Ana 41 – Martín

(Disculpen la demora. Gracias por leerme. Este blog es muy importante para mi).

***

-¿Y qué edad tenes?

Martín desvió la mirada.

-18.

Estábamos sentados en la rambla, un paredón grueso al lado del boliche, con vista a los balnearios y al mar. Martín no parecía de 18 años en absoluto. Yo le hubiera dado, por lo menos, 21. Esperé a que me devolviera la pregunta.

-¿Vos…? -preguntó mirándose las zapatillas.

-16 años.

Se hizo el silencio durante unos segundos y me puse nerviosa.

-Igual a mi no me importa la edad -comenté sin pensar -la verdad es que no me llevo con los chicos de mi edad.

-¿No? -parecía interesado. -¿Por que no?

-No se. Son muy… -hice un gesto con las manos.

-¿Inmaduros?

-Si- Sonreí. -O tal vez soy yo. Soy una vieja en cuerpo de joven. Mi tío siempre me dice “¿Donde está tu juventud?” “¿Sabes las cosas que yo hacía a tu edad?” Odio que me diga eso. Al parecer la gente de antes empezaba a trabajar a los 14 y ya habían hecho todo para los 18.-

Me callé de golpe. Estaba parloteando estúpidamente.

-Tal cual… ¿qué pasa?

-Estoy hablando demasiado.

-¿Eso es hablar demasiado para vos?

-No se. -Me alcé de hombros y me quedé en silencio. Los segundos fueron pasando y de pronto tuve ganas de llorar. Tragué el nudo en mi garganta, mortificada. ¡¿Qué me pasaba?! Estaba haciendo el ridículo.

Martín se acercó un poco, sin sacar las manos de los bolsillos de su campera. Parecía contrariado. Seguro se arrepentía de haberme invitado a charlar.

-¿Y que más dice tu tío? -preguntó con suavidad.

Tomé aire y traté de absorber las lagrimas que se había formado en mis ojos. -Siempre me anda molestando diciendo que tengo un novio secreto.

-¿Y es verdad eso?

-No -respondí sacudiendo la cabeza. Estuve a punto de agregar que nunca había tenido novio, pero por suerte llegué a morderme la lengua.

-¿No tenes un novio secreto, o no tenes novio…?

Eso me hizo reír.

-No tengo novio de ninguna clase.

Quise devolverle la pregunta pero no me animé.

-Yo tampoco -dijo adivinando mis pensamientos. -O sea, yo tampoco tengo noviA.

Volví a reír y se me paso un poco la incomodidad. Martín parecía simpático aunque no tenía realmente con quien compararlo. Nunca había conversado con un chico. De pronto me di cuenta que alguien me llamaba.

-¡Al fin! ¡Te buscamos por todos lados! -gritaba Micaela mientras se acercaba junto a Belén. Se paró de golpe cuando vio a Martín.

-Nos vamos a Buda bar, ¿venís?

-No, me quedo -respondí, sorprendiéndome a mi misma. A juzgar por el gesto de Micaela, también la había sorprendido a ella.

-¿Estas segura? -insistió con mirada significativa.

-Si, me quedo.

Micaela y Belén se miraron entre ellas y luego se alzaron de hombros.

-Bueno, como quieras. ¡Chau!

Apenas se giraron para marcharse, me arrepentí de lo que había hecho. ¿Por que no me había ido con ellas? ¡Apenas conocía a este chico! Lo miré de reojo y me dio la impresión de que estaba incómodo. ¡Rayos! Debía pensar que yo gustaba de él o algo así. Después de unos tensos segundos, Martín carraspeó.

-¿Te gustaría tomar un helado? -preguntó señalando al otro lado de la calle.

-Bueno -respondí con un susurró y entonces sacudí la cabeza. -No, no puedo. No tengo dinero.

El sonrió e hizo un chasquido con la lengua. -Yo invito. Vamos.

Cruzamos la calle hacia la heladería “Venecia”, una de las mas antiguas de la ciudad, y pedimos un helado para cada uno. Cuando nos sentamos en una de las mesas empecé a palparme la ropa.

-¿Qué pasa?

-Nada… -dije pegándome mentalmente -acabo de darme cuenta que dejé mi celular en el bolso de mi amiga.

-¿Tenes que llamar a alguien?

-O sea… no tengo idea de qué hora es.

-Serán la 1. Más de eso no.

Tragué saliva y comencé a remover el helado con la cuchara. Se me hizo un nudo en el estómago. Tenía que llamar a mis padres para decirles que estaba bien y que llegaría tarde. El tema es que no estaba segura de donde quedaba el boliche Buda Bar. Le pregunté si él me podía acompañar.

-Si, claro -respondió como si nada y eso me relajó un poco. Mientras terminábamos los helados hablamos un poco más. Me preguntó a qué colegio iba y en donde vivía. Me emocionaba que me hiciera tantas preguntas como si realmente le interesaran las respuestas.

