Ana 28 – Trabajo

-¿Por qué no te levantas y me ayudas?

-Quiero dormir -respondí dándome la vuelta en la cama.

-¡Vamos! Hace un día precioso. Tendeme la ropa mientras yo cocino.

-Mas tarde.

-¡Pero es ahora cuando hay sol! Dale hija, levantate. Ayudame en algo al menos, yo no puedo hacer todo sola.

Como no respondía, mi mamá cambió de tono. -¿Te pasa algo? -preguntó con esa voz maternal que me encrespaba.

-Estoy cansada.

Se quedó en silencio unos segundos, probablemente debatiéndose entre la preocupación y la irritación. Ganó lo segundo.

-¡Siempre estas cansada! ¿De qué..? ¡Ni idea! -Exclamó teatralmente. -¿Te pensás que yo no estoy cansada? ¿Eh, que no me gustaría alguna vez quedarme todo el día tirada en la cama como ustedes?

-Me duele la cabeza -murmuré molesta por el hecho de que me hubiera comparado con mi papá.

-¿Y qué? Llueva o truene, yo tengo que salir a laburar igual, y nunca me quejo.

¡Se vivía quejando!

De repente se abalanzó sobre mi y comenzó a quitarme las frazadas de encima. -¡Basta! ¡Levantate! ¡¡Te levantas ahora mismo!!

Erizada como un gato, aferré las sabanas con todas mis fuerzas, tratando de impedir que me las quitara. Su voz histérica me perforaba los oídos hasta que ya no aguante más.

-¡¡Ya voy!! -le grité desde el fondo de mi estomago, echando fuego por los ojos.

Mi mama soltó las sabanas tan de prisa que estuvo a punto de caerse hacia atrás. -Bueno… ¡Apurate! -dijo por último y salió de mi habitación.

Me deje caer sobre la cama otra vez, respirando profundamente. Estaba tan tensa que casi temblaba. Tironeé la almohada hasta sacarla de abajo de mi cabeza y después de ponerla de lado la mordí con fuerza. Luego la abracé entre mis brazos. Lágrimas calientes se derramaron por mis mejillas.

¡¡Si, estoy agotada!! grité en mi mente. Cada vez llegaba más cansada del colegio, cosa que a veces parecía imposible. Siempre me había gustado quedarme hasta tarde en la cama y a veces me costaba levantarme para ir a gimnasia, pero nunca me dormía sin querer, o andaba tan zombie. No entendía lo que me estaba pasando. No tenía ni ganas ni fuerzas para hacer nada.

-Estoy cansada… -susurré, mientras más lagrimas inundaban mi rostro. -Cansada de ser como soy, cansada de estar sola, cansada de… de todo.

De pronto mi llanto se cortó en seco. Abrí los ojos de par en par y una ráfaga de energía invadió mi cuerpo. No era inexplicable este cambio, pues era la misma desesperación la que acababa de transformarse en esperanza. Me había acordado de algo que le quería preguntar a mi mama y que, hasta ahora, no había encontrado la oportunidad. Aprovecharía ahora que mi papá no estaba en casa.

Me pasé la sabana por la cara y me solté el pelo que sentía tirante a causa de un rodete despeinado. Abrí la puerta y antes de que mi mamá se girara hacia mí, me escabullí hacia el baño. Lavé mi cara con agua fría, me volví a peinar y me observé en el espejo. Mis parpados estaban un poco hinchados pero no creía que mi mama lo notara. Estaba pálida, pero a estas alturas yo era pálida. Salí del baño y me senté a la mesa a desayunar, a pesar de haber dicho media hora antes que no iba a hacerlo. Mi mama no dijo nada, al parecer estaba aliviada de que actuara con aparente normalidad. Ambas teníamos mucha practica en aparentar normalidad…

Cuando acabé de comer, cargué toda la ropa del centrifugador sobre mi hombro y salí al patio para tenderla sobre el cordel bajo el sol. Entré a la casa una vez acabado esto y me volví a sentar a la mesa, indecisa sobre cómo sacar el tema.

