Ana 42 – Puta

“¡Anaaa!” gritaba Micaela mientras atravesaba el salón principal seguida de Débora y Belén. Me acerqué a ella con la intención de reducir la distancia y el escándalo que estaba provocando pero a penas pude dar unos pasos.

-¡Ana! ¿Qué te pasó? -exclamó cuando llegó a mi lado.

-Nada -dije alzándome de hombros mientras agarraba mi campera de su mano. -¿Trajiste mi celular?

Ella se quedó tildada un segundo antes de girarse y sacar el celular de su mochila. Entonces reaccionó: -¡¿Cómo que nada?! ¡Tu mama me llamó re preocupada!

-Si, bueno… mi mama es un poco exagerada -dije alzándome de hombros.

-Pero… pero… -parecía a punto de estallar. Me hubiera dado gracia pero estaba demasiado nerviosa. Tenía que evitar que ella y sus amigas se enteraran de lo que había ocurrido. No podría soportarlo. La humillación sería aún peor que la paliza. Micaela me agarró del brazo y tiró de mi hacia el baño. Una vez dentro volvió a insistir.

-¡¿Pero que paso?! ¿Te fuiste con ese chico? ¿Estuviste toda la noche con él?

Tragué saliva y sacudí la cabeza. -No, solo hablamos un rato.

Las tres se miraron entre ellas.

-Y… y me dio un beso. -Agregué en contra de mi voluntad. Micaela abrió los ojos de par en par.

-¡Pero tenes novio!

-Si, bueno… pero él no lo sabe.

Todas empezaron a reír, escandalizadas.

-¡Vaya, vaya! -decía Micaela -Mirala a Ana nomas… con esa cara de santa, ¡y flor de turrita!

Sonreí nerviosa, totalmente arrepentida de haber salido con ellas el viernes. Tantas cosas habían salido mal ese día. Micaela dejó de reír.

-¿Y solo se besaron? -preguntó entrecerrando los ojos.

-Si, nada más. Después regresé al boliche. Lo que pasa es que no conseguía coche… -expliqué haciendo un gesto nervioso con la mano. Ella me miraba con sospecha. Me pareció ver un brillo de malicia en su rostro.

-¡Bueno menos mal! -exclamó con aparente alivio. -Por que ese chico Martin, ufff. Se la pasa todos los días ahí. Siempre que vamos está. Nos ha intentado levantar a todas, ¿o no? -dijo girándose hacia sus amigas quienes asintieron inmediatamente.

-Es un baboso -comentó Débora.

-Ni siquiera debería ir a ahí, tiene como 25 años -agregó Belén con tono indignado. -Si a nosotras no nos dejan entrar en lugares de adultos, a ellos no los deberían dejar entrar al de nosotros. Débora hizo un gesto como si no estuviera del todo acuerdo. Yo tragué saliva intentando mantener el gesto neutro.

-Fue solo un beso -repetí en voz baja, encogiendo mis hombros otra vez. Las palabras quedaron flotando en el aire hasta que el timbre de entrada sonó y las distrajo. Temblando por dentro, me demoré en el baño mientras ellas se iba a hacer la fila. Me lavé la cara con agua fría y empujé todo lo que había escuchado a un rincón de mi mente. No podía pensar en eso ahora, tenia que ir al salón. Tenía que fingir que todo iba bien. Que no me dolía todo el cuerpo a causa de la paliza que me había dado mi papá. Que no me costaba caminar por el dolor que tenía en uno de mis tobillos. Que no me sentía enferma y estúpida.

La hora se me hizo eterna. Traté de concentrarme en lo que decía Jackeline, quien para mi sorpresa y alivio no se había ofendido demasiado por que yo saliera a bailar sin haberle dicho nada. Tal vez porque soné convincente cuando le dije que la había pasado horrible y que no pensaba salir de nuevo nunca más, lo cual era la pura verdad.

Cuando al fin llegó el recreo me obligué a levantarme y caminar a un ritmo normal, conteniendo el dolor cuando apoyaba mi peso sobre el pie derecho. Jackeline se dirigió hacia las escaleras pero yo la ignoré y seguí camino hacia el baño. A duras penas llegué y me encerré en unos de los inodoros. Por un largo momento me quedé mirando el piso, mientras una sensación fría iba trepando por mis pies. Los comentarios de Micaela y sus amigas se repetían en mi mente, desordenadas, entremezcladas, y de todos modos señalaban la misma conclusión: Yo era una estúpida. Sentía tanta vergüenza por lo que había hecho ese fin de semana que quería desaparecer. Lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas. Cerré los ojos y le pedí al cielo que me llevara a otro lugar, a cualquier otro lugar, pero nada ocurrió y el timbre sonó indicando el final del recreo. El baño se fue vaciando y cuando no escuche a nadie mas, salí del inodoro. Desesperada, volví a lavarme la cara con agua fría varias veces pero en el espejo podía ver mi palidez y mis ojos enrojecidos. No podría ocultarlo, no podría… Pensé en mis opciones mil veces por segundo y decidí que me quedaría en el baño la siguiente hora. Corría el riesgo de que Jackeline dijera algo al ver mi silla vacía pero sería peor si notaban que había estado llorando. Me senté en el inodoro otra vez y trabé la puerta. Subí los pies sobre el borde y me rodeé las rodillas con las manos. El tiempo fue pasando lentamente y me pregunté porque los recreos se hacían tan cortos y las horas de clase tan largas. Sin nada que hacer, repasé a pesar mío lo que había ocurrido el fin de semana.

