Ana XIX – Normal

Me di un largo baño ya que no había duchado desde el día anterior y estaba llena de tierra y pasto. El agua caliente se llevó la tensión y las ganas de limpiar toda la casa. Al final decidí que solo barrería las habitaciones y sacaría el polvo de los lugares visibles.

Mientras me vestía en mi habitación sentí la tentación de acostarme pero sabía que si lo hacía, no volvería a levantarme en todo el día y estaba empezando a sentir miedo de acostumbrarme a eso. Acostumbrarme a la quietud.

Vestida y con una toalla envuelta en la cabeza, salí de mi habitación hacia el comedor.

Cuando me encontraba así, sola en la casa, lo cual pasaba seguido, me imaginaba cómo sería si esa casa fuera solo mía. A algunos tal vez les parezca una fantasía solitaria, o con demasiadas presiones para alguien de mi edad, pero a mi la idea me hacía suspirar de anhelo. Sabía que si me viera empujada a ello sería capaz, de algún modo, de llevar adelante la casa por mis propios medios. Conseguiría un trabajo de alguna manera, tal vez mis tíos me ayudaran… y lograría pagar todas las cuentas. “¿Por qué no? ¿Qué tan difícil puede ser?” Me pregunté mientras me servía un vaso de gaseosa.

Aun si no estaba al tanto de todo lo que implicaba mantener una casa, tenía la sospecha de que mis padres no eran los mejores administradores para un hogar. Algo en el carecer de mi mama, que siempre parecida algo volada y desorganizada. Y mi papa… con sus egoísmos.

Yo en cambio no gastaría en nada que no necesitara realmente. Haría comidas mas sencillas y reciclaría y arreglaría algunas ropas viejas que tenia guardadas sin usar hace tiempo.

En fin… Tal vez me estaba engañando, pero ¿a quién le importaba? Era una fantasía genial y lograba distraerme. Ya eran las 7 pm y ni mi mama ni mi papa había regresado todavía.

“Por mi que no regresen nunca…”

Dejé el vaso vacío en el fregadero y con la escoba en mano fui a la habitación de mis padres. Prendí la luz y me quedé indecisa en el marco de la puerta. Siempre me había parecido una habitación prohibida. Una habitación adulta y de alguna manera escalofriante. Siempre parecía estar a oscuras… incluso de día.

Si viviera sola, esta debería ser mi habitación, pensé. Era un poco más grande que la mía y tenía un enorme ropero blanco…

Mi mirada se detuvo en la cama de dos plazas y me quedé como trabada varios segundos. Cerré los ojos con fuerza y sacudí la cabeza para despejarme. Entré en la habitación y comencé a barrer despacio.

Mejor me quedaba con mi habitación. ¿Para que mas? Apenas si era un poco más pequeña que ésta. La de mis padres sería… El cuarto del arte. O para hacer gimnasia. Siempre quise un cuarto para hacer piruetas o cosas así. Pondría una colchoneta de yoga en el piso, y uno de esos armazones de madera para sostener cuadros. No sabía pintar, pero con tiempo y espacio podría aprender. Siempre había querido aprender algo interesante como pintura o música, pero mis padres nunca tuvieron dinero para eso. O eso decían.

Me agaché para barrer debajo de la cama y el movimiento me causó como un tirón entre las piernas. No fue muy doloroso pero fue suficiente para pinchar mi fantasía. Me senté en el piso y apoyé la espalda contra la cama tratando de controlar mi pulso antes de que se me desbocara. Contener las lágrimas antes de que se desbordaran. Miré las paredes y me pregunté de color las pintaría. Cerré los ojos y me las imaginé de varios colores. Colores ridículos como azul eléctrico, o fucsia o amarillo fluor. Abrí los ojos y me reí ante esa imagen. Fucsia…

De blanco… o un beige muy claro, decidí al fin. Eran colores puros y tranquilos. Y abriría las ventanas para que entre la luz y el aire. Cambiaría esas horribles cortinas naranjas por unas blancas… Mantendría el piso siempre limpio y encerado, y solo me movería usando patines de lana. Volví a sonreír pensando en mi misma patinando por toda la casa…

