Capítulo 30 – Cruzar

Estábamos en la casa de mis abuelos. Abuelos maternos, ya que tanto mi abuela como mi abuelo paterno habían fallecido hace tiempo. Solo eramos mama y yo, porque mi abuelo y mi papa estaban peleados desde que tenía memoria. Éste les había prohibido la entrada en casa así que, una o dos veces al mes, nosotras íbamos a visitarlos a ellos.

La verdad era muy aburrido. Vivían bastante lejos de donde vivíamos nosotros, y su casa era una casa de gente vieja. La habitación de mi abuela, a la cual entraba a veces para mirar sus collares y aros, olía a naftalina y las cortinas eran gruesas y de un color espantoso, entre marrón y naranja.

Pero mis abuelos eran personas buenas y tranquilas. Se llamaban Francisco y Augusta, y aunque no se llevaban muy bien, nunca peleaban. Mi abuelo, en especial, parecía una persona incapaz de enojarse. Había trabajado en el campo la mayor parte de su vida, y mientras lo dejaran solo con su quintita, nada parecía afectarle. Mi abuela en cambio era una mujer un poco estirada. No sabía mucho de ella, a parte de que tenia collares y pulseras de piedras grandes y extrañas. Diría que lo mas importante para ella eran las telenovelas que veía a la tarde. Yo a veces las veía con ella, por puro aburrimiento.

A mi espalda, cuando me sentaba a la mesa frente al televisor, había una cómoda con pequeños animales de porcelana con los que solía jugar cuando era mas chica. Agarré mi favorito, la pantera negra con ojos de rubí, y lo di vuelta entre mis dedos mientras mi mama hablaba con mi abuela sobre temas variados. Eventualmente le preguntó sobre su hermana, Guillermina. Era una pregunta rutinaria. “¿Cómo estaba su hermana, mi tía, con la que no se hablaba desde hacía años?” “¿Y cómo estaban mis primas, Nicole y Solange, a quienes apenas recordaba?”

Mi abuela siempre intentaba juntarlas para algún cumpleaños o fiesta, pero mi mama se negaba en redondo. No sabía por qué se había peleado con su hermana pero por alguna razón sospechaba que, al igual que el asunto con mi abuelo, tenía que ver con mi papá. Varias veces lo había escuchado hablar mal de mi tía, e incluso de mi prima Nicole.

No recordaba que fueran malas personas, pero tal vez ellos sabían algo que yo ignoraba. A Solange no la conocía prácticamente, ya que tenía mi edad, pero a Nicole sí que la recordaba. Recordaba que era una de las chicas mas lindas que jamas había visto. Alta, con un pelo lacio y largo hasta la cintura. Pero no era su pelo o su cuerpo lo que me había dejado impresionada sino que, a diferencia de la mayoría de las chicas lindas, Nicole no se comportaba como si se creyese una reina. Era tímida y seria, como yo. Incluso habíamos celebrado muchos cumpleaños juntas ya que, por una casualidad del destino, cumplíamos años el mismo día, aunque con 5 años de diferencia.

Mi abuela le contó a mi mama algunas cosas superficiales de mi tía y mis primas, como que andaban bien; Nicole estaba cursando 2do año de abogacía en Buenos Aires, y Solange seguía con sus clases de danza árabe. Me daba envidia escuchar lo interesante que eran sus vidas. Yo hubiera querido ir a baile, o haber ido mas tiempo a natación, pero mis padres no me lo podían pagar.

Finalmente nos despedimos de mis abuelos, y regresamos a casa. Papá dormía cuando nos habíamos ido, y eso que nos fuimos a las 2 de la tarde, pero ahora estaba sentado en el sillón del comedor. Apenas entrar, se percibía como una nube negra a su alrededor. Estaba irritado, como solía estarlo cada vez que íbamos a visitar a mis abuelos, pero no rechazó el pedazo de torta que le trajimos en un bol de plástico. Se lo devoró en dos mordiscos, y hasta se chupó los dedos.

-Haceme un café -le dijo a mi mama mientras se dejaba caer en el sillón otra vez. Ella se apresuró a poner el agua a calentar, aliviada de que el mal humor parecía haberse esfumado. A mi papa le encantaban las tortas de mi abuela.

