Capítulo 32 – Cómplice

-Son tres. Mi hija menor tiene 6, mi otra hija tiene 12 y mi hijo mayor, 14.

-¿14? -pregunté, nerviosa.

-Si, ¿algún problema?

-No, no. Solo que pensé… nada.

-¿Pero qué edad tenes vos? -Inquirió la mujer.

-18 -respondí. Podía pasar una chica de 18.

-Ah.

Se hizo el silencio.

-No, sos muy chica. Yo necesito una mujer grande.

-Ah, ¡bueno! No hay problema, no pasa nada -me apresuré a decir simpáticamente. Y cuando la mujer colgó, después de intercambiar saludos, no pude evitar suspirar aliviada. ¿Cuidar a un chico de 14 años, que probablemente fuera mas alto que yo?

Era la tercer oferta de trabajo que había tenido. Entre mi edad y el hecho de que tenía que ir al colegio, había tenido que rechazar las tres. Estaba empezando a sospechar que mi fantasía de una simpática madre soltera con un solo hijo, preferentemente hija, de no menos de 5 años, y no más de 13, no existía. Las mujeres que me había llamado no eran simpáticas. Sonaban cansadas, sin tiempo para nada, y sin dinero para pagar un buen sueldo. Encima debía atender o llamarlas a escondidas, porque no quería que mi mama supiera nada. No al menos hasta que el trabajo fuera algo seguro. Incluso entonces trataría de trabajar sin que se diera cuenta, aunque en un rincón de mi cerebro sabía que eso no era posible.

Desalentada, decidí que el mes siguiente no renovaría el anuncio para niñera. En cambio probaría suerte con la limpieza. Un mes parecía mucho tiempo para esperar, pero estaba empezando a entender que no era tanto. El tiempo cada vez pasaba más rápido…

Ya había pasado junio, y el día del padre. Fue tan incómodo como siempre. A la tarde, en el horario en el que mi mama trabajaba, mi papá me llevo al cine. No me tocó ni hizo ningún gesto extraño durante las tres horas que duró la película, y sin embargo, no fui capaz de relajarme. En la cafetería del cine, luego de la película, intentó charlar conmigo. Después de las preguntas rutinarias me preguntó si me había gustado la película. Le dije que si, y me preguntó por qué. Respondí que no sabía, que simplemente me había gustado y él me dijo que debía saber porqué me gustaba algo para no sonar como una estúpida. A continuación me pidió la lista de mis películas favoritas, y se pasó la siguiente hora explicándome porqué esas películas no eran tan buenas realmente.

Sus razones tenían sentido, la verdad es que tenía razón, pero no sabía porqué tenia que insistir tanto en demostrar que yo estaba equivocada. Yo no podía discutirle nada, él sabía mas de películas que yo y para cuando llegamos a casa, estaba tan sensible que tenía ganas de llorar. Fue un día horrible.

Mi mamá nos esperaba con comida hecha pero yo no tenía el estómago como para cenar. Mi papa se quejó de que no fuera comida «casera», y ella le respondió que no había tenido tiempo para cocinar y que era mejor que nada. Presentí que tal vez se pondrían a discutir así que, después de lavarme la cara y los dientes, me fui a dormir.

A la mitad de la noche me desperté sobresaltada para encontrar a mi papa al lado de mi cama. Se sentó a mi lado y me pidió perdón, aunque no dijo porqué. Luego me alzó la remera y bajó su boca hacia mi piel…

Al otro día cambié de lado la almohada, las sábanas y la frazada. Hace un año que dormía de cara a la ventana, pero no era para romper el hábito que había decidido hacer el cambio. La razón era perturbadora. Cada vez que mi papa se escabullía en mi habitación por las noches, se quedaba bastante tiempo. A veces parecían horas. Me besaba los pechos, ambos, pero casi siempre se demoraba en el derecho, porque le quedaba más cómodo. Por esta razón solía tenerlo mas hinchado que el otro, a veces hipersensible, lo que era muy incómodo. Especialmente cuando estaba en el colegio y la tela del corpiño se presionaba contra mi pezón, distrayéndome de lo que estaban diciendo los profesores.

