Ana XXII – Fin de semana

El sol estaba aclarando la oscuridad, y yo no había pegado el ojo en toda la noche. Debían ser las 5 am, y a estas alturas ya no quería dormirme.

No era la primera vez que no podía dormir, incluso no era raro que sufriera de insomnio antes de una prueba, o sabiendo que al día siguiente tenía que ir a gimnasia…

O antes de mi cumpleaños, de navidad, o cualquier otra festividad que involucrara a mis parientes, y lo peor de no dormir era el sueño que me daba justo cuando salía el sol, o sea, justo cuando ya era demasiado tarde para dormir.

Ya no quería dormir… pero mientras el sol seguía aclarando, mis párpados se sentían más y más pesados. Ya había desechado varias veces la idea de levantarme, tratando de no hacer ruido, e ir a mi habitación para dormir en mi cama lo que quedaba del día. Al principio porque tenía miedo de despertar a mi papa, y luego porque ya me había pasado tanto tiempo engarrotada, mirando la oscuridad con los ojos abiertos, que me pareció mejor simplemente esperar hasta la mañana. Si me levantaba y me iba ahora, aún si no lo despertaba, nada me aseguraba que no tendría que vérmelas con su furia de todos modos. ¿Qué diferencia hacia si me había levantado 5 minutos antes de el, o 5 horas antes que él? Le daría igual. Y toda esta horrible noche que había soportado sería para nada.

No… mejor era seguir inmóvil. Y tratar de no dormirme…

***

Algo me tocó desde detrás. Al principio no le di importancia, pero de pronto todo mi cuerpo se tensó. Me quise alejar pero estaba tan al borde de la cama que casi me caigo. Un brazo grueso me tenía rodeada por la cintura.

–Veni mas adentro de la cama, sino te vas a caer.

Me alzó y me empujó mas arriba de la cama, junto a él, apretándome contra su cuerpo. ¿Cuando se había movido? ¿Es que me había quedado dormida? Me volví a tensar cuando mi papa me abrazó mas fuerte.

–Mmm… –suspiró contra mi nuca y yo me retorcí impotente.

–¿Qué… que hora es? –susurré.

–Temprano… –respondió hundiendo la cara contra mi cuello –¿Cómo dormiste?

No contesté.

–¿Eh…? No has hecho ningún ruido, ni se te escucha respirar…

Tragué saliva, y me quedé en silencio.

–A ver, levanta la cabeza –dijo irguiéndose un poco. Lo hice automáticamente, y él metió un brazo por debajo de mi cuello y me rodeó por adelante.

–Eso, ahí esta mejor. Mas cómodo, ¿no?

Me tenía envuelta por el cuello con un brazo, y con el otro me envolvía la cintura. Tomé aire lentamente, paralizada por la alarma que sonaba en todo mi cuerpo.

Entonces el brazo que estaba en mi cintura bajó hasta mis muslos y comenzó a acariciarme las piernas. Me removí incómoda y se detuvo. Suspiró contra mi nuca otra vez, y me abrazó, apretándome contra su entrepierna. Mi corazón empezó a latir con fuerza cuando sentí la forma de su pene contra mis nalgas. El vello de sus piernas también me repelía. Tenía que alejarme… pero no podía moverme.

Se quedó quieto durante un largo rato. Pensé varias veces que se había quedado dormido, pero entonces se movía y apretaba su entrepierna contra mis muslos.

–Quiero ir a mi cama –Susurré sin poder contenerme más. Los ojos me ardían.

–¿Mm, para qué?

–P–para dormir.

–Podes dormir acá.

–No puedo… N–no puedo… –La voz se me entrecortaba. Si no me soltaba pronto me pondría a llorar.

–Shh, no pasa nada –hizo un chasquido con la lengua y comenzó a frotarme el brazo hacia arriba y hacia abajo.

–No pasa nada.. Tranquila…

Me frotó el brazo durante un rato y luego bajó hacia mi cadera y me la apretujó fugazmente antes de volver a mi brazo y a mi espalda. No había nada extraño sobre sus movimientos, parecían ser simples caricias tranquilizadoras, y a pesar de todo, me calmaron. Mi respiración se apaciguó y el nudo en mi garganta se aflojó. Comencé a tener sueño de nuevo.