Yo seguí camino hacia mi habitación y me derrumbé sobre la cama boca abajo. Después de unos segundos estiré el brazo y subí las colchas hasta cubrirme todo el cuerpo. Tenía cosas que hacer, ejercicios de matemática, un trabajo practico, estudiar para una oral… pero solo quería aplastar mi cara contra la almohada.

“Tengo que conseguir un trabajo…” Recordé también. Aunque la verdad, nunca lo olvidaba. Era un pensamiento constante en mi mente. Una salida que a veces parecía estar cerca, y otras veces parecía una fantasía ridícula. “¿Por donde empezar?” No sabía cómo buscar trabajo. Poner un clasificado en el periódico costaba dinero, ademas de que no quería que mi anuncio apareciera en un lugar tan público, tal vez alguien reconocería mi numero de teléfono y luego me haría pasar vergüenza con mis padres.

¡Uff! Me tapé mas la cabeza con la manta, como si eso impidiera que los pensamientos negativos ingresaran en mi cerebro. Hice el apunte mental de buscar información en Internet, tal vez incluso había clasificados en alguna pagina web, aunque mi ciudad no era tan grande.

-¿Ya andas acostada vos..?

Todos mis pensamientos se cortaron al escuchar la voz de mi papa en mi habitación. Me tensé, dispuesta a levantare y al mismo tiempo sintiéndome incapaz de hacerlo. Sus pasos se acercaron a mi, y luego la cama se hundió bajo su paso. La puerta de la habitación no estaba cerrada, sino torneada, pero no dejaba ver mi cama desde la cocina. Tragué saliva cuando bajó la manta, descubriendo mi cabeza.

-¿Andas jodida..? -preguntó suavemente al tiempo que empezaba a frotarme la espalda.

-No…

Siguió moviendo su mano en silencio.

-¿Y vas bien en el colegio? -comentó después de un rato.

-Si.

De pronto entró mi mama en la pieza.

-¡Ay! ¿Ya te acostaste? No, arriba. -Exclamó mientras se acercaba a la ventana y subía la persiana de un tirón. Era tarde, pero aun había luz solar fuera. Mi papa retiró la mano de mi espalda y la puso sobre su rodilla.

-¡Arriba Ana! -seguía gritando mi mama. -Limpiá tu habitación… o ayudame en algo -agregó al ver que mi habitación estaba limpia.

-Dejala descansar un poco.. -comentó mi papa mientras se ponía de pie.

-¿Un poco? ¡Si se la pasa descansando! Nació cansada… -le discutía mi mama, siguiéndolo fuera de la habitación.

A pesar de todo, me sentí agradecida que se hubiera llevado a mi mama hacia la cocina. Estaba cansada, si. Especialmente porque la noche anterior no había podido dormir más que un par de horas y él sabía porqué.

Apreté los ojos con fuerza y me volví a cubrir la cabeza con las mantas, intentando desviar los recuerdos…

***

-Ana ¿me escuchas?

-¿Qué?

Jackeline me miro entrecerrando los ojos.

Dios, no otra vez.

-Perdón, es que me duele muchísimo la cabeza -dije hundiendo los dedos en mi cabellera. Era verdad, todo el día había tenido un dolor insoportable de cabeza. Estaba a punto de llorar de frustración. Vi los pies de Jackeline moverse inquietos antes de que dieran un paso hacia mi. Me apoyó la mano sobre la frente.

-Ana, tenes fiebre -me dijo con tono entre preocupado e irritado. Me hizo acordar a mi mama.

Suspiré y me apreté las manos contra los ojos. No era la primera vez que el dolor de cabeza era tan intenso que me daba fiebre. Cada tanto sufría de calores repentinos que me obligaban a pasarme los recreos encerrada en el baño, refrescándome. Pero últimamente me sucedían con mas frecuencia. Hacía mas de 24 horas que tenía dolor de cabeza y eso me estaba haciendo papilla el cerebro.

-Tal vez deberías llamar a tus papas -dijo Yamila tímidamente. Me sorprendió que dijera algo.

