Ana XXI – Bar

(Disculpen la demora)

***

Estaba caminando de vuelta a casa. El día escolar había transcurrido sin pena ni gloria. O mejor dicho, con las mismas penas de siempre. Caminaba lento, yendo por las avenidas, parando en cada vidriera que me parecía interesante. Todas lo eran. Estaban llenas de cosas que no podía comprar, o que no sabía usar… o que no tenia ocasión de usar.

Mi mama no vendría hoy a dormir…

Me gustaba consolarme en la idea de que tal vez no se lo había dicho a mi papa, pero sabía que era una esperanza improbable. No sabía que hacer. Si seguía a este paso, llegaría a casa casi a las 7, y aún así no haría la gran diferencia.

Estaba casi en un cruce de avenidas, cuando sonó mi celular dentro de la mochila. Atendí pensando que tal vez era mi mama para avisar que al final sí vendría.

–¿Hola?

–¿Donde estas? –preguntó mi papa sobresaltándome.

–Estoy… Estoy yendo a casa.

–¿En qué…? ¿En avión? ¿Por donde estás?

Tragué saliva y le dije mas o menos dónde.

–¿Dónde…? ¡¿Por qué venís por ahí?!

–Tenía… ganas de caminar.

Después de unos segundos dijo con sequedad –Esperame ahí en la esquina. Ahora te paso a buscar.

Sostuve el celular contra mi oído un par de segundos después de que hubiera cortado. Tomé aire profundamente y me hice a un lado cuando pasaron dos chicas caminando en dirección opuesta. Guardé el celular y me apoyé contra el borde de cemento de un local. Mantuve la mirada alternando entre el piso y algún punto lejano, como el cielo o los árboles de la calle. El semáforo cambiando de rojo a amarillo y a verde. Cualquier cosa que me distrajera de pánico y el impulso de huir.

Enderecé la espalda cuando vi el auto familiar aparecer por la avenida y rodear la rotonda hacia donde yo estaba. Tragué el nudo en mi garganta y me puse de pie para que me viera. Apenas pensé en el hecho de que el auto que estaba estacionando frente a mi no era el de mi papa, sino el azul de mi mamá. Me acerqué tiesa al coche, y esperé a que destrabara la puerta para poder subir dentro. Puse la mochila en mi falda cuando me senté y la apreté entre mis brazos.

Pensé que iba a arrancar pero en cambio soltó el volante.

–¿No me vas a saludar? –preguntó entonces.

Yo mantuve la mirada en la ventana incapaz de mirarlo. Encogí los hombros, nerviosa.

–Hola –susurré.

De reojo vi como se apretaba el muslo y suspiraba. Unos segundos después se alejó de la acera, conduciendo por la avenida.

Al notar que no daba la vuelta para ir a casa quise preguntar a dónde íbamos pero me contuve. ¿Qué más daba? Miré las casas y los locales pasar del otro lado del vidrio, uno tras otro, una persona tras otra, pasando de largo. Después de unas cuadras note que estaba demasiado quieta, pero era incapaz de moverme, así que acomodé la mochila en mi falda y me quedé inmóvil otra vez.

Cuando paramos en un semáforo, él estiró el brazo hacia mi y me rodeó la nuca con la mano. Me apretó unos segundos hasta que el semáforo se puso en verde, pero lo fue lo suficiente para ponerme los nervios a flor de piel. Los ojos se me humedecieron.

Cuando estacionó frente al bar del centro, sentí un gran alivio. Seguido de otra clase de nerviosismo. No me gustaba ir al bar.

Bajamos del auto y seguí de cerca a mi papa mientras ingresamos en el establecimiento. Apenas estábamos dentro, Pablo, el mesero del bar y amigo de toda la vida de mi papa, pegó un grito que me sobresaltó a pesar de haberlo estado esperando.

No me gustaban sus amigos. Eran la clase de personas que creían que la manera de entrar en confianza con alguien tímido, era haciendo chistes cada vez más desubicados.