Volvió a abrazarme dejando la mano sobre mi abdomen y se relajó detrás de mi. Estaba dormitando cuando sentí su mano sobre mis piernas otra vez. Me removí y se detuvo, pero volvió a manosearme unos segundos después. Volví a retorcerme pero enseguida volvió a tocarme.

–Ya, quedate quieta. Solo te estoy viendo el cuerpo –Dijo mientras me recorría las piernas hasta las rodillas y de nuevo hacia arriba. Me alzó la remera y me causó escalofríos al rodearme la cintura con sus dedos.

–Así es como tiene que ser el cuerpo de una mujer… –murmuró palpando mi cintura –Angosto acá… –deslizó su mano hasta mis caderas –Y ancho acá.

Había algo en su voz… aprobación. Y a pesar de las circunstancias no pude evitar que sus palabras me afectaran. Nunca había pensando que mi cuerpo fuera la gran cosa.

–Pero estos huesos se te notan demasiado… –Agregó con tono paternal mientras me apretaba la cadera –Tenes que comer más, ¿eh?

Sin saber que responder, apreté los ojos y seguí en silencio. Él volvió a poner la mano en mi cintura y la dejó ahí unos segundos. Luego siguió acariciando hasta mis caderas, mis piernas, y de nuevo hacia arriba. Metió la mano por debajo de la remera y me tanteó los pechos, pero cuando comencé a retorcerme, bajó la mano hacia mi vientre. Un rato después hizo lo mismo hacia abajo, me sorprendió al meterme la mano entre las piernas, me removí, y rápidamente la puso en otro lado.

Como si su mano tuviera voluntad propia, me acariciaba los muslos, la cintura, y entonces metía la mano entre mis piernas y me frotaba ahí fugazmente. Lo hizo una y otra vez hasta que dejé de retorcerme. Ya no sabía qué hacer o qué quería, la zona entre mis piernas estaba hipersensible. Incluso parecía latir.

“Basta… basta…” Estaba tan cansada. Solo quería dormir..

Entonces metió la mano dentro de mi ropa interior. Tomé aire repentinamente cuando sentí sus dedos sobre mi vagina.

–N–no…

Traté de sujetarle la mano con las mías, pero tenía mis brazos apresados con su otra mano. Empezó a frotarme ahí, hurgando y abriendo hasta que encontró la entrada y empujó un dedo dentro. Apreté las piernas y luego las aflojé.

Su respiración se hizo mas jadeante en mi oído y entonces supe que ya no iba a detenerse. Ya no había marcha atrás. Apenas podía escuchar lo que murmuraba en mi oído, mientras movía su mano entre mis piernas, sacando y metiendo su dedo lo más adentro que podía. Mi mente dejó de procesar información.

Después de remover sus dedos dentro de mi vagina durante varios minutos, me soltó y se levantó.

–No te muevas… quedate así –Ordenó mientras salía de la cama.

No me moví. Observé la pared entre largos parpadeos… sentía como un ardor entre las piernas.

La cama se hundió bajo su peso cuando volvió a subirse sobre ella. Las sabanas bajaron hasta la altura de mis rodillas, dejando mi trasero al aire. Me acomodó las piernas de manera que quedé boca abajo sobre la cama y entonces me bajó la bombacha hasta la mitad de los muslos. A continuación se puso sobre mi, sobre mis piernas y me apretó las nalgas con sus manos. Me las amasó con fuerza y luego me las separó y las sostuvo así un buen rato. Me dio tanta vergüenza que quise taparme pero no pude moverme. Mi cuerpo parecía demasiado pesado.

Al fin me soltó y un momento después volvió a penetrarme con los dedos. Se sentía diferente por detrás. Se sentía frío… como si tuviera algo en los dedos, una crema… Se puso más de lo que fuera y volvió penetrarme una y otra vez hasta que estaba empapada de ese líquido aceitoso.

“Basta… basta…”

Un momento después me rodeó la cintura con sus manos y entonces sentí la punta de su pene empujar contra mi vagina. Alcé la cabeza mientras iba enterrándolo poco a poco. Cuando zafó hacia dentro, se me escapó un gemido.

–Ya esta, ya esta… –murmuró con voz ronca, mientras subía las manos por debajo de mi remera.

Rodeó mi nuca con una, y la otra la dejó sobre mi cintura. Inmediatamente después comenzó a moverse sobre mi, desenterrando y después hundiéndose lentamente entre mis piernas.

