Ana 34 – Culpable

Con el correr de los días se hizo costumbre ir a un ciber con mi papa, una o dos veces por semana. No dejaba de ser raro estar pasando tanto tiempo con él, en especial haciendo algo que yo solía hacer cuando quería estar sola, pero al menos no teníamos que hablar el uno con el otro.

Plin, plin, plin.

Últimamente charlaba con un contacto llamado Charly21. No era de mis contactos preferidos, pero era con el que más coincidía en horarios. Era simpático pero a veces me hacía preguntas extrañas.

-¿Y como te llevas con tus padres? -me preguntó un día.

-Perfectamente bien. Somos una familia muy feliz.

-¿De verdad?

-No.

-¿Te llevas mal? -insistió después de un momento.

¡Qué te importa!

Le cambié de tema y nos pusimos a hablar de música. Me recomendó algunas bandas viejísimas, de los años 80′, que era buenas pero que por alguna razón me cansaban en seguida. Al parecer sabía mucho de Rock Nacional. Yo solo conocía unas pocas bandas, porque prefería el rock en ingles, pero al menos teníamos tema de conversación. Unos días después volvió a preguntarme sobre mis padres.

-¿Y por qué? -interrogó cuando le dije que los odiaba.

-Porque si.

-Esa no es una razón. Necesitas una razón para odiar a tus padres.

-Las tengo.

-¿Cuales?

¡Uff, que chusma!

-Son unos idiotas -dije mas que nada para que dejara de preguntarme. Tardó unos segundos en responder.

-¿Por qué decís eso?

-Por que lo son. Son idiotas, inmaduros. Los odio. En especial a mi papa, solo lo trato porque de vez en cuando me da dinero.

Me arrepentí de escribirlo inmediatamente después de enviarlo. Sentí calor en el rostro, como si acabara de cometer una rebeldía.

-No te creo -sentenció con gravedad, después de un minuto de silencio.

-¿Por qué?

-Bueno, no conozco a tus padres, pero no creo que sean tan malos.

»Hay que querer a los padres. Hacen lo mejor que pueden -agregó.

Giré mis ojos al techo.

-Aja. ¿Y vos querés a tus papás?

Otra vez tardó en responder.

-Es diferente -dijo al fin.

-¡Ja!

-Es diferente. Mi padre no era una buena persona. Pero mi mamá si. Mi mamá es la persona que mas he querido en mi vida.

Junté la cejas, confusa.

-¿Por qué hablas en pasado?

Silencio otra vez.

-Ambos murieron en un accidente.

¡Rayos! Ahora me sentía culpable.

-Lo siento.

-Fue hace mucho tiempo…

Me quedé sin saber qué decir durante varios segundos. No tenía confianza suficiente como para consolarlo y no quería sonar falsa. Terminé por decirle que me tenía que ir y nos despedimos. Cerré sesión y contemplé la pantalla considerando si debía bloquearlo o no. Era medio raro y me hacía sentir incómoda. Por otro lado… no me había pedido fotos aún. Ademas de que se le habían muerto los padres, y eso era triste. Torcí la boca y suspiré. Le daría otra oportunidad.

Mientras viajábamos en coche con mi papá, pensé vagamente en los padres de Charly, y en cómo me sentiría si mis propios padres murieran en un accidente. La verdad es que había fantaseado con eso varias veces. No con demasiados detalles, simplemente con la idea de que mis padres desaparecían de algún modo y alguien mas me adoptaba, como mi tía Lourdes, o mi profesora de Lengua. De pronto me sentí culpable por estos pensamientos. Levanté la vista hacia las nubes en el cielo y recé fugazmente: Dios, no lo decía en serio…

Miré de reojo a mi papá pero él no me miraba. De hecho no me había mirado desde que salimos del ciber. Parecía molesto. Cuando nos detuvimos en un semáforo no estiró su brazo para acariciarme la mejilla o apretarme la nuca como solía hacerlo, y empecé a ponerme nerviosa. Noté con sorpresa que doblaba en dirección a nuestra casa, lo que era raro porque mi mamá aún estaría allí. Cuando llegamos me bajé del coche sin decir nada, pensando que debería sentirme aliviada, pero no era así.

