Ana XVI – Escombros

La puerta se abrió de un tirón delante de mi.

–¡¡Entra!! –vociferó mi padre mientras me tomaba del brazo y me arrojaba hacia adentro de la casa.

Cerró la puerta con un portazo que se debió escuchar en toda la cuadra. Di unos traspiés hacia atrás cuando vino hacia mi.

–¡¡¿No te dije que te iba a buscar…?!! ¡¡¿Eh?!!

–S–si…

Agarró mi brazo y me sacudió con fuerza. El zumbido en mi oídos se hizo más fuerte –¡¡¿Y por que no me esperaste?!!

–E–Es que… Sa–salimos–

–¡¡No me importa!! –Me volvió a sacudir apretando con más fuerza –¡¡Si yo te digo que te voy a buscar, vos me esperas!! ¡¡¿Me escuchas?!!

Me levantó la cara para que lo mirara, apretándome la mandíbula. Los ojos se me llenaron de lágrimas.

–¡¡¿Me escuchas?!! ¡¡¿Te pensas que tengo ganas de andar buscándote por todos lados?!! ¡¡¿Te pensas que…

No lo escuchaba. Me gritaba demasiado fuerte, demasiado cerca de mi rostro. El pitido se hizo más fuerte aún y las lágrimas se desbordaron de mis ojos.

Me soltó el brazo y la cara, empujándome hacia atrás y comenzó a caminar de un lado para el otro, gritando y vociferando a todo pulmón.

Su voz me traspasaba, haciendo grietas en mi cuerpo a cada segundo. Se me revolvía el estómago.

–P–perdón… perdón…

Pero parecía no escucharme. Seguía caminando de acá para allá formando círculos, gritándole al piso como si yo no estuviera ahí.

–Perdón… perdón…

De pronto me miró con ojos llenos de furia y se abalanzó sobre mi con la mano alzada. Impulsivamente me cubrí la cabeza con los brazos. Sus dedos se hundieron en mis hombres antes de que me sacudiera con tanta fuerza que mi cabeza cayó hacia delante y hacia atrás.

–“Perdón, perdón” ¡¡¿Es todo lo que sabes decir?!!

Mis rodillas se aflojaron y por un momento solo sus manos clavadas en mis brazos me sostuvieron.

–Pe–perdón…

Me soltó disgustado y se alejó unos pasos dándome la espalda.

Por un momento me pude escuchar a mi misma. La pequeña parte de mi cerebro que podía pensar, se sorprendió al notar cómo temblaba mi cuerpo con espasmos. No recordaba la ultima vez que había llorado de esta manera. Me sentí patética y pequeña, pero no podía controlarme.

Él se dio la vuelta pero no volvió a gritar, sino que se quedó mirándome en silencio y con cierta perplejidad. Luego suspiró audiblemente.

A través de mis lágrimas lo vi mover su peso de un pie hacia el otro, incómodo. Hizo un chasquido de disgusto con la lengua y dio un paso hacia mi. No pude evitar retroceder hasta chocarme contra el lavarropas.

Se detuvo en el acto y se alejó de nuevo hacia la puerta apretando los puños.

Se hizo el silencio. Un silencio lleno de escombros y polvo que tardaría mucho tiempo en asentarse. Solo se oía el sonido de mi llanto entrecortado con hipo.

El se pasó la mano por el pelo, y después de un momento se acercó otra vez, mas lentamente. Yo me encogí sobre mi misma cuando me volvió a agarrar por los hombros.

–Dejá de llorar… –Me levantó el rostro y limpió las lágrimas con sus dedos –No te iba a pegar, deja de llorar…

Me sostuvo el rostro, limpiando las lágrimas que no paraban de correr. De pronto hizo otro chasquido con la lengua y me envolvió en sus brazos.

–Shhh… –suspiró contra mi oído mientras comenzaba a frotarme la espalda. –No te iba a pegar…

No me resistí a su abrazo, no tenía fuerzas. Mi llanto se hizo de pronto más intenso, como si algo se hubiera destapado, y él me abrazó mas fuerte.

–Shhh… Ya pasó… Ya pasó…

Su palma dibujaba círculos tranquilizadores en mi espalda. Poco a poco me fui calmando hasta que las lágrimas caían por mis mejillas silenciosamente. Me aflojé y cerré los ojos un momento.