Me giré y después de apoyar las rodillas en el piso terminé de barrer debajo de la cama. Luego, con ayuda del borde de la cama, me puse de pie. Barrí el montón de sociedad hacia la cocina y me puse a barrer ahí también. Luego junté todo y lo tiré al tacho de basura bajo la mesada. Miré la casa satisfecha. Solo barrer hacia una gran diferencia. Agarré el trapo rejilla del lavamanos y después de humedecerlo y retorcerlo para quitarle el agua, le saqué el polvo a todos los muebles del comedor. Incluyendo la pantalla del televisor, que siempre me olvidaba. Enjuagué el trapo e hice lo mismo en la habitación de mis padres. Estaba por salir y apagar la luz, cuando pensé en el ropero, y en el primer cajón. Mejor dicho, en su contenido. Dejé el trapo en la cocina y volví a la habitación. Arrodillada en el piso abrí el primer cajón, el cajón de mi papa. A primera vista no se veía nada extraño. Un montón de pares de medias y ropa interior, pero apenas las removí encontré las cajas de preservativos.

¿Es que mi mama nunca le abría el cajón? Me pregunté confundida. Parecía ser un descuido ridículo. Las cajas estaba casi a plena vista…

Aparté las medias y encontré también la tableta de analgésicos. Me mordí el labio, meditando si debía o no tomar una. O dos. No me gustaba tomar pastillas, pero tal vez me ayudaran a dormir…

Un auto paró al frente de la casa, tomándome por sorpresa. No había logrado distinguir de qué auto se trataba. El corazón se me desbocó en un segundo. Observé el cajón abierto y se me ocurrió algo: Si mi mama llegaba a ver esas cajas se armaría un gran revuelo en la casa. Mi papa no tenía porqué tener esas cosas, ella se había hecho una ligadura de trompas hace unos años, y aunque no sabía del todo en qué consistía esa operación, sabía que significaba que ya no te podías quedar embarazada.

Tiré del cajón hasta abrirlo bien, y puse las cajas arriba del todo para que se vieran con facilidad. El color azul sobresalía claramente por encima del blanco de las medias. Me puse de pie de prisa y apagué la luz. Alguien estaba girando la llave en la cerradura de la puerta, no llegaría a mi habitación, así que me quedé frente a la mesada de la cocina.

La puerta de entrada se abrió, y mi papa ingresó en la casa. Me miró durante un par de segundos antes de terminar de entrar y cerrar la puerta detrás de él. Paralizada, me di cuenta de que aún tenía la toalla en la cabeza. Me la quité ruborizada, y la dejé sobre el lavarropas.

–¿Esta tu madre…? –Preguntó mientras se sacaba la campera y la dejaba en el sillón. Negué con la cabeza y se hizo el silencio mientras me observaba con intensidad. Me di la vuelta con el cuerpo contraído y sin saber que hacer abrí la canilla de agua caliente y me dispuse a lavar el contenido del fregadero. Mientras me ponía los guantes de latex escuché como cerraba la puerta de entrada con llave.

El sonido de mi pulso era tan fuerte que penas me permitió ser consciente sus pasos caminando hacia su habitación, pero escuché el sonido de un cajón cerrándose con toda claridad. Tragué el nudo en mi garganta y seguí lavando el mismo plato apesar de que ya estaba completamente limpio.

Los pasos volvieron hacia la cocina y se detuvieron a unos metros detrás de mi. Podía sentir su mirada en mi espalda. Dejé el plato en el secaplatos, sorprendida de que no me temblara la mano y agarré una taza.

De pronto unos brazos me rodearon por la espalda y la taza resbaló de mi mano hasta golpear contra un vaso de vidrio que sonó a roto.

Me apretó como si fuera un muñeco y me meció ligeramente.

–¿Cómo estas…? –Susurró contra mi oído antes de apoyar la barbilla contra mi hombro. Yo estaba congelada con las manos enguantadas y llenas de detergente suspendidas en el aire.

–¿Mmm…? –Me besó en el cuello y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Tragué saliva y me encogí sin saber que hacer.

–E-estoy lavando… –Susurré estúpidamente.

Me sostuvo en silencio, apretándome contra su cuerpo, frotando contra mi piel su barba creciente.

–¿Por que abriste mi cajón? –Preguntó entonces.

Me recorrió un temblor de pánico ante su posible enojo. Negué con la cabeza aunque el gesto no tenía sentido.

–¿Buscabas las pastillas…? ¿Te duele algo…?

Su tono preocupado hizo que los ojos se me humedecieran y la garganta se me cerró en un nudo. Esperó un momento y ante mi silencio hizo un chasquido con la lengua. Bajó el brazo que tenía rodeándome el abdomen y apoyó la mano sobre la costura de mi pantalón.

