Ana 26 – Manzana

Ese fin de semana vinieron de nuevo mis tíos Lourdes y Omar, y esta vez traté de mostrarme mas sociable que la vez anterior aunque no creo haber engañado a mi tía. Se mostró protectora ante las bromas y comentarios de mi tío sobre un posible novio, que tanto me incomodaban, y antes de irse me dijo de nuevo que la vaya a visitarla un día de estos. Tal vez lo hiciera, aunque probablemente no.

Por alguna razón el lunes me desperté a las 7 am, y no me había vuelto a dormir. Las palabras de mi papa resonaban en mi cabeza “…los dos solos, en algún lugar…” Estaba casi segura de que me iría a buscar al colegio y no sabía qué hacer. Me quedé en la cama, mirando el techo, mientras las horas iban pasando. Mi mama ya se había ido a trabajar y él dormía. Como a las 10 se levantó y un rato después espió dentro de mi pieza. Yo me hice la dormida y suspiré aliviada cuando cerró la puerta. Esperé impaciente a que se fuera, y entonces me levanté. Arrastré los pies hasta el baño y me metí en la ducha. Estuve ahí como una hora. Cuando descorrí la cortina para salir, me di cuenta que me había olvidado de traer las toallas así que, envuelta en la pequeña toalla de mano y temblando de frío, caminé hasta la pieza de mis padres.

Me recorrió un escalofrío cuando crucé la puerta e ingresé en la oscura habitación. Abrí el ropero, y a tientas agarré todas las toallas que encontré. Me puse una en el cuerpo, otra en el pelo, una mas sobre los hombros y fui a mi habitación. Postergue la ropa para después, y volví a acostarme. Me quedé echa un bollito bajo las colchas hasta que recupere calor y fuerzas.

Últimamente quería quedarme todo el tiempo acostada, a pesar de que no lograba dormir una noche de corrido. Me la pasaba dando vueltas en la cama, con el corazón desbocado, y no había manera de bajar mi pulso, sin importar cuanto lo intentara. El corazón me latía tan fuerte que podía escucharlo. Solo cuando comenzaba a amanecer se normalizaba, y entonces caía rendida al sueño, a pesar de que en unas horas tenía que levantarme. Me estaba volviendo un parásito… Decidí que iría caminando al colegio ese día, saldría temprano cosa de poder descansar en el camino si me venía esta sensación de debilidad.

Al medio día traté de comer un plato completo de comida, para a la mitad ya me sentía llena. Aún así me hice un emparedado con la milanesa que me sobró y a guarde para llevarla al colegio.

Hice todo tal cual lo planeado y llegue al colegio 10 minutos antes. Fui directo al baño y esperé sentada en uno de los inodoros a que sonara el timbre de entrada. Durante las clases, me la pasé haciendo los ejercicios, aún los innecesarios, los que nunca necesité hacer, pues solía entender a la primera. Escribí todos los ejemplos que ponía la profesora y si a pesar de todo eso, me sobraba tiempo, me ponía a hacer la tarea de otras materias. Esto ultimo me venía bien ya que en mi casa no podía hacer la tarea últimamente, por lo que tenía bastante acumulada.

En los recreos, me pasé el primero en el baño, el segundo en la biblioteca, y el tercero en la “cueva” del segundo piso. Esto era igual desde hacía varias semanas, lo único que variaba era el orden en que iba a cada lugar.

Durante la ultima hora no pude más que fingir que escribía mientras garabateaba algún patrón en el margen de la hoja. Apenas me movía, apenas si levantaba la mirada de las hojas de matemáticas. No quería hacer contacto visual con nadie. En un momento golpearon la puerta del salón, y por un segundo tuve la certeza de que era mi papa que me venía a buscar. Cuando vi entrar a la directora casi no lo podía creer. Entonces volví la mirada a mi carpeta, suspirando de alivio, y noté que tenía una vez mas esa sensación de astronauta. Bajé las manos a mi falda y las flexioné con extrañeza. Era como si no fueran mis manos, como si yo estuviera en otro lugar. Miré por la ventana, donde se veía el patio interior y el sol de invierno, y todo era extraño de una manera que no puedo explicar.

La sensación me acompaño durante lo que quedaba de clase, y durante la salida, distrayéndome un poco de mi pánico. Apretando la tira de mi mochila, cruce las puertas del colegio y miré fugazmente hacia la plaza. Luego giré hacia la izquierda deprisa, con la mirada en el piso. Había hecho unos 10 metros cuando me pareció escuchar la voz de mi papa que me llamaba. Solo durante un segundo consideré ignorarla, luego me detuve y me giré hacia la plaza. Me apreté contra la pared para no estorbar a los alumnos que me pasaban de largo mientras intentaba enfocar la vista en los autos estacionados en la calle.