El viernes, después de dar vueltas en la cama toda la noche me había dormido al fin, solo para despertarme con la figura aterradora de mi papa observándome con gesto sombrío desde el centro de la habitación. Yo me había frotado los ojos con manos temblorosas e, incapaz de sostenerle la mirada, me había girado hacia la pared y hecho un bollito. Había tenido tanto miedo de que me golpeara de nuevo que me cubrí la cabeza con las manos. Mi papa había permanecido inmóvil hasta que yo ya no pude ocultar los temblores de mis sollozos. Entonces salió de la habitación sin decir una palabra. De hecho, no me había hablado durante todo el fin de semana. Mi mamá tampoco. El ambiente había sido terrible durante las comidas, con el televisor a todo volumen para disimular el silencio. Había intentado quitarme el maquillaje de nuevo mientras me duchaba el domingo por la noche, pero a pesar de frotarme la cara hasta sentir la piel fina y haberme arrancado la mitad de las pestañas, aun me quedaron restos de color negro en los ojos. Me prometí no volver a maquillarme en mi vida. Por suerte la oreja no se me había hinchado mucho y hasta ahora, nadie había notado la herida, aunque de vez en cuando me la rozaba sin querer y me dolía.

El timbre del recreo me trajo de nuevo al presente. La tristeza se había ido, menos mal, reemplazada por la sensación de astronauta. Me puse de pie, apoyándome contra la pared para no tropezarme ya que, como solía suceder, debía recalcular la gravedad. Sonreí. Por mas raro que fuera esto, lo prefería a sentirme triste. Antes de salir del baño esperé hasta ver que la profesora entraba en el salón de los profesores y me dirigí hacia el pasillo. Jackeline estaba saliendo del salón.

-¡¿Donde estabas?! -Gritó en cuanto me vio. -¡No sabes lo que pasó! ¿Donde estabas?

-Me descompuse así que me quede en el baño ¿qué pasó? -pregunté, molesta de que hubiera arruinado mi fugaz buen humor. Jackeline tomó aire y empezó a hablar:

-Cuando la profesora estaba tomando asistencia y llegó a tu nombre, Micaela saltó: “Ja, como es Ana, seguro esta transándose a alguno en el baño” y ella y las forras de sus amigas se rieron.

Mi cara enrojeció de vergüenza y furia.

-¿Y que dijo la profesora?

-Uff, es que encima Micaela siguió: “profesora, si quiere la voy a buscar, yo se donde está” todo hablando así con esa vocecita de tarada que pone para hablar con los profesores. Decí que a la profesora de lengua no le cae muy bien ella, se ve, porque le dijo “no vas a ir a ningún lado Micaela, sentate. Si Vallejo no está, se le pone «ausente» y eso es todo.” Jaja, y la tonta se puso colorada y no volvió a decir nada.

Siempre había sospechado que yo era la alumna preferida de la profesora de lengua, después de todo, siempre me había sacado 10 en su materia, y era la única que trataba de poner opiniones propias cuando preguntaba qué nos había parecido tal libro. Pero al escuchar lo que me decía Jackeline sentí un amor desbordante hacia ella. Y un odio desbordante hacia Micaela.

-¡Es una maldita! ¡La odio!

Jackeline estuvo de acuerdo, a pesar de que hasta 4to grado había intentado desesperadamente ser su amiga hasta que al fin se dio por vencido y se resignó a ser mi amiga. Hablando del diablo, Micaela salía del salón en ese momento.

-¡Ey, Ana! La profesora te andaba buscando… -dijo con voz alegre como si fuera mi mejor amiga.

-Si, ya escuché -respondí, apretando los puños. Si daba un paso más, la iba a empujar. No me importaba si se rompía el coxis contra el piso. ¡Le iba a pegar!

Algo en mi gesto debió delatarme porque se detuvo en seco, rió nerviosa y regresó hacia donde estaban sus amigas.

