Ana XVIII – Flores rotas

Decile. Decile ahora.

Observé la espalda de mi mama, mientras un golpe de transpiración cubría la piel de mi frente. Tragué saliva tratando de juntar valor. Ella se dio vuelta con las manos enguantadas y me miró arrugando el entrecejo.

–¿Qué?

–Nada.

Decile…. Decile…

Me miró extrañada un segundo y luego alzó los hombros y continuó lavando el contenido del fregadero. Yo volví a clavar la vista en su espalda, el nudo en mi interior turnándose entre mi estómago y mi garganta. Inspiré una ráfaga de aire, contuve la respiración en mis pulmones unos segundos y finalmente desinflé el pecho sin decir nada otra vez.

Decile. Ahora. Ahora o nunca.

No había podido dormir en toda la noche. Cuando todos se había ido a dormir, me levanté sin hacer ruido y fui al baño a lavarme la cara y los dientes. La comida me había caído mal, pero no pude vomitar, así que me tome unos tragos de agua y me volví a acostar. Pasé toda la noche removiéndose en la cama, sintiendo a veces punzadas entre las piernas, y aveces nada. Me masajeaba y apretaba los pechos buscando la posición en la que no me incomodaran, pero no encontré ninguna. El sol había estado asomándose cuando al fin me había entrado sueño, pero para ese entonces decidí mantenerme despierta hasta que mi mama se levantara.

Durante todo ese tiempo mi mente alternaba entre alejarme de mi misma, llevándome a un lugar tan lejano, que ya no me podía ver, donde los pensamientos no existían y nada tenía forma ni sentido. Y luego… como si fuera caer desde esas alturas al piso mas frío y desnudo, me entraba una desesperación que me estremecía y paralizaba a la vez.

En varios de esos momentos, deslumbré una salida muy simple, demasiado simple, de todo esto. Tenía que contarlo. Tenía que decírselo a mi mama. Eso. Simplemente.

¿Cómo podía preferir esta situación, a decirle lo que había pasado? ¿Como podía ser tan débil? Por mas difícil que fuera, ¿como podía siquiera considerar no hacerlo?

Y sin embargo no solo lo consideraba, sino que me sentía incapaz de decirlo.

¿Como puedo ser tan débil…? Me pregunté con furia, acostada en la cama

¿Como puedo ser tan débil…?

Para cuando escuché el auto de mi papa arrancar y alejarse de la casa, había vuelto a sumergirme en la apatía y el estupor, lo cual era un descanso para mi. Me quedé acostada, observando el sol radiante que se filtraba por las rendijas de mi persiana, avisándome que afuera hacia un día despejado, mientras la impotencia se iba acumulando en mi interior a cuenta gota.

Eventualmente me sobrevino otra ráfaga de desesperación, y estaba vez la aproveché para salir de la cama. Me vestí de prisa, tratando de aferrarme a ese impulso y salí de la habitación.

Tenía que decirlo. Tenía que hacerlo. No tenía mas opciones.

Cerré los ojos con fuerza, y al abrirlos, observé la cocina a mi alrededor volviendo al presente. Mi mama se dio la vuelta y me miró alzando las cejas.

–¿Y…?

–¿Qué? –pregunté confusa.

–Uff dejá… lo hago yo. –Sacudió la cabeza mientras se sacaba los guantes y los dejaba en la mesada. Yo di un paso hacia atrás para dejarle espacio y la vi destapar el lavarropas y ponerse la prenda sobre el hombro mientras mascullaba algo en tono quejoso.

–…podrían haber puesto a lavar mas cosas eh. ¡A ver che! siempre en el medio vos, ¿qué te pasa?

Di unos traspiés hacia atrás para darle paso y con el cuerpo rígido la seguí por el pasillo hacia el patio con mi mente girando sobre sí misma frenéticamente.

¿Qué le digo…? ¿Qué le digo…?

La verdad.

¿Cuál es la verdad…? ¿Cómo fue la primera vez…?

No lo recuerdo…

Si lo recuerdo. Me fue a buscar al colegio.

¿Me forzó?