Todos merendamos en silencio, después mi papá se fue al taller del fondo, cerrando la puerta del pasillo detrás de él. No había podido dejar de estar pendiente de él. Me sentía culpable, las tostadas me había raspado la apretada garganta. Apenas noté que mi mama se acercaba para darme un beso fugaz en la mejilla antes de decir no se qué y salir por la puerta rumbo a su trabajo. Miré expectante la puerta del pasillo pero ésta no se abrió.

Limpié la mesa, enjuagué las tasas y las puse en el seca platos. La puerta seguía sin abrirse. Miré a mi alrededor sin saber qué hacer. Nunca sabía que hacer en esa casa. Tenía tarea del colegio, como siempre, pero no tenia ganas de hacerla. Estaba inquieta. Hubiera querido salir a andar en bicicleta, pasar por la casa de Jackeline, pero la bici estaba en la habitación del fondo, cruzando el taller.

Seguía dudando cuando mi papa entró en el comedor. No lo hizo con brusquedad, como solía hacerlo, pero de todos modos me sobresalté como si hubiera dado un portazo. Me miró sin expresión en el rostro y siguió de largo hacia la ventana. Me agarré las manos nerviosa, y una vez más me invadió un sentimiento de culpa. Sin animarme a ir a mi habitación, me senté en el sillón frente al televisor. Mi papa seguía de espaldas, mirando por la ventana con gesto ceñudo.

Los segundos parecían horas hasta que al fin se movió. Fue hacia la puerta y le dio media vuelta a la lleve. Después se paró frente a mi y me miró fijamente, desde su altura.

-Abrime el pantalón -ordenó.

Abrí los ojos de par en par, y luego bajé la vista al piso.

-Dale -insistió después de unos segundos. -Vamos, dale… -me agarró la mano y se la llevó a la entrepierna. Cerré los ojos y hundí la cabeza entre los hombros. Cuando la soltó, la dejé caer. Lo escuché suspirar con frustración. Se abrió el cierre y se bajó un poco el pantalón junto a la ropa interior.

-Tocame -dijo alzándose la remera.

Cerré los ojos y me quedé inmóvil.

-Ana, cortala. No seas inmadura.

De repente me agarró de la barbilla y me alzo la cara hacia arriba -Ana, mirame. Mirame. BASTA. -Su voz sonaba amenazante pero no abrí los ojos para mirarlo. Volvió a agarrar mi mano y se la frotó contra el pene pero cuando me soltó, la dejé caer otra vez como si estuviera muerta. Tenía todos los músculos contraídos, en cualquier momento un manotazo podía descargar contra mi cara, pero no abrí los ojos. Entonces aferró mi pelo en un puño y tiró de mi cabeza hacia atrás.

-¿Qué? ¿No querés esto? ¿Eh? ¿No me querés…? -mascullaba contra mi cara mientras me sacudía la cabeza, provocándome dolor.

-¡¡Contestame!!

-No.

La palabra se escapó de entre mis labios. Mi papá se quedó quieto de golpe y un momento después dejó de tirar de mi cabello. Todo quedó en silencio. Abrí los ojos y los clavé en sus pies. Podía sentir que lo había herido y eso me retorció el estómago. Quise decir algo, pero se me había cerrado la garganta. Los segundos pararon como una tortura.

-Bueno -dijo al fin con voz extrañamente calma. Se cerró el pantalón y se alejó por el pasillo. Esta vez sí dio un portazo.

Me sentía enfermaba. Una parte de mi quería ir detrás de él y pedirle perdón, la otra quería salir corriendo de la casa. Solo habían pasado unos minutos cuando la puerta se abrió de un tirón. Mi papá se acercó en pocos pasos y se abalanzó sobre mi.

-¿Así que no queres esto, eh? ¿Después de todo lo que yo hago? -hablaba con los dientes apretados, mientras tiraba de mi ropa con manos brutas.

-No, perdón, perdón… -pero no me escuchaba. Apenas me bajó el pantalón me giró y me hizo caer de bruces contra el sillón. Cuando traté de levantarme me sujetó la espalda hacia abajo y me separó las piernas con las rodillas. Segundos después , sin ninguna preparación, empujó su pene contra mi ano.