-Sabes… yo vivo acá nomas -comentó con una sonrisa mientras salíamos de la heladería. -Si querés vamos hasta mi casa y llamas a tus amigas.

-¿Vivís cerca? -pregunté insegura.

-Si, a unas cuadras.

Lo pensé un momento. ¿Y si iba a Buda Bar y no encontraba a Micaela? ¿Y si ya se habían ido a otro lugar?

-En realidad quisiera llamar un remis -dije deseando que no se ofendiera -Ya es tarde.

-Como quieras -se hizo a un lado y comenzamos a caminar hacia la derecha.

Después de unas cuadras me di cuenta de que no sabía a donde estábamos yendo pero me dio vergüenza preguntar. No podía dejar de frotarme los brazos. Estaba muy incómoda con esta ropa. Martín me preguntó si tenía frió y yo negué con la cabeza. Me concentré en la idea de que pronto estaría en casa. No había sido tan malo después de todo, me dije. Tal vez podría salir de nuevo la semana siguiente. Me imaginé como sería la conversación con mis padres cuando llegara. Visualice varias reacciones diferentes, buscando las respuestas posibles para que no se enojaran. Me había concentrado tanto que perdí la cuenta de las cuadras que íbamos recorriendo. No sabía dónde estábamos ni en qué dirección habíamos doblado. Una sensación fría me recorrió el cuerpo.

-¿Falta mucho? -pregunté.

-Unas cuadras más.

Pero seguíamos cruzando calles, alejándonos de la playa y de las avenidas iluminadas y el miedo volvió a invadirme. Una parte de mi cerebro me decía que me detuviera. Que me plantara en el piso y me negara a dar un paso mas. Pero la otra parte, ni siquiera se si las mas grande o la mas pequeña, me decía que no hiciera el ridículo y siguiera caminando. Esa parte ganó, ya que mis pies no se detuvieron. Apreté los parpados y traté de pensar en otra cosa.

-Ya casi -dijo después de unas cuadras más. Sonreí automáticamente intentando disimular mis nervios.

Finalmente cruzamos una calle y nos detuvimos en una casa enrejada. Por un lado me sentí aliviada de que ya hubiéramos llegado y por el otro me entraron más nervios todavía. No estaba segura de querer entrar en su casa, pero ya era tarde, me dije. No podía salir corriendo como una tonta. Martín abrió la reja y me hizo pasar dentro. Recorrimos un pasillo oscuro que iba hacia un patio y luego entramos en la casa por la puerta de atrás. La casa estaba casi a oscuras pero se escuchaba un televisor en algún lugar. Tragué saliva e intenté calmar mi pulso desbocado. Llegamos a un comedor donde había dos personas mayores sentadas en unos sillones, mirando la televisión. Martín carraspeó y ambos se giraron hacia nosotros.

-Vamos a mi pieza -anunció. Las personas me miraron con poco interés. Hice un gesto con la cabeza para saludarlos y seguí a Martín, mortificada. Su habitación estaba desordenada y tenía un olor extraño. Había posters en las paredes, algunos de bandas de rock, otros de mujeres semi-desnudas. No me gustó su habitación. Me quedé de pie al lado de la puerta mientras él encendía un equipo de música.

-¿Do-donde está el teléfono?

-En el comedor.

-¿Con tus papás?

-Mis abuelos -corrigió mientras se dejaba caer sobre su cama.

Que tonta. Obvio que eran sus abuelos, eran demasiado viejos para ser sus padres. Retorcí mis dedos, indecisa. ¿Tenia que ir al comedor y llamar a mis padres en frente de sus abuelos? No, mejor llamaría a un remis. Pero no sabia el número de ningún remis. Tendría que llamar a casa y decirle a mi mama que me enviara un remis. ¡Pero no sabía en donde estaba! Primero tenia que pedirle la dirección a Martín. ¿Y qué le diría a mi mama cuándo preguntara dónde estaba? ¿En la casa de un amigo? Ella sabia que yo no tenia ningún amigo. Mejor le diría que estaba en la casa de una amiga. ¿Pero que pensarían de mi los abuelos de Martín?

¿Y si me atendía mi papá?

-¿Pasa algo? -preguntó Martín interrumpiendo mis pensamientos frenéticos.

-Estoy pensando… qué le voy a decir a mis papás.

-¿Por que no te sentás un rato? -ofreció dando un golpe en la cama -Tus papás ya se deben haber ido a dormir. Si los llamas ahora seguro los despertás.

Pensé en lo que había dicho e intenté con todas mis fuerzas imaginar que mis padres ya estaban acostados en lugar de esperándome. Me senté en el borde de la cama y pase las manos por mi falda para secar la transpiración.

-¿Vivís con tus abuelos? -pregunté intentando hace conversación.

-Si.

-¿Y tus papás?

Suspiró antes de contestar.

-Estoy peleado con mi viejo.

-Ah.