-¡Vaya mirada que le echaste! -dijo Jackeline impresionada. Luego hizo un puchero -ojala yo pudiera mirar a la gente así.

Al día siguiente cuando fui al baño, encontré un nuevo garabato en las paredes. Alguien había escrito bien grande “Ana Vallejo PUTA”. Mortificada, regresé casi corriendo al salón y luego de agarrar un marcador negro de la cartuchera de Yamila, volví al baño. Taché la frase y estuve a punto de escribir “Micaela Sarasíbar PUTA” pero me contuve a ultimo momento. Si lo hacía, ella sabría que yo sabía que había sido ella, y tal vez iniciaba una pelea estúpida que no estaba segura de poder ganar. De hecho era seguro que no podría. Micaela era Micaela, la estrella del salón y yo era Ana, la invisible, la nerd. Y si ella hablaba a mis espaldas, sería también Ana la puta. Apreté los dientes y guardé el marcador en mi bolsillo conteniendo las lagrimas de bronca. ¡Dios, no podía esperar a que acabara el año así no tendría que verla nunca más! Al menos durante 3 meses, me corregí.

Tres meses… tres miserables meses y luego todo volvería a comenzar. Apreté los ojos y sacudí la cabeza. No quería pensar en eso, era demasiado deprimente.

A la salida del colegio busqué con la mirada el auto de mi papá pero no estaba. Seguía sin hablarme y no sabía lo que eso significaba. Iba llegando a la esquina cuando escuche una voz extraña que decía mi nombre. Tarde un rato en girarme,y cuando lo hice, deseé no haberlo hecho. Martín estaba sobre una bicicleta, con un pie sobre el cordón.

-¿Ana..? -dijo inseguro y luego sonrió -No estaba seguro -dijo recorriéndome con la mirada.

¡Genial! Me puse colorada al instante tratando de no pensar en mi aspecto. No tenia que decirlo. Sin el maquillaje y la ropa llamativa yo le debía parecer horrible. Me molestó que me preocupara tanto su opinión siendo que no lo quería volver a ver en mi vida.

-Hola -murmuré, y seguí caminando hacia la esquina. Cerré los ojos y recé por que nadie lo viera hablando conmigo. Martín subió la bicicleta a la vereda y me alcanzó en pocos segundos.

-Subí que te llevo -invitó, dando un golpecito al manubrio.

-No, gracias. Prefiero caminar -respondí con voz cortante. Martín se quedo en silencio mientras me seguía con la bicicleta, pedaleando tan lentamente que a veces tenia que apoyar los pies en el suelo para mantener el equilibrio. A pesar de todo, no pude evitar una punzada de culpa por su incomodidad.

-¿Seguro no querés que te lleve? -preguntó de nuevo, cuando habíamos recorrido 5 cuadras en tenso silencio. Todavía faltaban unas 20 más para llegar a mi casa… Pensé en mis opciones y decidí que era mejor que me llevara a que me acompañara cuadra por cuadra, arrastrando su bicicleta, haciéndome sentir más y más culpable. Ademas… aún me dolía un poco el tobillo.

-Bueno, esta bien -dije sin mucha gana, y me acerqué insegura de cómo subirme. El soltó el manubrio y yo me senté sobre el caño del medio. El volvió a sujetarse, encerrándome entre sus brazos e inmediatamente empezó a pedalear. Me aferré al manubrio con fuerza ante el movimiento brusco. Bajó la bicicleta a la calle y pronto estábamos moviéndonos a gran velocidad. Martín pedaleaba sin esfuerzo como si yo no pesara nada y no pude evitar sentirme impresionada. A pesar de mi incomodidad el corazón me latía con fuerza. Nunca me habían llevado en bicicleta, era divertido. Apenas unos minutos después estábamos llegando a mi casa. Cuando solo faltaban unas cuadras, me volvieron los nervios.

-¿Me podes dejar en la esquina?

Tardó un segundo en responder y luego sonrió, una sonrisa torcida como si pudiera leerme la mente.

-Si, no hay problema.

Cuando se detuvo, me bajé de la bicicleta y me alejé unos pasos.

-Bueno. Gracias por traerme -dije y empecé a caminar hacia mi casa.

-¡Che!

A pesar de que quería escaparme me detuve en seco. Martín bajó la mirada mientras alzaba fugazmente la rueda delantera de la bicicleta.

-Nada… Hasta mañana, Ana.

-Chau.

Roja como un tomate, casi corrí hacia mi casa. Tal vez él había querido besarme o algo pero yo no quería. Entré a mi casa y tuve la desagradable sensación de que mis padres habían estado hablando de mi. Como hacía cada día, me refugie en mi habitación hasta que mi mamá me avisó que la merienda estaba en la mesa. Ninguno me dirigió la palabra, aunque por diferentes razones. Mi mama parecía avergonzada y mi papa, furioso.

