Ana XXIII – Cueva

Lunes

–¿Nunca te ha pasado… que después de mirar mucho tiempo la hoja cuadriculada de pronto sentís como que sos un astronauta…?

Belén me miró juntando las cejas. –¿Cómo?

–Como si estuvieras dentro de un traje espacial. O fueras un extraterrestre –Aclaré.

Se rió extrañada y sacudió la cabeza. –Ni idea… no.

Volví la mirada hacia mi carpeta y luego contemplé el salón de clase. Tardé varios segundos en caer en la cuenta de que acababa de hacer una pregunta totalmente ridícula.

No es que nunca hiciera cosas extrañas, a veces me reía sola por ejemplo, pero por lo general el sentido común me detenía antes de que hiciera algo demasiado notorio. Hoy, mi sentido común parecía estar un paso detrás de mí. Al igual que mi cuerpo. Observé mis manos otra vez y luego miré a la profesora que seguía hablando.

Era tan extraño… Era como estar dentro de mi cuerpo. Quiero decir, uno está dentro de su cuerpo todo el tiempo, pero no se da cuenta. Hoy me daba cuenta. Me sentía un ser separado de mi, dentro de mi… mirando hacia afuera. Tan extraño…

Aunque no me disgustaba la sensación. Es más, me parecía divertido. Me tuve que cuidar de no reír en voz alta o levantar las manos para alejarlas y acercarlas a mis ojos, como si fuera una niña de 2 años tratando de atrapar mariposas imaginarias.

–¿Qué?

–¿Qué de qué…?

–¿De qué te reís? –Preguntó Belén curiosa.

–De nada… –Hice un gesto con la mano –me acordé de algo…

Para mi alivio sonó el timbre del recreo y un momento después todos empezaron a vaciar el salón. Belén se fue hacia donde estaban sus amigas, probablemente lamentando que se hubiera tenido que sentar conmigo. Por costumbre dirigí la mirada hacia Jackeline, quien salió por la puerta sin mirarme. Yamila la seguía de cerca.

Me puse de pie y salí del salón yo también. Caminé por el pasillo, absorta en la sensación de estar dentro de mi cuerpo, ¿o era estar fuera…? La luz grisácea que traspasaba las ventanas parecía mucho más brillante de lo usual, y los bordes de las cosas más nítidas.

No era la primera vez que me pasaba. Para mi tenía algo que ver con las hojas de matemáticas… A veces me quedaba tildada mirándolas durante demasiado tiempo, y cuando levantaba la vista, me encontraba con esta sensación de astronauta.

De pronto me encontré en el salón principal, sin saber a donde ir. Decidí ir a la escalera para sentarme en la parte de abajo pero en lugar de eso, continué subiendo hasta llegar al segundo piso. Agradecí que no me viera la portera, ya que no le gustaba que los de secundario subiéramos al piso de primaria.

El pasillo principal estaba vacío, al igual que el salón, que era más pequeño que el de abajo. Todos los alumnos estaban en sus salones, ya que los de primaria tenían recreos diferentes que nosotros. Me sentí tentada a acercarme a los ventanales y mirar el paisaje de la plaza y los autos, pero tuve miedo de que algún profesor o alguna de las porteras me viera así que en cambio fui a los huecos a los lados del salón. Eran como pequeños áticos donde guardaban las cosas de gimnasia, como las colchonetas, las pelotas de fútbol y las de handball, y otras cosas más, en especial sillas rotas. Estaba lleno de sillas rotas. Siempre que pasaba por ahí, esas pequeñas cuevas me llamaban la atención, pero nunca me había metido dentro de ellas. El sentido común me lo había impedido.

Aproveché que la voz que me decía que no hiciera cosas “extrañas” parecía estar dañada el día de hoy, y me metí en uno de los huecos. Me senté detrás de unas cajas, al resguardo de las miradas y de la luz.

Aquí nadie me molestaría…

***

Una semana después

Tanteé mi bolsillo por tercera vez. La caja estaba ahí. Sonó el timbre del recreo pero me quedé un momento en el asiento esperando a que el salón se vaciara un poco. Jackeline salió con Yamila, con quien se había sentado toda la semana.

Ahora se juntaba con Yamila, una chica que en mi opinión, era levemente retrasada. Debía estar realmente desesperada. Me sentí fugazmente mal por ella, pero el sentimiento no logro instalarse en mi. No tenía ganas de sentirme mal por nadie.

