Ana 33 – Grecia y Roma

“Anda a comprarme una cerveza. Quedate con el vuelto.”

Ya había regresado del almacén y ahora me encontraba en mi habitación. Saqué el frasco de vidrio que guardaba en el estante de abajo de mi mesa de luz, y metí los billetes dentro. Observé las monedas en la palma de mi mano, sopesándolas, y luego las metí dentro del frasco también.

100 pesos. Por una cerveza. Contemplé el frasco lleno de dinero y contuve el impulso de contarlo. No quería saber cuánto tenía. Sea cual fuera la cantidad, era demasiado y al mismo tiempo, no era suficiente. De niña pensaba que con 200 o 300 pesos habría sido capaz de vivir por mi cuenta durante algún tiempo. ¡Que ingenua había sido!

Estaba pasando mucho tiempo con mi papá. Un día estábamos en el centro y me preguntó qué quería hacer, y respondí lo único que se me ocurrió: ir a un ciber. Para mi sorpresa, aceptó. Me extrañó al principio, supongo porque no me esperaba que los adultos hicieran las mismas cosas que los adolescentes, aunque no se porqué tenía esa idea. Cuando entramos en el local, el hombre que atendía lo saludó como si fueran amigos, por lo que deduje que no era la primera vez que iba ahí. Era un lugar al que yo no iba porque tenía las computadoras frente a un gran ventanal donde se podía ver a la gente pasar. A mi me gustaban los cibers grandes y llenos de compartimentos, donde cada cubículo era como una cueva.

Mientras me sentaba frente a mi computadora, bastante alejada de la de él, pensé en preguntarle mas tarde si podíamos poner internet en nuestra casa. Ya lo habíamos hablado una vez, pero mis padres me dijeron que; 1, era demasiado caro y 2; casi ninguna compañía llegaba al barrio donde vivíamos. Pero de eso hacía un año ya y tal vez ahora tendría mas suerte.

Abrí el navegador y entré al chat. Tenía una solicitud de amistad de un chico con el que había conversado la vez anterior. Era simpático así que lo agregué. Al rato me llegó otra más. Torcí la boca y dudé durante algunos segundos. Tenía por regla no agregar a personas desconocidas, pero por otro lado, tal vez había chateado con él y no lo recordaba. Decidí dejar la solicitud a un lado, por si acaso.

Tenía pocos contactos, nunca habían superado los 20 pues siempre estaba borrando y agregando a alguien, por lo que el número se mantenía más o menos constante. No me gustaba la idea de tener muchos amigos en internet, considerando que casi no tenía amigos en la vida real, tener demasiados contactos en lugar de consolarme me parecía algo triste.

Se estaba por cumplir la hora cuando sentí un escalofrío en mi nuca. Me di la vuelta y me sobresalté al encontrar a mi papá detrás de mi. Me giré hacia la pantalla y minimicé la ventana de inmediato.

-¿Ya terminaste? -preguntó metiéndose las manos en los bolsillos.

-Si, si. Espera que cierro.

Se demoró un segundo y luego se alejó hacia el mostrador. Me apuré a despedirme de algunos contactos y cerré sesión. Mientras salíamos del local me dio un apretón en la nuca y comentó como a la pasada. -¿Qué hacías?

-Nada. Chateaba -susurré alzándome de hombros. Me puse colorada al pensar que tal vez creía que había estado viendo pornografía o algo así. Él me miró con gesto curioso y dejó caer su mano a un lado antes de metérsela en el bolsillo de nuevo. Completamos el resto del trayecto hasta el auto en silencio.

Más tarde ese día.

-¿Qué está pasando por esa cabecita? -preguntó mientras deslizaba la esponja por mi cuello.

Me encogí de hombros y él suspiró.

-Pensas demasiado Ana. Esto no le incumbe a nadie mas que a vos y a mi. ¿Entendido?

-Si…

Siguió pasándome la esponja por los brazos, los pechos, la cintura y mis muslos.

