Ana 37 – Jabón

Eran las tres de la mañana. Me giré otra vez y me froté la venda con el pulgar. A veces me picaba. Volví a suspirar de frustración. Mañana tenia que ir a gimnasia. Necesitaba dormir, necesitaba dormir…

¡Basta! Hice las mantas a un lado de un manotazo y me baje de la cama descalza. Prendí el velador y abrí el cajón de mi mesita de luz. Desenrollé el papel donde tenía guardadas las hojitas de afeitar y agarré una. Sentada en el piso con la espalda contra mi cama, despegué la venda de mi brazo. Dudé un segundo al ver las 3 lineas finas, rojizas, ordenadas una al lado de la otra. Luego apoyé el filo y me abrí la piel suavemente. Contuve el aire mientras duró el dolor, provocando la sensación de diminutas agujas clavándose en todo mi cuerpo, hasta en mi cara. Luego lo solté despacio, dejando caer las manos a los lados y la cabeza hacia atrás. Lagrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas hasta mis orejas, pero mi mente estaba en blanco. No se cuanto tiempo pasó hasta que al fin alcé la cabeza. Parecía pesar el doble.

“No debería haberlo hecho” me recriminé contemplando brazo. Por mas diminutos, estos cortes tardaban mucho en sanar. Mucho más de lo que me hubiera esperado. Ni siquiera el primer corte había sanado. Mi papa había aceptado que me duchara con la venda y luego me la cambiara por otra seca cuando estaba sola ¿pero por cuánto tiempo podría sostener esa excusa?

Y ahora tenía 3 cortes más… Apreté los párpados, sintiéndome estúpida. Dejé que algunas lágrimas más brotaran de mis ojos mientras observaba la gota oscura que colgaba de mi brazo. Siempre era una gota. Una única gota.

Finalmente me arrastré hasta la mesa de luz, guardé las hojitas de afeitar y me volví a pegar la venda en el brazo. Trepé hasta la cama, ya que me sentía débil, y luego de cubrirme con las colchas, ya que se sentía frío, cerré los ojos y caí dormida casi al instante.

***

Agarré otro rulero de la mesa y se lo enrollé cuidadosamente en el pelo de mi mamá.

-Tendrías que ser peluquera -comentó ella. -Tenes buena mano.

Siempre me decía lo mismo cuando la ayudaba a teñirse o a hacerse la permanente. Mi mama había estudiado peluquera de chica y había trabajado de eso durante algún tiempo, pero nunca le había gustado por lo que lo dejó tan pronto como pudo. Tiempo después, cansada de que le quemaran el pelo y le hicieran desastres en las peluquerías, me enseñó a hacer la permanente. No me molestaba poner los ruleros, pero odiaba el olor de los químicos.

-No podría estar todo el día oliendo esta porquería -le respondí -me desmayo.

-¡Ay que delicada! ¿Sabes cuánta plata te haces? Nadie sabe hacer la permanente bien. Nadie.

Le terminé de poner los ruleros y fuimos las dos al baño para poner los químicos. Traté de respirar lo menos posible mientras le mojaba la parte de la cabeza a la que ella no llegaba y cuando no aguanté más, le di el frasco y salí del baño sofocada. Tomé aire varias veces hasta que la cabeza dejó de darme vueltas y luego fui a la cocina a lavarme las manos preguntándome si tanta tortura valía la pena. Era verdad que los rulos le quedaban bien a mi mamá, no podía imaginarla sin ellos, pero me parecía demasiado trabajo.

Se estaba arreglando porque dentro de unos días sería su cumpleaños. Ella y mi papá se irían de viaje por unos días a las termas. Era la primera vez en mucho tiempo que tendría toda la casa para mi sola, algo que esperaba con impaciencia.

¿Lo había notado mi papa? A veces miraba el piso con gesto ceñudo. Traté de ocultar mi ansiedad mejor mientras la fecha se acercaba. Él no parecía tan entusiasmado por las mini-vacaciones, pero no decía nada. Mi mama tenía suficiente entusiasmo por los dos.