Nos quedamos en silencio mientras sonaba la música.

-Yo… yo tampoco me llevo con mis padres -comenté, solo para llenar el silencio. Martín sonrió y se hizo a un lado, para que me recostara en la cama. Dudé un momento pero pudo más el miedo a ofenderlo.

-Solo me puedo quedar un ratito -susurré mientras me recostaba a su lado.

-Ya se. No te preocupes, no muerdo.

Traté de sonreír, pero estaba demasiado incómoda. Puse las manos sobre mi vientre y me quedé mirando el techo, inmóvil.

-¿Te gusta la música, o pongo otra cosa?

-Me gusta. ¿Es Green Day, no?

-Si.

No se me ocurría qué decir, así que observé disimuladamente los posters de las paredes. Todos eran de mujeres rubias, mostrando sus traseros y sus enormes senos. Mas bien eran posters de sus traseros. Lo demás parecía secundario. ¿Esa era la clase de mujer que le gustaba?

Me sobresalté cuando hubo un movimiento en la cama. Martín se puso de lado y me miró de una manera extraña. Desvié la mirada, sintiéndome cada vez más incómoda. Extendió la mano pero en lugar de tocarme, agarró el borde de mi remera, como si quisiera inspeccionarla.

-Me la prestaron -aclaré.

-Te queda bien.

-Gracias. Pa-parece metálico pero en realidad está hecho de una goma o algo así -expliqué, estirando la tela.

-A ver… -dijo apretando la tela entre sus dedos -Es verdad. -Movió su mano hacia arriba lentamente y observó mi cara, expectante.

-¿Te molesta si hago esto? -dijo mientras presionaba suavemente sobre mi pecho.

-No.

Alzó las cejas, aparentemente sorprendido, y después de un momento bajó su rostro hacia el mio. Lo esquivé instintivamente pero entonces me dije que eso era estúpido. ¿Por que no dejaba que me besara? ¿Acaso no tenía curiosidad? Así que giré el rostro hacia el y dejé que apoyara su boca sobre la mía.

Mi primer beso. Al menos sin contar el que le di a un compañerito de jardín un día, bajo la mesa, escondidos los dos detrás del mantel. Como todo lo demás en mi vida, no estaba siendo lo que esperaba. No sabía qué hacer con la boca así que me quedé quieta. Cuando sentí su saliva sobre mis labios tuve el impulso de alejarme y limpiarme con la manga. En algún momento metió la mano por mi escote y la deslizo por debajo del corpiño.

-Son de verdad… -murmuró, pasándose la lengua por los labios -pensé que tal vez llevabas relleno.

Encogí mis hombros como respuesta. Nos besamos durante un rato y lentamente le fui agarrando la mano. No era tan desagradable.

-Tengo que decirte algo… -dijo entonces, sin dejar de acariciarme el pecho. Su mirada era culpable. -En realidad tengo 22 años.

-¿Y por qué dijiste que tenias 18? -pregunté, confusa.

-Es que pensé… tal vez pensabas que era demasiado grande.

-A mi no me importa la edad.

-¿Segura?

-Si. Hay personas que tienen mucha edad y son jóvenes, y hay jóvenes que son mayores -declaré y me sorprendí al escuchar mis propias palabras. ¿De donde había sacado eso? El pareció satisfecho con mi respuesta y volvió a besarme. Me tocaba suavemente, tanto con su mano como con su boca, y me dejé llevar.

-¿Has hecho esto antes? -preguntó al rato.

-Si.

-¿Esto… -dijo acariciando mi pecho -o algo más?

-Ya he tenido relaciones.

Alzó las cejas otra vez y luego sonrió.

-No tenes que mentir -dijo como si le hablara a una niña.

-No soy virgen -respondí molesta.

Su mirada cambió. Retiró la mano de mi corpiño.

-A mi no me molestaría que fueras virgen -dijo con tono seco. -De hecho preferiría que lo fueras.

-¿Por que? -pregunté con un nudo en la garganta.

-Porque eso te haría especial. No como las demás chicas.

Bajé la mirada, sintiéndome culpable y sucia.

-Pues no lo soy.

Mantuve la mirada en mis manos, así que no se de qué manera me miraba. Lo siguiente que supe fue que se estaba quitando la remera. ¿Es que pensaba que como no era virgen me iba a acostar con él? Crucé los brazos sobre mi pecho cuando intentó quitarme el top. Desistió al momento y en cambio comenzó a besarme de nuevo. Apreté los labios al principio pero ante su insistencia, relajé la boca y me dejé besar. Él se acomodó sobre mi y metió las manos por debajo de la tela para acariciarme la espalda y los pechos.

De pronto me sentí como algo muy pequeño. Toda la fuerza abandonó mi cuerpo, como si mis huesos se hubieran derretido. Cuando volvió a intentar quitarme la remera, no me resistí. Con movimientos torpes e impacientes, me quitó la ropa interior interior y metió una mano entre mis piernas.