Al día siguiente tuve gimnasia y aunque el tobillo casi no me dolía, mi desempeño fue horrible. Le pedí al cielo que la profesora de gimnasia ya hubiera entregado las notas finales a la directora. Cuando llegué a casa me duché e intenté hacer algo de tarea mientras mi mama preparaba el almuerzo. Durante la comida mastiqué cada bocado hasta deshacerlo y aun así se sentía como si me raspara la garganta. Corté la comida en trocitos diminutos y tomé mucha 7up para disimular. Estaba por irme a tomar el colectivo cuando mi papá rompió el silencio que mantenía desde el viernes.

-Hoy te paso a buscar -informó con voz grave.

-Bueno -respondí sin mirarlo y después de recoger mis cosas salí de la casa. Iba llegando a la esquina cuando casi me choco de frente con alguien. Era Martín.

-Hola Ana.

-Ho-hola.

Dios, no otra vez.

Quise rodearlo y seguir caminando pero me cortó el paso con su bicicleta.

-Vamos que te llevo.

-Es que… voy a ir en colectivo -le dije y era la verdad.

-¿Pero para que vas a gastar plata?

-Prefiero ir en colectivo -insistí.

-¿Por qué?

-Porque me gusta ir en colectivo -respondí molesta. Martín apretó el manubrio. Ya no sonreía.

-Es que vamos a llegar más rápido -insistió con voz tensa. Tragué saliva, buscando alguna respuesta que no lo ofendiera aún mas pero no encontré ninguna.

-Bueno, esta bien -susurré odiando mi debilidad. ¿Por que no podía decirle que me dejara en paz? Me subí al caño de la bicicleta y empezamos a andar. Esta vez no me pareció divertido. El viento que golpeaba en mi cara solo me hizo sentir escalofríos. Por suerte llegamos tan rápido al colegio que no había casi ninguno de mis compañeros. Me bajé de la bicicleta e intenté juntar el valor para pedirle que por favor no me fuera a buscar a la salida del colegio ese día, pero no me animé.

-Gracias por traerme -solté al fin y di un paso hacia la entrada del colegio.

-¡Pero todavía es temprano! -exclamó con una sonrisa y señaló la plaza -Vamos a sentarnos bajo un árbol.

-No puedo. Tengo… tengo que ir al baño.

Me giré y entré en el establecimiento, aliviada por una vez en la vida de cruzar esas puertas. Me refugié en el baño y eché la traba a pesar de estar segura de que Martín nunca entraría dentro del colegio.

Fue un día horrible, ya que me la pasé imaginando qué pasaría si Martín iba a buscarme a la salida y se encontraba con mi papá. Por más ridículo que fuera, incluso llegué a imaginarme una pelea de puños entre ellos. Pelea que siempre terminaba con Martín sangrando en el piso.

A la salida, apenas vi el coche de mi papá estacionado en la plaza, me dirigí hacia él. Solo una vez dentro del coche me animé a espiar la multitud. Por el rabillo del ojo llegué a ver a Martín en la esquina, con su bicicleta, casi escondiéndose detrás de una columna. Por suerte no parecía tener intención de acercarse y enfrentarse a mi papá. Cerré los ojos y suspiré de alivio. Me sobresalté al sentir una mano sobre mi cuello. Mi papa me rodeó la nuca con sus dedos y eso fue suficiente para borrar de mi mente todo pensamiento sobre Martín.

-Tenemos que hablar ¿no te parece? -preguntó con voz suave. El apretón fue demasiado firme como para ser cariñoso. Cuando me soltó, podía sentir la huella de sus dedos sobre mi piel como si siguieran apretándome. Clavé la mirada en la ventana mientras el pánico se iba acumulando en mi interior. Al parecer había estado reprimiendo lo preocupada que me sentía sobre esta conversación. Un zumbido me envolvía mientras ingresábamos en el hotel y yo me escondía detrás de él, a pesar de que el recepcionista estaba oculto detrás de un vidrio polarizado. Una vez dentro de la habitación, se sentó en el borde de la cama y yo hice lo mismo. Los segundos fueron pasando y cuando al fin hizo un movimiento yo di un respingo involuntario. El volvió a bajar la mano y se apretó el muslo.

-¿Hace cuanto tiempo tenes novio? -dijo por fin.

-No tengo novio. No es mi novio, de verdad.

El me miró con tanta intensidad que empecé a temblar por dentro pero le sostuve la mirada y repetí con voz firme: -No tengo novio.

Algo en su gesto se relajó un poco.

-¿Entonces donde estuviste el viernes? -preguntó.

