Ana 36 – Lucy

La tableta cayó plana sobre el piso como si fuera un piano desde un cuarto piso. Débora se agachó para recogerla y se la quedó mirando con la boca abierta. Tardó un segundo en reaccionar y alcanzármela. La metí en mi bolsillo, con la cara roja como un tomate. Pensé en decir que eran pastillas para el dolor de cabeza pero ni me gasté. Era obvio que no lo eran. Las píldoras anticonceptivas son inconfundibles. Me lavé las manos innecesariamente para disimular mi mortificación y cuando Débora se fue al fin, me senté sobre uno de los inodoros y me tape la cara con las manos. Merecía el premio a la mala suerte. Primero me cruzaba con una amiga de mi mama en la salita, y ahora se me caían las píldoras en el baño del colegio. ¡Dios, pero qué estúpida! ¡Y encima con Débora, la más chusma de las chusmas! Ya se lo debía estar diciendo a Micaela. ¡Estúpida, estúpida, estúpida! Tuve ganas de cachetearme hasta dejarme las mejillas ardiendo.

Hubiera querido quedarme en el baño durante la siguiente hora, pero sabía que eso solo empeoraría las cosas. Entré en el salón dispuesta a fingir que nada había ocurrido, pero fracasé completamente. Sentada en mi banco, al lado de Jackeline, no pude evitar mirar de reojo a Débora. Ella me miró fugazmente y se inclinó hacia Micaela para susurrarle algo en el oído. Desvié la mirada, intentado no ponerme roja de la rabia. Le hacía justicia a su nombre. ¡Era una víbora!

Durante toda la clase deseé que me tragara la tierra. Podía sentir la mirada de Micaela sobre mí y casi podía escuchar sus susurros. Y aún si me lo estaba imaginando, no hacía ninguna diferencia.

-¿Qué te pasa? -me preguntó Jackeline en un momento.

-Nada -respondí mientras pensaba en cómo escabullirme de ella para ir al el segundo piso y esconderme en la cueva durante el siguiente recreo.

La hora se hizo larguísima. Cuando sonó el timbre había desistido de ir a la cueva y en cambio le pedí que me acompañara al baño con la intención de quedarme ahí todo el recreo, pero poco después de que entráramos nosotras, llegaron Micaela, Débora y Belén.

-Jacke, queremos hablar con Ana. A SOLAS -ordenó Micaela con voz empalagosa.

Jackeline me miró alzando las cejas como diciendo “¿Y ésta quién se cree que es?” Quise darle la razón y mandarlas a volar, pero no quería que se enterara de los anticonceptivos y Micaela era muy capaz de decir algo.

-Ahora voy… -le dije con un gesto de la cabeza. Jackeline se acobardó al instante y salió del baño con gesto avergonzado. Le pedí al cielo que no se enojara conmigo. Apenas me quedé sola, me arrinconaron contra la pared del fondo y comenzaron a interrogarme.

«¿Tenes novio? ¿Hace cuánto? ¿Quién es? ¿Dónde lo conociste?»

Tragué saliva y me encogí de hombros. No pensaba responder nada de eso. Tampoco podía hacerlo.

-¡Ana! -exclamó Micalea -¿Desde cuándo tenes novio que no nos dijiste?

¡¿Por qué le tenía que andar diciendo nada a ella?!

Quise tener el valor para decirles que me dejaran en paz, pero solo pude apretar los dientes y hacer un gesto sin sentido con la mano.

-Hace algún tiempo -murmuré en contra de mi voluntad.

Micaela se acercó un poco más, satisfecha con haberme hecho hablar

-¿Y dónde lo conociste?

-En un boliche.

-¡Pero si vos no salís nunca!

-Si, salí una vez…. Un par de veces, hace un año.

-¿A dónde?

Exprimí mi cerebro buscando el nombre de algún boliche.

-Barba azul.

Me pegó en el hombro -¡Barba azul cerró hace como un año!

-Es que yo fui hace un año.

Me miró entrecerrando los ojos, como si no supiera si creerme o no. Bajó la vista hasta mis zapatillas y me recorrió de abajo para arriba. Me sentí como un insecto.

-¿Y es tu primer novio? -preguntó como si ya supiera la respuesta.

-Si -dije avergonzada, sin saber porqué.

-¿Y hace cuánto…?

Tardé un segundo en entender a qué se refería.