-No… ya se me va a pasar. -murmuré.

Pero no fue así. Y para la hora de salida, casi no podía ni caminar. El impacto de mis pies contra el suelo retumbaba en mi cabeza. Fui al baño y me empapé la cabeza y la nuca con agua y finalmente crucé las puertas del establecimiento, aturdida y molesta. ¿Por qué estas cosas solo me pasaban a mi? Me pareció escuchar que alguien me llamaba pero no me detuve. Cerré los ojos con fuerza, dispuesta a ignorar el llamado imaginario, pero mi nombre volvió a sonar en el aire. Me di la vuelta y enfoque la vista en la plaza. Solo necesité un vistazo para saber que él estaba realmente ahí, esperándome. Mi cuerpo dudo un momento antes de obedecerme y cambiar de dirección. Me detuve en el cordón, esperando a que los autos terminaran de pasar por la ancha calle.

Esperé un buen rato, pero los coches seguían viniendo. En un momento pensé que tal vez podía cruzar, pero entonces apareció otro auto y di un paso hacia atrás. Esto me pasó varias veces más y noté que mi papa comenzaba a impacientarse. Los autos estaban muy cerca, pero cuando al fin pasaban de largo, me daba cuenta de que podría haber cruzado. A mi lado, unas chicas cruzaron la calle sin problema, mientras yo seguía paralizada en la vereda. Avergonzada, esperé a que pasaran dos autos mas y crucé corriendo a toda prisa.

Un bocinazo y una frenada. Terminé de cruzar la calle con el corazón en la garganta. Mi papa se acercó de una zancada y me agarró el brazo con fuerza.

-¡¿Qué haces?! ¡¿No ves que casi te chocan?! -Gritó zarandeándome. No despegué la vista del piso mientras me daba cuenta de que era verdad. El auto me había pasado rozando. Él aflojó el agarre al ver que varias personas nos estaban mirando, y me empujó hacia el auto. Me subí sin saber si estaba roja como un tomate, o pálida como un fantasma. No lograba coordinar bien mis movimientos.

Conducimos en silencio, aunque el cuerpo a mi lado irradiaba furia. Se le notaba en la manera en que apretaba el volante. Paso de largo el centro y giró en dirección contraria a donde vivíamos. Tome aire despacio, y cerré los ojos tratando de no pensar en lo que vendría después. En una hora o dos estaría en casa, me ducharía y eso sería todo. Luego podría acostarme el resto del día. Pero ese pensamiento no me tranquilizó, al contrario. Una hora era demasiado tiempo. Se me partía la cabeza, me latía como si estuviera a punto de estallar. Cuando el auto se detuvo, tenia el estomago revuelto.

-Soltate el pelo.

-Me-me duele la cabeza -dije tirando de mi colita.

-Y deja la mochila ahí -siguió sin prestarme atención.

-No me siento bien.

-Dentro de un rato te vas a sentir mejor, vamos…

Bajó del auto y lo rodeó para abrirme la puerta. Cuando bajé me agarró el pelo y me lo acomodó a un lado, sobre mi hombro.

-¿Por qué tenes el pelo mojado? -preguntó curioso.

-No se -dije mirando a mi alrededor, buscando alguna alternativa. Me quiso agarrar de la mano pero me zafé inconscientemente. Temiendo su reacción, me agaché para atarme los cordones. El se metió las manos en los bolsillos, esperando. Cuando me puse de pie, se giró y cruzó la calle. Yo quise seguirlo pero no me moví. Él cuerpo no me respondía. Un grupo de autos se acercó y entonces supe que no iba a poder cruzar. Nerviosa, me di la vuelta y empecé a caminar en dirección contraria a la del hotel.

-¡Ana! -gritó mi papá pero yo ya iba doblando la esquina. Reprimiendo el impulso de salir corriendo, caminé lo más deprisa que pude. Iba llegando a otra esquina cuando me alcanzó.

-¿Que haces? ¿Qué carajo haces? -dijo atenazándome el brazo. Tiró de mi pero yo me apreté contra el paredón. Hundí la cabeza cuando se acercó su cara a la mía. -Movete. AHORA -masculló contra mi oído, y tiró de mi otra vez con rudeza. Mis rodillas cedieron y me caí al piso -¡Basta Ana! ¡Camina! -ordenó mientras me arrastraba unos metros.