-Ma, ¿Sabes… de algún trabajo? -Le pregunté como a la pasada mientras limpiaba las migas que habían quedado sobre la mesa.

-¿Trabajo? -repitió confundida.

-Si, un trabajo… como para mi.

Me miró perpleja -¿Y de qué vas a trabajar vos? -preguntó como si yo fuera la persona más inútil del mundo.

-De lo que sea. De niñera.

-¡Ja! Y a ver, decime ¿qué sabes vos de cuidar niños pequeños? ¿Sabes cambiar pañales? ¿Qué haces si te toca uno de esos nenes hiperactivos?

-Bueno, no tiene porque ser un bebe tampoco. Y si veo que es un chico insoportable, le digo que no. -Mi razonamiento sonó estúpido incluso a mis oídos -O sino… -me apresuré a continuar -puedo ser dama de compañía. ¡Vos conoces mucha gente! ¿No conoces a ninguna viejita que necesite alguien que le haga compañía, y le cocine y todo eso?

-¿Y cómo vas a hacer si no sabes cocinar ni un huevo?

-¿Me estas cargando? -le dije a punto de gritar -Me cocino día por medio. Se.. Se cocinar muchas cosas.

-¡Ah! Resulta que ahora sabes cocinar, pero bien que si yo no cocino acá no come nadie.

Respiré profundo para calmarme y le volví a preguntar -¿Sabes o no sabes de un trabajo? Solo te pregunté eso, lo demás dejámelo a mi.

-No, no se de ningún trabajo -dijo con las manos en la cintura. -Y si supiera, no te recomendaría. ¿Para qué..? ¿Para que me hagas pasar vergüenza? Toda la vida he tratado de enseñarte cómo llevar una casa y nunca aprendiste. No sabes limpiar, no sabes hacer nada.

-¡¿Que no se limpiar?! -Estallé sin poder contenerme más -¿Que te pensas, que soy una retrasada?

-Solo limpias por arriba. ¡Mira los marcos de las ventanas! ¡Mira el termotanque! ¡Mira el ventilador! Si yo te tuviera que pagar por limpiar así, te echo a patadas.

-¡Pero no me pagas! ¡¡Si me pagaras tal vez limpiaría mejor!!

-¡Ja! ¡¿Ahora resulta que te tengo que pagar?!

-..no me voy a pasar las pocas horas en las que no estoy en el colegio, fregando todos los pisos y ventanas. ¡Llego cansada del colegio!

-No te pido que lo hagas todos los días. Con que lo hagas de vez en cuando…

-¡¡Lo hago de vez en cuando!! -grité a todo pulmón, abandonando todo intento de mantener la calma -¡Y nunca lo notás! No limpio, y te quejas. Limpio, y te quejas igual. Siempre te quejas, ¡da igual lo que haga!

-Porque lo haces MAL. ¿Cansada…? Vos no sabes lo que es el cansancio nena… no tenes idea. Yo trabajo desde los 15 a-

Suficiente. Habíamos vuelto al principio. No quería escuchar otra vez la misma historia de siempre, de que ella había empezado a trabajar a no se que edad y que, por lo tanto, todos los demás seres del universo no tenían derecho a quejarse de nada.

Me di la vuelta y me metí en el baño dando un portazo. ¡La odiaba! ¿Por qué no podía ayudarme? ¡¿Por qué…?! Estuve a punto de patear la puerta. En cambio me senté sobre la tapa del inodoro y comencé a mecerme. “¡Te odio! Te odio, estúpida, idiota, te odio, te odio…” Puse la cabeza entre las rodillas y vomité todas las malas palabras que conocía. “Idiota, imbécil, maldito, te odio, ¡te odio! estúpido, hijo de puta, te odio, te odio, ¡te odio..!”