–¡Hoolaa! ¿No me vas a decir que trajiste a tu nena? ¿Hace cuando no venías por acá?

Rodeó la barra, acercándose a mi. Saludó a mi papa y después fijó la mirada en mi.

Yo sonreí incómoda y susurre un “hola” pero él ya se había acercado para que le besara la mejilla. Luego dio un paso atrás y nos señalo una mesa.

Mientras me sentaba en la silla, y la acomodaba acercándola a la mesa, noté que Pablo me miraba el cuerpo. Cuando alcé la vista hacia él, desvió la mirada hacia mi papa y golpeándole el hombro, comentó en voz demasiado alta:

–¡Cómo crecen eh! ¿Qué van a tomar?

Mi papa se rió pero también apretó los labios cómo hacía cuando algo en realidad no le había dado gracia. Tardé unos segundos en darme cuenta de que el comentario había tenido un doble sentido. Giré el rostro hacia la pared haciendo un gesto de disgusto y apoyé un codo sobre la mesa para cubrirme los pechos lo mejor posible.

–¿Qué queres? –me preguntó.

–No se.

–¿Un café…?

Asentí.

–Dos cortados. Y un pebete tostado. -Le dijo a Pablo.

Cuando éste se fue a la cocina a pasar el pedido, mi papa agarró el diario y le sacó la parte de las tiras cómicas para dármela a mí. Luego se puso a leer en silencio. Mi padre era diferente a mi madre en este sentido: podía estar bastante rato en silencio, pero luego podía estar hablando sobre algo durante horas, sin importar si los demás lo estaban escuchando o no.

Yo también me puse a leer en silencio. Leí los dibujitos, el horóscopo, las fechas importantes de “un día cómo hoy…” y leí el reporte meteorológico, aunque me lo olvidé casi tan pronto como lo leía.

Tuve un susto cuando alguien de pronto me hizo cosquillas por la espalda, hasta que me di cuenta de que era Pablo. Había olvidado que le encantaba pegarme sustos.

–Y contame nena… –dijo mientas me rodeaba hasta quedar frente a nuestra mesa –¿Qué edad tenes ya?

–15 años.

–¡Ja! –Hizo un gesto desagradable y le apoyó una mano en el hombro a mi papa. –En cualquier momento se te aparece un morocho de dos metros en la puerta “eh socio, vengo a buscar a su hija”. –Bromeó riendo.

Mi papa volvió a sonreír apretando los labios. Y yo me sentí mortificada, como era costumbre cada vez que me llevaba a ese lugar. Tragué saliva, y me metí en la boca un par de maníes salados de los que había en la mesa. Había muchas cosas sobre la situación que no podía procesar, así que las hice a un lado para después.

Para mi alivio Pablo le señaló algo sobre el diario, y los dos se pusieron a discutir sobre política durante algunos minutos. Cómo yo no entendía nada de eso, me hice la que leía mi parte de periódico como si hubiera algo muy interesante en él.

Finalmente Pablo se fue a la cocina a buscar nuestro pedido, y nos lo trajo a la mesa. Mi papa puso el diario a un lado y empujó el plato con el pebete tostado hacia mi.

–Si queres, lo dividimos. Pero al menos la mitad te lo vas a comer. ¿Eh?

No protesté. La verdad es que tenía mucha hambre, y el queso derretido que sobresalía del pan tostado hizo que me sonaran las tripas. Le puse los dos sobres de azúcar al café y tomé algunos sorbitos antes de darle un mordisco al pebete.

Cerré los ojos un segundo para saborear la comida. Estaba riquísimo. Cuando los abrí, me encontré con la mirada de mi papa. Enderecé la espalda y desvié la mirada hacia un costado.

–¿Esta bueno? –me preguntó antes de beber su café.

Afirmé con la cabeza. Me costaba mucho hablarle, y deseé que no me preguntara más cosas. Si permanecíamos en silencio, no me era difícil fingir que esto era una salida normal.