»¡¿Qué mira?! -le gritó a una anciana que se nos había quedado mirando. La mujer se alzó de hombros, y siguió barriendo lentamente, mirándonos de reojo. -No pasa nada… es mi hija -agregó antes de intentar levantarme una vez. Como no cooperé, me soltó y apretó los puños con furia. Visiblemente incomodo, dudó unos segundos antes de girarse y alejarse a grandes zancadas.

Esperé a que doblara la esquina, antes de moverme. No lo podía creer. ¡Se había ido! Me levanté del piso y empecé a caminar en dirección a la avenida principal. Desde ahi me podría ubicar para volver a mi casa. Pero el alivio duró poco. Había hecho dos cuadras cuando escuché el ruido de un motor familiar. El auto rojo se puso a mi altura y bajó la velocidad.

-Tenes 3 segundos para subirte al coche -dijo con voz amenazante, llenándome de pánico. -Uno…

Incapaz de mirarlo, sopesé mis opciones. Si se iba y me dejaba en este lugar, tardaría más de 40 minutos en llegar a casa. Ni siquiera estaba segura del lugar en donde me encontraba. Y durante todo ese tiempo el estaría enojándose mas y mas…

-Dos…

Temblando, me giré hacia el coche. Mi papa se detuvo lo suficiente como para que subiera, y volvió a emprender la marcha sin mirarme. Me subí al asiento de atrás, esperando que la separación me protegiera al menos hasta que llegáramos a casa. El viaje fue interminable. Mientras mas nos acercábamos, mas nerviosa me ponía y mas empeoraba mi dolor de cabeza. Para cuando llegamos, podía escuchar los latidos de mi corazón en mis oídos. Él se bajó primero, dando un portazo que sacudió todo el coche. Enferma de nervios, me bajé yo también y lo seguí hacia la casa. Me sostuvo la puerta para que entrara, y lo hice agachando la cabeza, temiendo que me agarrara a la pasada.

Mi mama estaba en la cocina, parecía sorprendida de vernos llegar. Se empezó a quejar sobre algo pero no la podía escuchar. Necesitaba ir a mi habitación y acostarme.

-¡¡Veni para aca, que tenemos que hablar!! -gritó mi papá como un sargento, congelándome en el lugar. Mi mama me miró alarmada, preguntando con la mirada “¿Y ahora que hiciste?”

Mi papá dio una vuelta por el comedor, con las manos en la cintura, antes de girarse hacia nosotras.

-Casi la atropellan hoy -aclaró, señalándome. -Así de cerca le pasó un coche -agregó, haciendo un gesto con los dedos.

-¡Ay Ana! -gimió mi mama tapándose la boca. -Hija, no podes ser tan despistada.

Bajé la mirada al piso sintiendo vergüenza y bronca ¿Despistada yo? Yo nunca había sido despistada ¿Es que no conocía mi personalidad a estas alturas? ¡Era mi madre!

-Fue sin querer. -murmuré.

-¡Esa no es excusa! Ya no sos una nena como para andar haciendo idioteces así -gritó mi papá haciendo retumbar su voz por la casa, y dentro de mi cabeza. Empezó a caminar de un lado a otro de nuevo -¡Y no es la primera vez que haces algo así! La otra vez te agarré haciendo equilibrio sobre el cordón ¿Es que sos estúpida..? ¿Te parece divertido andar arriesgándote así?

No supe que decir. Era verdad. Me podrían haber chocado. Podría haber muerto, o peor… podría haber quedado inválida.

-¿Eh? ¡Responde!

-No.

-¡¿No que?!

-No me parece divertido -susurré con ojos vidriosos. Me encogí cuando dio un paso hacia mi.

-¡¡Que sea la ultima vez!! -dijo alzando la mano. Asentí, incapaz de responder. Él esperó unos segundos, como si quisiera decir algo más, pero al final se fue a la habitación del fondo, dando un portazo brutal con la puerta.