-Eso es privado -respondí poniéndome colorada. Ella volvió a pegarme en el hombro, y esta vez me dejó doliendo.

-¡Dale, Ana, contá! ¡No seas mala!

Al ver que yo no iba a responder, bufó exasperada y suspiró -Bueno… mi primera vez fue a los 13 -dijo como si nada mientras se corría el pelo hacia atrás. Quise decirle que no tenía porqué andar contándome esas cosas pero estaba demasiado impresionada por el hecho de que hubiera perdido la virginidad hace más de dos años. ¡A los trece!

-Yo a los 14 -dijo Débora ante la mirada de Micaela, aunque ésta parecía conocer la respuesta. Belén bajó la vista al piso antes de responder.

-Yo… voy a esperar -dijo con una vocecita. El gesto aburrido de Micaela indicaba que también estaba al tanto de eso. Entonces se giró hacia mi, indicando que era mi turno.

-Eso es privado -repetí.

-¡Ana, no seas así! ¡Nosotras ya te dijimos!

-Bueno, pero yo no les pregunté.

Me miraron inseguras durante un segundo, como si les sorprendiera mi terquedad. Micaela me volvió a inspeccionar de arriba a abajo.

-¿Por que no salís con nosotras el sábado? Vamos a Buda Bar.

El corazón me dio un brinco ¿Cuántas veces había fantaseado con ser parte de su grupito e ir con ellas a los boliches? A pesar de que las odiaba, siempre las había envidiado.

-Es que no me gusta salir… -mentí.

-¿Tu novio no te deja? -intervino Débora, con una risita cómplice.

-No… quiero decir… Si -sacudí la cabeza, nerviosa.

Micaela me dio otro empujón al verme vacilar -¡Dale, Ana! ¡Podes traer a tu novio!

-No, a él tampoco le gusta salir.

Sus ojos brillaron de curiosidad -Ay Ana, ¿quién es? ¿Lo conozco? ¡Dame una pista!

-No. No viene al colegio. Quiero decir… ya… ya terminó el secundario.

Todas abrieron la boca de par en par -¿Es mayor? ¡¿Qué edad tiene?!

-Es mayor…

-¿Qué tan mayor? ¡Ana! ¿Qué edad tiene?

Me molestó que usara tanto mi nombre cuando hasta ahora me había ignorado como si no existiera.

-21 -respondí al fin.

-¡Wooow! -exclamaron todas al unísono. Débora incluso dio unos saltitos.

-¡Mirala vos a Ana! -comentó, y las tres se rieron entre ellas. De mi, conmigo, no estaba segura.

Me molestó su comentario, me molestaba toda la situación, pero estaba tan nerviosa que no pude evitar reír también. Gracias a Dios sonó el timbre, interrumpiendo el interrogatorio. Me demoré un momento para que ellas se fueran primero, y luego fui a buscar a Jackeline que esperaba al pie de la escalera con gesto entre resentido y curioso. Pensé rápido en una explicación. No se me ocurrió nada.

-¿Qué querían? -preguntó mientras caminábamos hacia el salón.

-Nada… -dije encogiéndome de hombros -algo sobre la tarea.

-¿Sobre la tarea? ¿Tanto lío por la tarea?

-Y bueno, viste como es Micaela…

-…enana forra… -murmuró.

-Es un duende nazi -la corregí y las dos entramos en el salón riendo. No pensaba que me hubiera creído lo de la “tarea” pero no volvió a insistir. Era la última hora y la pasé repasando la conversación en el baño, acusándome de estúpida por no haber mantenido mi boca cerrada. Eran demasiadas mentiras que tendría que recordar y mantener.

Esto me trajo a la mente algo en lo que no había pensado hace algún tiempo. Hace unos años, yo debía tener 13 o 14 años, varias de mis compañeras y yo estábamos sentadas sobre el paredón que había en la esquina del colegio, donde algunos esperaban el colectivo. Brenda, una chica muy alta que luego se cambió a otro colegio, le preguntó al grupo de chicas “¿ustedes van a esperar?”. No fue necesario aclarar a qué se refería y pronto todas las respuestas se dividieron en dos grupos: las que decían que “no” y las que dijimos que esperaríamos hasta después de los 18 años. Al parecer Micaela no recordaba mi respuesta, menos mal. Por alguna razón, los 18 parecían ser una especie de límite entre “las chicas populares y divertidas” y “las nerds, las aburridas y las feas”. No sabía quién había inventado esa regla, pero a pesar de que yo había respondido que esperaría, la verdad era que envidiaba a las chicas que tenían novio a mi edad. Las envidiaba, pero estaba resignada a que nunca sería una de ellas, aunque ésto no me impedía fantasear al respecto. Me imaginaba siendo una de esas chicas que usan ropa llamativa, maquillaje y llevan el pelo suelto… esas chicas que saben como hablar con los chicos. Me imaginaba escapándome por la ventana de mi habitación, en medio de la noche, para ir a algún boliche donde conocería a un chico maduro e interesante y al fin empezaría a disfrutar de la vida.