Le di otro mordisco a mi comida, mientras miraba distraídamente alrededor. El bar tenía pisos de madera flotante, que crujían al pisarlo. Era un piso muy viejo y de color marrón oscuro. Las paredes también estaban revestidas de madera. Era algo oscuro el lugar, y los cuadros que colgaba de las paredes no mejoraban ese efecto. Había caricaturas de personajes famosos, como Gardel, y otros que me resultaban familiares, pero que no reconocía. Pero el cuadro más grande, era uno que estaba al fondo del establecimiento. Era un gran cuadro de un mar embravecido y un barco en medio, que parecía estar a punto de perder la batalla contra la tormenta. Tomé otro sorbo de café, pensando que no era una buena elección para decorar un lugar, aunque al mismo tiempo pegaba con el estilo viejo y “adulto” del bar.

Hace tiempo que no me llevaba ahí, era verdad. Meses tal vez. Y yo no lo extrañaba mucho, a pesar de que este bar era como un símbolo de mi infancia. Desde pequeña me llevaba, y mientras el hablaba con sus amigos, yo corría por las mesas, me escondía en los rincones para que me buscara Pablo, o jugaba con algún perro de los que vivían en esa parte del centro. Pero a medida que me hacia mas grande, las salidas a se fueron haciendo menos divertidas y más incómodas. Era fácil cuando me podía subir a su falda y entretenerme con cualquier cosa pero a medida que fui creciendo, se fue perdiendo toda comunicación.

Las últimas veces que me había llevado, yo me había quedado sentada sola en la mesa, mientras el hablaba con sus amigos. A veces trataba de hablar conmigo, pero al final terminaba dando largos monólogos sobre la vida, la política, o de religión, y yo era demasiado pequeña para entender lo que me decía, o demasiado tímida cómo para aportar algo. Me hacía sentir como si no fuera lo suficientemente inteligente… a pesar de que era una de las mejores alumnas del colegio.

Como si me estuviera leyendo la mente, mi papa preguntó en ese momento:

–¿Y cómo vas en el colegio… todo bien?

Era una pregunta rutinaria. Asentí y me encogí de hombros. La verdad no iba tan bien últimamente, pero no iba a decirlo.

–¿Y ya sabes que vas a estudiar después…?

–No se…

–Ya no falta tanto Ana… tenes que ir pensando. ¿No tenes ningún sueño?

–No se. –volví a alzar los hombros. –Varias cosas.

–¿Como qué? –dijo limpiándose la boca.

–No se… Arte. O… no se. Abogacía.

–¿Abogacía? ¿Queres ser abogada?

–Capaz, no se. –Sabía que estaba siendo frustrante pero no podía evitarlo. En realidad no tenía idea de lo que quería hacer… Hace algunos años se me había ocurrido abogacía, mas que nada porque me gustaban las películas en las que los abogados discutían con los jueces y daban grandes discursos en defensa de algún inocente. Pero la verdad es que no tenía ni idea de qué se trataba la abogacía.

–Los sueños son importantes… –Comentó el, en tono paternal.

Ya me había dado, una vez, todo un discurso sobre la importancia de los sueños. Deseé que no lo fuera a hacer otra vez.

–¿Serías capaz de dejar todo por un sueño? –me preguntó de pronto.

Lo miré confusa.

–¿Si tenes que abandonar todo para conseguir un sueño… –siguió –Todas tus obligaciones, todas responsabilidades… lo harías?

Me encogí de hombros, nerviosa por saber cuál era la respuesta que quería escuchar.

–Supongo… –Empecé insegura. Noté que había algo mal en la pregunta, pero en el momento no supe qué era –Depende… depende de las responsabilidades que se estén abandonando.

Mi papa tomó aire como si fuera a reformular la pregunta, pero después de echarme una mirada fugaz, se aclaró la garganta y cambió de tema.

Poco después de eso le dijo a Pablo que le anotara la cuenta, y salimos del bar. Sentí sus dedos sobre mi cuello cuando cruzamos el portal, y eso me hizo sentir varios años más pequeña. Tardé uno segundos en darme cuenta que habíamos dejado el auto atrás.