Mi mama y yo nos quedamos en silencio, aunque en realidad los gritos y el portazo seguían resonando por la casa, como si rebotaran entre las paredes, transpasándome una y otra vez.

-Ma ¿tenes… algo para el dolor de cabeza? -susurré haciendo un gesto de dolor. Me alejé sobresaltada cuando sentí algo sobre mi frente.

-Solo quería ver si tenías temperatura -dijo ella alzando las manos. -Emm, si… creo que tengo algo.

Incómoda, se apresuró hacia su habitación a buscar algún medicamento. Restregué mi mano contra el lugar que me había tocado en la frente. Odiaba cuando me tocaba así.

-Aca tenes -dijo volviendo a la cocina. Agarré la pastilla roja y me la tragué con un sorbo de agua. Luego me arrastré hacia mi habitación. Ella entró detrás de mi y cerró la puerta.

-Hija, ¿querés que te haga algo de comer? -preguntó en voz baja. -No hice la merienda porque tu padre me dijo que no iban a venir hoy…

-No. Solo quiero que me haga efecto la maldita pastilla.

Al escuchar mi tono de voz, abandono sus intentos maternales y salió de mi habitación. No se para qué me preguntó si de todos modos se puso a cocinar. Media hora después me avisó que dejaba café en la cafetera, y unas galletitas en el horno, y salió de la casa rumbo al hospital. Un minuto después mi papá irrumpía en mi habitación.

-Sentate -ordenó con un gesto de la mano mientras se posicionaba en el centro del cuarto. Lo hice inmediatamente, lo que me causó un leve mareo.

-NUNCA vuelvas a escaparte así -empezó con voz terminante -¿Me escuchas? Es la ULTIMA vez que haces algo así. La próxima vez que me hagas perseguirte por la calle…

No terminó la frase, pero no necesitaba hacerlo.

-Fue sin querer -murmuré sin sentido.

-¿Sin querer?

-Es que… no me siento bien. Me duele mucho la cabeza –apreté los ojos a punto de llorar.

Mi papa cambió de postura. Lentamente fue relajando los brazos y los puños. Un momento después se sentó a mi lado en la cama y suspiró.

-¿Dónde te duele? -preguntó con restos de molestia en su voz.

-La cabeza… en todas partes. -la voz se me quebró.

Me rodeó la nuca con su mano y apretó suavemente.

-¿Hace cuanto te duele?

-Dos días.

-¿Dos días? Eso no es normal…

Me dijo que me acostara y así lo hice. Estaba agotada, solo quería que el dolor se fuera. Apoyó sus manos alrededor de mi cuello y comenzó a masajearme con los pulgares. Traté de relajarme lo más posible.

-¿Mejor? -preguntó después de un momento.

Negué con la cabeza, el dolor no se iba. Me sujetó la cabeza y me ordenó que cerrara los ojos. A continuación empezó a dibujar pequeños círculos sobre mis parpados con los pulgares.

-Me diste un susto hoy, -murmuró serio después de varios minutos. -Tenes que tener mas cuidado, mira si te pasaba algo…

Había algo en su voz que me hizo sentir culpable. Tragué saliva y traté de concentrarme en el movimiento de sus dedos sobre mis ojos. El latido en mi cabeza estaba empezando a remitir.

-¿Mejor…?

-Si -susurré.

Siguió masajeando mis ojos durante varios minutos mas y luego se detuvo. Me pasó la punta de los dedos por las mejillas y por alguna razón no sentí ningún escalofrío. Suspiré de alivio de que al fin el dolor hubiera desaparecido.

-Es que siempre estas tensa… ¿Sabes lo que necesitas? -dijo sin dejar de acariciarme -Que te de el agua acá, en el cuello. El agua bien caliente. Eso es lo que hago yo.

Se puso de pie y me tendió la mano para que me levantara. No quería hacerlo, me sentía débil, pero tome su mano de todos modos y me senté en el borde de la cama. Luego me levanté y dejé que me llevara fuera de la habitación. Me condujo al baño y abrió el agua caliente de la ducha.

-Yo puedo.. -dije cuando comenzó a desvestirme. Esperé a que se fuera, pero era obvio que no iba a hacerlo. Con manos temblorosas me quite toda la ropa, menos la ropa interior y me metí en la ducha.