–¿Te duele ahí?

Volví a negar con la cabeza sin pensar, e inmediatamente después asentí en afirmación. Me sacudí hacia atrás cuando metió la mano dentro de mi pantalón, pero me congelé en el acto al sentir su entrepierna contra mis nalgas.

–¿Te duele…? –volvió a preguntar con la mano sobre mi ropa interior.

Asentí de nuevo esperando que me soltara y sabiendo al mismo tiempo que no lo haría.

Entonces metió la mano debajo de mi ropa interior. Me sujeté de la mesada con los guantes resbaladizos y me agaché hasta casi llegar al piso para alejarme de su tacto pero él me alzó con el otro brazo hasta ponerme de pie y finalmente me cubrió el sexo con su mano grande.

Aspiré aire con fuerza al sentir sus dedos sobre mi vagina y una vez más me sentí incapaz de gritar. Cuando comenzó a moverlos empujé el cuerpo hacia atrás de nuevo, apretándome contra su entrepierna sin querer, y luego volví a aflojar las rodillas, tratando de agacharme en el piso, pero me mantuvo alzada por la cintura sin esfuerzo.

Finalmente y sin nada más que hacer me quedé inmóvil, precariamente en pie, mientras me manoseaba. Me pasó la palma y los dedos por la vagina, moviendo su mano hacia adelante y hacia atrás hasta ponerme los nervios de punta. Giré el rostro hacia la izquierda cuando apoyó su boca contra mi oído, cubriéndome la piel con su respiración caliente.

Siguió frotando mi entrepierna con la mano y luego la apretó contra mi sexo como si quisiera penetrarme con la punta de los dedos. Me sacudí de dolor.

–¿Ahí te duele? –dijo aliviando la presión.

Afirmé con la cabeza, haciendo un gesto de dolor. Entonces volvió a presionar en el mismo lugar con más fuerza.

–A-auu… –Susurré retorciéndome inútilmente.

–Shh, ya va a pasar… –dijo contra mi oído mientras comenzaba a masajearme en círculos justo sobre la entrada de la vagina.

Contraje las piernas durante unos segundos y luego afloje todos los músculos tratando de que la sensación dolorosa pasara a través de mi cuerpo sin encontrar resistencia. Mi papa me sujetó firmemente y siguió masajeándome en silencio en medio de la cocina mientras mis manos descansaban dentro de sus guantes de goma, sobre la mesada de granito.

El único sonido que se escuchaba era el de su respiración sobre mi oído y mis gemidos internos, o cuando tragaba saliva convulsivamente.

En un momento metió la mano por debajo de mi remera para apretarme los pechos y pellizcarme los pezones. Tragué el nudo en mi garganta y apreté los párpados con fuerza.

–Ya… ya se te va a pasar… –Murmuró en mi cuello para luego pasarme la lengua por la piel de esa zona.

Después de un tiempo indefinido, movió los dedos calientes desde mi vagina hacia mi clítoris, haciendo que se me aflojaran las rodillas. Abrí los ojos de par en par y se me escapó un gemido mientras su mano me apretaba en círculos esa sensible zona. No quería tener un orgasmo.

El pareció darse cuenta y volvió a bajar los dedos hacia mi vagina. Sentí como mis labios íntimos se abrían, revelando la humedad. Me apretó los pechos con mas fuerza cuando los dedos se le mojaron, y yo cerré los ojos y giré el rostro, sumida en la vergüenza.

Siguió presionado, haciendo círculos hasta que ya no sentí dolor, como si un músculo se hubiera aflojado, o como si se hubiera acostumbrado al dolor. Probablemente fuera lo segundo, porque me sentía desfallecer…

Miré a mi alrededor envuelta en una sensación de irrealidad. Todo se veía diferente de pronto, como si alguien hubiera cambiado el contraste o el brillo de una pantalla. La luz fluorecente de la cocina era demasiado blanca. La textura de la pared era demasiado nítida, nunca había notado todas las pequeñas fisuras que parecían cubrirla de par en par…

Entonces volvió a presionar con dos dedos y estos resbalaron hacia dentro de mi vagina. Estiró el brazo para penetrarme mejor, y empezó a hundir los dedos en mi interior con insistencia mientras me acariciaba el clítoris con el pulgar.