Otra veces me consolaba diciéndome que no era que yo no era atractiva o interesante, sino que no había chicos suficientemente serios como para que yo les gustara a ellos. Nunca me había gustado nadie… eso me decía a mi misma, pero no sabía si era verdad. ¿Qué es gustar? De chica había ido a natación durante 2 años y en la clase había un chico… que hacia que mi corazón latiera muy rápido. Solía pasarme las noches pensando en el. Pero nunca le hablé, y cuando subieron la cuota de natación y tuve que dejar de ir, perdí todo contacto. La verdad es que ni siquiera recordaba bien su cara. ¿Él contaba? Parecía patético contar a un chico de una clase de natación, al que apenas si le había dirigido la palabra. Mas patético era que recordaba con toda claridad el día en que se acercó nadando al borde de la pileta y me dijo con una sonrisa brillante “¿me guardas el reloj en la mochila?”

Yo había tratado de comportarme con normalidad mientras mi corazón galopaba con entusiasmo. Después de tanto tiempo, aún recordaba cómo había agarrado el reloj como si fuera la cosa más preciada y lo había metido en el bolsillo de su mochila.

Patético.

Sino solía consolarme con la idea de que en realidad no me estaba perdiendo de nada. No era tan triste esperar hasta los 18, o los 19 años para perder la virginidad. “Es más…”, me decía, repitiendo los comentarios de mi mamá, “las chicas que empiezan tan pronto suelen quedar embarazadas y terminan abandonando el secundario”. Había habido un caso el año pasado. Una compañera había tenido un bebe a los 14 años. Solía pensar en ella cuando mi cumpleaños se acercaba…

El timbre que anunciaba la hora de salida me trajo de vuelta al presente. Apreté los ojos y me froté los brazos para quitarme la piel de gallina. ¿Para qué pensaba en estas cosas? La regla de los 18 ya no tenía sentido para mi… Arrojé los útiles dentro de mi mochila y salí del salón, ansiosa por evitar otro interrogatorio. Apenas salí al exterior divisé a mi papá en la vereda de enfrente y por una vez no sentí ganas de correr en la dirección contraria. Solo quería irme de ahí. Crucé la calle corriendo y me detuve de golpe frente a él.

-Hola -dije sin aire y me sonó raro.

-Hola -Repitió él sonriendo y me abrió la puerta del coche. Estaba por entrar cuando alguien me agarró del brazo. Era Micaela.

-Ana, acordate de preguntarle a tu novio ¡Chau! -saludó con una gran sonrisa y se alejó corriendo.

Clavé la vista en el piso, incapaz de mirar a mi papá. ¡Maldita! ¡Lo había hecho a propósito! Sin saber qué hacer, me metí dentro del auto. Mi papá no dijo nada, y cerró la puerta un poco fuerte, o eso me pareció. Luego se sentó a mi lado y arrancó el motor. No lo podía mirar. Quise decir que no era verdad, pero las palabras no me salían. ¡Maldita Micaela, cómo la odiaba! ¡Nunca saldría con ella a ningún lado!

Mi papá condujo unas pocas cuadras y se detuvo frente a una cafetería a la que me llevaba a veces. Entramos dentro y pidió dos cortados. Luego nos quedamos en silencio. Agarré una de las revistas y fui pasando las hojas para evitar mirarlo a los ojos. El silencio se hizo casi insoportable hasta que nos trajeron los cafés, a pesar de que solo tardaron unos minutos. Mi papá tomó un sorbo y se aclaró la garganta antes de hablar.

-Así que tenes novio -comentó como si no le importara demasiado.

Sacudí la cabeza -No, eso lo dijo para molestarme.

Tomó otro trago de café y me miró fijamente. Bajé la vista a pesar de saber que eso me haría ver culpable.

-Ana, no me mientas. A mi no me importa si tenes novio, pero no me mientas.