-Ana, aprovechá que no estamos y limpiá la casa ¿Si? Dale. Lavá todos los pisos ¡Dale que vas a estar sola! Nadie te va a molestar. Bueno, ¿necesitas algo? ¿tenes plata para los mandados? ¡Ay hiji, no nos extrañes tanto jaja! Cerrá bien las puertas. Acordate de cerrar la del patio que siempre queda abierta. Bueno, chau hiji, no hagas pijama party mientras no estamos jajaja-

Esperé al lado de la puerta hasta que ya no pude escuchar el ruido del auto y cerré con llave. Luego largué un profundo suspiro de alivio. Me giré para contemplar el comedor. Tenia toda la casa para mi. Podía hacer lo que quisiera. ¿Que quería hacer? Observé el pasillo, las paredes, y luego no vi nada. Me quede quieta con los ojos cerrados, absorbiendo el silencio. Luego puse agua a calentar y me fui a mi pieza. No quería hacer tarea. Tampoco quería limpiar, aunque empecé a juntar ropa para meterla al lavarropas. Cuando volvía al comedor noté que la puerta de la pieza de mis padres estaba cerrada y sentí un escalofrío.

¿Quien había cerrado la puerta? Me acerqué y, a pesar de que era tonto, apoyé la oreja contra la puerta. Luego, con cuidado, abrí la puerta.

-¿Hola…? -susurré y tragué saliva. No se veía nada dentro. Estiré el brazo y encendí la luz. No había nadie, obviamente. Sacudí la cabeza, riendo de mi misma ¡Que estúpida! Sacudí los hombros para sacarme la tensión y entré en la habitación. Abrí las persianas de par en par y apagué la luz. Dudé en la puerta un momento y luego puse una zapatilla contra la puerta para mantenerla abierta.

Con el termo lleno de agua caliente y el mate, me fui al patio. Me senté en la escalerita de la puerta trasera y me quedé mirando el cielo, dejando que el aire fresco acariciara mi piel. Como tantas otras veces, me pregunté si yo era rara. Cosas simples, como estar sola mirando los pájaros, escuchando el viento… ¿Las demás personas hacían estas cosas también? En momentos así sentía que no necesitaba nada más… que esto era la felicidad.

Pero no duraba. Nunca duraba. Miré a mi alrededor y noté que apenas si podía distinguir las formas. ¿Hace cuanto estaba ahí? El mate entre mis manos estaba frio. Le eché un chorro de agua pero lo terminé escupiendo en el piso de lo helado que estaba. Estiré mi espalda y entré en la casa. Prendí la luz del comedor y bajé las persianas de la pieza de mis padres. Me apuré a encender la luz y observé la cama vacía somo si me sorprendiera que no había aparecido alguien o algo. Volví a dudar en la puerta, y decidí dejar la luz prendida. Acomodé la zapatilla contra la puerta antes de volver al comedor.

Mi mama había dejado comida como para 10 personas en la heladera. Los perros del barrio iban a ponerse contentos…

Sin saber qué hacer, me puse a ver televisión. Recorrí todos los canales dos veces. Asi era mi mente: un zapping frenético o una película dañada. Me costaba enforcar las cosas. Al final me detuve en una serie que veía mi mamá pero yo odiaba. Smallville. La encontré más entretenida de lo esperado.

Para cenar me comí una banana y seguí mirando TV hasta que se me cerraban los ojos. Entonces apagué el televisor y me arrastré hasta mi cama. No había hecho nada en todo el día por lo que no estaba cansada físicamente. Un ruido extraño me sobresaltó y a partir de entonces no pude dormirme. La venda me picaba. Cansada de dar vueltas me levanté. ¡Había dejado la puerta del fondo abierta de par en par! Tal vez se había metido un gato o algo. La cerré y revisé toda la casa. Me fijé debajo de las camas, y detrás de cada puerta. Abrí el ropero de mis padres y lo revisé fugazmente. Luego me quedé contemplando las prendas colgadas en sus perchas.