Ahora vas a ver.

-¡No, no! ¡Perdón!

Traté de zafarme pero no me pude levantar. Me apretaba la espalda con ambas manos y las piernas con las suyas. Volvió a empujar pero lo esquivé. Me sujetó con mas fuerza y lo intentó una vez mas, haciéndome retorcer de dolor. El miedo me contraía aún mas. Lo escuché bufar de frustración justo antes de sentir sus dedos húmedos sobre mi. Me penetró con los dedos un par de veces y luego volvió a empujar con todo su peso. Sentí un tirón muy fuerte y me puse en blanco.

Creo que fueron diez empujones. Diez forzosos empujones hasta que lo sentí derramarse en mi interior. No hizo ningún ruido, solo hundió sus dedos en mi espalda mientras se contraía. Luego se aclaró la garganta y se alejó de mi. Esperé a que se metiera en el baño antes de moverme. Me dolía. Me ardía. Tal vez hubiera un poco de sangre. Me sobrevinieron recuerdos olvidados, que traté de reprimir con todas mis fuerzas. Tiré de mi pantalón hacia arriba y me puse de pie ayudándome con el sillón. Rengueé hasta mi habitación y después de cerrar la puerta me deje caer sobre la cama boca abajo. Acomodé las frazadas sobre mi lo mejor que pude, y cerré los ojos. Repasé todo lo que había pasado ese día preguntándome qué había hecho para qué se enojara tanto. “¿Qué hice? ¿Qué fue lo que hice?” susurré mientras lágrimas mojaban la almohada. En el comedor se escucharon ruidos de pasos y llaves y luego la puerta de entrada, cerrándose. Mientras su auto se alejaba de la casa, una mezcla de alivio y desilusión me invadió, y lloré sin saber ya porqué estaba llorando.

Al día siguiente, después de irme a buscar al colegio, me llevó a una tienda en el centro y me compró un jean y una remera, a pesar de que le dije que no necesitaba nada. Mientras íbamos en el coche estiró el brazo y me apretó la nuca cariñosamente.

-¿Te gusta tu nueva ropa?

-Si, gracias -respondí automáticamente, sujetando la bolsa en mi falda. Entonces su sonrisa se desvaneció, como un día soleado que se nubla de pronto, y alejó su mano de mi.

-Es lo único que te importa ¿no..? -murmuró con brusquedad -Como tu madre…

No entendí lo que quiso decir, pero su mal humor me traspasó como un aire helado, haciéndome encoger en el asiento. Giré el rostro hacia la ventana sin saber qué decir, tratando de contener las lágrimas. Me sentía culpable, aunque no sabía de qué. Un rato después mi papá suspiró y estiró el brazo para volver a poner su mano sobre mi nuca. No se si me hizo sentir mejor o peor.

Durante una semana no me penetró por atrás. Cada vez que lo iba a hacer yo le decía que me dolía y él no insistió. Durante una semana. Entonces un día ya no me hizo caso. La primera vez que volvió a hacerlo me provocó dolor, pero después me masajeó la espalda y me sostuvo entre sus brazos durante un rato. Y entonces me dije que no había sido tan malo.

***

Tiempo después.

Estaba en mi habitación leyendo, o intentando, mientras mis padres se gritaban en el comedor. Hace tiempo que no los escuchaba gritar de esa manera. Me metí los dedos en los oídos para intentar ahogar el griterío pero no funcionaba. Un sonido estrepitoso me hizo saltar con alarma. Habían arrojado algo contra la pared. Traté de escuchar de qué discutían, mi mama decía algo sobre dinero.

-“…todo el día trabajando, pero yo la plata no la veo!! ¡¿Te pensás que soy estúpida…”

Me levante de la cama y me puse a buscar mi walkman en el cajón de mi mesa de luz. Estaba colocándole unas pilas dentro cuando mi puerta se abrió de un tirón.

Agarrá tus cosas, nos vamos –dijo mi mama señalando alrededor.

¡No! ¡Aun no hemos decidido nada! –intervino mi papá. La intentó agarrar del brazo pero mi mama se zafó de un tirón.

-¡¡No me vuelvas a poner una mano encima o llamo a la policía!!