Me puse de pie y salí yo también. Camine hacia el salón principal y lo crucé camino al baño. Una vez dentro, fui hasta al lavamanos del fondo, y cuando no hubo nadie cerca, saqué una de las píldoras de la tableta y me la metí a la boca. Acerque los labios a la canilla y bebí unos sorbos de agua, teniendo cuidado de no tener contacto con el metal, como me había dicho mi mama una vez. Por los gérmenes.

El corazón me latía aceleradamente y el rostro me ardía. Cuando escuché que unas chicas se acercaban, ingresé en uno de los cubículos y me senté en el inodoro después de fijarme que estuvieras seco.

No debería haber elegido las 3 de la tarde como la hora para tomarlas, me dije. Lo tendría que hacer siempre en el colegio, menos los fines de semana y la verdad no quería pasar por estos nervios todos los días.

Me terminé quedando todo el recreo en el baño. Apoyé la cabeza contra los azulejos, y contemplé las paredes mamarrachadas. Sin prestar mucha atención leí los nombres escritos: “Micaela…” con letras grandes y un corazón en la “i”. Abajo, escrito con otra letra se leía “puta”.

Sol, Laura, Rocío, Dévora, Belén... Y el correspondiente “Puta” debajo o al costado. “Belén ama a… ¿Diego?”, el nombre no se leía bien, alguien había dibujado la caricatura de un pene encima.

Finalmente sonó el timbre para entrar a clase, sobresaltándome levemente. Sentía como si me hubiera quedado dormida. Dormida… con los ojos abiertos. Salí del baño junto a otras chicas y caminé arrastrando los pies hacia el salón. Por las ventanas se veía un día soleado, aunque frío.

No había dicho ni una palabra en todo el día, reflexioné mientras caminaba. Desde que me había levantado hasta ahora… ni una palabra. Había esquivado a mi mama durante la mañana. Luego quedé sola. Y luego vine al colegio.

Por lo general, cuando llegaba al colegio, saludaba a Jackeline al menos. A veces no nos hablamos mucho, pero nos hacíamos compañía… Hoy no había saludado a nadie. Pensé sobre lo increíblemente fácil que se podía deshacer una amistad de años y años. Ella había sido mi única amiga desde primaria…

Aunque para ser justa, tenía que confesarme que era igualmente fácil arreglar las cosas. Solo tenía que ir a saludarla. Dejar que me ignore unos minutos, perseguirla un poco. Tal vez ni eso. Quizá bastaba con sentarme a su lado en clase y hablarle como si no hubiera ocurrido nada.

Pero no lo había hecho. Ni se por qué, simplemente no lo hice. Y probablemente no lo hiciera. Esa inercia se había roto.

Entré al salón y me senté en mi banco. Casi siempre era el mismo. El del fondo a la derecha. Y si ese estaba ocupado, iba al del fondo a la izquierda. Si ese estaba ocupado también, ese iba a ser un mal día.

Arrugué el entrecejo hacia mi carpeta tratando de recordar mis pasos desde que me había levantado hasta el momento presente ¿Realmente no había dicho nada en todo el día…? Mi mama había dicho “Chau” cuando se fue a trabajar, pero yo no le había contestado. Mi papa… No quería pensar en mi papa. Cuando la profesora tomó asistencia, no dije “presente” sino que levanté la mano apenas. Así que ni para eso había dicho nada.

–¿Vallejo…?

Alcé el rostro y noté que todos me estaban mirando.

–¿Qué…? –Pregunté tensando la espalda.

Algunos se rieron y yo me sentí mortificada.

–¿Hiciste la tarea…? –Me preguntó la profesora conteniendo una sonrisa.

–Ahm… –Abrí la carpeta y la cerré un segundo después. –N–no…

–¿No? –Repitió ella alzando las cejas, dándome tiempo para avergonzarme del hecho –Que raro de vos… Bueno, Ramírez, ¿la tarea…?

Tragué saliva, ruborizada de vergüenza y volví a abrir la carpeta fingiendo que estaba leyendo algo importante. En realidad si había hecho la tarea. Pasé los dedos por las ecuaciones de matemática sintiéndome como una estúpida por haber respondido sin pensar a causa de los nervios.

Odiaba cuando los profesores hacían eso… remarcar en frente de todos el hecho de que ese día en particular no encajabas con la etiqueta que te habían puesto. Volví a preguntarme por qué alguien querría ser profesor, de entre todos los trabajos… cómo alguien que asistió al colegio durante años y años, querría en el futuro precisamente volver a este tortuoso lugar.