Dejé caer la almohada sobre el extremó de la cama y me cubrí el rostro con las manos. Cada cosa que hacía para poder sobrellevar esta situación me hacía sentir débil. Una voz me acusaba de ser cómplice. “Si no vas a huir, ni resistirte, al menos deberías quedarte quieta, ahí, sin hacer nada. Sin apenas respirar.”

Lo intentaba. Lo intentaba con todas mis fuerzas, pero no siempre podía. A veces tenía que moverme. Para poder vivir. Eran pequeños gestos que me daban vergüenza, pero que no podía evitar. Como dar vuelta la cama, aceptar el dinero que me daba de vez en cuando o introducirme un poco de acondicionador entre las nalgas cada vez que me duchaba. Pequeños intentos de hacer todo más tolerable, a costa de perder pequeños pedacitos de mi misma en el trayecto.

***

Yamila me pidió que la acompañara hasta la casa un día. Recién ahora me enteraba de que vivía cerca del colegio, debía haber pasado frente a su casa cientos de veces sin darme cuenta. Aunque considerando cómo era ella, no era de extrañar. No era solo tímida, era rara. Jackeline y yo siempre nos habíamos escondido en el baño, en la biblioteca, o detrás de los cortinones del escenario durante los recreos, pero Yamila, antes de que empezara a juntarse con nosotras, solía quedarse parada en un rincón del salón principal, dando lástima. Yo nunca entendí eso, nunca entendí cómo alguien podía ser tímido y al mismo tiempo ser tan valiente, o idiota, como para quedarse ahí… a la intemperie.

¡Y para colmo era linda! Lo había notado con asombro el primer día que me senté con ella. Rubia, muy pero muy rubia y de piel super blanca. Debía tener ancestros alemanes. Ojos celestes, y su nariz, que es muy importante en una cara, era perfecta. Pero tenia los dientes torcidos, y llevaba unos anteojos culo de botella. Supongo que eso es suficiente para hacer tímido a cualquiera, aunque sospechaba que había algo mas. Eso me hizo reflexionar sobre las apariencias. Micaela, por ejemplo, no era tan linda. Era enana y pecosa, aunque tenia una dentadura muy buena y una nariz como de duende. Pero ya tenía 15 años y no tenía pechos y dudaba que algún día los tuviera. Su mama, que medía apenas unos centímetros mas que ella, era igual de pequeña y plana. Y aun así Micaela había sido, desde el primer grado, la estrella del salón. Belén era mucho mas linda que ella. Ufff, ¡Belén era la chica mas linda del salón! Tenia ojos negros y unos labios enormes. Y un lindo cuerpo, por lo que había visto en las clases de gimnasia. Su único defecto era que se juntaba con Micaela.

Al fin llegamos a su casa. Habían sido solo unas pocas cuadras, pero en pleno silencio todo parece mas alejado. La casa era normal, pero al parecer Yamila no vivía ahí. La seguí por un garaje hacia el fondo. A los lados estaba lleno de chatarra de autos, como carcasas y neumáticos, lo cual le daba al lugar un aspecto abandonado. En el fondo se abría un pequeño espacio que daba a otra casa. Ésta era de cemento, sin pintar. Sobre la pared desnuda se leía el numero escrito a mano, con ladrillo rojo. Ella entró dentro y yo la seguí, por falta de mejores opciones.

No había nadie, al menos en el comedor. Miré a mi alrededor con curiosidad. No conocía muchas casas por dentro, a parte de la mía, pero esta casa era realmente deprimente. No tenia piso, quiero decir, no tenia baldosas. Las suelas de mis zapatillas raspaban contra el espero cemento. Las paredes no estaban revocadas, por lo que se podían ver los ladrillos. No había marcos en las puertas, ni cielo raso. Quise preguntarle si la casa era nueva o qué, pero algo me detuvo. Me senté frente a la mesa de madera y deje la mochila en el piso.

-¿Queres merendar? -preguntó en un tono extraño, como si no estuviera acostumbrada a hacer esa pregunta. Me encogí de hombros. Obviamente quería merendar, pensé que para eso me había invitado.