-No, ya veo que no sos virgen -murmuró cuando me penetró con sus dedos. No me gustó que dijera eso pero no hice nada al respecto. Tenia la sensación de estar mirando lo que ocurría desde otro lugar.

El acabó de desvestirse y luego de ponerse entre mis piernas, comenzó frotarse contra mi. Entonces me dije que no era tan importante. ¿Por qué no tener sexo con él? Ya lo había hecho antes. Solo una vez… Para saber como era hacerlo con otra persona. Alguien mas cercano a mi edad. Además, él estaba excitado así que ya no podía echarme atrás.

-¿Estas bien? -preguntó cuando me hubo penetrado.

-Si, ¿por qué?

-Es que te quedaste quieta. ¿Te duele?

-No, estoy bien.

Me pareció ver decepción en sus ojos. Se acomodó mejor y empezó a moverse con más energía. Aflojé las piernas y apoyé mis manos en su espalda. Traté de responder cuando me besaba, pero después de un rato giré el rostro hacia un lado y cerré los ojos. Quise mantenerme en el presente pero con cada empuje era como si me estuviera hundiendo en la cama, disolviéndome con el colchón. Pronto perdí la noción de todo a mi alrededor.

-¿Puedo acabar dentro…? -preguntó después de algún tiempo. No me había parecido mucho.

-Si -respondí, extrañada por la pregunta.

-¿Te falta mucho a vos?

Otra pregunta extraña.

-No -mentí.

Mantuve la mirada clavada en uno de esos horribles posters mientras Martín aceleraba el ritmo y alcanzaba el climax. Sin saber qué hacer, dejé escapar un débil gemido y lo apreté un poco con las piernas, esperando que eso fuera suficiente. Él se dejo caer sobre la cama, y ahogó un gemido contra la almohada antes de darse la vuelta con una sonrisa. Estiró un brazo y me apretó contra él.

Eso era todo, pensé con decepción mientras apoyaba la mejilla contra su pecho.

-¿Y, qué tal? -preguntó cuando recobró el aliento.

-Bien.

-¿Seguro? -su voz sonaba escéptica -Dame un momento y vamos de nuevo. La segunda siempre es mejor, lo prometo.

No quería hacerlo de nuevo. No había valido la pena. Noté que la música seguía sonando de fondo, aunque apenas la escuchaba a través del zumbido en mis oídos. Alcé la mano y me observé la palma con atención. Tenía la sensación de astronauta.

-¿Martín… alguna vez hablaste con una chica por teléfono?

-¿Que?

-Quiero decir, ¿alguna vez recibiste una llamada… de una chica llamada Ana?

-Nop. La verdad sos la primera Ana que conozco. Aparte de mi abuela.

-¿Pero nunca te llamó una tal Ana? No digo que la conocieras, digo que te llamó y… la llamada se cortó. Fue hace como 6 meses.

-No. Nunca hable con una Ana. ¿De qué estas hablando? -me miró juntando las cejas y luego sonrió torcido -¿Pensás que ya nos conocíamos o algo así? Creo que me acordaría de vos.

-No, perdón, es una pregunta estúpida. No se porqué se me ocurrió.

Claro que no era el. Su voz no era nada que ver a la voz del teléfono. Nada en él tenía que ver con el hombre del teléfono. Miré nuestros cuerpos desnudos y una sensación enfermiza se instaló en mi estómago. Le pregunté dónde estaba el baño y me levanté de la cama para vestirme. Me sorprendió mi poca estabilidad cuando di un traspié antes de llegar a la puerta. Una vez en el baño prendí la luz, y tuve que cerrar los ojos unos segundos hasta acostumbrarme. Miré a mi alrededor fugazmente y me senté en el inodoro. Aparte de un poco de irritación, no sentía nada. Me quedé mirando el piso hasta que un golpe en la puerta me sobresaltó.

-Che, ¿estas ahí?

El susto me impidió contestar de inmediato.

-¿Ana?

-S-si, ya salgo -tartamudeé.

No escuché pasos que se alejaran de la puerta. Observé el nada familiar baño a mi alrededor. El espejo, el color de los azulejos, todo era extraño. ¿Dónde estaba? Cerré los ojos un momento, intentando encontrar los recuerdos. Había ido al boliche, había conocido a un chico. Ahora estaba en su casa. Y había tenido sexo con él. Abrí los ojos, sintiéndome mareada. ¿Realmente había tenido sexo con él? Me inspeccioné y estuve segura, lo había hecho. Me cubrí la cara con las manos. Las voces del televisor se escuchaban desde el baño y me pregunté si los abuelos de Martín habrían escuchado sus gemidos o el sonido de la cama crujiendo y me di cuenta de que era muy probable. ¡¿Dios, qué esta haciendo ahí?! ¿Cómo había llegado a este lugar? ¡¿Como había podido acostarme con un completo desconocido?!