Abrí mucho los ojos ante la sensación. Aun con el aceite se sentía tan apretado que no podía respirar. De pronto empujó con fuerza hasta meter el pene por completo. Con un jadeo dejé escapar el aire en mis pulmones y todo mi cuerpo se aflojó sobre el colchón.

Siguió haciéndolo así, sacándolo el pene despacio y luego metiéndolo de golpe, aplastándome contra el colchón y empujándome hacia arriba. Con cada embestida que clavaba en mi cuerpo, me sentía más cansada… y mas mareada.. como si me estuviera durmiendo o si estuviera flotando. A veces se me escapaba un jadeo involuntario a causa del golpe que daba contra el fondo de mi vagina. Una vez más, parecía que llagaba hasta mi estómago.

La habitación parecía disolverse… Era irreal… Adentro… afuera… y adentro otra vez…

–Ah-hm…

Era demasiado intenso para ser nada… no era doloroso, no era placentero. No era nada. Era todo… Era tocar adentro de mi cuerpo. Mis entrañas…

Creo que estaba empezando a sentir náuseas así que me quedé más quieta aún, más floja todavía… si era posible, mientras algo grueso se deslizaba dentro y fuera, dentro y fuera… una y otra vez..

Finalmente me abrazó por detrás, y mientras me apretaba los pechos, aceleró el ritmo de sus caderas, produciendo un sonido mojado desagradable. Se tensó, y con una ultima penetración profunda, acabó dejándose caer sobre mi.

No había tardado tanto. Unos cuantos minutos pensé, mientras él seguía moviéndose débilmente… dentro de mi… palpitando.

Pero el tiempo era diferente. Antes se movía rápido, y ahora se iba calmando lentamente…

Tragué saliva cuando mi papa sacó su pene de mi interior, dejando una sensación húmeda y sensible detrás. Y Fría… Me sentía extraña… no quería moverme. No estaba segura de poder hacerlo.

Mi papa respiraba agitado, a mi lado, tratando de recobrar el aliento. Sentí su mano en mi espalda, bajo la remera, haciendo caricias tranquilizadoras y los ojos se me fueron cerrando de a poco.

En algún momento pasó su mano sobre mi cara, corriéndome el pelo hacia atrás y entonces hizo un chasquido con la lengua.

–No seas tonta, –Murmuró –¿para que lloras? No te he hecho ningún daño.

Volvió a meter la mano bajo mi remera y comenzó a hacer círculos otra vez.

–Ya paso…

Ya paso… ya paso… Esas palabra se siguieron repitiendo en mi mente mientras me relajaba más y más profundamente.

Pero no había acabado… Estaba casi dormida cuando volví a sentir su peso sobre mi espalda.

***

Mi celular sonaba.

Abrí apenas los ojos y miré el color de mis sábanas. Estaba en mi cama, en mi habitación. Sentí alivio por este hecho y cuando el celular dejó de sonar, volví a cerrar los ojos dispuesta a sumergirme de nuevo en el sueño, a pesar de que algo me decía que había sido más bien una pesadilla.

Volví a abrir los ojos en el mismo momento en que mi celular comenzaba a sonar de nuevo. Observé a mi alrededor con alarma, tratando de organizar mis pensamientos, y al mismo tiempo no queriendo hacerlo. Mi celular seguía sonando, y decidí que era mejor dejar los pensamientos para después. O para nunca.

Estiré la mano y después de ver quien era la que llamaba, corté la llamada y me senté en el borde de la cama. Tenia la mente embotada pero algo era seguro, mi bombacha estaba húmeda entre las piernas. Toda mi entrepierna estaba húmeda y sensible. Cerré los ojos con fuerza un segundo, intentado bloquear esos pensamientos. Me puse de pie, ayudándome con el borde de la cama, y busqué una remera mas grande en el ropero. Encontré una que me llegaba hasta las rodillas, y me la puse encima de la que tenía. Entonces salí de la habitación, sin saber con lo que me iba a encontrar.

La puerta de la habitación de mi papa estaba cerrada, noté con alivio. Me apresuré hasta la puerta de entrada, y giré la llave.

–¡Al fin! –Exclamó mi mama mientras ingresaba en la casa. –¿Por qué dejan la llave puesta? ¿No ven que no puedo abrir desde afuera?