Cuando llegó el siguiente recreo, me detuve un segundo en el salón principal considerando a donde ir. Desde que Jackeline no me hablaba, este dilema se estaba volviendo rutina. Al fin decidí ir al segundo piso otra vez. Subí las escaleras con esfuerzo y luego de fijarme que no hubiera nadie a la vista, me metí dentro de uno de los huecos al costado. Dejé caer la cabeza hacia atrás y cerré los ojos. Traté de no pensar en nada, pero no lo logré.

Había vuelto a ocurrir…

El miércoles a la mañana. Mamá se había ido a trabajar temprano como siempre, y yo había ido a gimnasia. Volví a casa al rededor de las 9, derecho a bañarme. Había notado que la puerta de la habitación de mis padres estaba cerrada, y pensé que eso era bueno. Si mi papa no tenía que ir a trabajar, solía quedarse durmiendo hasta después de que yo me iba al colegio. Pero esta vez no lo hizo.

Supe lo que iba a ocurrir cuando saliera del baño, porque mientras me duchaba había escuchado que alguien intentaba abrir la puerta. La puerta que yo había cerrado con llave. Cuando al fin salí del baño, mi papa estaba esperando fuera.

Había sido peor que las otras veces. Había sido más despacio… Y yo no había hecho nada para impedirlo. Si, había intentado zafarme y meterme en mi habitación, pero él me retuvo sin esfuerzo y me rodeó con sus brazos. Entonces, más que desesperación, sentí culpa. Porque él me estaba abrazando y yo me resistía. Así que deje de moverme, deje de resistirme y dejé de pensar.

Ahora pensaba en eso, y no le encontraba sentido. ¿Por que me sentí culpable? ¿Por qué no me había resistido más? Apoyé las palmas contra mis ojos, para impedir que salieran las lágrimas. Respiré profundamente hasta que se me fue pasando. Dejé caer la cabeza hacia la pared otra vez y me relaje.

De nada servía pensar en eso ahora. Si había ocurrido, era porque había ocurrido, y no había nada que podría haber hecho para impedirlo…

Y si lo había, pero yo no era capaz de hacerlo… ¿De que me servía? Solo para torturarme…

Cerré los ojos otra vez, deseando que pudiera quedarme aquí todo el resto del día. Pero el tiempo se iba acabando y eso me hizo reflexionar sobre el tiempo.

Marzo, abril, mayo, junio…

Estaba recién en abril. Finales de abril.

Me senté de costado y observé la punta de mis zapatillas. ¿Como haría para terminar el año…? ¿Como haría para soportar todo un año así…? La impotencia me contrajo la garganta, y me puse a contar para distraerme.

Uno, dos, tres… Tres semanas, cuatro semanas… Un mes… Doce meses, no… nueve meses… cuatro por cinco… veinte por nueve… veinte por nueve…

Ciento ochenta. Ciento ochenta días escolares. ¿Como haría… cómo haría para soportarlo…?

Me puse de pie tan de prisa que casi me golpeo la cabeza contra el techo de la cueva. Salí tambaleándome sin pensar en que alguien podía estar por ahí y me acerqué al ventanal. Observé la plaza central con sus arboles, hojas, y gente…

“¿Cómo voy a soportarlo? ¿Cómo voy a soportarlo…?”

Riiiiiiiiiiiiiiiiiing

El timbre anunciaba el fin del último recreo. Apreté los párpados y tragué saliva antes de bajar la escalera y dirigirme al salón de clase. La hora pasó entre una neblina de distracción y cansancio.

Tampoco dije nada durante esa ultima hora. Ni mientras juntaba mis útiles, ni cuando crucé las puertas del establecimiento rumbo a la parada del colectivo, ya que no tenía ganas de caminar.

Para mi alivio, el colectivo no tardó demasiado en llegar, aunque ya estando fuera del colegio, no era tan mala la espera. El aire fresco siempre parecía despejarme.

–¿Un boleto? –Me preguntó el colectivero, cuando subi.

Asentí con la cabeza y le entregué el dinero. Una vez en mi asiento contemplé el paisaje de la plaza por la ventana, levemente confusa por un pensamiento que no acababa de formarse.

Y entonces lo recordé. Hace 6 horas, había dicho que si. Cuando subí al colectivo para venir al colegio y el conductor me había preguntado “¿un boleto…?” yo le había respondido “si”.

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6 comentarios en “Ana XXIII – Cueva

  1. Hola! Felicidades,tus relatos son buenos en verdad. Sin embargo noté que hace ya mas de un mes que no escribes, ¿Vas a retomarlos en algún momento?, en especial el de Ana, porque creo que aún le faltan muchas cosas, además de que la pobre chica merece que mejore su vida en algún momento.
    Besos

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