No. ¡Si…!

¿Si…? No tengo moretones, ni ninguna herida visible. No tengo nada terrible. Lo suficientemente terrible como para que nadie dude de mi. ¿Significa eso que no me defendí lo suficiente…? ¿Significaba eso que no me forzó realmente… ?

¡Basta!

Sacudí la cabeza para cortar esa linea de pensamiento.

Lloré durante días…

Había sangre…

Había dolor…

No olvides eso, no lo olvides..”

El cuerpo casi me temblaba mientras seguía de cerca a mi mama hacia la parte trasera de la casa.

Ni siquiera tengo que decirle que fue él. Puedo decirle que fue otra persona… Ese día que llegué tarde a casa, y ella me vio y no le importó… le puedo decir que ese día un hombre me agarró en la calle…

Pero no tengo golpes ni marcas.

No. Porque fue hace días. Ya sanaron.

¿Y por qué no dije nada hasta ahora?

Porque estaba shockeada, porque me daba vergüenza…

Me llevaran a la policía. Haré una denuncia y mi mama se pondrá ridículamente protectora. Le contará a todos mi tragedia. O mejor dicho, su tragedia. Tendré que cambiarme de colegio. Pero él no me volverá a tocar. Se dará cuenta del daño que me hizo… Se dará cuenta de que esta es mi forma de defenderme…

¿Y si no lo hace? ¿Y si todo sigue igual…?

¡Basta!

Abrí la boca con el corazón martillándome en el pecho.

¿Y si me hacen un estudio médico, y averiguan que ocurrió mas de una vez?

¿Que les diré… que me violaron en la calle más de una vez?

Se darán cuenta que les mentí. Me acusaran de mentirosa. Pensaran que soy una atorranta. Una puta arrepentida. Mi madre se avergonzará de mi, le pedirá perdón a los policías. Mi papa se enojará… Nunca mas podre denunciar nada.

Ya habíamos llegado al patio. El sol brillante me cegó un momento los ojos sensibles.

–¿Que, me estas siguiendo? –Comentó mi mama riendo mientras arrojaba la frazada sobre el cordel y se disponía a acomodarla y prenderle los broches.

Un novio abusivo. Le puedo decir que tenía un novio que me abusó y me amenazó. Y que no se lo había dicho porque él me lo había prohibido.

¿Y dónde lo conocí?

En algún lugar… En la casa de una amiga.

¿Y si me preguntan el nombre?

Me lo invento.

¿Y si me preguntan a que colegio iba? ¿Como era? ¿Donde nos encontrábamos? ¿Donde vive?

¿Y si el nombre que les doy coincide con el de una persona real?

¿Y si arrestan a alguien inocente por mi culpa?

¿Y si no me creen que no se ni el nombre ni la dirección?

¿Y si no me creen…?

Podía escuchar mi circulación en mis oídos. El cielo azul y el sol de invierno parecían estar separados de mi por un campo de fuerza invisible. Me estaba mareando.

“La verdad… Decile la verdad…”

–¿Que pasó allá? –Preguntó mi mama de pronto, desenfocando mis pensamientos.

Levanté la vista y miré vagamente el patio.

–N–no se…

Tomé aire, conteniendo las náuseas.

–Mamá… –Tartamudeé.

–¿Que pasó? –Repitió con tono alterado mirando hacia el rincón del patio.

–No se –Volví a repetir. Tragué saliva y volví a intentarlo.

–Ma… –susurré, esperando que mi tono de voz hiciera que me mirara. Pero no lo hizo. Se alejó hacia el rincón del patio, dándome la espalda.

–¡¿Que paso acá?! –Dijo señalando el rectángulo de flores, todo pisoteado y aplastado en la parte del medio.

–No se.

–¿Cómo que no sabes? ¡Si sos la única que anda por acá! ¿Que hiciste?

–Yo no hice nada…

–¿Y quien entonces? ¡¡Mira como esta esto!! ¡Esta todo destrozado!

–Yo no fui… –Respondí distraída, intentando aferrarme al impulso de soltarlo todo, pero ella no me escuchaba, parecía haber entrado en una espiral de histeria, cada vez gritando mas fuerte.