No veía a mi papa. Finalmente todos se dispersaron y yo me quede sola en la vereda. Algunos estaban cruzando la calle, hacia los autos que los esperaban pero ninguno era el de mi papa. Miré todos dos veces para asegurarme, incluso revisé los que estaban a mas de una cuadra por si acaso, pero no lo vi. Tomé aire, y después de contar hasta tres, me giré hacia la esquina de nuevo. Camine despacio esta vez, alerta a un nuevo llamado que no llegó, o no escuché. Tardé dos cuadras en notar que tenia los hombros contraídos. Esperé a doblar otra esquina y entonces me detuve y sacudí los brazos para destrabarme. Luego continué camino hasta mi casa.

Cuando llegué, no había nadie. Dejé la mochila en mi habitación y me fui al patio, dispuesta a esconderme si llegaba mi papa antes que mi mama, pero no fue así. Ese día merendé con mi mama y como mi papa no llegaba aún, le dije que me dejara en el centro de camino a su trabajo en el hospital. Di vueltas y vueltas en el centro, mirando las mismas vidrieras una y otra vez hasta que, con hambre y frío, regresé a casa.

Y fue en vano, al final. Esa noche, o a la madrugada del día siguiente, mi papa entró en mi habitación y se quedó ahí durante mucho tiempo.

Mas tarde ese día, después de ir al colegio, fui a la salita a pedir otra caja de anticonceptivos. Era terriblemente incomodo hacerlo, pero me obligué a ello. Peor sería un embarazo. Deseé, por una vez, ser realmente invisible. No quería llamar la atención mientras estaba en ese lugar, no podía evitar sentir que me envolvía una nube de desaprobación, y entendí por qué había tantos adolescentes que no iban a pedir anticonceptivos a pesar de tener la opción. Mi mama había comentado una vez que era una “vergüenza” la cantidad de embarazos adolescentes que había a pesar de todas las opciones que supuestamente teníamos. Lo gracioso, es que ella me había tenido a los 19 años.

El miércoles tuve que poner 3 alarmas en el celular para no llegar tarde a la clase de gimnasia y mi desempeño fue horrible. Para variar, era un alivio cuando la profesora se iba al interior del colegio para tomarse su café en la cocina mientras nosotros corríamos en el frío.

El jueves no fui al colegio. Necesitaba un día de descanso y hace tiempo que no me tomaba uno. En primaria solía faltar muchísimo, a veces incluso 2 veces por semana, y me lo habían permitido por mis buenas notas. Pero desde que había empezado el secundario había tenido que cuidarme porque tenían un limite estricto de 19 faltas por año. Como solía hacer cada vez que faltaba, me bajé del colectivo unas paradas antes de llegar al colegio y me fui a un ciber. Había varias cosas que quería buscar en Internet, pero cuando me senté frente a la computadora se me puso la mente en blanco así que terminé entrando a un chat. Hable un rato con varios chicos, dos de México y dos de Argentina. Nunca encontraba mujeres en el chat… Todos me preguntaron si tenia novio y yo les decía que si o que no dependiendo de lo pesados que eran. No entendía la obsesión en los chats por saber si una esta disponible o no, incluso cuando viven al otro lado del mundo ¿Por que no pueden simplemente hablar? Yo solo quería hablar…

Después de unas 3 horas me había hecho algunos contactos nuevos, había bloqueado algunos otros, y se me estaba por acabar el dinero. Entonces me acordé de lo que quería buscar y lo teclee en Google rápidamente: “Embarazo, menstruación”. Escribí varias combinaciones de los dos términos hasta que encontré lo que buscaba. Me apresuré a leer el articulo, ya que el contador del ciber seguía corriendo, y finalmente aprendí que, aunque no era probable, tampoco era del todo imposible quedar embarazada durante el período menstrual.

Me recline en la silla y tragué saliva. Faltaba una semana para que me bajara el período ese mes, ¡y ojala me bajara! Nunca había deseado tanto esto en mi vida. Me convencí aún mas de que hacía lo correcto yendo a la salita a pedir anticonceptivos. A pesar de que tomar pastillas parecía resignación por mi parte, yo era ante todo una chica práctica y, para bien o para mal, solía adaptarme a las circunstancias antes que luchar contra ellas.

Ese día regresé a casa y suspiré aliviada cuando escuché que mis padres discutían dentro. Había temido que mi papa fuera a buscarme al colegio justo el día que me rateaba. Después de merendar, agarré la mochila y traté de escabullirme antes de que mi mama se fuera, pero mi papa me detuvo.

