca sos –comenté y me alivié de escuchar como retomaba su parloteo al momento, sin preguntarme si tenía idea de lo que estaba hablando. Menos mal.

Mas que interpretar las palabras, deje que el sonido de su voz invadiera mi cerebro otra vez, como el ruido de una radio mal sintonizada.

No funcionaba mucho. La ansiedad que sentía era por momentos enfermiza. No había comido nada en toda la tarde… no había escuchado a los profesores, no había resuelto ninguna tarea. Tendría que pedirle la carpeta a Jackeline mas tarde…

Una vez más pensé en maneras de esquivar a mi padre a la hora de la salida, y no se me ocurrió ninguna. Él iría… y yo estaría ahí. Y me tendría que ir con él. Era eso, o salir corriendo en frente de todos.

A veces lo consideraba.

–…jaja, y no me vas a creer! La traje al colegio, la tengo en la mochila, después te la muestro.

Al parecer tenía que reaccionar de alguna manera. Me reí y le dije sin tener idea de lo que estaba diciendo:

–¿De verdad la trajiste…?

–¡Si¡ Te la quería mostrar… tiene un olor riquísimo. Me encanta el olor a desodorante masculino ¡¿por qué es más rico que el nosotras?¡

Desodorante, primo, mochila…

¿De que rayos podía estar hablando?

Me volví a reír para hacer tiempo y de pronto me acordé de que había dicho algo sobre un camisón.

Desodorante, primo, mochila… camisón…

¡La remera! Ella había dormido en la habitación del primo, no había llevado camisón, él le prestó una remera vieja… y Jackeline la había traído al colegio para mostrármela.

Suspiré aliviada, como si el esfuerzo mental me hubiera cansando.

–¿Y cómo es la remera…? –Le pregunté fingiendo interés.

–Es negra, media gris… se ve que la usado mucho. –Se ruborizó como si la idea le gustara mucho –Es de esa banda de rock que…

Volví a apoyar la pera contra mis rodillas. El recreo debía estar por terminar… Era el último recreo del día, y si la historia del primo de Jackeline no lograba distraerme, dudaba que la profesora de lengua lo hiciera.

La impotencia me invadió y con ella la mente se me puso en blanco. No podía ver mi futuro. Saldría del colegio, y entonces… nada.

Imágenes de los últimos días se infiltraron en mi mente. La escena de la película se había repetido durante tres noches seguidas. Mi padre tocaba la puerta de mi habitación y me decía que vaya a cenar. Luego comíamos algo recalentado de la noche anterior, mientras veíamos una película mala en la televisión.

Y aun si hubieran sido las mejores películas de la historia, yo no me habría dado cuenta. Cuando llegaba mi mama, yo me iba a la pieza sin cruzarle palabra.

Pero ayer ella había llegado temprano… y había hecho de cenar para todos. Fue un alivio no tener que pasar otra noche sola con mi papa, sentados en el sillón durante dos horas mientras trataba de tragar bocado y no sacudirme cuando me pasaba el brazo por la espalda.

Me había ido a dormir mas tranquila esa noche, solo para despertar a un desayuno en familia.

“Hoy te paso a buscar al colegio” Me había dicho mi papa un segundo antes de salir por la puerta para ir a trabajar.

–¡Ana!

Gire la cara hacia el enfurecido rostro de Jackeline.

–¿Escuchaste ALGO de lo que dije?

No me reí esta vez. La mire con ojos cansados y apreté los párpados con fuerza. –No… perdón. Estaba pensando… en otra cosa…

–¿En qué? –preguntó con todo irritado, como si nada pudiera ser mas importante que la anécdota de su primo.

–En nada… –giré el rostro hacia las puertas de vidrio de la salida ya sin ganas de fingir.

Jackeline se quedó en tenso silencio un par de segundos y entonces se puso de pié.

–Voy al baño –anunció innecesariamente.

Esta era la parte donde yo decía “voy con vos”. Siempre íbamos al baño juntas. Era prácticamente la base de nuestra amistad.

No dije nada.

Esperó un segundo mientras fingía que se acomodaba la cinta del guardapolvo, y luego se fue hacia el baño con la espalda muy recta.