“Ojala no regresaran. Ojala no volvieran nunca…”

Me atravesó el deseo fugaz de que tuvieran un accidente en la ruta y me llevé las manos a la frente.

“No. Dios, no escuches eso. No me hagas caso”

Cerré el ropero, deje la luz prendida en toda la casa y volví a mi habitación. Había pasado unos minutos cuando volví a escuchar un ruido. Me froté la venda y grite sin voz ¡Basta! Pero no hubo caso. Me levanté y volví a revisar la casa. Esta vez me demoré en la habitación de mis padres. Era estúpido dormir en mi pieza si estaría toda la noche pensando que había alguien en la casa. ¡No podría dormir en toda la noche! Fui a mi habitación a buscar mis sabanas y me acosté en un rincón de la cama de mis padres, desde donde podía ver el comedor.

Si, así sería más seguro.

***

Dos días después

-Ah bueno ¡Todo tal cual lo dejamos! -fue lo primero que dijo mi mamá cuando llegó. -¿Qué te costaba limpiar…?

-Hola -murmuré.

-Ay bueno, hola -se acercó a darme un beso en la mejilla y luego fue a su habitación a dejar su bolso. No sabía qué hacer, quería irme a mi habitación, pero tenía que saludar a mi papá. No lograba enfocar la vista en su cara, los ojos se me iban hacia abajo.

-Hola -susurré con voz nerviosa, haciendo un gesto con la mano cuando mi papá se acercó a mi.

-Hola hija -me dio un beso en la mejilla y me acarició la cara. -¿Qué has hecho?

-Nada -respondí alzándome de hombros. Era la verdad. No había hecho absolutamente nada. Ni siquiera había ido al colegio.

Mi mamá regresó al comedor, quejándose de algo y mi papá se alejó de mi. Ahora que los había saludado podía ir a mi habitación. Esperé con la mochila en el brazo hasta que me pareció que mi papá no estaba cerca y crucé el comedor de prisa.

-¡Ana para! Creo que tu padre te quería llevar….

-¡Ya comí, llego tarde! -respondí automáticamente mientras salía de la casa. Casi corrí hasta la parada de colectivo y, alabado sean los dioses, lo agarré justito. Llegaría media hora antes al colegio pero no importaba. Me dejé caer en el asiento, suspirando de alivio.

Fue un día tranquilo que se me pasó volando. A la hora de la salida decidí que iría caminando hasta mi casa, pero me detuve en seco al ver a mi papá del otro lado de la calle. Como si me hubieran golpeado el pecho, me quedé sin aire. Desvié la mirada hacia la esquina para hacer tiempo sin saber qué hacer. No podía pensar, solo sentía pánico. Sin haberlo decidido comencé a caminar hacia la esquina, esquivando estudiantes. Aceleré el paso cuando escuché una voz que me llamaba. Doblé la esquina y quise correr pero no lo hice. Una voz me decía que no debía alejarme demasiado. Iba a mitad de cuadra cuando la voz de mi papa me llegó desde cerca.

-¡Ana..!

Me detuve nerviosa y me retorcí las manos. Hasta acá. Hasta acá podía llegar. Di un paso hacia atrás, otro hacia el costado y después de girar en circulo me apreté contra la pared cuando me agarraron del brazo.

-¿Qué haces? -masculló mi papá apretándome con fuerza. -¿A donde vas?

Agaché la cabeza y mantuve la mirada en el piso.

-¡Te hice una pregunta!

-No se… -dije alzándome de hombros, con voz temblorosa. Sacudí la cabeza y me puse colorada. Temblaba por dentro, ¿por qué sentía tanto pánico?

Después de unos segundos mi papá aflojó el agarré y suspiró. Me acomodó el pelo detrás de la oreja y agachó su cabeza para mirarme a los ojos. Me sentí muy sensible de repente y empecé a sollozar. Mi voz se apagó contra su hombro cuando me rodeó con sus brazos.