-Vos hacé lo que quieras, enferma de mierda, pero no te vas a llevar a mi hija. ¡¡No salgas de tu habitación!! –me gritó haciéndome dar un paso hacia atrás, y cerró la puerta con un portazo que sacudió el marco.

Tarde un momento en reaccionar. Los oídos me zumbaban, mi corazón latía desbocado. ¿Había escuchado bien? ¿Mi mama había dicho eso? Dejé el walkman sobre la mesita de luz con manos temblorosas y me senté en el borde de la cama, aturdida. Mi mente giraba tan rápido que no podía ver mis pensamientos. El griterío se fue desde el comedor, por el pasillo, hacia las habitaciones del fondo. Hubo ruidos de cosas golpeando contra el piso o la pared, y se me puso la piel de gallina. Ahora no podía escuchar bien lo que ocurría, lo que era peor, pues mi imaginación llenaba los huecos. Me pareció escuchar gemidos. Mi papá mascullaba: “¿Ves lo que me haces hacer, ves lo que me haces hacer…?”

Me tapé los oídos y me hice un bollito sobre la cama. “Basta, basta…”

No se cuanto tiempo pasó. Las voces recorrieron la casa, volvieron al comedor y luego a la habitación de al lado. Me destapé los oídos cuando me pareció que el ruido había cesado. Tenia el cuerpo engarrotado y la cara llena de lágrimas. Me levanté solo lo suficiente para estirar el brazo y apagar la luz y volví a meterme en la cama, tapándome hasta la cabeza. Repasar la escena una vez más.

“Agarra tus cosas, nos vamos”.

¿De verdad había dicho eso? Cerré los ojos y deseé con todas mis fuerzas. “Por favor, Dios. Que se separen, por favor. Es lo único que te pido. Por favor, por favor…Entonces me apreté los ojos con los puños, intentando desviar esos pensamientos. ¡No debía aferrarme a la esperanza! No era la primera vez que mi mama amenazaba con separarse. No podía dejar volar mi imaginación. Si me ilusionaba y luego no ocurría… no podría soportarlo.

¿Pero como podía evitarlo? Durante meses había estado buscando maneras de salir de esta situación por mi cuenta, sin ayuda. Desesperándome porque cada dirección era un callejón sin salida. Y ahora de pronto aparecía una solución tan simple. “Agarra tus cosas, nos vamos”. ¡Tan simple! Tan simple… Y yo no tendría que hacer nada. Había estado tan segura de que ninguna ayuda vendría del exterior, y ahora resulta que todo acabaría sin mi intervención.

-Por favor, por favor… -Junté las manos en plegaria y murmuré una y otra vez.

No pude dormir en toda la noche. Por mas de que intentara no ilusionarme, mi mente volaba hacia el futuro. ¡Iríamos a vivir con mis abuelos! Estaríamos apretados todos, pero eso no me importaba demasiado. No me llevaba tan mal con mis abuelos, ademas de que me agradaba la gente mayor. Me agradaban mas que los de mi edad. Podría ayudar a mi abuelo con su quinta, incluso miraría las telenovelas con mi abuela. Estaría tranquila… podría dormir por las noches. Podría estudiar y levantar la nota de Física. Podría dejar de sentirme culpable por no encontrar trabajo y concentrarme en mis estudios.

Pero no eran esas cosas lo que anhelaba realmente. No eran esas las razones por las que quería irme de esta casa. Era algo mas simple. Algo que ni siquiera sabía cómo imaginar. Era simplemente estar ahí, sin la presencia de mi padre a mi alrededor. Solo eso. Él siempre estaba a mi alrededor, sobre mi. Sofocándome. Incluso mientras dormía, cuando lograba dormir. Desde que tenía memora, él siempre había estado ahí.

En un momento de la noche me sobresaltó un pensamiento terrible: aun si se separaban, yo tendría que visitar a mi papá los fines de semana. Al menos hasta ser mayor de edad. Tres años.

Casi dos, me corregí.

-Bueno, pero solo serán los fines de semana.

-Un fin de semana tiene muchas horas…

-Pero podre descansar el resto de la semana.