Caminamos varias cuadras por el centro hasta un local de ropa. Mi papa se detuvo y señalo la vidriera.

–¿No queres nada de eso?

Miré la ropa de la vidriera. Era la clase de ropa que me gustaba mirar, pero no me imaginaba a mi misma usando. Era demasiado cara…

–No, no necesito ropa.

–¿Y zapatillas…? –Me preguntó, poniendo una mano en mi espalda y empujándome suavemente hacia delante.

–Tampoco.

–¿Y porque andas siempre con la misma ropa, y con las mismas zapatillas?

Sin saber que decir, me alcé de hombros y clave la vista en el piso.

Seguimos caminando por el centro en silencio. Se detuvo unos segundos frente a otro local y yo lo imité. Era una tienda de ropa interior.

–¿Necesitas…?

–N–no… –sacudí la cabeza, mortificada.

–Yo te espero acá fuera, mientas compras…

–No necesito. –Repetí, adelantándome hacia el siguiente local.

El se puso a mi altura con un suspiro. Finalmente se detuvo en un local deportivo y entró dentro sin preguntarme nada, yo siguiéndolo de cerca.

–¿Zapatillas… como para ella? –le preguntó al vendedor, haciendo un gesto hacia mi.

El vendedor, un chico como de 20 años, nos llevó hasta una zona al costado, donde había un gran espejo y un puf blanco gigante en medio para sentarse. El vendedor le preguntó qué estilo de zapatillas quería, y mi papa me miró a mi para que le respondiera.

–No se, comunes. Blancas.

El vendedor me fue mostrando varios pares diferentes de zapatillas. Todas eran mas o menos lindas, pero no tenían el precio puesto, así que las mire sin saber cuál elegir. Al notar mi indecisión, mi papa intervino.

–Tráenos un par de cada uno, que se las pruebe.

–¿Que talle? –Me preguntó el chico.

–37 y medio más o menos, a veces 38 –le respondí.

Cuando el vendedor se fue, me puse de pie y me acerqué al estante que tenía los precios. Eran carísimas. ¡La más barata salía 400 pesos!.

–Son demasiado caras… –comenté en voz baja.

–Vos no te preocupes por eso, elegí una y ya.

Tragué saliva sintiéndome culpable. Cuando volvió el vendedor, me probé los tres pares, aunque ya había decidido cual comprarme. Mi papa me miró alzando la cejas cuando se las señalé.

–¿Estas segura de que queres esas?

Se había dado cuenta de que las había elegido por el precio. Afirmé con la cabeza, y sentí un gran alivio cuando le confirmó al vendedor que llevaríamos esas, en lugar de insistirme en que eligiera otras.

Al fin salimos del local, yo con una bolsa de plástico en la mano y la caja de zapatillas dentro. A pesar de todo me sentía entusiasmada de tener un par nuevo de zapatillas. Hace tiempo que no tenía algo tan nuevo, y ni hablar de algo tan caro.

Cuando regresamos a donde estaba el auto, saludamos por la ventana a Pablo y los otros amigos del bar. Mi papa se demoró un momento en la vereda porque un hombre lo llamó para charlar, pero yo me apresuré a subir al auto para no tener que saludarlos.

Pasaron varios minutos y él seguía charlando con sus amigos mientras yo lo esperaba en el coche. Me podría haber molestado esto, excepto por el hecho de que ya estaba acostumbrara. Suspiré y apreté la caja de zapatos contra mi falda. En un momento le abrí la tapa para espiarlas un poco. Eran hermosas. Creo que era el mejor par de zapatillas que había tenido nunca. También era la primera vez que me compraba un par de mi talle exacto, en vez de 1 o 2 talles más grandes “para que me duraran varios años”. Dudaba que me fueran a crecer más los pies a estas alturas…

La puerta del coche se abrió, sacándome de mi ensimismamiento. Mi padre se puso tras el volante y arrancó en dirección a la avenida. Volví a sentir una oleada de pánico mientras nos acercábamos al cruce, pero gracias a Dios giró en dirección a dónde vivíamos. Aunque no tenía razón para sentirme más segura…

Viajamos en silencio, solo con el sonido de la radio de fondo. Cuando paramos en un semáforo, volvió a ponerme la mano en la nuca.