–Son solo flores, hablá mas bajo –Le dije en tono neutro, pero eso solo lo empeoró.

–¡¿Para que?! ¿Para que los vecinos no se enteren de la hija que tengo? ¿de que encima que no haces nada en todo el día, me destrozas lo poco que tengo…?

Ruborizada de vergüenza susurré –No fui yo… fue sin querer…

–¡¿Sin querer?! –Gritó con ese tono agudo que tanto odiaba –¡Pero si esta todo destrozado, parece que lo hubieras hecho a propósito…!

–Hablá más bajo…

–…Yo trato de hacer algo bueno… trato de poner algo lindo en la casa, para todos… De mejorar la casa… y me haces esto… ¿Te pensas que tengo tiempo para arreglarlo…? ¿Ahora tengo que pasarme el fin de semana de rodillas acá, arreglando esto…?

–Yo las arreglo.

–¡Ja! ¡¿Vos lo vas a arreglar, que no sabes nada de jardinería?! ¡Por favor! Nadie lo va a arreglar, esto no se puede arreglar…

–¡Son solo flores, deja de exagerar! –Le grité, ya sin poder contenerme.

–¡Claro…! Son solo flores… son solo flores… –Se puso de pie y me miró con una calma engañosa –Vamos a ver como reaccionas vos cuando te destruyen algo que valoras. ¿Eh? Vamos a ver…

Pasó a mi lado hacia dentro de la casa y se dirigió a mi habitación. Yo corrí para alcanzarla y la agarré del brazo.

–¡No! ¡Basta!

–Vamos a ver si te gusta que te rompan tus cosas… –entró a mi pieza y miró alrededor antes de dirigirse a mi mesa de luz. No llegué a interponerme, tiró del cajón y agarró lo primero que vio, mi viejo walkman y lo arrojó contra el piso. El cajón cayó al suelo también, desparramando su contenido por todas partes. Luego se dirigió a la cómoda.

–¡Basta! ¡Salí de mi habitación! –Le grité arrancándole mis cosas de sus manos.

–¿Este libro te importa, eh? –dijo agarrando un libro de la repisa. Luego lo abrió y le arranco un pedazo antes de que pudiera sacárselo. Cuando agarró otro libro, intenté arrebatárselo y me quedé con la tapa en mi mano.

–¡Basta! Esto es estúpido ¡Basta!

–¿Que? ¿No te gusta que te rompan las cosas? Pero si son solo libros, ¿qué importa?

–¡Basta, estas siendo histérica! ¡deja mis cosas en paz! –Los ojos se me llenaron de lágrimas de bronca e impotencia mientras la veía tirar muñecos, libros y ropa al piso, buscando algo rompible.

–¡Basta, basta!

De pronto perdí el control. Ya no aguantaba más.

–¡¡Fuera de mi habitación!! –Grité desde el fondo de mi estómago agarrándola de un brazo y empujándola hasta la puerta. –¡¡Fuera!! –mi mama trató de plantarse en el piso pero no pudo contra el empujón que le di, con todas mis fuerzas, arrojándola fuera hacia la cocina. –¡¡Fuera de mi habitación!! –Le grité ya afónica y llegué a ver, en el segundo que tardé en cerrar la puerta de un portazo, sus ojos abiertos con asombro y su gesto pasmado.

Apoyé la espalda contra la puerta y me deslicé hasta sentarme en el piso, temblando. El corazón me latía aceleradamente y los oídos me zumbaban.

–Está loca… Está loca… –Susurré inaudible, mientras lágrimas calientes se derramaban por mis mejillas. –Está loca…

Respiré entrecortadamente a causa del llanto encerrado en mi pecho, hasta que me fui calmando lentamente. Del otro lado de la puerta no se escuchaba nada. Mi mama no volvió a gritar y de hecho no volvió a decir nada.

Sentada contra la puerta, contemplé mis cosas desparramas por el piso mientras el fuego en mi interior se iba apagando, llevándose todo con el. Un frío invadió mi cuerpo, un vacío que se sentía como un agujero negro.