-Te vas a mojar la ropa… -murmuró antes de dar un chasquido con la lengua. Cerré la cortina esperando que se fuera, y sabiendo que no lo haría. A tras luz podía ver cómo se estaba desvistiendo. Me abracé por la cintura cuando corrió la cortina e ingresó en la bañera, completamente desnudo. Su cuerpo robusto y velludo me hacia sentir muy, muy pequeña. Calibró las canillas para que el agua no quemara, y luego me envolvió con sus brazos por detrás, apretándome contra su entrepierna. No encontraba fuerzas para resistirme. Se mostraba muy cariñoso a pesar de mi comportamiento de antes, y no quería hacerlo enojar otra vez. Ademas, me había sacado el dolor de cabeza…

Tiró de mi hacia abajo, obligándome a sentarme entre sus muslos y comenzó a pasarme la esponja por toda la espalda, mientras el agua caliente me daba contra el cuello y la cabeza. Me sentía tan blanda que no me resistí cuando me quitó el corpiño para enjabonarme los pechos. Me los acarició con la esponja hasta que mis pezones estaban hinchados y sonrosados. Entonces me hizo recostar contra su pecho y metió la esponja entre mis piernas. Mi corazón empezó a latir cada vez mas deprisa mientras me restregaba toda esa zona sensible por encima de mi ropa interior, mientras que con la otra mano me apretujaba los pechos. El vapor y el agua caliente me envolvían, casi no podía respirar, mucho menos pensar. Era como estar en otro mundo. Cuando metió la mano bajo mi bombacha, las sensaciones me abrumaron. Aflojé todo mi cuerpo mientras me acariciaba el sexo, pero cuando sus dedos pasaban por mi clítoris, tenia que tragar saliva para contenerme. A veces no podía evitar retorcer los pies, especialmente cuando me retorcía un pezón o cuando buscó entre mis labios íntimos para encontrar la entrada de mi vagina. Me abrazó con mas fuerza cuando me removí ante la invasión de su dedo, pero siguió presionando hasta hundirlo completamente. Me besó en el cuello mientras lo movía hacia dentro y hacia afuera, como un pequeño pene, mientras su pene verdadero se apretaba contra mis nalgas, cada vez mas hinchado y duro.

De pronto me di cuenta de algo. ¿Cuantas veces había fantaseado que un extraño se metía en la ducha conmigo y me hacia el amor? No, no el amor. Ni siquiera sexo. Por lo general fantaseaba que un extraño entraba en la casa y me violaba. Aunque claro, en mi mente el ladrón no me causaba dolor, solo placer, y al final terminaba enamorándose de mi.

Mientras mi papa agregaba un segundo dedo a su penetración, me pregunté, trastornada, por qué me había masturbado con esos pensamientos. No lo sabia. Solo sabía que esto no era como una fantasía. Las fantasías no tenían vello, ni olor, ni aliento. Las fantasías no me hacían sentir como me sentía ahora. No me raspaban el cuello con su barba creciente, no necesitaban de preservativos… Las fantasías no eyaculan.

Los dedos que se removían en mi interior se retiraron de pronto, dejándome temblorosa e inflamada. Mi papa me empujó para que me pusiera de pie, mientras él me sostenía.

-Apoyá las manos contra la pared -ordenó. Su pene estaba tan duro que apuntaba hacia arriba. Me apresuré a darme la vuelta para no verlo. Apoyé las manos contra los azulejos, y cerré los ojos con fuerza. Sentí algo en mi trasero. La esponja. Me la pasó por las nalgas, y entre medio, llenándome de espuma. Un momento después sentí sus dedos sobre mi piel, resbalando con el jabón. Me alejé alarmada cuando empujó un dedo contra mi ano. Trató de hacer que me diera la vuelta pero me resistí.

-No, no…

-Ana… no pasa nada, no te voy a hacer daño.

Pero no me levanté. Me hice un bollito en el fondo de la bañera. Suspiró frustrado antes de agarrarme del brazo y por un segundo me lo apretó con tanta fuerza como lo había hecho esa tarde cuando me tiré al piso. Pero pronto aflojó el agarre y me acarició donde me había provocado dolor.

