Ana XX – Mantra

Era las 7 am. De alguna manera estaba sentada en el comedor, desayunando con mi mamá.

–Abrigate mucho que hace un frío terrible afuera. Esta helando.

–Si…

Seguimos comiendo en silencio. Era el primer desayuno temprano que tenía hace días y decidí aprovecharlo comiendo todas las tostadas con mermelada que me entraron en el estómago. Lo bajé con te con leche caliente.

–¿Necesitas un certificado por la semana pasada…? –preguntó mi mama cortando el silencio.

–No, ya fue… –contesté secamente. La verdad es que me hubiera venido bien un certificado médico para darle a la profesora de gimnasia pero ya era tarde. De todos modos no había faltado en lo que iba del año. Y no pensaba seguir faltando.

–¿Que pasó ayer? –preguntó de pronto entrecerrando los ojos.

–Nada –respondí sobresaltada. –¿Por qué?

–Rompiste un vaso.

–Ah…

–“Ah” si… “ah” ¿Te pensas que tenemos vasos de más? ¿Ya cuantos quedan…? ¿Tres?

Baje la mirada a mi tasa tratando de contener la bronca. Como siempre, yo había limpiado toda la casa y ella se quejaba por un vaso. Como si hubiera leído mi silencio agregó de prisa:

–Bueno… está bastante limpia la casa también… aunque seguro te olvidaste de las ventanas y la pantalla del televisor.

–¿Por qué no te fijas? –murmuré con la mandíbula tensa.

–No puedo, no tengo tiempo… –Se puso de pie y dejo su taza en la masada. –Por cierto, hoy no vengo a dormir. Me llamaron para cuidar a la abuelita de la otra vez, así que me quedo en su casa hasta mañana y de ahí me voy al hospital directamente.

Clavé la mirada en la mesa y dejé la tostada a un lado. Ya no podría comer más esta mañana. Con mi vista periférica podía ver la puerta cerrada de la habitación de mi papa que aún dormía.

–¿Me escuchaste? No vengo hoy.

–Si. Te escuché.

–Bueno… me voy que llego tarde. –Agarró sus llaves y su bolso y salió de la casa.

Siempre estaba llegando tarde, no importa que tan temprano se levantara o que tan antes se arreglara para salir. No lo entendía.

Apoyé los codos sobre la mesa y presioné las palmas contra mis ojos. Me sorprendía la cantidad de odio que era capaz de sentir hacia alguien. Me desbordaba. Me cerraba la garganta y me hacía arder los ojos.

Suspiré, y llevé mi taza al lavamanos. Limpié las migas que había quedado en la mesa y fui a mi habitación a buscar la campera y la bufanda. Hoy no rememoraría nada. Lo había decidido esa mañana cuando sonó el despertador. Todo estaba ahí, a un costado de mi mente, pero no lo enfocaba con mi atención. No ahora, no en este momento, tenía que ir al colegio.

Abrigada y tapada con la bufanda hasta los ojos, salí de la casa. Guardé la llave en el bolsillo junto a la plata para el colectivo. No tenía el celular, no era necesario, había salido con tiempo para llegar 10 o incluso 20 minutos temprano. Quería hacer buena letra con la profesora de gimnasia por haber faltado dos clases la semana pasada.

Todavía estaba oscuro afuera, con apenas una claridad azul oscuro en el horizonte. El aire frío me golpeó el rostro, despejándome. Sin contar el frío, esta hora del día era realmente hermosa. No había gente ociosa en la calle, solo los estudiantes que se dirigían a sus colegios o universidades, o los que se iba a su trabajos en coche. Nadie mas. El resto de la ciudad dormía…

Me gustó sentirme como una de esas personas, mientras caminaba hacia la parada. Había varias personas esperando el colectivo cuando llegué, lo que era un alivio ya que significaba que aún no había pasado. Me apoyé contra el muro de ladrillos y me dispuse a esperar con los demás. Llené los pulmones del aire helado de la mañana, y observé el vapor que salía de mi boca como si se tratara de humo. Realmente estaba helando…

Mientras esperaba algunos pensamientos se colaron en mi mente de manera dispersa. Todavía no había decidido si participaría en la clase de gimnasia o le diría a la profesora que me tomaba el día de descanso. Podíamos tomarnos un día de descanso cada mes, por indisposición, en el que nos sentábamos a un lado y no hacíamos nada. El tema era que si lo tomaba ahora, cuando me bajara el período no podría tomarlo y tendría que hacer gimnasia como si nada. El otro problema era que ya había faltado la semana pasada y no me parecía buena idea ir hoy y no hacer nada.