-¿A donde vas? -preguntó irritado.

-A la biblioteca -respondí sinceramente. ¿Qué padre le impediría a su hija ir a la biblioteca? Él parecía estar pensando lo mismo por la manera en que arrugaba el entrecejo.

Una vez en la biblioteca, me ubiqué cerca del gran ventanal, y me distraje viendo el paisaje. Desde el segundo piso se veía gran parte del centro, incluso llegaba a ver parte de la plaza central que estaba frente a mi colegio. Al igual que éste, la biblioteca tenía dos pisos, siendo el primero para los de primaria y el segundo para los alumnos de secundario y terciario. Me encantaba lo luminoso y amplio que era el lugar, así como el silencio que reinaba dentro. Todos estaban ocupados leyendo. Nadie gritaba. En ese momento decidí añadir la biblioteca a lista de “refugios” a donde ir cuando no quería estar en mi casa.

Me quedé lo más que pude, hice toda la tarea atrasada que tenía y estudié para una prueba de historia. Era ya de noche cuando bajé del colectivo, a unas cuadras de mi casa, solo para encontrar el auto de mi papa estacionado fuera. El de mi mama no estaba, y no tenía porqué estar ya que ese día terminaría de trabajar muy tarde. Aun así lo busqué en vano. Me quede un rato en la esquina, considerando mis opciones, y cuando acabé de eliminarlas una por una, puse un pie delante del otro en dirección a la casa de verjas verdes que era mi hogar.

Mi papa se levantó del sillón apenas entré y se metió las manos en los bolsillos.

-¿De dónde venís a esta hora? -Preguntó, aunque para variar no hizo que la pregunta sonara a un ladrido.

-De la biblioteca -respondí inocentemente. Él me miró sin creerme del todo pero no dijo nada. Seguí camino a mi habitación y cerré la puerta a pesar de que hacia frío dentro. Me senté en la cama y me llevé una mano al pecho. Otra vez el corazón me latía como si hubiera corrido una maratón.

Ya había hecho la tarea así que no tenia nada que hacer. Y no quería ir al comedor a ver televisión o hacerme de comer, pero ¿qué más podía hacer? Si me acostaba a dormir, no me volvería a levantar y era demasiado temprano para dormir. Además de que tenía que lavarme los dientes…

Apreté los ojos, intentando apagar mi cerebro. Decidí entregarme a la costumbre y la inercia y me puse de pie para salir de la habitación. Mi papa seguía en el sillón, mirando la televisión. Abrí la heladera y me fijé en su contenido. Tenía hambre pero de ninguna de esas cosas que había ahí. Agarré un bowl que contenía restos de una ensalada y me senté a la mesa. Ignorando la presencia de mi papá, al menos en apariencia, traté de comer con tranquilidad obligándome a masticar 20 veces cada bocado. Él no hizo nada mientras comía, ni siquiera cuando limpié la mesa y me puse a pelar una manzana en la mesada. Le di dos mordiscos antes de darme la vuelta, ya que me parecía de mala educación comer de pie y dando la espalda a alguien. Él tenia un pie sobre la rodilla y los brazos detrás de la cabeza. Y me miraba.

-Vení, sentate acá. -dijo invitador, tocando el sillón a su lado, pero cuando me acerqué, me hizo sentar en su rodilla. Clavé la mirada en el televisor, y fui dando pequeños mordiscos a mi manzana, a a pesar de que ya no tenía ganas de comerla.

No había nada bueno, hizo zapping durante un rato y al fin se detuvo en Discovery Channel. Dejo el control a un lado y me envolvió la cintura con un brazo. La otra mano la dejo sobre mi pierna.

-Dame un pedacito. -dijo en un momento, señalando mi manzana. Se la di y casi se come la mitad de un solo mordisco. Yo seguí comiéndola de a pedacitos hasta que ya no quedaba nada más que morder. Mi papa seguía con el brazo en mi cintura, y la mano en mi rodilla. No la había movido hasta ahora, solo me sostenía sin hacer nada, y pensé que esto no era tan malo. Esto no se sentía mal. “Si tan solo fuera esto…”