-Shhh, tranquila -murmuró frotándome la espalda. -Tranquila. Ana no llores… Acá no.

Se separó un poco de mí, y me empujo hacia un rincón. Su cuerpo me cubría de la vista de la gente que pasaba. Me frotó los hombros durante unos segundos y luego me acarició la mejilla.

-Esperá a que traiga el coche, no te muevas ¿de acuerdo?

Asentí dos veces y baje la vista al piso. El se demoró un segundo y luego se alejó. No levanté la vista hasta que escuché un bocinazo desde la esquina. Me subí en la parte de atrás del coche. Mi papá no dijo nada y viajamos en silencio. Los arboles pasaban de largo y me parecía familiar. Aunque no era raro. Ya había hecho este trayecto. Yo sabía a dónde estábamos yendo, aunque trataba de no pensar en eso…

Cuando estuve desnuda en la cama, mi papá tocando y besando mi cuerpo, me mantuve alerta a pesar mío. Miré a mi alrededor notando las paredes, los cuadros, los colores. Tenía la impresión de que no había estado despierta hace algún tiempo. Volví a tener la sensación de deja vu, como si me encontrara dentro de un recuerdo. Recordé de pronto el pasillo del primer hotel. El color de la alfombra. El olor… detalles que pensé había olvidado. Mi papa pasaba la lengua por mis pechos, los tironeaba y chupaba y algo reaccionaba en mi interior. Una voz que me decía que no. Que esto estaba mal. Que yo no quería esto… Me retorcí débilmente y apreté las sábanas entre mis dedos. Estaba ocurriendo otra vez. El mismo dilema. Y otra vez me estaba dejado llevar. Otra vez me estaba entregando. ¿Cómo podía cometer el mismo error dos veces? Su boca bajó hasta mi entrepierna y no se detuvo hasta que todos mis nervios estuvieron agotados.

Horas después conducíamos de regreso a casa. Sentía como si flotara. Cada parte de mi cuerpo había sido acariciada, besada y penetrada. Me sentía blanda y atontada. Solo quería dormir. Mi papá estiró el brazo y me apretó la nuca. Me dijo que me había extrañado y que yo lloraba porque lo había extrañado también. Tal vez tenía razón…

***

Pronto el tiempo retomó la rutina, monótona y olvidable. El colegio, estar en mi casa, ir al ciber, ir alguna vez a lo de Jackeline, estar a solas con mi papá… no notaba gran diferencia entre estos acontecimientos. Estaban empezando a perder significado. Podía estar con mi papá un momento y en el otro estar yendo al colegio, o en mi habitación intentando hacer la tarea, o sentada en la mesa teniendo un almuerzo familiar. A veces, después de que todo había ocurrido y acabado, de pronto recordaba o creía recordar lo que había ocurrido, y me entraba pánico al no saber si había ocurrido o no realmente. A veces temía estar volviéndome loca, pero la mayor parte del tiempo no me importaba.

Sin embargo, había momentos que traspasaban toda la neblina a mi alrededor y penetraban tan profundo en mi ser que nunca más podría olvidarlos.

Estábamos en una habitación, yo boca abajo y mi papá sobre mi, moviéndose dentro y fuera de mi cuerpo. Entonces retiró el miembro de mi vagina y me quiso penetrar por atrás. Yo me removí con pánico, porque no quería hacerlo así ese día. No me sentía bien. Ignorando mis protestas, me sujetó los brazos hacia atrás y empujó contra mi. Me apreté pero eso solo hizo que empujara con más fuerza.

-No quiero así -susurré, intentado darme la vuelta, pero me apretó la espalda contra la cama.

-No seas maricona. ¡Dejá de moverte! -ordenó dándome un chirlo.

-No quiero así… -volví a susurrar sin fuerzas, y me quedé quieta.