Toc, toc.

-Ya va.

Me pasé un poco de agua fría por la cara y me senté con la cabeza hacia abajo esperando que se me pasara el malestar. No quería salir del baño. No quería enfrentar a Martín o a la mirada de sus abuelos pero no tenia otra opción. Con el estómago revuelto y un sudor frío en mi frente, abrí la puerta. Ni siquiera lo podía mirar a la cara. El se quedó inmóvil un segundo y luego me agarró del brazo y tiró de mi hasta meterme en su pieza.

-¿Qué te pasa..? ¿No pensarás que te violé o algo así?

-¡No, no! Es solo que… tomé demasiado alcohol.

-¿No era que no te gustaba?

-No me gusta. Pero mis amigas estaban tomando y tuve que tomar.

Me miró con el ceño arrugado y entonces me pareció ver alarma en sus ojos. Me soltó y dio un paso hacia atrás. Miró a su alrededor mientras se pasaba una mano por el pelo.

-Agarrá tus cosas, te acompaño hasta tu casa. Dale.

Con manos temblorosas recogí mi ropa interior y me la puse lo más rápido posible. No tenia ninguna otra pertenencia. Martin fue al baño, se vistió y luego me sacó de su habitación. Cuando pasamos por el comedor llegué a ver que el televisor estaba prendido pero no había nadie ahí, gracias a Dios. Volvimos a salir por atrás, atravesamos el oscuro pasillo, y llegamos a la calle. Me hizo repetirle mi dirección y empezamos a caminar. Me rodeé con los brazos mientras buscaba la dirección de las calles para ubicarme. Si mis cálculos eran correctos, estábamos a más de 20 cuadras. Ya no quise imaginar la reacción de mis padres ni planear una estrategia. Solo me quedaba rezar por que estuvieran durmiendo plácidamente y que la ventana de mi habitación estuviera destrabada.

A pesar de que llevaba zapatos de tacón bajo, me costaba seguirle el paso a Martín. Después de unas cuadras me miró con frustración, o eso me pareció, y me entraron ganas de llorar. Sin decir nada se quitó el buzo y me lo alcanzó.

-Gra-gracias.

El buzo me cubrió hasta por debajo de la minifalda, por lo cual estuve agradecida. No hacía frio pero la nariz me goteaba. Caminamos en silencio el resto del trayecto. Las calles estaban casi desiertas, y me pregunté si alguna vez las había recorrido a estas horas. Probablemente no.

Mi impaciencia por llegar a casa se desvaneció en las últimas cuadras. No tenia idea de lo que me iba a encontrar cuando cruzara la puerta.

-¿Tenés llave? -preguntó Martín impaciente, cuando nos detuvimos en mi vereda.

-Si -mentí. Me quedé en silencio, mirando sus zapatillas.

-Bueno…

-Perdón -susurré, aunque no sabía porqué. Él suspiró.

-No pasa nada -dijo raspando el piso con su suela. Parecía incómodo y con ganas de irse pero de pronto sonrió. Me acomodó un mecho de pelo detrás de la oreja y entonces bajó su rostro hacia el mio. No entendía su comportamiento pero sentí alivio porque si me estaba besando significaba que no estaba tan enojado conmigo. De repente una luz se encendió y Martín cortó el beso, alejándose. Se rió por lo bajo y dio un paso hacia atrás.

-Bueno, mejor me voy. Nos vemos, Ana.

-Chau -susurré, mortificada. Alguien había encendido la luz del comedor lo que significaba que alguien estaba despierto en mi casa.

Por favor Dios, que sea mi mamá.

Esperé a que la figura de Martin se perdiera al girar la esquina antes de mover mis pies y cruzar la tranquerita.

-¡¿Donde estabas?! ¡¡Estaba a punto de llamar a la policía!! -exclamó mi mamá abriendo la puerta antes de que yo tocara el picaporte.

-Pero… ¿Por qué? -fue lo único que se me ocurrió decir.

-¡¿Cómo que porqué?! ¿Tenes idea de la hora que es? Encima te llamo y me atiende tu amiga que no sabe dónde estas, que andas sin celular, que te fuiste con un “chico”…

-Me-me olvide el celular en el bolso de Micaela.

-Si, me lo dijo la primera vez que la llamé. Tres veces la llamé y no la volví a llamar porque ya me daba vergüenza. ¡¿Como te vas a ir sola sin avisar a donde ni con quien?! ¿Estas loca? ¿Sabes la noche que hemos pasado con tu padre?

Las explicaciones se atragantaron en mi garganta, sofocándome. Miré fugazmente la puerta cerrada de la habitación de mis padres y deduje que mi papá se habría ido a dormir en algún momento, cansado de esperar. A pesar de su enfado, mi mamá no estaba gritando más que en susurros, y esto me aterró porque significaba que tenía miedo de despertar a mi papá. Tragué saliva, e intenté hablar pero mi mamá me cortó.