–Shhh… No quise asustarte…

Me sentía vacía y cansada. Me quedé quieta, esperando a que me soltara a pesar de que necesitaba el sostén, pero en lugar de eso me abrazó más fuerte. Sentí su respiración caliente contra mi cuello, su barba me raspaba la piel…

–Perdoname… –dijo mientras me apretaba y mecía –Deja que lo arregle…

Me pasó un brazo por la cintura alejándome del lavarropas. Me dejé arrastrar hasta que noté hacia donde me llevaba. Me tensé al instante.

–Deja que lo arregle…

El pánico me despabiló lo suficiente como para intentar zafarme, pero no pude. Me apretó con más fuerza aún, tanto que mis pies apenas tocaban el suelo cuando me arrastró dentro de su habitación.

No.

Me sacudí con la poca fuerza que tenía, y traté de empujarlo. Cuando mi muslo rozó su entrepierna, lo sentí…

No… no…

Quise gritar pero no me salía la voz. Me arrastró hasta la cama y se dejo caer sobre mi, aplastándome con su cuerpo. Cuando quise levantarme me empujó hacia abajo, apoyando sus manos sobre mi cuello.

–Quieta… No pasa nada… no pasa nada…

Sosteniéndome contra la cama, comenzó a masajearme el cuello mientras me apresaba las piernas con las suyas.

–Tranquila… Solo quiero hacerte esto…

Tragué saliva ante el tacto de sus dedos sobre mi piel y me quedé quieta, sin saber que hacer.

Después de un momento comentó –Se siente bien ¿Eh?

Eso me hizo volver a empujar hacia arriba, solo para que me volviera a apretar el cuello hacia abajo. Desistí después de un momento, y sus manos volvieron a moverse sobre mi.

Clavé la vista en el techo oscuro de la habitación, con impotencia y cansancio. Con el correr de los segundos, o minutos, mi cerebro se fue apagando…

Me masajeó el cuello un buen rato, y luego fue bajando lentamente. Cuando llegó a mis adoloridos hombros hice un gesto de dolor, a lo que el aflojó el apretón y siguió masajeando mas despacio sin decir nada.

Segundos… minutos… horas… Los ojos se me empezaron a cerrar.

–Sin esto sería mas fácil. A ver.. levantate.

Sin dejar de sujetarme las piernas con las suyas, dejó que me levantara lo suficiente para sacarme el buzo junto al guardapolvo por la cabeza. Luego me empujo hacia abajo otra vez y yo me deje caer sin fuerzas para sostenerme erguida.

–Eso es, mucho mejor… –dijo pasándome las manos por los hombros y los antebrazos desnudos. Toda mi piel se erizó.

–No pasa nada…

Bajó sus manos por mis brazos hasta mis muñecas. Luego las apoyó sobre mi vientre y un segundo después me levantó el borde de la remera. Metió las manos por debajo de la tela y las fue subiendo lentamente.

Empujé hacia arriba una vez más, inútilmente. Me sostuvo contra el colchón con una mano en el cuello y volvió a meter la otra debajo de la tela.

–No pasa nada, quedate quieta… Solo quiero verte.

Me exploró por encima del corpiño, acariciándome los pechos. Primer uno, y luego el otro, y una sensación de inevitabilidad me invadió.

Cuando me soltó el cuello ya no me resistí. Me levantó la remera hasta arriba y un segundo después me bajó el corpiño. Tragué saliva al sentir el aire sobre mis pezones. Tenía los pechos tirantes y duros a causa del frío y la lluvia.

Entonces sentí sus manos sobre mi de nuevo. Restregó las ásperas palmas por encima de mis pechos, hasta mi cuello, para luego bajar otra vez hacia abajo. Después los amasó y masajeó.

Los ojos se me humedecieron y se me hizo un nudo en la garganta. Mi piel parecía demasiado sensible… Demasiado sensible para mi cerebro.

Me separó las piernas para encajarse entre ellas, y se quedó contemplándome un momento. Tragué saliva y me cubrí los pechos con las manos solo para que me las agarrara y sostuviera a los lados de mi cabeza. Un momento después bajó la boca húmeda sobre mi piel. Me lamió un pezón hacia arriba y abajo y luego lo chupó con fuerza. Me sacudí de pies a cabeza y ya no pude procesar nada más. Deje caer la cabeza hacia un lado y cerré los ojos.

***

Carlos rodeó el angosto torso de Ana con las manos, y apretó la boca hambrienta contra su piel. Restregó la lengua contra el endurecido pezón y luego lo succionó hasta ablandarlo. Ana tembló bajo su boca otra vez y su erección dio un salto dentro de sus pantalones.