Quise levantarme para tirar el corazón de la manzana a la basura, pero entonces su brazo se tensó a mi alrededor. Agarró la manzana de entre mis dedos y la arrojó despreocupadamente, acertando de lleno en el lavado. Cuando su mano volvió a mi pierna ya no era lo mismo. El tacto que un segundo antes me había hecho sentir casi segura, ahora se volvía algo peligroso y malo. Me abrazó con mas fuerza y empezó a restregar la nariz contra mi cuello. Un momento después metía las manos por debajo de mi remera para apretar mi espalda y manosear mis pechos. Tragué saliva y me concentré en mantener los ojos en la pantalla del televisor. Era un programa sobre focos. Sobre cómo se fabricaban los focos…

Me retiró la remera hacia arriba, y después de alzarme para acercarme mas a él, me bajó el corpiño haciendo que mis pechos se rebalsaran por encima de la tela elástica. Sosteniéndome por las costillas, empezó a pasar la lengua por la punta del pecho, solo por la punta, haciendo que se me endureciera. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, y mis entrañas se encogieron. Contraje las piernas involuntariamente mientras lamía y besuqueaba mis pezones. Quería cerrar los ojos, y el esfuerzo que me costaba mantenerlos abiertos hizo que se me llenaran de lágrimas. Mi cabeza daba vueltas, incapaz de decidir entre concentrarme en el programa, o dejar que mi mente se fuera a otro lugar.

No se qué elegí, cuando quise acordar ya me encontraba en la habitación de mis padres, acostada sobre la cama. Mi papa estaba recostado sobre mi, y seguía besándome los pechos mientras presionaba su cadera contra mi entrepierna. Se interrumpió para desprenderme los pantalones, y luego para tironearlos por mis piernas. Esta vez no me los quitó, sino que los dejo enrollados en mis tobillos, sobre mis zapatillas. Tampoco me quito la remera ni el corpiño, sino que me los dejo como estaban mientras se masturbaba sobre mi. Puse la cabeza de lado y enfoqué la vista en la parte de la cocina que se llegaba a ver desde la puerta.

Él tampoco se desvistió, solo se bajó los pantalones lo suficiente como para ponerse un preservativo, y penetrarme. Tuvo que empujar dos veces para meterse completo en mi interior. Cuando me tocó el fondo, me contraje apretando su pene sin querer. Hundió su cara en mi hombro y se quedó inmóvil hasta que lo solté. Empezó a moverse lentamente primero, hasta que la penetración se hizo mas fácil, mas resbaladiza. Entonces aceleró el ritmo, dejándose caer con todo su peso sobre mi una y otra vez, hasta que mi vagina se cansó de resistirse y se entumeció. Traté de mantener la vista en la luz que entraba por la puerta, pero su brazo y hombro me impedían ver más allá. A pesar de que trataba de no contraerme, podía sentir con demasiada intensidad como el grueso pene me llenaba y me vaciaba y me volvía a llenar. Era tan intenso que me sorprendía cada vez que acababa y yo sobrevivía, de algún modo.

Ahora estaba sentada en el borde de la cama. Ya había acabado y mi papa estaba en el baño. Miré a mi alrededor sin saber qué hacer. ¿Me podía ir? ¿Tenía permitido irme? Me quede inmóvil mirando el piso. Recién cuando él volvió a la habitación me di cuenta de que ni me había subido los pantalones. Él se acercó y después de sentarse en la cama me puso entre sus piernas, impidiendo que me siguiera vistiendo.

Me envolvió con sus brazos sosteniéndome por el vientre y los hombros, estrujándome como a un oso de peluche. Me acaloré de vergüenza por estar sentada semi-desnuda en su falda, y aún más cuando bajó su mano hacia mi inflamado sexo. -¿Estas bien? -murmuró mientras me besaba el cuello y la oreja. -¿Te duele todavía?

Tragué saliva, mortificada. Prefería cuando fingía que no había ocurrido nada. -Un-un poco… -susurré.

-Bueno, ya va a pasar… Es hasta que te acostumbres.

Cuando al fin me dormí esa noche, tuve una pesadilla. Estaba en un bosque y a mi alrededor, en la oscuridad, había un animal que yo no podía ver. Cada vez que me giraba para ver detrás de mí, sentía el dolor de una mordida. Entonces me daba la vuelta y ahora sentía la dolorosa mordida en mi espalda. Una y otra vez giraba en círculos y nunca podía evitar las mordidas ni ver al animal que me las provocaba. Y no me podía defender porque no tenía brazos. Y no tenía brazos porque yo era una manzana.

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3 comentarios en “Ana 26 – Manzana

  1. Gracias por el nuevo capítulo, realmente extrañaba leer aqui. Estoy leyendo los que reescribiste pero vi que les quitaste sus nombres a los capítulos. Realmente me gusta la forma en que colocas los nombres de los capítulos, al quitarlo en mi opinión desaparece algo importante de la historia.

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