-¿Dónde has estado toda la noche?

¿Qué podía decir? ¿Qué podía inventar?

-En… en lo de un amigo.

-¿Haciendo qué…? ¿Qué amigo?

-Mirando televisión.

-Mirando… ¡¿Y no se te ocurre llamar?!

-No pensé que fuera tan tarde.

-¿Y tu ropa? ¡Dios, mirá la pinta que tenes! Pareces… -se interrumpió para llevarse una mano a la frente. Me miré y caí en la cuenta de que todavía tenía puesto el buzo de Martín. Como me cubría hasta las rodillas daba la impresión de que no llevaba nada debajo.

-Micaela me tuvo que prestar ropa -dije alzando el borde para que viera la pollera.

-¿Por qué?

-Porque… ¡porque la ropa que me diste era horrible!

Mi mamá abrió los ojos de par en par, y su gesto cambió de enfado a apenado.

»¡Se me rieron en la cara cuando fui! -agregué, aferrándome al rol de ofendida. Mi mamá era fácil de distraer, tal vez podría desviar su enojo, pensé. Pero el plan se fue al traste cuando escuché movimiento en la habitación de mi papá. Mi mamá y yo nos congelamos en el acto. La escena podría haber sido cómica si no hubiera sido por el terror que sentía. La puerta se abrió de un tirón y apareció la figura ojerosa y furiosa de mi papá en el marco. Abrió los ojos como platos al verme. Luego desvió la mirada hacia el reloj de pared, y de vuelta a mi. Las venas en sus brazos parecieron hincharse. Di un paso hacia atrás y hundí la cabeza entre los hombros. Mamá intervino con voz conciliadora.

-Ya estas en casa hija, que es lo importante. Ese chico que te trajo… ¿era tu novio?

Dios, ¿por qué tenía que decir eso?

-No. Era-era un amigo.

-Pero… ¡Pero si se estaban besando!

Fue como si hubieran arrojado una bomba atómica en la cocina. Me la quedé mirando pero no había maldad en su gesto. Solo inocente indignación. Bajé la mirada sabiendo que todo en mi gritaba culpabilidad. El espantoso silencio se interrumpió por un chirrido. Mi papa había pateado el sillón. Sin decir una palabra me agarró del brazo y me arrastró a su habitación.

-¡No, no, no, por favor! -Supliqué en vano mientras me arrojaba dentro y cerraba la puerta de un portazo. Me arrodillé en el piso realmente aterrada. Él me levantó por el buzo y tiró hasta arrancármelo por la cabeza, provocándome un fuerte dolor en la oreja.

-¿De quién es esto? -farfulló con furia, apretando el buzo contra mi cara.

-M-me lo prestaron.

-¡¿Quién?!

-Un amigo.

-¿Un amigo? Un amigo -repitió con incredulidad. Pensé que me iba a abofetear así que cerré los ojos. En cambio me aferró el pelo en un puño.

-¿Desde cuándo tenes amigos vos, eh? ¡¿Desde cuándo?! -Me encogí ante su voz. No podía pensar cuando me gritaba tan de cerca.

»¡Respondé! -ordenó sacudiendo mi cabeza pero no me salió la voz. Nada de lo que dijera sonaría bien. Mi papá volvió a tirar de mi pelo.

»¿Qué estuviste haciendo hasta las 3 de la mañana?

-Nada, de verdad. De verdad -me disculpaba sin pensar en lo que estaba diciendo. Solo quería que se calmara.

-¿Te pensas que idiota? -Me agarró la cara por la mandíbula y me apretó con fuerza. -Mirame. ¿Te tocó?

-No. No -sacudí la cabeza, desesperada.

-¿Me estas mintiendo?

-No.

Me sostuvo la cara durante un interminable segundo. Luego tiró de mi brazo y me arrojó contra la cama. Me levantó la minifalda e inmediatamente después metió una mano entre mis piernas. Abrí los ojos, aturdida mientras me manoseaba el sexo. ¿Es qué iba a hacer esto con mi mamá del otro lado de la puerta? Ahogué un gemido cuando hundió dos dedos hasta el fondo y empezó a removerlos. Dejé caer la cabeza sobre la cama e intenté contener cualquier sonido. Tal vez si dejaba que hiciera lo que quisiera, se le pasaría el enojo. Después de unos segundos retiró los dedos de mi interior y comenzó a desprenderse el cinturón.

-¿No me estas mintiendo, eh? -murmuró con frialdad. No había acabado de entender lo que acababa de ocurrir cuando el primer cintazo descargó sobre mis piernas. Luego otro, y otro. Gritando de dolor, me intenté cubrir pero solo logré que me golpeara las manos. Desesperada, me subí a la cama y me hice un bollito cubriéndome la cabeza.

-…encima me mentís en la cara! ¡Pendeja de mierda! ¡Puta de mierda! ¿Hace cuánto? ¡¿Hace cuánto..?! -gritaba mi papá, furioso. El cinto descargaba sobre todo mi cuerpo, incluso en la cabeza.