Cuando acabé de gritar mentalmente, me sentía como si realmente hubiera vomitado. Estaba vacía y aturdida ¿Hace cuánto estaba en el baño? Tuve que sostenerme del lavamanos cuando me puse de pie, para mantener el equilibrio. Me lavé la cara con agua fría para despejarme y fui a mi habitación sin levantar la vista del piso. Me puse una campera y volví a salir.

-¿A donde vas..? -preguntó mi mama a mis espaldas mientras salía de la casa. Mi respuesta fue cerrar con otro portazo.

Necesitaba alejarme. Necesitaba tomar aire y despejarme. Tuve el impulso de salir corriendo por la calle para quemar toda esta bronca, pero no lo hice. Nunca hacía lo que quería hacer, y me odiaba a mi misma por ser tan débil. Me alejé manzana a manzana y, como siempre hacía, fantaseé con la idea de que seguir alejándome y no regresar nunca más.

Iría al cruce de la ruta, en el borde de la ciudad y haría dedo a algún auto conducido por una familia simpática. Sin importar a donde fueran, yo les diría que iba en la misma dirección. Al norte, al sur, donde sea, con tal de que sea lejos. Tal vez yo les caería bien y me adoptaran al darse cuenta de que no iba a ningún lugar y no tenía equipaje.

Caminé hacia el centro, y no me detuve hasta que llegué a la plaza. Me hubiera gustado sentarme en las sillas de piedra bajos los árboles, pero aquí y allá había grupos de chicos de mi edad, y no quería cruzarme con compañeros. En realidad no quería cruzarme con nadie. Era muy frustrarte esto de ser tímida y a la vez sentir que todos me miraban. Si al menos lograra llegar a ese punto de apatía en el que no me importaba nada, podría sentarme donde quisiera sin preocuparme por lo que dijeran los demás. ¿Qué importaba si estaba sola bajo un árbol? ¿Qué importaba si no tenía amigos? ¿Qué importaba si me reía sola? En cien años, nadie se acordaría.

Ah, pero me importaba. Y no podía hacer nada al respecto. Al final fui a la parada de colectivo que suelo tomar para volver a casa del colegio. La bronca lentamente se había diluido en depresión y me arrepentí de haberme alejado tanto. Revisé los bolsillos de mi campera pero no encontré dinero, así que no tenia otra opción que regresar caminando. Me apoyé contra el fondo de la casilla de plástico y metal que envolvía la parada, tratando de esconderme de la vista de los demás. Me sentía sola, muy sola, al borde de las lágrimas. Una palabra resonaba en mi mente una y otra vez, una pregunta incompleta. “¿Por qué..?”

Me agarré la mano izquierda con la derecha y la apreté con fuerza intentando contener las ganas de llorar. “Vas a estar bien, vas a estar bien…” susurré sin producir sonido. “Todo se va a arreglar, de alguna manera…”, pero no era yo quien me consolaba, sino alguien más. Un chico. El mismo de siempre y sin embargo, diferente en cada ocasión. Ahora me lo imaginé un poco mayor, casi un hombre. Él me apretaba la mano y me consolaba en voz baja “Vas a estar bien Ana, vas a estar bien… en 100 años, nada de esto tendrá importancia. Solo tenes que aguantar un poco más… solo un poco más…”

“¿Cuánto más?”

“Solo un poco más… hasta que te encuentre.”

Poco a poco las calles se fueron llenando de movimiento y de guardapolvos blancos. Confusa, me erguí en el asiento y busqué mi celular en mi bolsillo pero no lo había llevado. Hice la cuenta mental y supuse que ya debían ser alrededor de las 12. ¿Qué estaba haciendo ahí? Todavía faltaba mas de una hora para ir al colegio. Me imaginé a mi mama en casa, sola, comiendo la comida que había hecho para las dos, preocupada por mi comportamiento. Quise sentirme bien al respecto, quise sentir que se lo merecía pero solo sentí culpa. Hubiera regresado pero ya era demasiado tarde. Era tarde para volver y ridículamente temprano para quedarse. ¡Y encima no había traído la mochila!