–¿Mmm? ¿Y.. de gustan tus zapatillas?

–Si, son geniales.

–No me vas a decir que no te hacían falta…

El semáforo se puso en verde, así que tuvo que retirar su mano para conducir. No contesté, y me mantuve en silencio durante el resto del camino, observando las casas pasar por la ventana.

No se porqué esperaba ver el auto azul de mi mama estacionado frente la casa. No estaba. claro. No solo porque mi mama no estaba en casa, sino también porque nosotros estábamos en su auto en este momento.

Cuando estacionó, me bajé del coche y esperé a que abriera la puerta. Una vez dentro fui directo a mi pieza. Dejé la mochila sobre la cama, y guarde la caja de zapatos en el ropero. Cuando vi a mi papa pasar hacia el baño, aproveché para cerrar la puerta sin hacer ruido.

Con un suspiró, me saqué la campera y el buzo, y decidí ponerme a hacer la tarea. Aún no era momento para rememorar todo lo que había ocurrido esa tarde, ni lo extraño de todo, mejor era dedicar mi concentración a algo más seguro.

***

Después de todo, parecía que el día iba a terminar mejor de lo esperado. Ya eran las 11 y todo había transcurrido con normalidad. O Casi. Pude hacer los deberes en mi pieza sin interrupciones, y como a las 10, mi papa había tocado mi puerta avisándome que estaba lista la cena.

Después de cenar, vimos una película en la tele y aunque había sido incómodo, especialmente cuando puso un brazo alrededor de mis hombros, no había ido más allá de eso. Ahora la película había terminado, y era hora de irse a dormir. Mañana, sábado, mi mama ya habría vuelto, y probablemente estaría presente durante todo el fin de semana, por lo que podría relajarme.

Era irónico. Solía odiaba los fines de semana por lo general. Odiaba la claustrofobia que me daba al estar en la casa con mi papa y mi mama fingiendo ser una familia feliz, sobre todo cuando venían visitas como mis tíos… Pero ahora el estar rodeada de gente se presentaba como un consuelo.

Me levanté para dejar mi vaso vacío en el fregadero y después de lavarme las manos, me giré para anunciar que me iba a dormir. Pero la voz no me salió, así que me volví a dar la vuelta y traté de escurrirme hacia mi habitación.

–¿A donde vas?

–A dormir –Respondí clavándome en el piso. –Tengo sueño –agregué.

–Mañana es sábado…

Me quedé mirando el piso en silencio durante algunos segundos.

–Tengo sueño –Repetí.

Mi papa tomó aire profundamente y se pasó las palmas por los muslos. –Esta bien… A dormir.

Apagó el televisor y se puso de pie. Fue hasta su pieza, y encendió la luz dentro. Yo dudé un momento y luego me dirigí a la mía, pero su voz grave volvió a congelarme en el lugar.

–¿A dónde vas?

–A… A dormir.

–Vas a dormir en mi habitación esta noche.

Tragué saliva y abrí mucho los ojos. Las objeciones desesperadas se me trabaron en la garganta.

–Vamos. –Dijo en tono cansado mientras abría las sabanas de la cama. –Hoy tu madre no viene. Hay suficiente espacio para los dos.

–P–pero… –¿Que podía decir? ¿Qué podía decir, que él no supiera?

Salió de la habitación, y por un momento pensé que tal vez me arrastraría dentro y ya. Me pasó de largo y después de apagar la luz del comedor, cerró la puerta de entrada con llave. Luego vino hacia mí.

–Vamos… ¿No es que tenías sueño?

–Pero… –Miré la puerta de mi pieza con desesperación, pero di un traspié hacia adelante cuando su mano en mi espalda me empujó hacia su habitación.