Suspiré aliviada. Me quedé con la mirada fija en el cielo gris que se veía fuera pero a los pocos segundos me empecé a sentir incómoda. No quería que nadie me viera así, sola, sentada al pie de la escalera, con la mirada perdida.

Me puse de pie con la intención de irme al segundo piso del colegio pero el sonido del timbre me sobresaltó.

Se había acabo el último recreo.

Tragué saliva y baje el peldaño de la escalera sintiendo que la gravedad era 3 veces más fuerte. Pronto esta parte del colegio se llenaría con los alumnos de primaria que acababan sus clases a las 5 pm. A nosotros aún nos quedaba otra hora…

Y entonces se me ocurrió una idea. Era algo que había pensando hacer varias veces, pero nunca me había animado. ¿Podría hacerlo?

Una ráfaga de energía me invadió, y decidí no pensarlo siquiera. Me apresuré por el pasillo hasta llegar al salón y con el corazón latiéndome a mil, metí mis pocos útiles a la mochila sin que nadie me viera y volví a salir del salón. Me crucé con varios alumnos que iban a sus respectivos salones en grupitos. Me escondí detrás de uno cuando vi a Jackeline pasar. Una vez en el salón principal, traté de caminar despacio hacia el baño, a pesar de ser la única que iba en contramano.

Una vez en el baño me metí en un cubículo y me quedé ahí, tratando de controlar los nervios. Inspiré aire varias veces, para calmarme. Pensé en Jackeline y en qué diría cuando viera mi asiento vacío. Estaba casi segura de que no diría nada. Nunca llamaría la atención de todo el salón así. ¿Alguien más a parte de ella notaría mi ausencia? No lo creía.

Cuando escuché murmullos en el pasillo fuera del baño, salí del cubículo y me quede en la puerta unos segundos. Tomé aire y crucé la puerta, mezclándome con los alumnos de primaria.

Por suerte ellos parecían tan ansiosos como yo de salir del tortuoso colegio como para delatarme. Todos empezaron a separarse en filas de chicas y chicos, y de primero a 9no. Me fui a la fila de mujeres de 9no año, y me puse al final. Había chicas mucho mas altas que yo, traté de esconderme detrás de ellas.

Durante la ceremonia de salida, algunos alumnos me miraron extrañados pero no dijeron nada. Y al fin los directores dieron permiso para salir del colegio.

Copié el paso de los demás, y no hice contacto visual con ningún profesor mientras deseaba con todas mis fuerzas que nadie me reconociera.

Nadie lo hizo, y cuando cruce la puerta de salida, sentí un alivio indescriptible.

Me sentía casi eufórica por mi pequeña aventura. Caminé a paso enérgico hasta la esquina, y al doblarla, me perdí de la vista de todos.

–Ufff…

Suspiré en voz alta y me reí sola por la calle. Tal vez era triste reconocerlo, pero salirme antes de hora era una de las cosas mas rebeldes que había hecho en mi vida. Me sentía más… más libre. Más yo.

El día, frío, nublado y descolorido se me antojó precioso. Las calles seguían cubiertas de hojas secas y casi no había viento. Precioso.

23 minutos tardaba en llegar a mi casa. Si mi papa estaba haciendo tiempo ahí antes de irme a buscar al colegio, yo llegaría antes de que el se fuera…

Aminoré el paso hasta casi detenerme. ¿Cuál era la prisa? No iba a ningún lugar. Al menos no a ningún lugar que quisiera ir. Esta calle cualquiera era mejor que mi casa. Caminé muy despacio, arrastrando los pies, mirando cada ladrillo, cada perro, cada árbol, como si fueran cosas extraordinarias.

Decidida a hacer durar el trayecto, elegí el camino mas largo para llegar a mi casa. En lugar de hacer escalerita, recorrí la calle hasta la avenida principal, mas allá de donde debería haber llegado, y luego giré por otra avenida.

Por estas calles no me cruzaría con mi papa. Este camino solo lo recorrían los colectivos.

En un momento el cielo gris empezó a gotear y una llovizna fina comenzó a volar al ritmo del aire. No se sentía casi, ni se veían las gotas caer, pero lentamente iban mojando toda mi ropa.