Apreté los ojos con fuerza durante varios segundos y cuando los abrí, todo se veía extrañamente diferente. Las personas iban y venían, apuradas y distraídas y yo era una de ellas. Una más del montón. De pronto mis problemas no parecían tan graves. Decidí que ese día, después del colegio, iba a limpiar toda la casa, de arriba a abajo. No me olvidaría de nada, ni del termotanque, ni de los marcos de las ventanas, ni de quitar el sarro de las canillas. Y cuando mi mama viera que no era que yo no sabía limpiar, sino que simplemente nunca me había decidido a hacerlo bien, tendría que reconocer que se había equivocado y que yo sí estaba lista para conseguir un trabajo. Y si a pesar de esto se negaba a ayudarme, entonces conseguiría uno por mi cuenta. Si, eso haría. Conseguiría un trabajo, ahorraría y me emanciparía. De algún modo lo lograría, porque no tenía más opciones.

***

Jackeline no fue al colegio por lo que le tuve que pedir hojas y una lapicera a Yamila. En el recreo le pregunté si me podía sentar junto a ella en la escalera y dijo que si. Era demasiado tímida para ser leal, lo que me venía bien dadas las circunstancias. Hace unos días, una de las porteras me había descubierto en la cueva del segundo piso. Ignorando su expresión sorprendida, había salido a gatas de la cueva y después de sacudirme el polvo me alejé caminando como si fuera totalmente normal que alguien estuviera escondida en esa pocilga oscura. De más esta decir que fue uno de los momentos mas vergonzosos de mi vida. Ahora ya no podía volver ahí, sospechaba que la portera me vigilaba. Y aún si no era así, solo la sospecha alcazaba para haber arruinado ese escondite.

Volví a sentarme al lado de Yamila en los dos recreos siguientes, aunque no hablamos de nada. Solo le pregunté si había estudiado para la prueba de ingles que teníamos al día siguiente. En algunos momentos del día me sobrevino una sensación como de desmayo, acompañada por una punzada en el estómago. El malestar iba y venía y se me pasaba después de unos minutos. Era por el hambre, supuse. Me la tuve que aguantar ya que ni dinero para un chicle había llevado. Aunque por experiencia sabia que mascar chicle con el estomago vacío producía ganas de vomitar.

Finalmente regresé a casa, después de un día que no terminaba de acabar. Estaba incluso demasiado agotada para comer, así que tomé un vaso de gaseosa y me acosté sobre la cama, vestida y todo. Y decidí postergar lo de limpiar toda la casa para otro día…

Jackeline volvió a faltar al día siguiente. Y el que le sigue también. Al segundo día le pregunté a Yamila si me podía sentar en su banco y una vez más, aceptó. Pasamos todos los recreos juntas lo cual me distrajo, no porque fuera entretenido, sino porque era difícil sacarle conversación a esa chica. Tampoco quería que fuera demasiado obvio que le hablaba solo para acercarme a Jackeline y que ésta dejara de comportarse como una tonta solo porque un día no actué como si ella fuera el centro del universo.

Pero Yamila no se dio cuenta, o si lo hizo, no parecía importarle. Después de tres días estaba segura de que yo le caía mejor que Jackeline, quien seguramente se la pasaba hablando en voz alta en lugar de hablar «con ella». Pero me estaba empezando a preocupar, ¿y si se había cambiado de colegio? Tal vez no eramos las mejores amigas del mundo, pero la conocía hace muchos años y sin ella, estaría totalmente sola. Yamila era tan aburrida que me hacía a mi parecer interesante. Nunca decía nada, obligándome a mi a ser “la charlatana” de la dos, cosa que me agotaba. De pronto me encontré extrañando el parloteo incesante de Jackeline y deseé que regresara pronto al colegio.