Apoyó la frente entre los pechos y tomó un par de bocanadas profundas, se sentía mareado…

Cuando se recuperó, descorrió la remera lo mas arriba que pudo y volvió a dedicarse a los pechos blancos y llenos que tenía en sus manos, con más lentitud. Le pasó la lengua y los labios por cada centímetro de su piel antes de volver a los rosados pezones. Se metió uno en la boca, y lo acarició con la lengua en círculos antes de chuparlo y apretarlo con los dientes. Ana volvió a retorcerse.

Pasó al otro pecho y lo chupó con más fuerza antes de mordisquearlo con los dientes. La boca se le llenó de tanta saliva, que tuvo que tragarla.

Pasó de uno al otro, lamiendo, chupando y mordisqueándolo hasta que lo sentía blando y sonrosado contra los labios. Luego pasaba al otro, dejando que el aire fresco volviera a endurecerlo.

Ana permaneció laxa e inmóvil bajo sus manos. Solo algún temblor, o el movimiento convulso de su garganta mostraban que estaba consciente. El entendía lo que le pasaba.. entendía lo que era que el cuerpo derrotara a la mente.

Sin despegar la boca hambrienta de sus pechos, le abrió el cierre del jean, y se abrió paso hasta su entrepierna sin encontrar resistencia. Cuando sus dedos tocaron su sexo, lo encontró húmedo.

Estaba excitada, aún si ella no lo sabía… Él si lo sabía.

Sintiéndose victorioso y movió los dedos húmedos en círculos sobre su vagina.

–Te gusta esto… ¿Eh…? Te gusta… –le susurró con voz áspera mientras le masajeaba el sexo palpitante y mojado.

Ana se retorció y empujó hacia arriba lo que hizo que sus cuerpos se apretaran aún más entre sí. Le succionó el pecho otra vez y ella se dejo caer hacia atrás mientras inspiraba aire repentinamente.

–Te gusta…

Apoyó la punta de sus dedos sobre su clítoris y masajeó en círculos pequeños y resbaladizos mientras observaba su reacción. Ella abrió mucho los ojos y se retorció levemente, el nudo en su garganta, subiendo y bajando. Se le escapó un gemido mudo cuando la penetró con los dedos.

Su vagina palpitó apretando y latiendo alrededor de su mano. Le hundió los dedos lo mas que pudo y la aplastó contra la cama con su boca. Le mamó los pechos al ritmo en que la masturbaba y al mismo ritmo comenzó a balancear las caderas hacia adelante y hacia atrás contra el colchón. Si no la penetraba pronto, iba a acabar dentro de sus calzoncillos.

Embriagado de excitación, se alejó con esfuerzo de sus pechos y con cuidado, desenterró los dedos de entre sus piernas. Ana estaba toda pálida y sonrosada y sus ojos cerrados estaban húmedos. La observó un momento, deleitándose en su cuerpo, en su vulnerabilidad…

Se alejó de la cama un paso y las piernas femeninas cayeron laxas hacia abajo, por el borde de la cama. Tiró de sus jeans y ropa interior, y todo se deslizó hasta sus tobillos. Trató de sacarle las zapatillas sin desatárselas pero no pudo, así que tiró de los cordones empapados y comenzó a deshacer los nudos.

De pronto sintió una sensación extraña en el estómago, una sensación parecida al remordimiento. El recuerdo de él atándole los cordones a una niña pequeña…

Apretó los ojos con fuerza y tiró de las zapatillas hasta que liberaron sus pies. La ropa calló al piso y quedó hecha un bollo al pie de la cama.

Se puso de pie y observó las piernas desnudas colgando, casi tocando el piso. Caminó hacia la cómoda, mirándola de reojo, pero Ana no hizo ningún intento de erguirse.

Abrió el cajón en busca de los preservativos. Se sacó de un movimiento la remera y el chaleco por la cabeza y los tiró al piso. Luego volvió a Ana. Después de abrirse el cierre, se bajó los pantalones junto a los calzoncillos. El pesado pene quedo apuntando hacia la cama, caliente e hinchado. Se lo acarició un momento con la vista fija en el vello púbico femenino… Después se enfundó la erección.