-Ahora limpiame a mi -ordenó poniendo la esponja en mi mano. La apreté nerviosa y vacilante, le pasé un borde por el abdomen, dibujando lineas cortas. Largó una carcajada y comentó algo que no entendí, el agua de la ducha me llenaba los oídos. Me sujetó la mano y se la puso sobre su entrepierna. Con el otro brazo me rodeó la espalda, apretándome contra su pecho. Cerré los ojos, mientras se frotaba el pene con mi mano y la esponja.

-Tenes que aprender a hacer estas cosas… -murmuró en mi oído.

***

Volvimos a ir al ciber unos días después. Al parecer se había se había dado por vencido en sus intentos de comunicarse conmigo, lo cual era un alivio. Ir a un café o al bar era insoportable. No podía hablar con él. Le molestaba que yo le diera razón en todo, pero si opinaba sobre algo me decía que estaba equivocada por esto y por lo otro. Había terminado por no decir nunca nada y eso le molestaba aún mas, lo que me ponía más nerviosa todavía. En esos momentos, cuando casi se me caían las lagrimas de incomodidad, llegué desear que me llevara a otro lugar, a cualquier lugar. A ese lugar a donde me llevaría de todos modos…

Otra vez tenía solicitudes desconocidas. Golpeteé los dedos sobre el mouse unos segundos y le di aceptar. No había nadie mas conectado y «Charly21@hotmail.com» no sonaba tan mal. Apenas lo agregué me mandó un mensaje.

-Hola ¿Quién sos? -preguntó.

¡Pero si era él el que me había agregado! Así se lo dije y respondió que no, que le había llegado una invitación mía. Al parecer este chico se pensaba que yo era tonta. Lo dejé a un lado y abrí el navegador para buscar una canción que quería descargar.

Al rato, cansada de escuchar los Plin, Plin de las notificaciones, le respondí. Era de Argentina, tenía 19 años, y le gustaba el Rock Nacional, en especial Charly García. Hablamos un rato, lo suficiente como para saber que no duraría mucho entre mis contactos. La hora estaba acabando cuando escuché la voz de mi papa a mis espaldas.

-¿Te falta mucho? -preguntó, haciéndome saltar en el asiento.

-Ya voy -le dije y esperé a que se alejara antes de darme la vuelta. ¿Hace cuánto estaba ahí parado? Me puse colorada de pura rabia. Quise gritarle que no volviera a espiarme, pero no era capaz. Al parecer no me había creído cuando le dije que solo estaba chateaba. Nunca me creía. Siempre me estaba acusando de no decir lo que realmente pensaba. Tal vez era verdad, pero no era mi culpa. ¿Por qué tenia que decirle todo lo que pensaba? ¿Por que tenia que responder a todas sus preguntas?

***

Estaba sentada en la cama con las piernas cruzadas, estudiando para una oral de historia. Rara vez había tenido que estudiar para una oral. Solía recordar con claridad todo lo que el profesor o profesora había dicho, por lo que solo necesitaba repasarlo un par de veces. Pero eso ya no me bastaba. Para colmo había faltado sin querer a la prueba anterior, por lo que esta oral era muy importante. Había adoptado un sistema para elegir qué días faltar y qué días no: si mi papá me iba a buscar un día al colegio, era bastante seguro que al día siguiente no lo haría. Entonces elegía entre esos días para tomarme un descanso. Pero no siempre funcionaba. A veces faltaba justo un día en el que había prueba, como me había pasado con historia y física, o me perdía una clase que era importante. A veces me iba a buscar al colegio dos días seguidos. Entonces le decía que habíamos salido temprano, o que no lo había visto a la salida del colegio. Casi nunca me creía y se enojaba muchísimo. Entonces no volvía a faltar en toda la semana, a pesar de que no podía dormir por las noches y de día andaba como sonámbula. No lograba concentrarme como antes, lo cual me desesperaba. Yo siempre había odiado a las personas distraídas, a las personas que no escuchan. Y me asustaba estar convirtiéndome en una de ellas. Perder mi concentración era como perder mi personalidad.