Mientras ella preparaba la merienda, seguí observando todo, reafirmando mi primera impresión. Era una casa horrible. Bah, horrible no. Estaba demasiado vacía para ser horrible. Estaba demasiado vacía para ser «un hogar». Adelante, a la derecha, una cortina de eslabones de plástico cortaba la vista del pasillo. La briza que entraba por la ventana del comedor la hacía ondearse, y a pesar de que podía ver hacia el otro lado, tuve la sensación de que había alguien ahí en la oscuridad, observándome. Un escalofrío me recorrió.

En ese momento Yamila trajo las tasas con te a la mesa y un pocillo de azúcar. Le pregunté si tenía leche y me dijo que no.

-¿No tenes leche?

-No. Hay un poco de yogurt si quieres.

-No… gracias.

Le puse azúcar al te y agarré una de las tostadas que había en un plato. Había manteca en la mesa, pero no había mermelada, así que hice algo que no hacía hace años. Unté las tostadas con manteca y las espolvoreé con azúcar. Entre bocados, le pregunté algo sobre el colegio y ella hizo un gesto como de dolor.

-No hables tan fuerte -murmuró.

Eso me puso de mal humor. ¿Fuerte? ¡Si estaba hablando de manera totalmente normal!

-¿Hay alguien mas en la casa? -pregunté casi susurrando.

-No.

Me la quedé mirando, ¿me estaba cargando? Deduje que no, ya que dudaba que fuera capaz de bromear. Molesta e incómoda, terminé de comer la merienda mas insulsa de mi vida y me puse a buscar excusas para irme de ahí. No fue difícil, solo incómodo. Cuando terminamos el te, me preguntó si quería ver televisión, pero yo le dije que no porque me tenía que ir a hacer “algo”. Creo que quería que me quedara porque la noté nerviosa, pero no dijo nada. La saludé hasta mañana y salí de su casa.

Suspiré de alivio cuando llegué a la vereda. Me sentí un poco culpable por haberme ido tan pronto pero no me arrepentía. Toda la situación había sido muy incómoda. Mientras caminaba hacia mi casa recordé un detalle de hacía unos días: las dos estábamos sentadas en la escalera del colegio y como no se me ocurría nada de qué hablar, le pregunté qué había almorzado ese día.

“Una lechuga” me respondió. En ese momento dudé, pero ahora pensaba que lo había dicho en serio. Sacudí la cabeza y crucé la calle mientras me prometía nunca mas volver a acompañar a Yamila hasta su casa.

***

Estaba aferrada a los bordes del inodoro, con ambas manos, esperando que el piso dejara de moverse. El vientre me palpitaba y las rodillas me temblaban. Mi papa irrumpió en el baño sin pedir permiso y se dirigió hacia la ducha. Ni siquiera se gastó en descorrer la cortina. Abrió los grifos y comenzó a enjabonarse el cuerpo empezando por su pene, apretándolo desde la base hasta la punta. Desvié la mirada y la clavé en los azulejos frente a mi. Eran celestes. No eran los de mi casa.

Apenas dos minutos después cerró las canillas y tomó una de las toallas. De reojo vi como se la pasaba por la entrepierna y luego por la cabeza. Finalmente la dejó sobre sus hombros y se posicionó frente a mi. Apoyó las manos en las caderas, de manera que su pene quedó a pocos centímetros de mi cara.

-¿Te pasa algo a vos? -Preguntó sin demasiada preocupación en su voz. Giré el rostro antes de contestar. En realidad no contesté, solo negué con la cabeza. Me dio un chirlo en el muslo.

-Bueno, dale que se nos hizo tarde –y salió del cuarto de baño.