-Estuve en la casa de una amiga… -respondí para hacer tiempo, pero su gesto me hizo agregar de inmediato: -y después… conocí a un chico.

Tardó unos segundos en hablar.

-Y te fuiste con él.

No era una pregunta. Baje la mirada al piso, sintiéndome culpable. Una vez mas se hizo el silencio y pensé que eso era peor a que estallara de una vez pero cuando habló, el tono triste de su voz me caló mas profundamente que cualquier golpe.

-No pensé que fueras así Ana… -murmuró sacudiendo la cabeza. -¿Tenes idea de la decepción que siento?

La vista se me nubló de lágrimas y un escalofrío me cubrió con piel de gallina. Quise encogerme de hombros pero lo único que logré hacer fue encogerme.

-Yo no quería. No se porque lo hice. No se… -sacudí la cabeza y apreté los parpados provocando que las lagrimas se derramaran por mis mejillas. El me observó en silencio, sin hacer ningún ademan de consolarme mientras yo intentaba contener los sollozos pero, mientras más lo intentaba, peor era. Entonces suspiró y apoyó su mano sobre mi nuca.

-Ana mirame. ¿Te forzó?

-¡No, no! -respondí sin pensar pero su gesto, momentáneamente preocupado, se endureció.

-¿Entonces por qué lo hiciste? -preguntó hundiendo sus dedos en mi cuello.

-N-no se.

-¿Fue por algo que yo hice?

-No, no.

-¿hay algo que yo no te haya dado?

-¡No!

-¿Entonces por qué?

-No se.

-Te prohíbo que digas “no se” una vez más -amenazó al tiempo que sacudía mi cabeza. El pánico me hizo un nudo en la garganta y me paralizó. Los segundos fueron pasando mientras lágrimas caían hasta gotear sobre mis manos. El volvió a suspirar y me soltó.

-No nos vamos a irnos hasta que me des una respuesta.

Respiré profundo una, dos, tres veces y empecé a hablar con voz temblorosa.

-No se p-porqué lo hice. De verdad. De verdad. -cerré los ojos con fuerza ante las imágenes de esa noche -No se, f-fue como si… como si se me apagara el cerebro. No entiendo. No entiendo como pude ser tan estúpida. ¡Estúpida, estúpida, estúpida! -repetí golpeándome la cabeza con la palma hasta dejarme doliendo. Entonces me cubrí la cara para ocultar mi vergüenza. Después de unos minutos mi papa agarró una de mis manos y la alejó de mi rostro.

-Esta bien, esta bien… -murmuró acariciando mi mano húmeda -Te creo. Pero no es suficiente, Ana.

-Perdón. Perdón…

-Lo que ocurrió el viernes no puede volver a ocurrir.

-¡No va a volver a ocurrir! Lo juro, lo juro -exclamé girándome hacia él. Lo miré a los ojos esperando que me creyera. El alzó su mano y me acunó el rostro mientras su pulgar me limpiaba las lágrimas.

-Lo se… Pero no es suficiente. Hay cosas que solo se aprenden de una manera.

Acomodó un mechón de pelo detrás de mi oreja y entonces dejó caer su mano.

-Perdón… -susurré una vez más, sin saber que más hacer para que me creyera. Suspiró y sonó cansado. Se miró el anillo de oro en su dedo anular y luego flexionó los nudillos.

-Levantate -ordenó haciendo un gesto con la mano. Así lo hice pero él no se puso de pie sino que separó las rodillas y me atrajo hacia él. Luego abrió el cierre de mi pantalón y me lo bajó con por las caderas. Mi mente se puso en blanco, lista para hacer lo que fuera necesario con tal que dejara de estar enojado conmigo, pero me sobresalté cuando me hizo caer boca abajo contra la cama, atrapando mis piernas entre las suyas. Bajó un poco más mi pantalón por mis muslos y luego descansó su palma sobre mi trasero.

-Quiero que me digas exactamente lo que pasó el viernes desde que saliste de casa.

Tragué saliva. Los segundos fueron pasando sin que supiera qué decir. De pronto su palma descargó con fuerza sobre mis nalgas.

-Empezá a hablar.

Aunque su voz no sonaba enojada, el chirlo dejó mi piel ardiendo y los nervios de punta. Cuando volvió a alzar la mano me apresuré a decir lo primero que me vino a la mente. Le conté como me subí al remis y el trayecto hasta la casa de Micaela. Cuando me trababa o no sabia qué decir, me daba chirlos hasta que el dolor me obligaba a seguir. Pronto dejé de pensar y simplemente verbalicé cualquier cosa que recordaba. Incluso le describí la habitación de Micaela y cómo me habían maquillado y planchado el pelo. Pensé que me diría que dejara de decir tonterías, pero parecía escucharme atentamente. Cuando llegué a la parte donde había conocido a Martín, mi voz empezó a entrecortarse.