-¡Basta!

Un aullido escapó de mi garganta al recibir un latigazo tremendo en la espalda. Sollozaba y gritaba. No reconocía mi voz.

-¡Basta! Basta, por favor.

Intenté quedarme quieta y esperar a que acabara pero el dolor era demasiado. Un instinto se apoderó de mí. Alcé las rodillas y lo empujé con todas mis fuerzas. Mi papá se tabaleó hacia atrás hasta chocar contra el ropero. Cuando me bajé de la cama quiso atraparme pero perdió el equilibrio y tuvo que usar sus manos para sostenerse. Usé ese microsegundo para salir corriendo de la habitación y de la casa gracias a que mi mama no le había echado llave a la puerta.

Con el corazón desbocado, corrí sin mirar atrás hasta doblar la esquina. Desde ahí corrí dos cuadras por la avenida y me detuve cuando llegué a una parada de colectivo. Era una de las paradas antiguas, construidas en ladrillo con huecos a los costados por donde se podía ver si venía el colectivo. Me refugié dentro y suspiré de alivio al ver que mi papá no me seguía. Me limpié las lagrimas de la cara y tomé una bocanada profunda de aire fresco. De a poco fui tranquilizándome. Contemplé las calles desiertas y noté que la noche estaba muy iluminada. Me asomé por el otro hueco y me encontré con una luna inmensa, totalmente llena en el firmamento. Era bellísima. Siempre había sentido fascinación por la luna. La miré fijamente mientras mi respiración se iba calmando.

De pronto algo llamó mi atención. A unas cuadras de distancia, en la esquina donde la avenida interceptaba otra avenida, había una mujer. Justo en la esquina. Llevaba un vestido o una pollera corta y caminaba de aquí para allá como si esperara a alguien. Parecía tener frío. Me pregunté qué estaba haciendo ahí, tan a la intemperie. Me la quedé mirando hipnotizada, esperando a ver qué hacía cuando un auto se detuvo. Ella se acercó y se inclinó sobre el conductor. Luego de charlar un rato se subió al coche. El corazón comenzó a latirme de prisa cuando comprendí que se trataba de una prostituta. Era bastante obvio ahora que lo pensaba, pero por alguna razón mi cerebro había bloqueado esa opción. Una especie de euforia se instaló en mi pecho, como si acabara de ver algo perteneciente a otro mundo. Un mundo nocturno y prohibido.

¿No tenía miedo esa mujer? ¿No temía que le hicieran daño? Imágenes empezaron a sucederse en mi mente. Me vi a mi misma parada en esa esquina. Vi a un hombre parar su coche y llamarme. ¿Qué le diría? No sabia. Yo me subía a su coche y él me llevaba a algún lugar. A un lugar oscuro. Algo terrible me ocurría. Al día siguiente alguien encontraría mi cuerpo desnudo y ensangrentado. Me llevarían al hospital. Un amable doctor se inclinaba sobre mi con una sonrisa compasiva en su rostro. Era atractivo. Ni muy joven ni muy mayor. Apoyaba con delicadeza su mano en mi frente y me decía con voz grave y suave que ya todo había acabado. Que ahora estaba a salvo. Que ya no tenía que tener miedo.

Un sonido me sacó de mi trance y me detuve en seco. Sin darme cuenta había empezado a caminar hacia el cruce de avenidas. Miré en la dirección de donde procedía el ruido y vi como un grupo de chicos se acercaba, caminando en zig zag por el medio de la calle. Me escondí dentro de la casilla y apreté mi espalda contra la fría pared de ladrillos. Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando caí en la cuenta de mi situación. Eran las 3 o 4 de la mañana y yo estaba en medio de la nada, en un barrio bastante malo, vestida como una prostituta. Los gritos y las risas se aproximaron hasta que el pánico llenó mis oídos con un pitido agudo. Escondida en la sombras, le pedí al cielo que no me vieran. Los segundo se alargaron infinitamente hasta que al fin los chicos pasaron a pocos metros de mi, pateando una lata con cada paso que daban. Me sobresalté cuando uno de ellos estrelló una botella contra el cordón de la vereda, acto que sus amigos le festejaron. No me animé a moverme hasta que sus voces se alejaron unas cuadras. Temblando, me asomé y los observé alejarse con alivio. Miré la luna llena en el cielo y no por primera vez le pedí al Dios que ignorara mis pensamientos. Di gracias por que no hubieran notado mi presencia y prometí no volver a desear desgracias.