“Fue sin querer” quise decir, pero las palabras no me salieron. Me apresuré hacia mi habitación ya que no sabía qué cara tenía. Estaba por abrir la puerta cuando mi mama susurra:

–¡Ana! ¿Que haces? Esa es la habitación de tu padre.

Apreté los párpados confusa y di un traspié hacia mi habitación.

–Pareces borracha… Bueno, al menos te hice madrugar… –comentó mientras dejaba unas bolsas sobre la mesada.

***

Horas después

Me quiero ir, me quiero ir, me quiero ir….

Los paredones que separaban el patio de las casas vecinas me parecían, no por primera vez, los muros de una cárcel. A mi espalda se escuchaban murmullos de voces y risas desde dentro de la casa.

De alguna manera yo estaba ahí, fingiendo ser un ser humano. Aunque por la actitud de mi mama, no lo había hecho muy bien. Había sido un sábado horrible, y aún no acababa. Mis tíos estaban en la casa. Mis tíos paternos: Lourdes, hermana de mi papa, y mi tío Omar. No eran malas personas, simplemente no teníamos nada de qué hablar. Especialmente con mi tío.

No quiero estar acá, no quiero estar acá, no quiero estar acá... Repetí en silencio, observando los paredones. En el extremo del paredón a la derecha, me miraba agazapado el gato negro de la vecina. Envidiaba a ese gato. Nunca dejaba que nadie se le acercara… una vez había intentado atraerlo con algo de comida, y casi me rasguña. Y no pude hacer nada al respecto, porque se subió al techo y desapareció. Yo quería hacer lo mismo. Quería desaparecer…

“Estas rara.” Me había dicho mi tía durante el almuerzo. Yo me alcé de hombros sin saber que decir. “Estas mas callada de lo usual… y más delgada, tenes la cara chupada.” había seguido ella, para mi mortificación. Mi papa estaba solo a unos metros de esta conversación.

“Estuvo en cama con gripe la semana pasada” Había respondido mi mama con rapidez. Le importaba más la opinión ajena, que la propia realidad. Si varias personas se pusieran de acuerdo para convencerla de que el cielo era violeta, mi mama empezaría a verlo de color violeta.–

Para mi alivio, esa explicación había sido suficiente para mi tía y a continuación se pusieron a hablar de otra cosa. Yo esperé unos momentos y cuando me pareció que ya nadie me prestaba atención, me levanté de la mesa, donde apenas si había comido bocado, y me escurrí hacia el patio de la casa.

Ahí era donde estaba ahora, dejando que el aire frío me despejara las ganas de llorar.

–¡Ana…! Hija, ¿dónde estas?

–Acá en el patio…

–¡Anaaa!

Dios… ¿Por qué tenía que gritar así?

Un momento después, mi mama apareció frente a mi.

–¿Por que no decís nada? Te estaba buscando.

–Te lo dije.

–Bueno, no te escuché. Te esta sonando el celular en la pieza.

–Ah, ahí voy.

Mi mama se quedó un momento, como esperando algo. Me di la vuelta para ver que quería, aunque ya lo sabía.

–”ANDÁ… A LA… COCINA” –Ordenó dibujando las palabras con sus labios y con expresión de amenaza.

–Si… ahí voy –Respondí sin inmutarme.

Después tendría que vérmelas con sus regaños, pero ahora solo quería que me dejaran en paz. Esperé que se fuera para ponerme de pie, preguntándome quién me podía estar llamando si nadie tenía mi número aparte de jackeline, y agradecida de tener una excusa para meterme en mi habitación. Intentaría quedarme ahí lo que quedaba de la tarde, por más maleducado que fuera.

Cerré la puerta y saqué el celular de debajo de mi almohada. No era una llamada, era la alarma. “H T P” decía, que significaba “Hora de tomar la pastilla”. Menos mal que había puesto una alarma, me había olvidado completamente. Agarré la tableta de la mochila, y saqué una píldora. Luego, apretándola en mi palma, consideré mis opciones. No quería salir de la habitación, mi mama podría llamarme para que me quedara en el comedor con ellos.

Al fin decidí que la tomaría cuando se fueran. Puse la píldora en mi bolsillo y me acosté de nuevo.