Si, me pasaba algo. Pero no estaba segura de qué. Aunque lo sospechaba… Me había tomado completamente desprevenida. Por lo general era recién cuando todo había acabado que me daba cuenta si me encontraba caliente y húmeda, o descompuesta y adolorida. Casi siempre era una mezcla de ambos estados. Pero esta vez no fue así. No me había tocado el clítoris, ni siquiera me estaba penetrando por la vagina cuando sucedió. Boca abajo, sobre la cama, estaba como en trance mientras absorbía las penetraciones anales, con la mirada clavada en un descolorido despertador que había sobre una mesita de luz. Mi papa me abrazaba, moviéndose a veces despacio, a veces no. En un momento me sujetó contra la cama y empezó a aplastarme, metiéndose hasta el fondo de mis entrañas. Contuve la respiración al sentir como se abría paso entre mis músculos una y otra vez, provocándome ardor. Y entonces ocurrió. Todos mis músculos se tensaron involuntariamente y un jadeo se escapó de mi garganta. La habitación a mi alrededor dio un vuelco antes de disolverse en un estallido de luz blanca. Cuando volví en sí estaba tan aturdida que no me animé a moverme durante varios minutos.

Un orgasmo, por el culo. Ni siquiera sabía que tal cosa era posible. La vagina me latía febril, pero tenía escalofríos. Me sentía flotar, al tiempo que quería hacerme un bollito en el piso y llorar. Así que me quedé inmóvil, inspirando aire profundamente, aferrándome al inodoro como si se tratara de una roca en el mar. Tenía la sensación de que algo había cambiado en mi. Como si mi cuerpo o mi mente hubieran mutado, y ya nunca pudieran volver a sus formas anteriores.

No recuerdo haber salido del baño ni haberme vestido. El trayecto en auto acabó en un segundo y de pronto estábamos en la esquina de la cuadra donde vivíamos. Mi papa habló:

-Anda vos primero -dijo con complicidad, señalando el coche azul de mi mama, estacionado frente a nuestra casa. -Yo voy dentro de unos horas. –

Me acarició la nuca y luego estiró el brazo para abrir mi puerta. Automáticamente bajé del coche y caminé hasta mi casa, flotando en una nube. Presté atención en donde ponía los pies, pues la gravedad parecía haberse desajustado otra vez. Mi mamá abrió la puerta de un tirón antes de que pudiera siquiera sacar mi llave de la mochila.

-¡Al fin! -exclamó. -¿Y tu padre?

-No se -dije arrugando la nariz por el humo de cigarrillo que inundaba la cocina.

-¿Y dónde estabas?

-En casa de unos compañeros haciendo un trabajo práctico… -Dejé mi mochila y mi campera en la pieza y volví al comedor. Fui hasta la heladera y la abrí por pura costumbre.

-No hay comida. No cociné -declaró mi mama a mis espaldas. -¿Para qué? Si todos andan por su lado y a mi nunca me dicen nada.

Saqué la 7up y me serví un poco en un vaso.

-Estaba en casa de unos compañeros… -repetí mecánicamente pero ella me interrumpió haciendo un gesto con la mano.

-No me refiero a vos -dijo en tono molesto, desviando la mirada hacia su celular que descansaba en el borde de la mesa.

-Igual no tengo hambre…

-¡Dios, Ana! ¡No podes estar todo el tiempo sin comer!

Me encogí ante su exabrupto histérico y decidí que era mejor no responder. Me senté en el sillón y clavé la mirada en el televisor. Ella seguía hablando pero su voz me llegaba desde muy, muy lejos… desde otro planeta.

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3 comentarios en “Capítulo 32 – Cómplice

  1. Wow…. ojala terminará diciendo que no es su padre de verdad o que se yo…. el papá lo intento con las primas verdad? Por eso no se hablan la mamá de Ana con la hermana? No puedo creer lo enganchada que me deja cada capítulo, con ganas de leer mas.

  2. El padre pregunta que le pasa algo como si no supiera, por eso no se preocupa, porque sabe exactamente lo que le pasa, más de lo que Ana se imagina. Ahhh cómo desearía un POV del padre, saber qué está pasando por su cabeza en estos momentos que ya la tiene dominada y adecuada. Solo le falta la rendición que tal vez Ana no se dé cuenta, pero tampoco pareciera que estuviera tan lejos

    gracias por esta historia!

    PD: Las mujeres siempre saben. La madre debe saber que él tiene otra, por supuesto, no debe imaginarse quién es. Preguntas, preguntas

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