Esperé a que los chicos se perdieran de vista y entonces corrí hacia mi casa casi tan velozmente como cuando había huido. Ahora que mi cuerpo se había enfriado podía sentir cada músculo adolorido. Cuando hube llegado, solo la luz del porche estaba prendida. Nerviosa, bajé el picaporte y la puerta se abrió. Haciendo el menor ruido posible, entré dentro y suspiré de alivio al ver la puerta de mis padres cerrada. Eché la llave y caminé de puntillas hacia el baño. Una vez dentro me demoré contra la puerta unos segundos y luego me paré frente al espejo con la intención de lavarme la cara con agua fría. Mi imagen me dejó pasmada. A prueba de agua o no, el maquillaje se había corrido. El rimel manchaba mis párpados y el pintalabios se había difuminado en los bordes de mis labios. Solo me llegaba a ver hasta los hombros, pero el diminuto top apenas me cubría algo. La tela dibujaba mis pechos y entre medio dejaba ver el borde de mi corpiño blanco.

Tragué saliva ante mi aspecto. Parecía una… mi mamá había dejado la frase sin terminar pero ahora yo la podía completar. Parecía una puta. Una trasnochada. ¿Y acaso no lo era? Pensé en lo que había hecho esa noche y me dije que si, lo era. Me miré a través de los ojos de mi papá y la vergüenza me aplastó como un manto de plomo. Sintiendo asco de mi imagen, agarré la esponja de la ducha y me restregué la cara con agua y jabón. Me desesperé al ver que el delineador no salía. Llorando de frustración me refregué una y otra vez pero apenas si lograba desparramar el negro. Con la piel y los ojos enrojecidos, me di por vencida y me enjuagué la cara. Al secarme con la toalla sentí un ardor en la oreja. Me observé en el espejo y el estómago se me encogió al ver que uno de mis aros estaba incrustado a medio camino del lóbulo. Después de pensarlo un momento deduje que debía haber ocurrido cuando mi papá me quitó el buzo por la cabeza. Toqué el aro varias veces con intención de quitármelo, pero la impresión me acobardaba. Mientras más lo miraba, más descompuesta me sentía así que cerré los ojos y, después de contar hasta tres, me lo quité de un tirón.

Respiré profundo un par de veces para quitarme el mareo y fui a la cocina en busca del alcohol. Me limpié la sangre sin mirar y luego de envolverme la oreja con un algodón humedecido en alcohol, me dirigí a mi habitación. Me quité esa ropa horrible y me cubrí con las sábanas, agotada. Me daba asco acostarme tan sucia como me sentía pero no tenia otra opción. En la mañana me ducharía y lavaría todas las sábanas.

En la oscuridad, sintiendo palpitar cada golpe del cinturón en mi cuerpo, repasé uno a uno todos los sucesos de la noche y las decisiones que me habían llevado a este lugar. ¿Por qué no me había ido con Micaela y Belén? ¿Por qué seguí caminando? ¿Por qué no llamé a mis padres? ¿Por qué no me resistí? ¿Por qué no me negué? No había respuesta. Me hice un bollito y lloré de bronca y vergüenza mientras me recriminaba mi comportamiento. No podía culpar a mi papá por su enfado ni por haberme castigado. Me lo merecía. Me lo merecía por mi estupidez.

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6 comentarios en “Ana 41 – Martín

  1. ¡Gracias por el capítulo! Ánimo y sigue así ^^ Estuve entrando casi todos los días al blog a ver si había capítulo nuevo, tardó pero valió la pena. Gracias por tu esfuerzo, estaré esperando con ansias el próximo capítulo.

  2. Me decepciono Martín… A lo mejor gracias a Ana él cambia…
    Gracias por subir este capítulo, linda, me encanta la historia de esta chica, simplemente es bellamente cruda y fascinante… Te hace desear su felicidad.

  3. Produce desesperanza y sin embargo todo parece real. Aún hay personas sufrientes, que reciben el daño de quienes debieran darles su amor.

  4. Que dolor, realmente pensé Martin iba a ser alguien bueno para Ana, un chico que le muestre lo que es el amor, el respeto y le enseñe a confiar. La reacción del padre me lo esperaba, el cuento de “no me molestaría que tengas novio” jamás lo creí y estoy segura de que aunque la situacion hubiese sido diferente y Ana no hubiera hecho nada con Martin él habría reaccionado igual. Porque es un depravado posesivo y celoso (lo odio, te juro que lo odio).
    Lamentablemente la mayoria de estos casos en la vida real son así, y parece que el sufrimiento de Ana no va a terminar aún. Voy a seguir con la esperanza de un final feliz para Ana (se que un “final feliz” aqui no es el típico vivieron felices para siempre… pero si un final con ella libre del asqueroso que le tocó tener de padre), pero veremos q pasa.
    Gracias por publicar! Muy buen capítulo como siempre. Espero publiques pronto el próximo. Sin presiones, sólo expreso un deseo en voz alta 🙂
    Saludos

  5. Hola ojalas que puedas sibir un nievo capitulo ya que a pasado un tiempo y con recpecto este capitulo pues me. Parecio exelente pero que pasaria si. Ana se combierta en la depredadora del padre? Pues tendria que verse no?

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