Aun estaba cansada… no había dormido casi nada. Y encima me había levantado de la peor manera: “Ana, levantate, que llegaron tus tíos”, me había dicho mi mama con voz chillona, asomándose por la puerta. Durante un momento pensé en fingir alguna enfermedad, pero la idea de mi mama sobreactuando preocupación maternal al frente de mis tíos me hizo cambiar de parecer. De alguna manera logre vestirme y salir de la habitación.

Ahora mientras estaba acostada, podía escuchar su risa histérica y sus exclamaciones exageradas a través de la puerta. Me puse las manos en los oídos y traté de dormir sin éxito.

Unas horas mas tarde golpearon mi puerta y mi mama se asomó en la habitación.

–Ana, vení a saludar a tus tíos, que ya se van.

“Gracias a dios”

Me levante con esfuerzo y fui a saludarlos.

–Ana, pasate un día por casa… –dijo mi tía mientras me besaba la mejilla. Me frotó la espalda fugazmente y eso hizo que se me cerrara la garganta en un nudo.

–Es que ya está muy grande para visitarnos… debe esta ocupada con algún noviecito –Bromeó mi tío.

–No, no… –murmuré incómoda, tratando de sonreír.

–Mmm, no se, no se… –insistió él, ya saliendo por la puerta.

–Dejala en paz, pobre Ana… –le retó mi tía mientras se ponía la campera y salía de la casa.

Me quedé sola en la cocina después de que mis tíos y mis papas salieron de la casa. Deduje que se pondrían a hablar en la vereda, y eso podía tomar bastante tiempo así que fui al baño. Me lavé la cara con agua fría para despejarme un poco. De pronto recordé la píldora en mi bolsillo, y la tomé con un sorbo de agua. Cuando regresé a la cocina, mi mama y mi papa estaban entrando. Mi mama suspiró profundamente mientras cerraba la puerta. Ella nunca lo confesaría, pero estas visitas también eran agotadoras para ella. Mi papa no fingía tanto, por lo que no parecía estar tan cansado. Bajé la mirada al piso cuando sus ojos se encontraron con los míos.

–Bueno… ¿Y ahora qué hacemos? –Preguntó mi mama a nadie en particular.

Mi papa se dejó caer en el sillón y comenzó a hacer zapping.

–Yo me voy a dormir… –murmuré.

–¿YA? Pero si son las 7 y media. Veamos una película o algo.

–Tengo sueño.

Me metí en mi habitación y un segundo después entraba mi mama.

–¿Que te pasa a vos… eh? –empezó con tono irritado –¿Que te pasa? ¿Te sentís mal otra vez?

–No…

–¿Estas enojada con tus tíos por algo?

–No.

–¿Qué te hicieron para que los trates así?

–Nada…

–¿Y por qué te comportas así, eh? ¿”La nena” esta malhumorada? ¿Está cansada? ¡¿De qué?!

–No grites.

–…estuve trabajando todo el maldito día, y hoy vengo derecho a cocinar para tus tíos y ni siquiera limpiaste la cocina, lo tuve que hacer yo. No has hecho nada en toda la semana. Y después vienen tus tíos y te la pasas todo el día como un zombie.

Yo ya estaba acostada en la cama, tratando de cubrirme los oídos con la manta. Como sospechaba, el verdadero problema no era mi comportamiento, sino la impresión que había dejado en mis tíos.

–¿Qué, estas cansada? ¡Yo también estoy cansada! –Gritó mientras tiraba de mi frazada hasta destaparme la cabeza –¡¿Quién va a limpiar toda la mugre que ha quedado, eh?! ¡Si yo no puedo descansar, vos tampoco!

En otro momento le hubiera gritado algo, ya que estaba empezando a entender que mi mama solía retroceder cuando me mostraba violenta, pero ahora no tenía fuerzas. Estaba a punto de romperme en pedazos. Solo quería que me dejaran en paz.

–¡¿…eh?!

Me cubrí los oídos con las manos, y esperé a que terminara y se fuera. Me pareció escuchar la voz de mi papa desde la cocina, pero no se lo que dijo. Mi mama siguió gritando en respuesta, y al fin salió de la habitación, dejando la luz prendida y la puerta abierta detrás de ella.

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3 comentarios en “Ana XXII – Fin de semana

  1. Esta historia me atrapo desde el primer momento que comence a leerla, en serio tienes un don para escribir, espero subas pronto el siguiente capitulo 🙂

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