Permanecí inmóvil, paralizada, con la mirada perdida y los ojos muy abiertos, mientras lágrimas caían hasta gotear de mi barbilla a mi remera.

Finalmente la sensación pasó, y me pude mover de nuevo. Gateé lentamente hacia delante, y empecé a juntar mis cosas, metiéndolas en el cajón así nomas. Era pura basura. Algunas monedas, algunos stikers de chicles, algunas entradas para los boliches que había guardado porque me gustaban los dibujos que tenían… Guardé mi walkman sin fijarme si andaba, de todos modos no lo usaba mucho. Fugazmente pensé que era bueno que ya no tenía un diario. La idea de que me lo leyeran o tocaran siquiera, me enfermaba. Me sentía enferma de todos modos. Esta pequeña destrucción me había roto mas por dentro que por fuera. Levanté los libros y guarde los pedazos juntos para luego pegarlos con cinta. Agarré los muñecos y aun sabiendo que era infantil, les acaricié la cabeza a cada uno mientras los volvía a poner en la repisa. Me quedé con uno, mi viejo oso rosa, lo había ganado en una de esas maquinas tragamonedas hace varios años, y me acosté en la cama haciéndome un bollito, con el oso entre los brazos.

En la cocina se escuchaban algunos ruidos, el sonido del televisor mas que nada, y luego el de las ollas y satenes, pero mi mama no se atrevió a tocar mi puerta ni a dirigirme la palabra durante el resto de la mañana, de lo cual estuve agradecida.

Dormité en la cama, envuelta en un estupor de cansancio emocional hasta, calculo, al rededor del medio día. Entonces mi mama rompió su inhabitual silencio.

–Ya esta la comida… –Dijo a través de la puerta. –Por si queres comer… –agregó en tono inseguro.

No contesté, sintiendo un bienestar perverso al notar que tenía miedo, o vergüenza, de enfrentarme. Pero sabía que no duraría, sabía que pronto estaría comportándose igual que siempre.

Al rato comentó por ultima vez:

–Bueno… ahí te dejo la comida… Me voy a trabajar… –Pareció esperar unos segundos antes de cerrar la puerta detrás de ella, con llave. Un momento después se escuchó el sonido de su coche arrancando y alejándose de la casa y me di cuenta que incluso su silencio había sido ruidoso. Suspiré aliviada sabiendo que ya no estaba en la casa.

El alivio incluso fue suficiente para empujarme fuera de la cama y salir de la habitación. Arrastré los pies por la cocina hasta la ventana y mire hacia la calle vacía, luego tanteé la puerta de entrada, comprobando que estaba cerrada. Apagué el ruidoso televisor y contemplé la casa vacía. Siempre parecía ser otra casa cuando estaba vacía. Un hogar de una realidad alterna. Crucé el comedor hasta el pasillo y salí al patio soleado. Me senté en la escalerita y apoyé la pera sobre las rodillas.

La frazada se ondeaba en el cordel a causa de una suave briza. El sol bañaba el patio, incluso el rincón donde yacían unas cuantas flores aplastadas…

La sensación de fatalidad y desesperación volvió a invadirme y esta vez deje que me atravesara libremente. Comencé a mecerme rodeándome con los brazos, tratando de no hacer ruido mientras lloraba convulsivamente. En un momento hundí los dedos en mi pelo y tiré con brutalidad de mi cuero cabelludo una y otra vez.

–Son solo flores, son solo flores… –murmuré sin parar mientras me mecía hacia delante y hacia atrás. –…maldita histérica, estúpida, te odio…. te odio…

De pronto me golpeé la mejilla con la palma abierta.

–…son solo flores, son solo flores… –me abofeteé de nuevo, y otra vez, hasta que sentí las mejillas arder. –…te odio, te odio…

Me arrodillé en el piso y bajé la cabeza hasta que el pasto tocó mi frente. Deseaba simplemente poder vomitar todo lo que sentía adentro, pero no pude. Me puse de pie y giré tambaleándome, como buscando algo sin saber qué.