-Es que era mentira, de verdad. Lo dijo para molestarme -me retorcí las manos en la falda. Después de unos segundos, lo escuché suspirar profundamente.

-Ana, ya sos grande… -murmuró con voz extraña -Además sos una chica muy linda, no hay nada de malo en que tengas un novio.

Me puse colorada ante sus palabras -Pero… no tengo novio.

-¿Por que no? -Ante mi silencio agregó: -¿No te gusta ningún chico?

Negué con la cabeza. No era del todo verdad pero no quería hablar de esto con él. Al parecer se dio cuenta porque no volvió a preguntar sobre el tema. Cuando salimos del café, me puso una mano en la espalda y me guió lejos del coche. Lo seguí obedientemente hasta que se detuvo frente al ciber al que solíamos ir.

-¿Querés ir una horita? -preguntó mientras me apretaba la nuca cariñosamente. Todo mi cuerpo se relajó al ver que no estaba enojado. Afirmé con la cabeza repetidamente y entramos dentro, aunque la verdad era que los cibers estaban perdiendo el encanto para mi. Siempre era lo mismo. Hacer contactos, para luego perderlos cuando ya no teníamos de qué hablar, o bloquearlos cuando se ponían muy pesados pidiéndome fotos o información personal. Para colmo, el único que estaba online era ese chico raro que siempre quería saber de mi familia. Al parecer no podía aceptar el hecho de que yo odiara a mis padres. Debía ser evangelista o algo así. Apenas abrí el messenger me empezó a mandar mensajes.

-Hola Lucía, ¿cómo estas? -saludó, pues en Internet yo usaba mi segundo nombre.

-Bien… -respondí con desgana.

-¿Seguro?

-Si..

-Bueno, si no quieres hablar conmigo mejor te dejo.

¡Odiaba cuando se hacia el ofendido!

-Perdón, supongo que estoy de mal humor.

-¿Por qué? Ah, ya se. Seguro te has peleado con tus padres.

-Algo así…

-¿Y de qué pelearon?

-De nada…

-Vamos, decime. Quiero saber.

Suspiré. Tal vez pudiera hablar con él y distraerme.

-Es que mi papá piensa que tengo novio.

-¿Y tiene razón?

-¡No!

-¿Seguro?

-A ver, espera que me fijo… ¡Si, seguro!

-Pero alguna razón tendrá para pensar eso.

-Es que una compañera me hizo una broma y él se la creyó.

-¿Entonces de verdad no tenes novio? -insistió.

-¡No!

Tardó unos segundos en responder y me imaginé que pronto estaría pidiéndome fotos como todos los demás.

-Tal vez piensa que yo soy tu novio -dijo en cambio.

-Jaja

-¿Es que no puedo ser tu novio?

-No.

-¿Por que no?

¿Por dónde empezar?

-Por que no me conoces -le dije al fin.

-Sí que te conozco.

Como no respondí, continuó: -Te conozco… Se que sos una buena persona, se que sos dulce. Y se que sos muy linda, aunque vos no lo creas así.

Se me puso la piel de gallina. A veces decía cosas que me tocaban puntos sensibles y no me gustaba. Solo estaba adivinando, fingiendo que me conocía.

-¿Y cómo sabes todo eso?

-Simplemente lo se.

-Pues te equivocas en todo. Soy aburrida, soy mala y soy fea.

-Mentira.

-Es la verdad. No tengo amigos, a nadie le importo. Si yo desapareciera, nadie lo notaria.

Me arrepentí de escribir eso. No quería darle lástima a nadie. Y menos a un evangelista.

-Yo lo notaría -respondió al cabo de un rato y a pesar de todo, los ojos se me llenaron de lágrimas.

-Te pondrías a chatear con otra persona, y ya -lo desafié.

-No, Lucía. No digas eso.

-Es que es la verdad.

Me quedé mirando la pantalla, sintiéndome sola y triste y cansada de sentirme sola y triste.

-Lucy, vos sos muy importante para mi.

-¡No me digas así!

-¿Por qué no?

-Porque no.

-¿No te gusta? Charly y Lucy ❤

-Jaja, bobo.

-Bueno… Lucía. Yo te quiero mucho.

No me gustaba cuando decía cosas así. Me hacía sentir incómoda.

-Creo que me estas idealizando -le dije con sinceridad.

-Tal vez vos te estas menospreciando.

-Aja…

-¿No me crees?