–Pero… tengo… tengo que ir al baño.

Suspiró con irritación y me soltó. –Dale, anda a lavarte los dientes…

Tuve que hacer un esfuerzo para no correr hacia el baño. Abrí la canilla para que hiciera algo de ruido y sin saber que hacer, comencé a lavarme los dientes mientras pensaba en mis posibilidades. Creo que tardé un solo segundo en considerar y luego desechar la idea de, al salir del baño, huir de la casa por la puerta trasera. Saldría al aire frío de la noche, rodearía la casa y si mi papa no me había escuchado para entonces, recorrería las vacías y peligrosas calles hasta… ¿Dónde? ¡¿Hasta donde…?!

A ningún lado. Cerré los ojos con fuerza y escupí el dentífrico en el lavado. Me enjuagué la boca, y me eché agua fría en la cara. Mientras me secaba el rostro con la toalla, podía escuchar el latido frenético de mi corazón.

Salí del baño y mire hacia el fondo del pasillo a la izquierda.

No huiría. Simplemente no lo haría. Era estúpido. Solo empeoraría las cosas.

La casa estaba a oscuras ahora. Caminé hacia mi habitación, me detuve frente a la puerta unos segundos pero tuve miedo de que si me acostaba en mi cama, él se levantaría a buscarme hecho una furia como la otra vez. Así que seguí caminando y me quede en el espacio entre las dos habitaciones.

Miré dentro de la pieza de mi papa sin ver nada. Era un recuadro absolutamente negro.

–Voy… Voy a mi habitación. –Dije en voz baja.

–Ana… Entra. –Fue la respuesta desde la negrura.

Los ojos me ardían. Miré hacia mi habitación otra vez.

–Entra… o te voy a buscar.

Di un paso hacia adelante. Y luego otro, y otro, hasta que ya estaba dentro de la habitación. No podía ver nada. Ni la cama. Me detuve en lo que debía ser a unos centímetros de la cama. No quería estar ahí.

–¿Qué haces…? Metete en la cama.

Y así lo hice. Mi cerebro se trabó del todo. Me metí bajo las sábanas y me saqué las zapatillas con los pies, sin desatarlas. Una vez bajo las sábanas, me desprendí el vaquero y lo bajé lentamente hasta hacerlo un bollo bajo mis pies. Me puse de lado con el pulso tan acelerado que no podía escuchar más que un zumbido.

Siempre me desprendía el corpiño antes de dormir, o si era muy apretado, me lo sacaba del todo para que no me cortara la circulación, pero esta vez me lo dejaría puesto. No quería atraer la atención hacia esa parte de mi cuerpo.

Me mantuve tan quieta que hasta dejé de respirar sin darme cuenta. De pronto me sentía sofocada, y por no tomar la bocana hambrienta que necesitaba, me empecé a marear. Desesperada, traté de controlar mi respiración, aspirando aire lenta pero profundamente por la nariz, y largándolo por la boca haciendo el menor ruido posible.

Mi papa se removió en la cama, tirando de mis sábanas hasta dejarme mitad destapada. Tragué saliva y me moví apenas para taparme lo mejor posible sin acercarme a su lado de la cama.

Lentamente el mareo fue pasando, dejando una sensación de irrealidad tras el. Ahora se veían lineas difusas de azul oscuro contra la pared. La luz que se filtraba por la persiana. Nunca había dormido en esta cama, ni visto esas formas en la pared. De pequeña recordaba haber subido a la cama de mis padres un par de veces, a causa de pesadillas, o del miedo a la oscuridad, pero había sido hace mucho tiempo, además de que todo tiene una proporción diferente cuando se es pequeña.

Mantuve mi mirada en algún punto de la oscuridad, observando los recuerdos y los pensamientos que cruzaban mi mente, tratando de aferrarme a los más agradables. La cama volvió a crujir, y mi papa volvió a tirar de mis mantas, destapándome otra vez. Tragué el nudo en mi garganta, y después de meter los pies en el jean, me hice un bollito.