Me sobresalté al escuchar un toc toc sobre mi puerta. Mi papá entró sin esperar respuesta y se acercó a la cama. Acomodé la carpeta en mi falda con manos nerviosas mientras se sentaba a mi lado. Estiró el brazo para descorrer mi pelo hacia atrás, demorándose en mi cuello un momento. Luego bajó la mano hacia mi pierna.

-Tengo que estudiar -dije de prisa.

-¿Seguro? -murmuró después de un momento.

Asentí arrugando el entrecejo. ¿Qué clase de pregunta era esa?

Inspiró aire profundamente y se puso de pie.

-Bueno, estudiá -dijo con desgana, y salió de la habitación.

Suspiré de alivio cuando la puerta se cerró detrás de él y volví la mirada hacia la carpeta. Traté de retomar la lectura, por tercera vez.

«En Grecia y Roma, los esclavos eran considerados como objetos parlantes, herramientas con vida, cuya única función era resolver las tareas manuales, tanto agrícolas como artesanales. Carecían de derechos y no poseían bienes. Eran tratados como objetos que se compraban y vendían en el mercado, es decir que eran mercancías. Los esclavos tenían pocas posibilidades de resistirse a la opresión del sistema esclavista. Por lo general los únicos recursos de resistencia con lo que contaban eran romper herramientas, trabajar a desgano o huir.»

Cerré los ojos e intenté recordar lo que acababa de leer. “En Grecia y Roma…”

“En Grecia y Roma… los esclavos no tenían… ¿herramientas?” “En Grecia y Roma…” ¡Ufff! Suspiré y me apreté los ojos con las palmas. “En Grecia…” Agarré la carpeta y leí el texto de nuevo. Lo intenté un par de veces más hasta que hice la carpeta a un lado, frustrada. Mi mente no retenía nada. Me deje caer sobre la cama, de lado, y contraje las piernas. Estaba inquieta. El corazón palpitaba de prisa en mi pecho. Tenía sed. La sangre recorría mi cuerpo con demasiada velocidad. Esperé varios minutos pero la ansiedad no me abandonaba. Tragué saliva y me levanté de la cama. Era inútil, no podría estudiar. Tomé aire y salí de la habitación.

Mi papa estaba sentado en el sillón viendo televisión. Le di la espalda mientras llenaba un vaso con agua pero me di la vuelta para tomarlo. Clavé la mirada en la pantalla.

-¿Terminaste la tarea? -dijo de repente.

-S-si.

Se puso de pie con una leve sonrisa.

-¿Tan rápido?

-Si. Es que… no era mucho.

Llegó a mi altura y apoyó las manos en la mesada, acorralándome. Bajó la cabeza y apoyó su frente contra la mía mientras me presionaba con su cadera. Me removí, nerviosa. Sentí su respiración sobre mi oído, bajando hasta mi cuello. Cuando me besó en esa piel sensible me estremecí e hice ademán de alejarme. Un ademán simbólico, ya que no tenía a donde ir. Sus brazos aferraban la mesada a cada lado de mi cintura. Un momento después me abrazó, metiendo sus manos por debajo de mi remera y me apretó contra él. Giré el rostro hacia un lado y me aflojé. Una sensación de somnolencia comenzó a trepar por mis pies. Acarició mi espalda y luego me apretó las nalgas, presionando su entrepierna contra mi vientre hasta que pude sentir su contorno. Entonces me agarró del brazo y me llevó a la habitación. A mi habitación. Estaba demasiado aturdida como para protestar. Me quitó la remera por la cabeza, e hizo que me recostara en la cama, con las piernas sobresaliendo por el borde. Se sentó a mi lado y después de tirar de mis pantalones hacia abajo, acomodó mis piernas sobre su falda. Desvié la mirada hacia la ventana, ya que me intimidaba verlo sobre mi. Aún tenia el corpiño, pero la bombacha me la había bajado junto al pantalón por lo que estaba desnuda de cintura para abajo, lo que me avergonzaba. Era todavía peor porque era de día, y estábamos en mi habitación, con la carpeta de historia descansando a medio metro de mi vello púbico.