-No.

-¿Por qué?

-Decime una cosa que te guste de mí.

-Tu personalidad.

¡Ja!

-No tengo personalidad.

-Todos tienen una personalidad.

-Yo no.

A continuación Charly empezó a enumerar un montón de cualidades que yo no tenía y de pronto me harté. Era una conversación estúpida. Él no me conocía, probablemente solo sintiera lástima de mí e intentaba levantarme el ánimo. Y lo peor es que era mi culpa, porque yo le seguía el juego. Porque una parte de mi quería que me consolaran.

-Me tengo que ir -escribí y cerré sesión sin darle tiempo a responder. Sabía que estaba siendo infantil pero no me importó. Estaba sensible y no quería hablar más con él ni quería leer sus mentiras cursis. Crucé los brazos sobre el escritorio y apoyé la pera sobre mi mano. Me quedé mirando un punto cualquiera, con la mente en blanco.

-¿Ya terminaste? -preguntó mi papá a mis espaldas.

-S-si -respondí, enderezándome automáticamente. Me di cuenta de que tenía los ojos húmedos, así que no me di la vuelta.

-Bueno… voy a pagar -murmuró y se alejó.

Antes de ir tras él me soné la nariz con un papel de cocina que tenía en el bolsillo y me froté los ojos con los dedos para despejarme. Una vez en la calle, caminamos en silencio hasta el auto y me distraje hasta que estacionamos frente a un estrecho edificio. Ya habíamos ido ahí una vez. Mi papá apagó el motor y se giró para mirarme. Me quité la colita del pelo y me la metí en el bolsillo. Me acarició la mejilla con una sonrisa antes de bajar del coche para abrirme la puerta. Al momento en que agarré su mano no volví a pensar en nada. Solo tenía que dejarme llevar…

Lo siguiente que supe es que ya estábamos en la habitación, de pie frente a la cama. Yo estaba en ropa interior.

-Me encanta como te queda el pelo suelto -dijo mi papá, acomodándome el pelo hacia atrás -Nunca te lo cortes. Odio a las mujeres con pelo corto.

-Bueno -susurré. Me rodeó la cara con las manos y me miró un rato.

-Sos una chica muy linda, ¿sabías?

Desvié la mirada y tragué el nudo en mi garganta.

-Ana, mirame. Sos una chica muy linda. De verdad.

Los ojos se me llenaron de lágrimas. Era como si pudiera leer mi mente. ¿O es que mis inseguridades eran tan obvias? Él hizo un chasquido con la lengua y me rodeó con sus brazos. Mi corazón latía con fuerza contra su pecho. Me pasó las manos por la espalda y me terminó de desvestir. Dejé que mi mente fuera a donde quisiera ir. Mi papá fue especialmente dulce y cariñoso conmigo, besando y acariciando cada parte de mi cuerpo.

-Una chica muy, muy linda… -murmuraba en mi oído de vez en cuando.

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8 comentarios en “Ana 36 – Lucy

  1. me encanto me hizo recordar a mi niñes casi entrando a la adolescencia en esos momentos que aparecen las inseguridades con el cuerpo las confusiones con los sentimientos hacia el sexo opuesto, me hizo lagrimear. sigue asi gracias por subirlo

  2. Dios mío, ¿por qué me haces sentir estás cosas tan ilógicas? Como awww, el padre anda reforzandole el autoestima en el chat y mientras se acuesta con ella, ¿en serio? De verdad estamos llegando a una verdadera zona gris.

    Lo que sí no me convence es que a él no le importe que tenga novio…

  3. Fue raro el pensar que Carlos “aceptara” que Ana pudiera tener novio, la verdad no me entra ese pensamiento pero quizás sólo es que se confía mucho en que la enamorará por chat porque ya es obvio que él es Charly.
    Me parece triste que ella ya esté casi rendida porque es el único que la quiere pero supongo que no se dejará caer por completo. Continúa ❤

    La obra me sigue apasionando, gracias por publicar más rápido ésta vez ❤ Saludos

  4. Impresionante. Es el resumen de este capitulo.

    El manejo que tienes sobre las circunstancias, el como el mundo exterior del cual ella huye le grita que también esta presente, del como quiere ser parte pero a la vez le repugna la idea de ser parte, y como el infierno en el cual vive le hace cuestionarse que no es tan grave, puff. Repito, impresionante.

    Ansioso de esperar la siguiente entrega.

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