El tiempo fue pasando, a pesar de la quietud y el silencio. Y el pánico. Los segundos y los minutos se iban acumulando, mientras yo esperaba que en cualquier momento sucediera algo. Llegué a desear que, si iba a suceder algo, que fuera ahora y no después. Solo quería que acabara. Quería irme a mi cama, y taparme con mis sábanas.

Me envolví con los brazos, y traté de contener los sollozos mientras algunas lágrimas se desbordaban por la comisura de mis ojos.

Finalmente la cama volvió a crujir, y luego de un momento, un sonido gutural rompió el silencio de la noche. El inequívoco sonido de un ronquido masculino.

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21 comentarios en “Ana XXI – Bar

  1. ¿Qué sentí…?
    Tristeza infinita, fui espectador pasivo de un interior aterrado, duele leer algo así, las imágenes se han proyectado en forma insistente, espero sólo sea un relato, lo deseo de corazón
    Un abrazo inmenso.

  2. Estuvo buena en todos los sentidos tanto en la narrativa como en los detalles, estuvo tan buena que parecía un hecho real … para ser algo ficticia, lució bastante real …

  3. El comentario de amy me hizo pensar… Pensar no, intuir que algo de esto puede ser verdad, en realidad puede ser no, mucho de esto es cierto y está pasando en este preciso momento…

    La prueba está en los diarios de hoy…

    Pobre Ana y todas las Anas del planeta… Que fea vida les ha tocado…

    Un abrazo.

  4. Hola, estaba haciendo una disertacion sobre el tema de incesto en la literatura, y hoy encontré tu blog. Después de leerlo, decidi que se trataba mas de una historia de abuso que de una relación incestuosa de hecho.
    Bueno, primero, quiero felicitarte por tu escrita. Cada capítulo está escrito de forma profunda e fluida, buena para leer. El tema y el desarrollo de Ana de chica enojada con sus padres y tímida para una chica introvertida y al borde de la depresión y paranoia es muy evidente. La construcción de la madre como negligente y egoista también está muy buena.
    Pero… bueno, no lo tomes a mal. Pero Carlos no me convence como abusivo. Sí, es controlador, obsesivo, doentio y lo hiciste muy bien al hacerlo dejar de lado todas las imagenes de Ana como su hija para justificar sus abusos contra ella. Entretanto, lo que no funciona son justamente las escenas del abuso.
    No que no sean retorcidas, no es la cuestion jajaj. El problema está en el hecho de que todas ellas empiezan con Carlos produciendo el orgasmo en su hija. En realidad, veo que de hecho es lo que predomina, mas que su proprio placer. Y puede que sea muy critica, pero he estudiado psicologia un tiempo, lo suficiente para estudiar casos de abusos infantiles y contra la mujer. Y te digo, en todos ellos, los que abusadores quieren (y hacen) es sacar el contrario del placer en los abusos: el dolor. Quieren que la victima sufra y sienta miedo, pues es la unica manera que tienen para obtener el placer. Muchas veces, las victimas llegan a tener orgasmos involuntarios en las violaciones, pero realmente remarcan el hecho de que sus abusadores, cuando eso pasaba, la golpeaban y les decian cuan atorrantas eran, por ejemplo.
    Con los niños, funciona algo semejante. Los pedofilos, incluso los proprios padres, les gusta el control y la vulnerabilidad de los niños sacada a fuerza. Por eso todo, me parece muy… fantasioso el hecho que Carlos masturbe su hija en el inicio de su abuso. O que le excite su placer, no su dolor o miedo. Puede que sea un estratagema que hiciste para remarcar la culpa que ella siente, o su odio a si misma. Pero en realidad, me gustaria que modificaras eso para que se quedara mas realista. Porque en realidad, creo que es lo unico que te faltaria para quedar una historia perfecta.
    Enfim, pero me ha cautivado bastante la historia. Espero que, si queres hacerlo distinto de la realidad, que hagas que Ana tenga su final, por mas que no feliz, de superacion y oposicion a su padre. Porque infelizmente, no suele pasar mucho en la realidad.