-…nos sentamos en la rambla y nos pusimos a hablar. Después… después me invitó un helado.

-¿De qué hablaron? -interrumpió mi papá.

-De nada. De todo un poco.

-¿De qué? -insistió.

-N-no me acuerdo.

Entonces empezó a golpear mis nalgas una y otra vez sin parar a pesar de mis gemidos y de que me retorciera de dolor. Con la cara llena de lágrimas le dije lo que recordaba. Las preguntas que me había hecho Martín, y mis respuestas.

-¿Y después…? -preguntó con voz baja mientras acariciaba suavemente la piel que segundos antes había golpeado. Le conté como habíamos caminado a su casa y que, en un momento del camino, me había entrado miedo pero no me había animado a parar.

-No se porque… -susurré y se me escapó un sollozo porque pensé que iba a golpearme de nuevo pero no lo hizo. Respiré profundo y seguí describiendo lo que recordaba. Mi cara enrojeció de vergüenza cuando le tuve que decir que me había besado. Decir estas cosas en voz alta era como una tortura. Mientras más me costaba hablar, más detalles quería saber mi papá.

-¿Dónde..? -preguntó en un momento. Ruborizada de pies a cabeza, y con el trasero ardiendo de dolor, se lo dije. El metió la mano entre mis piernas y me pasó los dedos.

-¿Acá?

-S-si.

-¿Y después qué hizo?

-M-metió… adentro…

Separó mis labios íntimos y deslizó dos dedos dentro.

-¿Así?

-Si.

-¿Y qué sentiste?

La garganta se me hizo un nudo. Inmediatamente empezaron los golpes.

-¡Nada! No sentí nada.

Los golpes se detuvieron. Metió las manos entre mis piernas y volvió a penetrarme.

-¿Te mojaste?

Me tapé la cara con una mano pero inmediatamente me la agarró y dobló mi brazo sobre mi espalda. Temblando de vergüenza respondí todo lo que pude, pero había cosas era incapaz de responder por mas golpes que me diera.

“¿Que sentiste? ¿La tiene mas grande que yo? ¿Lo disfrutaste? ¿Por qué lo hiciste?”

Esta ultima pregunta la repitió una y otra vez mientras descargaba su palma sin descanso. Cuando se detuvo al fin, estaba tan entumecida a causa del llanto y el dolor que tardé en darme cuenta de lo que ocurría hasta que sentí como su pene golpeaba contra el fondo de mi vagina. Me aferró contra el colchón por los hombros y luego de retirarse, volvió a hundirse de golpe. Traté de aflojarme pero el dolor en mis nalgas me contraía a su alrededor, haciendo la penetración mas intensa. Nunca había sentido su pene tan duro ni tan grande. Fueron solo unos cuantos minutos furiosos y terminó, hundiéndose con todo su peso a la vez que expulsaba un chorro potente que parecía no acabar. Se quedó un rato dentro, aplastándome, hasta que se se retiró dejando mi vagina caliente y húmeda. Demasiado húmeda. Permanecí tumbada sobre el borde de la cama, con la cabeza dándome vueltas. Me di cuenta de que estaba a medio vestir, con el culo al aire, pero a pesar de la vergüenza no pude moverme. No se cuanto tiempo pasó cuando percibí que desataba mis cordones y me sacaba las zapatillas. Luego tiró de mi pantalón hasta quitármelo.

-Vamos… -dijo mientras me ayudaba a levantarme. Me tuve que sujetar de sus brazos para mantener el equilibrio. Terminó de desvestirme y lo seguí hacia el baño dando pasos pequeños, pero aún así un poco de semen se escurrió entre mis piernas. El agua de la ducha no estaba tan caliente pero cuando hizo contacto con la piel de mi trasero, sentí que me quemaba. Me apreté contra los azulejos.

-¡Me quema! -exclamé cuando mi papa tiró de mi brazo.

-No seas tonta -dijo con tono molesto, pero no me moví. Me envolví con los brazos y empecé a temblar. El suspiró y giró las canillas hasta que el vapor se redujo. Estiré la mano y note que el agua estaba casi tibia así que fui acercándome de a poco pero entonces volví a sentir la quemazón. Quise alejarme pero mi papá me atrapó con un brazo y me metió bajo la ducha.

-¡Basta Ana! No seas tonta, si esta fría el agua -masculló cuando me retorcí entre sus brazos pero pronto perdió la paciencia -¡BASTA! -gritó a la vez que me sacudía con fuerza. Dejé de luchar y me quede quieta, a pesar de que sentía que me estaban echando agua hirviendo en las piernas. Apenas podía respirar.