Finalmente me dirigí hacia las malditas flores. Me arrodillé frente a ellas y después agarrar un manojo, las arranqué de raíz y las arrojé lejos sobre el pasto. Cuando fui a agarrar otro montón, me sacudí de dolor cuando una espina se hundió en mi piel. Con mucho cuidado, la quité de mi dedo y observé la gota de sangre, sintiendo que era la gota que rebalsaba el vaso.

Me dejé caer sobre el pasto, ya sin ganas de destrozar nada. Apoyé la mejilla sobre la tierra, y aflojé todos los músculos deseando poder disolverme en millones de partículas…

Cuando volví a abrir los ojos, el sol ya no alumbraba las flores ni mi piel. Se había movido sobre el cielo lo que parecía ser un buen par de horas.

Tragué saliva, y con esfuerzo me fui levantando hasta ponerme de pie. Un temblor de frío sacudió mi cuerpo entero. Entré a la casa, pasándome las manos por los brazos para secarme la piel de gallina y me dirigí a mi habitación. Después de ponerme un pulover de lana viejo, agarré mi mochila y vacié el contenido sobre mi cama.

Lo contemplé un buen rato, meditando sobre qué cosas eran realmente de valor. Nada parecía tener verdadero valor… Agarré los dos billetes de 100 que me había dado mi papa hace unos días. No los había gastado ni los pensaba gastar.

“Ojala los perdiera, ojala me hubiera destrozado todo… así tal vez ya no tendría excusas para quedarme…” me dije, con rabia resignada.

Finalmente guardé todo el contenido dentro de la mochila otra vez, menos la caja que había ido a buscar. Fui a la cocina y después de llenar un vaso con agua de la canilla, leí las instrucciones varias veces. Mire el reloj. Eran las 3… Había escuchado que era bueno tomarlas siempre a las misma hora, pondría la alarma en el celular para acordarme. Inspiré aire profundamente, de pronto sentía un nudo en la garganta. Saqué la primer píldora anticonceptiva de la tableta y la tragué ayudándome con el agua.

“Ya esta… esta hecho…” pensé, pestañeando para despejar las lágrimas.

Volví a mi habitación y decidí que el lugar mas seguro para las pastillas seguía siendo mi mochila, así que las puse ahí de nuevo. Me soné la nariz con papel de cocina, y caminé hacia el patio sintiéndome más tranquila por alguna razón. Ya era claro que no iba a ir al colegio, así que decidí que el día de hoy lo emplearía en limpiar y acomodar algunas cosas de la casa, barrer los pisos, tal vez incluso lavarlos. Guardé dentro la frazada, que ya estaba seca, y volví a salir al patio con una cuchara en la mano. Recogí con cuidado las flores que yacían lánguidas sobre el pasto, y después de hacer un pequeño pocito junto a las demás, las volví a plantar en la tierra.

–Perdón… –susurré.

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8 comentarios en “Ana XVIII – Flores rotas

  1. Definitivamente tu problema no va por el fondo, sino por la forma. Necesitas un editor de estilo. Ojalá alguien se ofrezca o tú lo busques. Desconozco si en Argentina hay libros de lexicografía, pero si encuentras uno, su lectura es PRIORITARIA. La Gramática de la RAE debería ser tu acompañante permanente. Con respecto al fondo. Sí, es narración intensa, apasionada, descarnada, envolvente. Bien, hay mucha madera por aprovechar. Fiel reflejo de la adolescencia de la protagonista. Y si se le suma, la ansiedad que le quieres impregnar, entonces resulta en algo interesante de leer. Aunque yo le daría más profundidad con respecto a la idea central. La cual es, la pérdida de la virginidad. Esa madre, que pierde los papeles fácilmente, es una perfecta candidata para ganarse la marca de bipolar y eso, sería más atrayente aún. Porque el mundo de un bipolar es complicado, retorcido y tentador.

  2. Hola, la verdad me encanta la historia, es simplemente excelente. Te felicito por tan gran historia que estas creando y bueno solo queria saber cuando subes próximo capítulo, es que muero por otra escena del papa y Ana. Bueno besos.

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