    • Wow gracias por comentar!
      Es interesante lo que decís, y tiene sentido. Con los pedófilos, el orgasmo no debe ser bien recibido ya que justamente intentan sexualizar un cuerpo que no esta listo para el placer sexual, incluso he escuchado que dichos abusadores suelen ser impotentes o incapaces de “acabar”.
      Aunque esta no es una historia de pedofilia, o mejor dicho, no un caso extremo. Tampoco es un caso extremo de violación. En realidad eso es que lo quería trasmitir (entre otras cosas): cómo una situación puede cruzar las lineas entre violencia, abuso, seducción, pedofilia, etc… Después de todo, Ana tiene 15 años de momento, una edad que simboliza a una “Niña-Mujer”, entonces tiene sentido que cada uno vea la situación y la interprete de diferentes maneras.
      Creo que exagero algunas cosas, hago demasiado hincapié en otras… Tal vez erotizo demasiado los abusos sexuales, pero es que lo veo necesario (al menos por ahora) para provocar esos sentimientos encontrados. Tal vez cuando este todo dicho y escrito, decida cambiarle algunas cosas. Probablemente le cambie muchas cosas, esto se podría considerar un primer borrador!
      Gracias por dejar tu opinión, ahora te mando un mail así seguimos hablando en privado. Tomaré tu opinión en cuenta en los próximos capítulos 😉
      Saludos!

  5. Felicidades por tus relatos, tenés un talento innegable para escribir. En lo personal, a mi me pasa que cuando leo siento cierta incomodidad porque a pesar de odiar a ese padre tan horrible, no puedo dejar de leer. Desde que encontré tu blog siempre quiero saber más, y espero las cosas hacia el final mejoren para Ana (aunque se que en la vida real pocos de estos casos de abuso por parte de un familiar terminan bien para la víctima).
    En este último capítulo lo que más me llamó la atención es la mención de que en algún momento Ana podría tener un novio…. me dejó pensando en como reaccionaría su padre ante un chico interesado en ella, y me da miedo imaginar su reacción.
    En fin, te felicito porque sos buena en esto. Abordás un tema muy complicado de una buena manera. Dijiste en tu comentario anterior que esto sería tu “primer borrador”, y bastante bien te está saliendo hasta ahora. Sólo desearía que publicaras mas seguido, pero no se cuáles son tus tiempos. Sólo espero que sigas escribiendo y desarrollando la historia de Ana, y quizás si no es mucho pedir, darle un final con un poco de esperanza y paz a la pobre. Besos!

    • Gracias!!
      Si, con primer borrador no quise decir que no le ponga dedicación (le pongo muchísima) pero cuando junte todos los relatos, tendré que cambiar varias cosas, porque ahora los escribo de manera que cada capitulo “cierre” un poco. Si en cambio esto fuera un libro, tendría que agregar cosas para que la lectura sea mas fluida, y tal vez quitar otras. ¡No se! ^^ eso lo veré el día en que acabe de escribirlo.
      Saludos, y gracias por comentar. Trataré de completar el siguiente capitulo cuanto antes.

  6. Para cuando regresa Ana? Ya pasó más de un mes y aún no publicas el nuevo cap 😦 ;espero más pronto q tarde abrir el blog y encontrarme con algo nuevo ya q casi todos los días lo reviso jejeje. Saludos! Demás está decir q amo como escribes y esta historia es mi favorita, cada capítulo lo espero con muchas ansias.

    • Lo se, lo se, pero tengo una excusa esta vez. Estuve enferma y como que eso me cortó la inspiración durante algún tiempo.
      Después pasó que escribí un capitulo largo, y luego cambié de parecer por lo que tuve que reescribirlo completamente. A veces pasa, por eso me tardo.
      😉 Gracias por la paciencia.

  7. si yo también ya quiero leer el próximo, pero como dices si se te a cortado la inspiración y aparte enferma es difícil, espero que estés mejor y aquí esperaremos tu próximo capitulo, saludos.

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