-Esta bien, vení… Levantate -dijo con tono suave, mientras me tendía la mano. Alcé la cabeza, insegura. Tome su mano y pero tan pronto como me levanté, me apresó entre sus brazos, asustándome. Su pene se apretaba grande contra mi vientre. Me acarició la espalda suavemente con una mano, haciendo círculos que me tranquilizaron de a poco. Las caricias fueron bajando hasta llegar a mi trasero, donde me tomó las nalgas con ambas manos y me las apretó con fuerza. Me empujó hacia él, restregando su pene contra mi vientre una y otra vez. Tragué saliva, paralizada. Decidí que si esto era todo, no sería tan malo. Tuve el impulso de agarrarle el pene para hacerlo acabar mas rápido, pero no me animé. Lo escuché jadear contra mi cuello mientras hundía las manos entre mis nalgas. Volví a retorcerme pero él impidió que me alejara.

-Quedate quieta. Ana… no te voy a hacer daño.

Pero ya me lo estaba haciendo. Me tenia rodeada con su brazo con tanta fuerza que no podía moverme. Su otra mano volvió a hurgar entre mis nalgas. Las apreté con toda mi fuerza cuando intentó penetrarme.

-¡No!

-Shh… no seas tonta -dijo alzándome cuando intenté agacharme. A pesar de mis intentos, se abrió paso gracias a mi piel enjabonada y logro meter un grueso dedo en mi ano. Me retorcí pero solo logré apretarme mas contra su pene.

-Ya esta… ¿Ves? No es para tanto… -murmuró contra mi oído cuando dejé de retorcerme. Tomé aire de repente cuando empezó a retirar el dedo hacia afuera para luego volver a hundirlo. Solté un quejido y me contraje otra vez, pero su dedo me siguió penetrando a pesar de lo apretada que estaba. Al final me aflojé, con la cara enrojecida y el estomago revuelto. Tenia su dedo hundido en mi interior, en mi culo. Cerré los ojos, impotente. El dedo siguió deslizándose dentro y fuera, sin parar, hasta que la sensación se hizo difusa.

No se cuanto tiempo pasó, de pronto sentí que intentaba meter un segundo dedo. Volví a retorcerme, pero mas inútilmente que antes. Su agarre era tan fuerte que me cortaba la circulación de la espalda, y yo no tenia fuerzas.

-Si te relajas no te va a doler, haceme caso…

Pero no podía evitar contraerme. Empujó dos dedos hacia dentro, causándome dolor.

-Shh, relajate. Haceme caso. Dale.

Con lagrimas en los ojos, aflojé las nalgas. Empujó una vez mas con sus dedos, y estos entraron forzosamente hacia dentro. Se me escapó un sollozo cuando estuvieron completamente en mi interior. Me besó en el pelo y aflojó el agarre en mi cintura.

-Ya esta… ya pasó. -susurró.

Los dejo un momento en mi interior, y luego los sacó lentamente, provocándome un poco de ardor. Después, como antes, comenzó a penetrarme a pesar de la protesta de mis músculos. Dejé caer la cabeza contra su hombro, y clavé la vista en el borde de la bañera, incapaz de pestañear. La cabeza me daba vueltas.

Una vez mas perdí la noción del tiempo, solo se que cuando empujó un tercer dedo contra mi ano, este entró sin dificultad. Esta vez no los retiró, sino que los dejó dentro y sacudió su mano varias veces, como si quisiera asegurarse de algo. Ya no sentía mi ano apretado, ya no sentía nada. No entendía cómo funcionaba… Me tenía agarrada por dentro y por fuera.

Tragó saliva contra mi cabeza y finalmente retiró los dedos de mi interior, no sin antes darme un apretón en el culo. Se enjuagó la mano en el agua de la ducha, que ya debía estar fría, y luego cerró los grifos. A continuación sacó un pie de la bañera, y sin soltarme, me ayudó a salir también. Me aferré a la barandilla que sostiene la toalla de manos, porque no confiaba en mis rodillas. Él salió del baño, desnudo, y volvió un momento después con varias toallas. Se puso una alrededor de su cintura, y me envolvió con otra.