–No te dolerá tanto esta vez –murmuró mientras le levantaba y separa las piernas –Relajate…

Pero al momento de empujar dentro de ella, sintió como Ana se tensaba, contrayendo la vagina con fuerza. Carlos apretó los dientes y dejo caer su peso sobre ella, abriéndose paso hasta el fondo.

Una vez dentro de ella, sintió como se aflojaba al instante. Se le escapó un gruñido de alivio. Con la cabeza contra su cuello, comenzó inmediatamente a moverse dentro y fuera de su apretado cuerpo.

Ni siquiera se había fijado si seguía menstruando, no le importaba… estar dentro de ella era delicioso. La rodeó con los brazos, pegando sus labios contra su oído, y la embistió rítmicamente contra el colchón hasta perder la noción del tiempo y espacio.

Libre. Libre para liberar su deseo y su placer.

Preciosa…, dulce…, dulce… susurros inconscientes se le escapaban contra el oído femenino.

Se irguió de pronto, y sujetándola por los brazos, observó su propio pene deslizándose dentro y fuera de su vagina lentamente. Hinchado, húmedo, enrojecido… Tragó saliva, extasiado, y contempló el perfil de Ana.

Nuevo… Joven… Puro… Virgen… Y solo para él… Solo para él.

La boca se le hizo agua otra vez. Se arqueó lo mas que pudo y ayudándose con las manos le pellizcó y chupó la punta de los pezones mientras la seguía penetrando.

En su pasión la mordió sin querer y a Ana se le escapó un gemido de dolor que le hizo latir el miembro dentro de ella.

–Shhh– Carlos llevó la mano hacia su sexo, y comenzó a masajearle el clítoris otra vez. Apoyó dos dedos sobre el, y los movió con rapidez hacia un lado y hacia el otro.

Ana pestañeó varias veces y haciendo un gesto como de dolor, giró su rostro hacia arriba, estirándose y arqueando la espalda.

–Eso es…. eso es… –murmuró Carlos acelerando el movimiento de sus dedos y sus penetraciones. –Eso es…

Finalmente la soltó y la abrazó por la espalda mientras la embestía frenéticamente, ya incapaz de retrasar el orgasmo. Este llegó, arrasador, tensándolo de pies a cabeza, arrancándole un gemido animal desde el fondo de la garganta. Con las piernas contraídas a mas no poder, empujó su pene hasta meterlo completamente y eyaculó dentro sacudiéndose tan violentamente que movió toda la cama.

–Ogfff… ufff…

Temblando y cubierto de sudor, empujó una vez más dentro de su cuerpo y luego se desplomó sobre la cama, exhausto.

Largos segundos pasaron antes de que al fin reaccionara. Se irguió un poco para dejar de aplastar el cuerpo que yacía debajo de él, pero incapaz de levantarse, metió un brazo por debajo de Ana y la puso de costado. El pene flácido resbaló fuera de la vagina mientras la acomodaba a su lado.

La acarició dulcemente. Le acarició la espalda, la cara, el pelo y los pechos, mientras intentaba recuperar el aliento. Le repartió fugaces besos sobre su piel y le pasó los dedos por la húmeda mejilla. No alcanzaba a ver bien su rostro en la oscuridad de la habitación, solo los contornos.

La subió mas arriba en la cama hasta que sus pezones quedaron a la altura de su boca, y empezó a lamerlos y besarlos plácidamente. El pecho de Ana se hinchaba y descinchaba suavemente bajo su boca como un suave arrullo. En algún momento recostó la mejilla entre esos dos montes suaves y cálidos, y cerró los ojos por unos segundos sin darse cuenta de que se estaba quedando dormido…

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11 comentarios en “Ana XVI – Escombros

  1. Qué bueno q publicaste rápido, en esta historia nunca se sabe que pasará esta vez Ana no se salvó de lo q la esperaba en casa su terrible padre; q pasará ahora? Será q se quedan dormidos y llegará la madre de Ana? Mucha intriga!!!, espero el próximo sea muy pronto; ;esta historia es fuerte pero es magnífica! Felicidades por ello!

  2. Oh! Estuvo muy bueno el cap, acabo de empezar a leer la historia y tengo que decir que esta muy buena. ¿Cuándo subes? Me mata la intriga de lo que va a pasar. Bueno besos

    • Me alegra que te intrigue 🙂 El próximo capitulo esta en proceso, pero como siempre, no se cuando lo acabaré. Fijate que con la opción de seguir el blog, recibirás un mail tan pronto como publique. Gracias por comentar!

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