***

Finalmente lleve a cabo la limpieza a fondo que había planeado días antes. Después de 5 horas, la casa había quedado impecable. Estaba tan casada que por un momento no estuve segura de querer realmente trabajar de esto. Pero me deshice de esos pensamientos. Si me pagaban… lo haría. No importa que tan agotador fuera.

Dejé las zapatillas mojadas en la cocina para no manchar el piso recién lustrado y después de juntar la ropa y las toallas, me metí en el baño dispuesta a darme un baño super largo. Estaba transpirada de los pies a la cabeza, y me sentía sucia con el pelo y los pulmones llenos de polvo. Cuando finalmente salí de la bañera, encontré a mi mama en la cocina. Me la quedé mirando, esperando que dijera algo sobre al aspecto de la casa.

-¿Qué pasa? -pregunto sin dejar de revolver el contenido de la olla. Abrí la boca para contestar pero la volví a cerrar. Algo me dijo que me vistiera antes de empezar esta conversación, que probablemente se convertiría en discusión.

Ya vestida, salí de mi habitación y colgué las toallas sobre el calefactor menos una.

-¿Y..? -pregunté expectante, mientras apretaba la toalla contra mi larga cabellera para absorber la humedad.

-¿Qué? -respondió a la defensiva.

-¿No ves que limpié?

-Ah… si. Esta bastante limpio -dijo mirando alrededor sin interés.

-”Bastante” ¿No ves que limpié TODO?

-Bueno, si, se ve bastante limpio.

-Estuve todo el día limpiando y no está bastante limpio, está totalmente limpio. ¡Fijate!

-Ahora no, después me fijo…

La miré con la boca abierta sin poder creérmelo. Los ojos se me humedecieron de pura rabia, pero traté de reprimir las lagrimas.

-Dijiste que yo no sabia limpiar y que por eso no me ibas a ayudar a buscar trabajo. Pero yo se limpiar.

Se puso de pie con desgana y empezó a caminar unos pasos en círculo con gesto molesto, como si buscara algo.

-Ahí -dijo señalando detrás de mi. -No limpiaste detrás del lavaropas.

Tragué saliva, apretando los dientes. -¿Algo mas?

-¡Ay no se! Despues me fijo bien, ahora estoy cansada. -hizo un ademan como si la situación la molestara y se dirigió a su habitación. La seguí pisándole los talones y pronto estábamos discutiendo a gritos.

-¡¡Dijiste que si limpiaba la casa me ibas a ayudar a conseguir trabajo!!

-¡Yo no dije eso! Ana, sos muy chica para conseguir trabajo. Esperá unos años…

-¡No puedo esperar unos años!

Nuestras voces se debían escuchar desde afuera de la casa cuando la puerta de entrada se abrió.

-Ehh, eh… ¿Qué pasa acá? -irrumpió la voz grave de mi papá, como si fuera un sargento entrando en un cuartel.

Mama y yo nos callamos inmediatamente. Mi papá terminó de entrar en la casa y pasó entre las dos para llegar a las canillas de la cocina.

-¿De que discutían? -pregunto curioso, mientras se quitaba la grasa de las manos con esponja y detergente.

Miré de reojo a mi mamá deseando que no le dijera nada pero sabía que era inútil. Nunca en su vida había entendido una indirecta.

-¡Ana quiere conseguir trabajo! -declaró gesticulando como si hubiera dicho “¡Se ha vuelto loca!”

Mi papa me miró juntando las cejas. -¿Para que queres un trabajo?

Bajé la mirada al piso. No podía discutir con él, solo podía suplicar. -Para ayudar a la casa.

-Tenemos suficiente dinero, Ana.

Mi mama hizo un gesto como si no estuviera del todo de acuerdo, pero no dijo nada.

-Pero… quiero trabajar -susurré.

Mi mama intervino -Ana, tenes que ir al colegio. ¿Cuándo vas a trabajar? No tenes tiempo.