Deje caer la cabeza hacia atrás, contra su pecho, incapaz de sostenerme por mi misma. Mi cuerpo parecía estar fuera de mi alcance. Si contraía un solo musculo iba a tener un orgasmo. Tal vez ya lo había tenido, mis nervios estaban agotados… ¿Lo había tenido? No… Solo habían sido puntadas de dolor. Era difícil distinguir aveces…

Finalmente aceleró el ritmo hasta penetrarme frenéticamente y no pude resistir mas. Apreté las piernas y me contraje con fuerza tratando de contener las sacudidas. Mi vagina se contrajo alrededor de su mano, apresando sus dedos en contra de mi voluntad. Entonces los siguió moviendo por dentro alargando mi orgasmo, disolviéndolo en un montón de sensaciones. Apoyé la frente sobre mi brazo en la mesada, tratando de calmar mi respiración mientras él seguía flexionando sus gruesos dedos en mi interior que palpitaba y se contraía sin que lo pudiera controlar. Me sentía mareada, tenía los ojos llenos de lágrimas.

Su mano siguió penetrándome despacio largos segundos después de que acabara y cuando al fin sacó los dedos de entre mis piernas, los pasó sobre mi clítoris provocándome una sacudida nerviosa. Los apoyó ahí y movió el dedo medio haciéndome sacudir involuntariamente de nuevo. Acarició mi clítoris un par de veces más, provocando un temblor cada vez, como si disfrutara de mi reacción. Mi respiración se entrecortó y las lágrimas se desbordaron por mis mejillas.

–Mi amor… Shh… –Me meció suavemente, besándome el cuello y la mejilla –No pasa nada cariño. No pasa nada… Es normal. Es normal…

Retiró la mano de mi entrepierna y después de hacer correr el agua de la canilla, se lavó y se secó en la toalla sobre el lavarropas. Luego tiró de mis guantes y los dejó a un lado. Sin dejar de abrazarme por la espalda, me empujó con el cuerpo hacia su habitación. Me dejé arrastrar sin ofrecer ninguna resistencia. Estaba tan aturdida y cansada que no supe que estaba en la cama hasta que me choqué contra ella. Me apretó contra el borde y me dobló el cuerpo hasta acostarme boca abajo. Puse la cara de lado para poder respirar y observé su contorno oscuro recortado contra la pared, pero cuando cerró la puerta ya no pude ver nada más.

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16 comentarios en “Ana XIX – Normal

  1. Uf la q se le avecina a Ana!!! Yo nunca he entendido como el tipo tiene tanta suerte de encontrarla sola y poder hacer todas sus cochinadas, tus capítulos siempre son buenos,aunque para mi gusto tardas mucho,pero entiendo q no es fácil ser la escritora; aunq amaría q fuesen más largos ya q no son para nada seguidos así sería más fácil la espera, mi humilde opinión! Siempre esperando q el próximo sea en breve, saludos!

      • Quizás es sólo q lo espero tanto que se me hace corto a la hora de leer , estoy acostumbrada a leer cosas más largas y seguidas podría se q estoy mal acostumbrada o es solo la impresión jejeje. Igual es solo mi opinión saludos y gracias por publicar (ruego el próximo sea pronto) 😉

  2. A mi en lo personal me gusta la historia, tiene poco que comence a leerla y justo ayer termine el ultimo capitulo y que bueno que ya subieron el nuevo…me encanto la historia. Suerte

    • Ya he escrito parte del final. El tema es que no se vuelva repetitivo hasta entonces… Voy a tener que imprimirlo porque me está costando diferenciar lo que ya escribí, de lo que pensé xd. Saludos!

  3. hola, hace poco que empece a leer tu blog, me gusta muchisimo pero me gustaría pedirte que siguieras con la de capitalismo o que le des un final :), por cierto espero el proximo cap de ana

  4. Un tema super delicado, me encanta la historia, hace poco la empece a leer y me gusto mucho la forma en la que la narras, trasmites muy bien los miedos de la pobre ana, en espera del proximo capitulo.. que sea largo para no termimarlo. 🙂 saludos!!!

  5. No se mucho del tema, pero para mi esta un poco repetitivo. Pero si me permites estoy deacuerdo con el comentario anterior: relatas muy bien sus miedos. Que bueno seria un final feliz para la chica. Podria terminar sola y con la casa; y por que no, con una buena herencia o algo por el estilo. Un saludo respetuoso para Ti. (felicidades)

    • Gracias! Si, definitivamente me estoy repitiendo. Me cuesta resumir o saltear el tiempo, estoy prácticamente narrando el día a día y se hace pesado. Trataré de agilizar en los próximos capítulos.
      Saludos!

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