Apreté los ojos, y me froté las manos para sacarles un poco el frío. Me estaba enredando sola pensando en todo esto… Ya había hecho gimnasia indispuesta, no era una gran molestia para mi, rara vez sufría dolores o calambres. Además de que no me dolía nada hoy… El ardor ya había pasado, solo quedaba una leve molestia que la mayor parte del tiempo no sentía. Observé mis rodillas y contraje mis piernas durante unos segundos…

Las personas a mi alrededor se movieron, sacándome de mi ensimismamiento. Algunas se pusieron de pie y se acercaron a mi. Yo también me puse de pie y saqué el dinero de mi bolsillo, el colectivo estaba a pocas cuadras…

***

Tuve suerte. Llegué al colegio 10 minutos antes y para variar, la profesora llegó poco después. La saludé con un gesto de la cabeza y me alegré de que me hubiera visto. No era raro que llegara mas tarde que todos los demás. Ella siguió camino hacia la cafetería y yo me quede sentada en la escalerita de la entrada. Tampoco era raro que se pasara la mitad del tiempo ahí, tomando café para no pasar frío mientras nosotras corríamos las 10 vueltas alrededor del patio para ir “calentando”.

Las demás chicas fueron llegando de apoco, y a todas salude con un gesto de la mano o de la cabeza, pero ninguna se acercó a mi. Como siempre eso me hizo sentir alivio y tristeza en partes iguales. Finalmente llegó jackeline, que me pasó de largo sin siquiera mirarme. “Que melodramática” pensé.

Poco después comenzó la clase de gimnasia y me sorprendí al notar que mi cuerpo aceptaba bien el ejercicio físico. Apenas empezamos el partido de handball, y entré en calor, fui la que más corrió por la cancha. No metí muchos goles, ya que para eso tenía que saltar más alto que la defensa, y con mi metro 55, eso requería mucho esfuerzo, pero si fui la que hice los pases que dieron lugar a los goles. Al final del partido me sentía revitalizada a pesar de tener el corazón desbocado de tanto correr y estar toda transpirada. Sentía transpiración incluso entre las piernas, y me alivié de haberme puesto una toallita femenina sobre la ropa interior.

Luego del partido teníamos que hacer tres sets de abdominales y finalmente elongar. Miré de reojo a Jackeline, pero ella se dio la vuelta y se fue con Yamila. Tuve un momento de ansiedad al pensar que no tendría compañera para hacer los abdominales pero Nadia y Pamela, dos de las chicas mas tímidas de la clase, me dijeron que podía hacerlo con ellas, así que entre las tres nos turnamos para sostenernos los pies.

Una vez finalizada la clase, y después de tomar medio litro de agua en el baño, me dirigí a la salida del colegio. La profesora paso a mi lado camino a su coche.

–Jugaste bien hoy Ana… –Comentó con una sonrisa mientras apoyaba su mano en mi espalda –pero tenes que animarte más a tirar al arco ¿Eh?

Afirmé con la cabeza, invadida por la calidez de su halago. No era mala persona la profesora de gimnasia. Aun si era bastante negligente como profesora.

El cielo estaba despejado y soleado para esta altura de la mañana y aunque aun debía hacer frío, después de hacer gimnasia no lo sentía, así que decidí volver a casa caminando.

***

Me faltaban dos casas para llegar a la mía, y ya podía escuchar los gritos del interior. Me desconcertó por unos segundos “¿No era que mi mama no iba a venir hoy?” pero pronto recordé que dijo que no venía a la noche, porque trabajaría cuidando a una anciana. No dijo nada del mediodía.

Crucé la tranquerita sintiendo una especie de alivio porque ambos estuvieran en casa, y discutiendo nada menos. Tal vez podría pasar desapercibida. Abrí la puerta de entrada y los gritos cesaron durante lo que tardé en llegar a mi habitación y cerrar la puerta.

Una vez dentro largue el aire que había estado conteniendo en mis pulmones, el cual dejo un rastro de euforia en mi sangre. Tragué saliva, pensando en qué hacer ahora. Tenia que darme un baño urgente. Para eso tenía que ir a buscar las toallas en la pieza de mis padres…

Mientras buscaba la ropa que iba a ponerme después del baño, escuchaba sin prestar mucha atención la discusión que sucedía al otro lado de la puerta. Algo sobre autos… Dejé un jean limpio sobre la cama y fui a la cómoda a buscar ropa interior. Al parecer mi papa quería que mi mama le prestara el auto de ella porque al de él le había pasado algo…

“–…si, para que después vayas al bar, con tus amigos, y les digas que mi auto es tuyo…” le decía mi mama en ese momento.

Se refería a algo que había pasado antes. Cuando mi mama se había comprado su coche, a mi papa no le había caído bien que fuera un auto más nuevo y en mejores condiciones que el suyo. Unos días después de eso, se lo llevó sin pedirme permiso, y luego ella se enteró de que le había dicho a sus amigos que el auto era suyo y que “se lo prestaría de vez en cuando a su mujer”. Mi mama se había puesto furiosa.