Me pasé los dedos fríos por la cara para limpiar la humedad y volví a sonreír. Siempre quise caminar bajo la lluvia, y rara vez se me presentaba la oportunidad. Levanté el rostro al cielo y dejé que las microscópicas gotas mojaran mi piel otra vez.

No me estaba engañando del todo.

Podía sentir mi ansiedad e incluso el pánico, bullendo por debajo de la superficie. Lo intentaba negar a cada paso. Cada paso que me acercaba, por mas vueltas que diera, y por mas lento que caminara, a mi casa.

Finalmente, y después de un tiempo indefinido, ya que no había llevado el celular para ver la hora, llegué a un nuevo cruce de avenidas, el ultimo. Por acá si me podía cruzar a mi papa. ¿Que hora sería…?

¿Habría pasado una hora..? ¿Dos horas…?

No tanto. Calculé que debía haber pasado, mas o menos, hora y media. Me detuve en la esquina del semáforo considerando mis escasas opciones mientras me resguardaba bajo el tinglado de un quiosco. Ahora estaba decididamente lloviendo, mi pelo se aplastaba contra mi frente y mis zapatillas estaban empapadas. Revisé mis bolsillos en busca de dinero, pero solo encontré 10 centavos y un chicle. No tenía dinero para ir a un ciber y quedarme ahí otro buen par de horas evadiendo…

Tratando de convencerme de que todo estaría bien, me imaginé a mi padre a la salida del colegio. Él esperaría un poco, vería que no estoy, y se iría a otro lado. A cualquier otro lado… Ya que estaba en el centro, tal vez se iría al bar. Tal vez pasara allí todo el día, no sería raro…

Me repetí esto mentalmente, varias veces, hasta que sentí que era lo más probable. Sintiendo una calma engañosa, esperé a que aminorara la lluvia, y cruce la calle rumbo a mi casa. Ya solo me faltaban unas pocas cuadras.

En un tramo del camino que estaba descampado, me puse a caminar haciendo equilibrio por el cordón, tratando de mantenerme en el pequeño espacio, sin caer hacia la vereda, o hacia la calle. Un auto pasó a mi lado, y luego otro…

Y luego el sonido distintivo de otro auto. No tuve tiempo ni a reaccionar, que el coche pasó a mi lado, tan cerca de mi, que sentí como el aire me rozaba el brazo.

–¡¡Andá para casa!! –Tronó la voz de mi padre por la ventana abierta del coche, mientras me pasaba de largo a toda velocidad.

Me detuve en seco, como si hubiera chocado de frente contra un muro de ladrillos. El grito me golpeó en el estómago, y quedo flotando en el aire mientras veía el coche rojo acelerar furiosamente hasta perderse en una esquina. Fue como un balde de agua fría sobre mi cuerpo. De pronto sentí el frío del aire, el frío de las gotas de lluvia que empapaban mi piel. Todo mi cuerpo se cubrió con piel de gallina.

Vacilé unos segundos, y luego, en contra de mi misma, comencé a caminar hacia adelante. Fui poniendo un pie delante del otro, forzándome a avanzar mientras una parte de mi quería ir en la dirección contraria. Esto dio como resultado que diera unos pasos en zig zag, como si estuviera borracha. Me detuve otra vez y aspiré aire profundamente. Me sentía aterrada y me sentía una estúpida. ¡Debería haberme quedado en el colegio!

Tragué saliva, y empecé a caminar otra vez, tratando de imaginar lo que me esperaba. Caminé de prisa y tropezándome, como si alguien me estuviera empujando desde atrás y otra persona desde adelante. El zumbido en mi oídos se hacía mas y mas fuerte a medida que me acercaba a mi casa. Al doblar la última esquina vi el coche estacionado en la entrada y las rodillas se me aflojaron.

De alguna manera llegué hasta mi casa. De pronto ya me encontraba frente a la puerta de entrada. Incapaz de dilatar lo inevitable, escondí la cabeza entre mis hombros y puse mi temblorosa mano en el picaporte.

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4 comentarios en “Ana XV – Pequeña aventura

  1. Que bueno q publicaste un nuevo capítulo ya hacía falta esta historia es maravillosa y cada día nos deja con más intrigas, qué le pasará ahora a la pobre de Ana

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