Él encajó su pene y empujó hasta meter la punta dentro. Se sentía mal, me sentía constipada. Protesté otra vez pero no me hizo caso, y con esfuerzo comenzó a sacar y meter su pene dentro de mí, llegando más adentro cada vez. Me aflojé en la cama esperando a que acabara pero entonces se detuvo, me soltó los brazos y se alejó. Un momento después regresaba a la habitación. Me pasó una toalla húmeda por entre las nalgas y la mortificación enrojeció todo mi cuerpo. Arrojó la toalla al baño y acto seguido metió su pene hasta el fondo de mi vagina.

Me dio tanto asco que toda la excitación abandonó mi cuerpo de golpe. El estómago se me revolvió y el acto sexual se convirtió en algo totalmente asqueroso. Permanecí tensa, sintiendo como el miembro que acababa de estar en mi ano, me penetraba una y otra vez, ensuciándome por dentro.

Cuando al fin acabó me sentía enferma. Esperé a que saliera del baño para ir a ducharme. Tenía ganas de vomitar. Corrí las cortinas de la pequeña ducha y después de abrir el agua lo mas fuerte y caliente posible, me arrodillé en el piso y me quedé un rato echa un bollito, mientras el agua golpeaba contra mi cabeza. Luego agarré la pastilla de jabón me la pase por entre las piernas y las nalgas. La froté hacia arriba y hacia abajo tratando de limpiar lo mas posible pero sentía que no era suficiente. Presioné la pastilla contra la entrada de mi vagina y sin querer ésta resbaló hacia dentro. Pensé que no era un gran problema, ya que me limpiaría por dentro, pero entonces me empezó a arder. En un segundo me ardía tanto que me quemaba. Me retorcí de dolor mientras, con la punta de mis dedos, trataba de sacar el jabón hacia afuera. Trate dos veces, pero el jabón se me zafaba de los dedos. Lo pude sacar al tercer intento, pero el ardor no se detuvo. Los ojos se me llenaron de lagrimas mientras me retorcía de dolor. Me moví en el piso para que el agua de la ducha me diera entre las piernas pero no me aliviaba.

Alguien abrió la cortina del baño de un manotazo.

-¿Tanto te duele? -preguntó mi papá con el ceño arrugado.

-Me arde. Me arde…

-¿Te arde…?

-¡Aauuuh! ¡Me arde, me arde! ¡El jabón! -exclamé meciéndome y llorando.

Él se arrodillo en el piso y después de mojarse la mano, me la restregó entre las piernas, sacando los restos de jabón.

-Me arde…

Cerró la canilla de agua caliente y me rodeó con un brazo, alejándome del agua fría que daba contra mis piernas. Luego metió sus dedos en mi interior, masajeándome hacia afuera. Repitió la operación varias veces y el ardor se fue lavando de a poco.

-¿Mejor?

-S-si… -dije suspirando de alivio. Ya no me quemaba al menos.

Siguió masajeando con el agua fría un par de veces más hasta que el ardor desapareció. Cerré los ojos un momento. Temblaba de frío y tenia el cuerpo engarrotado.

-Shhh… no llores. Ya pasó… vamos -murmuró mientras me ayudaba a ponerme de piel. Me rodeó con varias toallas y me alzó en brazos.

-Vo-voy a mojar la ca-cama -protesté cuando me llevó hasta la cama.

-¿Y qué importa? -fue su respuesta antes de depositarme sobre el colchón. Me cubrió con las sabanas y luego me abrazó por detrás. A pesar de eso no pude evitar que temblores sacudieran todo mi cuerpo. Sus brazos me rodearon con más fuerza, apretándome contra él, y dobló las sabanas para taparme mejor. Me sentí muy pequeña y vulnerable, como si no tuviera piel. El calor de su cuerpo se fue traspasando al mio, y sin darme cuenta me fui aflojando. Mi mejilla descansaba en su brazo y su espeso vello me rozaba los labios. Unas ultimas lagrimas rodaron por mi mejilla hasta perderse en las sabanas y entonces cerré los ojos agotada. Nunca me había sentido tan relajada… No tenía frío ni dolor ni pensamientos. De hecho no sentía mi cuerpo, solo sabía que no quería moverme, quería estar así para siempre.

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