Esperé una pausa en la discusión, y abrí la puerta dubitativa. No despegué la vista del piso, pero vi de reojo como mi papa se daba la vuelta, con las manos en las caderas, y mi mama se ponía a revolver el contenido de una olla en silencio. Caminé de prisa hasta su habitación, y agarré un par de toallas del armario. Luego fui al baño, aún no había cerrado la puerta que ya estaban discutiendo de nuevo.

–Es solo un par de horas, lo necesito para trabajar… –Le decía mi papa.

–Anda en colectivo… O caminando, como hago yo cuando tengo que arreglarlo. Lo que pasa es que yo lo llevo al taller enseguida, no dejó que se caiga a pedazos como vos.

–…te he llevado varias veces.

–¡Ah perdón! ¿Queres que te lleve? Te llevo.

–No seas estúpida… –Mascullo mi papa con voz amenazante.

Cerré los ojos y abrí las canillas de la ducha. El sonido del agua golpeando contra el fondo de la bañera ahogó los gritos lo suficiente como para que no los entendiera del todo. Me acerqué a la puerta y con cuidado le di una vuelta a la llave. Luego me saqué la ropa y me metí bajo el chorro de la ducha. El agua caliente contra mi espalda se sintió increíblemente bien.

–¡¡No!! ¡¡No te lo vas a llevar…!!

El grito agudo de mi mama me retorció el estómago. Metí la cabeza bajo el agua, y deje que los oídos se me llenaran de liquido. Ahora si que no escuchaba nada.

Hice que el baño durara todo lo posible. Cuando el agua de la ducha empezó a enfriarse, cerré las canillas y me sumergí en la bañera. No se escuchaba nada en el comedor y deseé que eso significara que mi papa se había ido de la casa.

Apoyé la cabeza en el borde de la bañera, y observé otra vez mis rodillas, que sobresalían por la superficie del agua. Las apreté contra si y sentí ese tirón en los músculos internos otra vez. Músculos que ni sabia que tenía. De hecho no sabía mucho de esa parte de mi cuerpo… Me había observado algunas veces frente al espejo, pero era difícil encontrar una posición en la que se viera todo claramente. Además de que lo que quería ver estaba adentro, invisible a la vista. Siempre me había parecido que el sexo femenino era complicado. Oculto… y no muy agradable a la vista. Aunque el sexo masculino tampoco me lo parecía.

Recuerdos de la ultima vez acudieron a mi mente, y no los pude evitar. El día anterior era como un sueño, y a la vez muy real. Cuando me llevó a su habitación y todo quedó a oscuras, solo quedó el sonido y el tacto. A diferencia de las otras veces, no me resistí. Y cuando empujo contra la entrada de mi vagina, su pene resbaló hacia dentro casi con facilidad gracias a la humedad. Como yo ya había tenido un orgasmo, todo lo que me hizo se sintió como un manoseo; un manoseo externo, sobre mis pechos y mi espalda, y uno interno, donde su pene frotaba el interior de mi vagina y golpeaba contra el fondo.

Apreté los párpados y tragué el nudo en mi garganta. De pronto me sentía cansada, como si me fuera a desmayar. Me quedé unos segundos dormitando, con la mejilla apoyada en el borde de la bañera, hasta que la sensación fue pasando. Sumergí la mano en el agua y la apoye sobre mi bajo vientre. Era increíble que un pene tan grande entrara completo dentro… No sabía ni que era lo que tocaba cuando empujaba tan dentro de mí. Se sentía como si fuera mi estomago. Ignoraba la anatomía interna. ¿Me lo habían enseñado en el colegio? No lo recordaba.

Todo lo que había podido pensar estando floja sobre la cama, mientras me abrazaba y penetraba profundamente una y otra vez, era que “no es tan malo…” “…pronto va a acabar, como las veces anteriores y eso será todo”. Tal vez fue por la posición, o porque no me tensé en ningún momento, pero esta vez la sensación pareció ser mas intensa que dolorosa. También lo había hecho mas despacio, solo al final empezó a mover su pene dentro y fuera frenéticamente hasta acabar dentro de mi, pero para ese entonces yo ya me sentía insensibilizada y aturdida. No sabia cuanto tiempo había estado en la oscuridad de su habitación… parecía haber durado poco y demasiado. Pero había acabado, a pesar de todo, y como me lo había repetido una y otra vez a modo de mantra mientras duraba. Cuando encendió la luz y la realidad fue volviendo lentamente a primer plano, lo anterior se fue alejando como un sueño o una pesadilla, y así era como lo recordaba.

Me erguí un poco en la bañera y me abracé las rodillas, apoyando la mejilla sobre una de de ellas.