-¡Puedo conseguir un trabajo de medio tiempo!

-No levantes la voz. -Ordenó mi papa, y eso me hizo retroceder.

-Gastarías mas en transporte que lo que te podrían llegar a pagar. -siguió mi mama, y no supe que decirle. ¡Qué sabía yo! No tenia idea de lo que implicaba trabajar, solo sabía que tenia que conseguir dinero cuanto antes.

-Escuchame hija, -siguió con esa voz que usaba cuando pensaba que yo era una ingenua -te conviene esperar hasta el verano. Cuando empiece la temporada, tal vez podes conseguir trabajo en algún restaurante o en una tienda de ropa. Y como no vas a ir al colegio, vas a tener el tiempo libre necesario.

Tragué saliva, temblando por dentro. Faltaban 6 meses para que acabaran las clases. No podía esperar tanto. Quise decir algo pero no me salían las palabras.

-Pero ahora… en pleno invierno, no se qué trabajo podrías conseguir. Esta es una ciudad chica, no hay tanto trabajo. -Concluyó mi mamá sonando muy razonable para variar.

Mi papa permanecía en silencio, observándome. Yo no tenía nada para decir, pero si hubiera estado sola con mi mama, le hubiera seguido gritando y suplicando durante horas. Como no era así, me di la vuelta, y me metí en mi habitación con la cara colorada de vergüenza. Me habían hecho sentir que yo era ridícula, pidiendo ayuda para conseguir un trabajo a los 15 años. ¡¿No era que mi mama había empezado a trabajar a mi edad?! ¡Y mi papa se había peleado con su padre a los 16, hasta el punto de abandonar su casa para nunca volver! ¡Ah, pero yo era una estúpida por querer hacer lo mismo!

Lágrimas corrían por mis mejillas cuando la puerta de mi habitación se abrió suavemente. Pensé que iba a ser mi mama, y me preparé pare decirle que me dejara en paz y que no, no quería comer su maldita comida, pero era mi papá, y eso me puso en blanco. Desvié la cara y traté de dejar de llorar. Él se sentó a mi lado después de cerrar la puerta, tomó aire y se quedo en silencio unos segundos.

-Ana… ¿Para qué queres conseguir trabajo? -murmuró con seriedad.

Me encogí de hombros, sorbiendo por la nariz. -Para… ayudar a la familia. Pa-para tener mi propio dinero.

-¿Necesitas dinero? Siempre me decís que no. Yo te puedo dar si necesitas.

-Es que quiero mi propio dinero.

El suspiró a mi lado, y las lagrimas volvieron a llenar mis ojos. Después de un rato volvió a hablar.

-¿Por qué no haces lo que dice tu madre, eh? ¿Por qué no esperas hasta el verano..?

Junte coraje y repetí -Quiero trabajar ahora. Falta mucho para el verano.

-Son solo unos meses, no es tanto. Hija, lo importante ahora son tus estudios.

“Hija” la palabra me estremeció.

-Terminá el colegio, y después vemos que hacemos, ¿si..? -siguió hablando suavemente. Como no respondía, alzo una mano y la puso en mi espalda. -¿Mmm? ¿De acuerdo? -preguntó acariciándome paternalmente. Tragué saliva y asentí con la cabeza. No podía insistir más en este momento, pero volvería a intentarlo cuando estuviera sola con mi mama.

Satisfecho, mi papa se puso de pie y después de pasarme un dedo por mi mejilla, salió de la habitación.

Anuncios

3 comentarios en “Ana 28 – Trabajo

  1. Por el comentario anterior no me la imagino embarazada a Ana aunque incluso las pastillas tengo entendido que fallan en algunas mujeres. Creo que sería un abismo de autodestrucción para ella y allí la destruirías porque ya de por sí soporta su día a día… Sigue escribiendo, muy buen capítulo. Saludos. Esperando el siguiente.

¿Qué sentis?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s