-Será lo mismo…

¡Basta! Me removí en la cama e intenté suprimir todos esos pensamientos pero no lo logré. Seguí dando vueltas, pensando en lo que sería estar todo fin de semana con mi papá. Me abracé por la cintura y decidí que aún si debía venir los fines de semana, sería mejor que ahora. Al menos no sería todos los días, me dije, limpiándome las lágrimas. Al menos podría dormir durante la semana. Ahora era casi todos los días. A veces más de una vez si me encontraba sola. Tal vez podría dejar de venir a visitarlo gradualmente. Tal vez podría negarme a venir. ¿Me pueden obligar? No lo sabía…

¡Basta! ¡Deja de pensar! Y así estuve toda la noche. Imaginando, temiendo, deseando, pidiendo, llorando e ilusionándome en contra de mi voluntad.

Amanecía cuando escuché que mi mamá se levantaba para ir a trabajar. Quise levantarme para hablar con ella, preguntarle si de verdad se iban a separar, pero no me animé. Mi papá dormía en la otra habitación y las voces, a la mañana, sonaban mucho más fuerte que a la tarde. Pero esa no era la única razón. Tal vez ni siquiera era parte de la razón por la que no me levanté. La verdad es que tenia miedo de preguntarle. Porque hasta que le preguntara existía una posibilidad. Una frágil posibilidad de que todo fuera a acabar pronto.

Alrededor de las 9 alguien abrió la puerta de mi habitación, pero me hice la dormida. Solo cuando escuché el auto de mi papá alejarse, me levanté de la cama para desayunar. Estaba inquieta, caminando de acá para allá. Yendo y viniendo por la casa. Imaginándome qué cosas me llevaría a la casa de mi abuela, y dónde pondría esas cosas. Dejaría el frasco con dinero dentro de la mesa de luz. Me llevaría toda mi ropa excepto la que me había comprado mi papá. No necesitaba un recordatorio de las prendas que me había comprado. Las podía reconocer con facilidad, como si tuvieran un olor impregnado que las delatara. Extrañaría mis zapatillas blancas… pero también las dejaría. Sería capaz de irme con lo puesto si fuera necesario.

Finalmente, cansada de dar vueltas, me fui para el fondo y me senté en la escalerita de cemento de la puerta trasera. Contemplé el pasto y los yuyos que otra vez se había apoderado de todo el patio, con la sensación de que algo giraba frenético en mi pecho. Sobre el paredón a mi derecha, el gato negro de la vecina me miraba burlón, como si supiera algo que yo ignoraba.

-Ana, no te ilusiones -susurró una voz en mi oído.

El chico imaginario que aparecía de vez en cuando para consolarme me tomó de la mano, con gesto preocupado.

-Eso intento -le respondí.

-No es la primera vez que tu mamá amenaza con separarse.

-Ya lo se…

-¿Qué pasará si al final no se separan?

Me encogí de hombros.

-No se, supongo… supongo que todo seguirá igual que ahora -tragué saliva y los ojos se me llenaron de lágrimas. -No se… -me envolví las rodillas con los brazos y comencé a mecerme hacia adelante y hacia atrás. De pronto me faltaba el aire, como si algo me apretara el pecho.

-Shh, tranquila, tranquila… -me pasó el brazo por los hombros y yo cerré los ojos mientras apoyaba la cabeza contra la pared. Dormitaba cuando la puerta de entrada se abrió, y mi mamá irrumpió en la casa como una avalancha, cargando bolsas de supermercado.

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8 comentarios en “Ana 34 – Culpable

    • Yo si estoy segura, por las coincidencias de encontrarlo conectado y por la reacción del papá. También por lo que le dijo del dinero.

  1. Tengo miedo que Charly21 sea el padre porque cuando Ana lo sepa el punto de sofocación será mayor y la afectará hasta donde no poder confiar más en nadie. Por fin un rayo de esperanza para ella, se lo merecería, ojalá la madre la supiera ver tan afectada en su vida.

    Muy buen capítulo, gracias y seguiré esperando. Sigue escribiendo.

  2. Me gusta, espero ansioso la continuación. Me parece muy difícil que alguien pueda imaginar estos pensamientos tan intimistas, sin alguna experiencia previa

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