-¡Vaya cara que tenes! -exclamó de pronto, riendo. Apretó los bordes de la toalla contra mis pechos y me rodeó la cara con las manos. -Quita esa cara… -dijo tocando mi nariz con la suya -No estés tan asustada, no pasa nada… -me dio un beso en la frente -No seas tan exagerada, ¿eh? -me miró a los ojos esperando alguna respuesta pero yo no podía hablar así que bajé la vista al piso. Lo escuché suspirar mientras me ponía una toalla en la cabeza, como si fuera la Virgen María, y tiraba de mi hacia afuera. Traté de dar un paso hacia adelante pero no me animé a soltar la barandilla. Me sentía floja, en mas de un sentido. Mi papa volvió a suspirar y a continuación me alzó en brazos y me llevó hasta su habitación.

Quise girarme hacia él cuando me dejó al pie de la cama, pero me lo impidió sujetándome por los hombros. Me empujó hacia abajo, doblándome contra el borde de la cama y frotó mi espalda unos segundos antes de alejarse de mí. Me quedé flácida sobre la cama, invadida por la sensación de no tener huesos. De pronto quise que me abrazara otra vez. Necesitaba que alguien me sostuviera…

Él estaba detrás de mi otra vez. Me quitó la toalla del cuerpo e inmediatamente después sentí su miembro contra mis muslos. Se sentía resbaladizo, mientras lo frotaba hacia arriba y hacia abajo entre mis nalgas. Entonces me rodeó la nuca con ambas manos, sujetándome firmemente contra el colchón y supe que estaba a punto de cruzar un limite más. Otro punto sin retorno.

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6 comentarios en “Capítulo 30 – Cruzar

  1. Vaya forma de terminar un capitulo, genial. Sigue siendo una mezcla de hijoeputez y morbo. No se lo deseo a nadie pero imposible negar que lo escribes como no lei en 8 años algo igual. Y eso que he leído a varios buenos autores.

  2. Llevo mucho tiempo siguiendo tu historia y me parece magnifica. Su narración es espléndida y personajes como Carlos (el padre de Ana) me dejan en una incógnita cada vez que lo leo. Ya que nunca sabes cuándo estallara en la ira que tanto lo remarca o si abrazara y besara dulcemente a Ana para llevarla de bruces al infierno que significa el acto sexual en ella (descrito al mínimo detalle. Algo que me desagrada y que al mismo tiempo me “alucina”, gracias a tu espeluznante narrativa. En el buen sentido, me refiero…).
    No creo que Ana tenga un final feliz (lamento pronunciar esto pues hay mucha gente esperanzada que quiere que Ana salga de esa situación)… Aunque claro, como tú eres la escritora todavía no lo sé. Pero no imagino un final positivo para ella (sintiéndolo mucho para los esperanzados). Es cierto que Ana debe ser feliz, pero su padre ya la ha jodido de por vida. Las violaciones y abusos que él cometió (bueno, de hecho su madre también prevalecería junto a él. Porqué, además de no advertir los abusos, siempre parece independientemente desapegada de su hija. Incluso antes de recibirlos) sobre su persona prevalecerán. Pues los problemas jamás llegan a superarse… Se aprende a vivir con ellos.
    Nuevamente, recalco lo magnifico de tu historia. Llena de una crudeza que, tristemente, ES REAL, y que provoca que los espectadores enfaticemos con la muchacha protagonista. Cada vez en un peor estado del que la gente comienza a darse cuenta (aunque poco)…
    Un muy, muy, muy, muy buen trabajo.
    Mis más gratas felicitaciones por tal obra 🙂
    (Lamento lo largo y pesado del mensaje).

    • ¡Al contrario! Agradezco tu mensaje largo 🙂 son los mejores. Gracias por opinar sobre la historia y mi narrativa, me alienta a seguir escribiendo y mejorando. Aunque se cómo terminará la historia, las ideas son bienvenidas, pues me ayudan a saber cómo se lee desde afuera.
      Te agradezco de nuevo, saludos!!

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