-Aguanta. Ya va a pasar -murmuró en mi oído, mientras apretaba mi cabeza contra su hombro. Me mantuvo así durante un largo rato hasta que mis nervios se cansaron de gritar y el dolor se disolvió en una luz blanca. Perdí la noción de todo a mi alrededor por un momento.

Mi papá me había soltado y ahora me estaba enjabonando todo el cuerpo. Cuando acabó me lavó el cabello con mucha suavidad como si fuera una niña a pesar de que no recordaba que lo hubiera hecho cuando realmente lo era. Cuando terminó de enjuagarme el pelo me dio la vuelta y me acunó el rostro. Su gesto era serio.

-Nunca mas me hagas pasar por lo que pasé el viernes. ¿Sabes lo preocupado que me tenias? ¿Tenes una remota idea?

Se me hizo un nudo en la garganta y un sentimiento de culpa me invadió. Me apretó contra su cuerpo y tuve el impulso de rodearlo con mis brazos pero no lo hice. Contra el vientre se me incrustaba su pene cada vez mas hinchado.

-Cualquier cosa que quieras, cualquier cosa que necesites, me lo pedís a mi. Solo a mi ¿entendido? Cualquier cosa. ¿Que querés? -dijo alejándose para mirarme a la cara. -¿Plata, ropa, que querés?

-Nada. No quiero nada -me apresuré a responder.

-Algo tenes que querer. Todos quieren algo.

Sacudí la cabeza en negación. Me miró con frustración y entonces sus ojos se oscurecieron. Me apretó contra la pared y metió una mano entre mis piernas. Desvié la mirada mientras frotaba mi vagina y masajeaba la zona del clítoris con el pulgar. Después de unos minutos, no pude evitar retorcerme a la vez que el calor se iba acumulando. De repente mi papá apretó su boca contra la mía e intentó meter le lengua entre mis labios. Di un respingo y me alejé instintivamente.

-¿Por que no dejas que te bese?

Sacudí la cabeza y giré el rostro cuando lo intentó de nuevo. El retiró la mano de mi vagina y me sujetó por la barbilla. Lo hizo de nuevo y no pude evitar arrugar el gesto y cerrar los labios y ojos con fuerza. Sus dedos se hundieron en mi brazo y supe que me saldrían moretones. Cuando me soltó, no tuve que mirarlo para saber que estaba furioso de nuevo.

-Date la vuelta -ordenó al tiempo que se agarraba el pene y comenzaba a masturbarse.

»¡Dale! -gritó ante mi vacilación. Me di la vuelta y un momento después empujaba sus dedos jabonosos dentro de mi ano. Apoyé las manos en la pared y contuve el aliento mientras metía y sacaba sus dedos con brusquedad. Agregó un dedo más pero cuando empujó los cuatro, me contraje de dolor. Me rodeó con el otro brazo impidiendo que me alejara y los empujó tan dentro como pudo. Me quedé inmóvil, gimiendo en silencio hasta que mis músculos se aflojaron al fin. Satisfecho, me soltó un momento para colocarse y abrirse paso con su pene.

Esta vez tardó más en acabar y para el final parecía frustrado. Me apretaba los pechos hasta hacerme gemir de dolor, y se movía más y más rápido, chocando contra mis nalgas adoloridas. De pronto me aplastó contra la pared y empujó hasta enterrarse completamente. Mi cuerpo protestaba ante la invasión tan profunda y mis pies apenas tocaban el piso mientras se derramaba caliente y palpitante en mi interior. Cuando al fin se deslizó fuera, mis rodillas cedieron y me hubiera caído al piso si no me hubiera sostenido.

Me quedé apoyada a la pared, recobrando el alientomientras él acababa de ducharse. Solo una vez que salió del baño me metí bajo la ducha y enjuagué un poco con las manos. Mis entrañas palpitaban con fuerzay las piernas me temblaban pero al mismo tiempo era como si faltara algo. Como si estuviera al borde de algo. Me llevé una mano a la entrepierna y al notar el clítoris hinchado y duro la retiré de prisa. Cerré la ducha y me envolví con un toallón. Antes de salir me senté en el inodoro y me contraje ante el ardor que me atravesó. Tomé aire profundamente un par de veces y me limpié sin mirar. Tenia que vestirme así regresábamos a casa donde podría descansar. Y si al día siguiente seguía sintiéndome mal, faltaría al colegio. Tiré la cadena y salí del baño intentando no renguear.

Mi papá ya estaba completamente vestido. Sin mirarlo a los ojos, caminé lo más rápido que pude y empecé a juntar mi ropa. No era fácil porque al agacharme la toalla presionaba contra mi trasero causándome dolor. Él se acercó con gesto impaciente y recogió lo que faltaba.