Mi papá me sostuvo las piernas sobre su falda, acariciando la parte interna de mis muslos. Entonces llevó su mano a mi entrepierna y me acarició suavemente. Puse toda mi concentración en quedarme quieta. Me masajeó con la punta de los dedos una vez y luego se los llevó a la boca. De reojo vi como se los chupaba para luego empujarlos entre los labios de mi sexo. Un leve temblor me sacudió. Con su otra mano me bajó el corpiño lo suficiente como para acariciarme un pecho. Me penetró suavemente durante varios minutos. Tragué saliva cuando sacó los dedos y los pasó sobre mi clítoris. Apenas dibujo un círculo sobre él, y volvió a meterlos en mi vagina. Los movió dentro y fuera un par de veces para luego volver sobre esa parte tan sensible y dibujar tres o cuatro círculos. Repitió esto una y otra y otra vez. Podía sentir como la humedad se iba esparciendo desde mi vagina hasta mi clítoris, cada vez más caliente, cada vez mas hinchado, hasta que todo mi cuerpo vibraba con tensión. Dejé caer las manos a los lados y pestañé despacio tratando de evitar que los ojos se me fueran para arriba.

En algún momento dejó de presionar mi pecho y llevó la mano hacia mi vientre mientras que con la otra continuaba penetrando y acariciando suavemente sin parar. Podía sentir su mirada sobre mi cara lo que me puso colorada de pies a cabeza. “Basta… basta… es demasiado”

Finalmente perdí el control. El mas leve roce sobre mi clítoris hizo estallar mis nervios. Me tragué un gemido mientras mi cuerpo se contraía pero creo que retorcí los pies. Algo debo haber hecho porque él sumergió los dedos en mi interior y no los volvió a sacar por un buen rato. Los dejó ahí, sin moverlos.

Fui relajándome lentamente y mientras lo hacía, una fría sensación de cansancio me invadió. Mi vientre latía con fuerza, y cuando al fin retiró los dedos, me contraje involuntariamente. Mis piernas cayeron flácidas cuando se puso de pie e inmediatamente después se bajó el cierre del pantalón. Una vez liberado, su pene saltó hacia arriba, hinchado y enrojecido. Tragué saliva y aferré el borde de la cama con ambas manos mientras levantaba mis piernas y se las ponía sobre sus hombros.

***

Cuando todo hubo acabado y yo estaba acostada en mi cama, mirando la pared sin verla, la usual sensación de astronauta me envolvía. El mundo me llegaba desde lejos, a través de un filtro que resaltaba algunas cosas, y debilitaba otras. Esto también se estaba volviendo familiar. Me estaba dando cuenda de que sólo tenia que esperar. Por más mal o extraña que me sintiera ahora, solo tenía que esperar. Eventualmente la sensación se iría. A veces de manera gradual, como el sol va disipando la niebla mientras se levanta por el horizonte. Otras de golpe, como si alguien descorriera un telón de un manotazo. Entonces abría los ojos, aún si ya los tenía abiertos, y me ponía de pie, me lavaba la cara y era yo otra vez. Estaba en mi vida otra vez. En mi cuerpo, otra vez. Y lo anterior era un sueño. De pronto me podía comportar con normalidad, podía hablar con Jackeline, hacer la tarea, jugar al handball, comer la comida, mirar el paisaje por la ventana del colectivo como cualquier otro ser humano. Como si nada hubiera ocurrido. En esos momentos observaba a mi mamá o a la gente a mi alrededor, y no sentía tanto odio hacia ellos. ¿Por qué se darían cuenta de lo que pasaba, si yo misma era capaz de olvidarlo?

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