No se qué hacer… ¿Qué tengo que hacer Dios? ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué tengo que hacer…?

Me quedé así, susurrando en silencio, hasta que comencé a temblar a causa del agua fría de la bañera. Me salpiqué un poco sobre la cara para lavarme las lágrimas, y traté de levantarme, pero tuve que apoyarme en los azulejos porque casi me caigo. Me sentía débil, había estado demasiado tiempo en el agua.

Una vez estabilizada, y envuelta en las toallas, salí del baño. No había nadie en la cocina y la puerta de la habitación de mis padres estaba cerrada. Sin hacer casi ruido, me dirigí a la mía y cerré la puerta con suavidad. Me sequé el cuerpo y luego me senté en la cama a vestirme. Estaba poniéndome la remera por la cabeza cuando escuche un murmullo al otro lado de la pared. Me congelé en el acto y mis oídos se agudizaron. Eran como gemidos ahogados y luego se escucho la cama crujir. Me puse de pie como un resorte y me terminé de poner la remera sobre los pechos, con el corazón latiéndome de prisa. Acomodé la toalla en la cabeza de manera que me cubriera bien los oídos y seguí vistiéndome tratando de no pensar en aquello…

Me estaba calzando las zapatillas cuando la puerta de mis padres se abrió. Levanté los bordes de la toalla para escuchar y seguí el sonido de los pasos que caminaban de aquí para allá por la cocina, hasta que finalmente salieron de la casa. Algo en el ritmo de los pasos y en el sonido de la puerta de entrada cerrándose me hizo pensar que se trataba de mi papa, pero cuando escuché un auto arrancar y luego alejarse de la casa, era definitivamente el de mi mamá.

Tragué saliva y miré mi puerta, preguntándome si me convenía o no salir. Tenía que ir al colegio después de todo… No creía que me hiciera nada ahora… ¿O si?

Dejé caer mi cabellera hacia adelante y me la froté con la toalla para hacer tiempo. Cuando acabé, me quedé sentada en el borde de la cama, expectante. Poco después se escucharon pasos en la cocina otra vez. Pasos que se detuvieron durante algunos segundos, cerca de mi puerta.

Un golpe sobre la madera me hizo saltar como un gato.

–Ana ¿Estas ahí?

–S-si –respondí atragantada.

–Bueno dale… se te enfría la comida.

Era mi mama. El pecho se me desinfló del alivio. Deje caer la cabeza entre las rodillas hasta que se me normalizó la respiración. Después agarré las toallas y salí de la habitación.

Mi mama estaba de pie en medio de la cocina, vestida en su bata gris, con la mirada perdida en un rincón. Un cigarrillo entre sus dedos desprendía espirales de humo hacia el techo.

La pasé de largo y extendí las toallas sobre el tendedero del calefactor para que se secaran. Luego fui a servirme comida de la olla, y me senté a la mesa. Ella se sentó en la silla frente a mi, para luego ponerse de pie e ir en busca del cenicero de vidrio que estaba escondido sobre un armario, y se volvió a sentar.

La observé con disimulo mientras comía. Estaba algo pálida y tenía un gesto entre ausente y extrañamente relajado. No tenia que mirar dentro de su habitación para saber que las sabanas estaban revueltas… Sentí como un retorcijón en mi panza. Los ojos me ardían de pronto. Removí mi comida y mastiqué despacio algunos bocados. No tenía mucha hambre pero tenía que recuperar fuerzas después de la clase de gimnasia.

Cuando acabé de comer, mi mama aún no había dicho nada. Llevé mi plato al fregadero, y lo deje caer ruidosamente. Luego apoyé la espalda contra la mesada y la miré a los ojos, tal vez por primera vez en semanas.

–¿Qué? –Dijo al fin.

–¿No era que ibas a dejar de fumar? –le recriminé.

Hizo un gesto como si no fuera la gran cosa –Solo uno… y casi ni trago el humo.

–La casa lo traga, después queda un olor horrible. Me descompone.

Suspiró profundamente como si mi voz la cansara y después de darle una última pitada, aplastó el cigarrillo contra el cenicero sobre la mesa. Se puso de pie y se dirigió a su habitación murmurando:

–A vos te descompone todo.

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4 comentarios en “Ana XX – Mantra

  1. Este cap lo sentí distinto, ya Ana se está acostumbrando a lo q le hace su papá y parece q ya no le afecta tanto; y por otro lado está el rencor q siente hacia su mamá por eso es q tampoco se ha animado a decirle nada quizás sienta q a ella igual no se ha tomado nunca la molestia de preguntarle porq ha estado comportándose tan extraña de un tiempo para acá; espero q vengan días mejores para Ana, espero en breve el próximo! !

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