-Te los pones en casa… -comentó mientras se metía mi corpiño y bombacha en los bolsillos de su campera. Me hizo alzar los brazos para deslizarme la remera por la cabeza. Aspiré aire con fuerza cuando me subió el jean por los muslos. Se irguió y se quedó observándome unos segundos. Escuché como chasqueaba la lengua antes de rodearme la cara con las manos. Mantuve la mirada en el piso.

-Te perdono -murmuró al tiempo que me besaba la frente. Cerré los ojos y solté un suave suspiro de alivio.

***

Apreté los dientes cuando vi a Martín en la esquina, esperándome. No me detuve y seguí de largo, apenas moviendo la cabeza cuando me saludó. Inmediatamente giró la bicicleta y se puso a caminar a mi lado.

-Te vine a buscar ayer pero no estabas… -comentó con tono liviano.

Me encogí de hombros como respuesta. El día anterior me había tomado un día de “descanso” y ese día había salido media hora antes de lo habitual y rodeado la manzana por el lado contrario solo para esquivarlo. También había caminado varias cuadras de más para poder esconderme en la parada de ladrillos ya que las demás paradas de colectivo consistían en un palo puntiagudo pintando de blanco. Pero a la salida del colegio no había podido esquivarlo.

-¿Querés que te lleve? -preguntó al fin.

-No.

Seguimos caminando en silencio hasta llegar a un cruce de avenidas. Entonces Martín se aclaró la garganta.

-Bueno, hasta acá llego -dijo deteniéndose. -Te acompañaría hasta tu casa pero tengo que irme a un lugar… ¿Por qué no me das tu número teléfono? Así quedamos en contacto.

Estuve a punto de dárselo con tal de que se fuera pero sabía que luego me arrepentiría. Tomé aire y decidí aprovechar la oportunidad.

-Martín, yo en este momento no estoy interesada en tener novio ni nada -le solté.

Alzó las cejas y luego bajó la vista hacia sus zapatillas. Parecía avergonzado.

-Que yo sepa no te pregunté de ser mi novia -dijo cortante y se hizo un silencio muy incómodo.

»¿Que te pensás? ¿Que estoy re enganchado con vos o algo así? -siguió con tono molesto, aferrando el manubrio con fuerza -Solo te pregunté por tu teléfono, nada mas.

Me puse colorada de vergüenza, pero me mordí la lengua para reprimir el impulso de disculparme.

-No, es solo que… no quiero tener una relación.

-Yo tampoco -dijo alzándose de hombros.

Me apreté las manos con fuerza y permanecí en silencio. Los segundos fueron pasando.

-Bueno, no te molesto más -dijo al fin, al tiempo que bajaba la bicicleta a la calle. -Ya veo que al final si sos como las demás chicas.

Me pareció escuchar que mascullaba la palabra “puta” por lo bajo, antes de alejarse pedaleando furiosamente, pero no estaba segura. La palabra resonaba en mi cabeza desde que la había encontrado escrita junto a mi nombre en el baño del colegio. Era como un susurro constante en mi oído. Puta… puta… Me quedé mirando el piso unos segundos y a pesar de que sentí un escalofrío que llenó mis ojos de lágrimas, no pude evitar soltar un suspiro de alivio también. Por mas que Martín ahora me odiara y pensara lo peor de mi, prefería eso a tener que pasar por estos nervios todos los días. ¡Estaba harta! Solo quería que me dejaran en paz. Pateé un montón de hojas secas que estaban amontonadas bajo un árbol y seguí caminando, ahora sin apuro, hacia mi casa.

Más tarde ese día, después de merendar, me entraron ganas de ir al baño, cosa que no sucedía desde hacía más de un día. Aunque el día anterior me la había pasado acostada y no había comido casi nada, por lo que tenia sentido. Me sentía rara. Mi cuerpo me resultaba cada vez más extraño. Aun podía sentir a mi papá en mi interior, profundamente enterrado, tocando algo que ni yo podía tocar. Cada vez que me sentaba, lo podía sentir y me estremecía por dentro. Al bajarme el jean noté que tenía la bombacha húmeda, lo que me causó una profunda confusión. Me la tendría que cambiar… De repente me sacudí de dolor a causa de un tirón punzante en el ano. Con manos temblorosas me apresuré a limpiarme con papel higiénico y al verlo lo que encontré fue sangre. Mucha sangre.

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10 comentarios en “Ana 42 – Puta

  1. Por dios….. que intensidad de relato, cuanta ira de ese HDP, cuanto dolor de todo tipo de ella, cuanto rechazo a ese chico, lo imagino vívido.Mis felicitaciones, muy intenso esta vez.

    Metanlo a la carcel, malparidooo¡¡¡

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