Ana 39 – Confiar

No podía ser, no podía ser…

Si podía ser.

Un frío se instaló en mi pecho, erizando mi piel. Tenía que salir de ese lugar. Me puse de pie y salí corriendo fuera del ciber.

-¡Ana!

No paré. Seguí hacia la esquina, doble. ¿Donde ir? ¿Donde? A ningún lado. Divisé el coche y empecé a caminar hacia el. Cuando llegué me metí dentro. Necesitaba refugio, no quería que la gente me viera. Quería que me tragara la tierra.

-¡Ana!

La puerta a mi lado se abrió y mi papá asomó la cabeza dentro del auto.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué te fuiste así?

-¡¿Y a vos que te parece?! -le grité sin pensar. Mi cuerpo temblaba. El me miró sorprendido durante un segundo y entonces vi algo en sus ojos. Fue fugaz, pero lo vi. El sabía. Lo sabía. Giré el rostro hacia la ventana y apreté los puños.

-Vamos a algún lugar a hablar… -murmuró mientras se sentaba a mi lado.

-Quiero ir a casa.

-Ana…

-¡¡Quiero ir a casa!! -grité, sacudiéndome su mano. -¡¡No quiero ir a ningún lado nunca mas!!

Su gesto cambió entonces. Puso la mano en mi cuello otra vez y me apretó la nuca con fuerza.

-Bajá el tono. No te olvides a quien le estas hablando.

¿A quien le estoy hablando? ¡¿A quién?! quise gritarle, pero ya no podía. Toda la emoción se atragantó en mi garganta. Mi mente intentaba conectar los puntos, mostrarme algo que era demasiado horrible… demasiado evidente. Mi cara se ruborizo y los ojos se me llenaron de lágrimas. No podía pensar en eso ahora. No podía. Desvié la mirada y me quedé quieta, intentando no explotar. Intentando no romperme. Me concentré en no llorar con todas mis fuerzas. Tanto que apenas registré que mi papa había retirado la mano de mi nuca y ahora el auto se movía. Hacia dónde, no sabía. Solo podía pensar en respirar lentamente, una y otra vez. Una y otra vez. De pronto sentí unos dedos sobre mi cara y salté como si me hubieran quemado. No volvió a intentarlo. Faltaban pocas cuadras cuando me di cuenta de que íbamos a casa. Apenas paró el coche, abrí la puerta y corrí hacia la casa. Crucé el comedor y fui directo al baño. Cerré con llave y me apoyé contra la puerta.

Eran tan obvio ¡¿Como podía haber sido tan estúpida?! Era tan obvio… Me pregunté cómo habría conseguido mi mail pero había tantas maneras que no valía la pena. Siempre me olvidada borrar el historial en los cibers, le bastaba con haberse sentado en una computadora que yo hubiera usado antes. ¡Que estúpida! ¿Como no me di cuenta? Siempre estaba conectado cuando yo estaba conectada. Siempre insistía en hablar de mis padres…¡¿Cómo pudo haber una cosa así?! ¡¿Como pudo hablarme como si fuera un chico de mi edad?! No podía respirar de la bronca que sentía. Era 10 mil veces peor que cuando había encontrado mi diario tirado en el piso. Traté de recordar cada cosa que le había contado a Charly21. ¡Charly! Ni siquiera se había puesto un nombre diferente. Por eso nunca me creía… Por eso a veces parecía como si me leyera la mente.

Me senté en el piso, y me cubrí la cara con las manos. Le había dicho que iba mal en el colegio, le había dicho que odiaba a mis padres… ¿Que mas le había dicho? ¿Que mas le había revelado? Me cubrí la boca para no gritar. Todo lo que tenia eran mis sentimientos y mis pensamientos… eran míos, y él me los había robado. Me había engañado. ¿Como pudo hacer algo asi…? Agarré la toalla de manos y me la apreté contra la cara, para ahogar los sollozos. No era suficiente. La mordí con fuerza una y otra vez hasta que me dolían los dientes.

-¿Hija estas bien?

Tragué saliva varias veces antes de responderle a mi mamá.

-Estoy descompuesta.

-Ay hija… ¿Queres que te lleve al hospital? -preguntó desde el otro lado de la puerta.

-No.

-¿Que comiste hoy? ¿Comiste algo? ¿Queres que…?

-¡No quiero nada! -grité y la voz me sonó rara. Me tapé los oídos e intenté ahogar todo a mi alrededor hasta que mi mamá dejo de hablar. De pronto dejé de llorar y un impulso se apoderó de mi. Me puse de pie y busqué hasta encontrar la maquinita de afeitar de mi papá. Le desarmé el cabezal y quité las hojas. Inspiré una bocanada de aire y la apreté contra mi brazo lo mas fuerte que pude. Solo llegué a cortar unos 10 centímetros antes de que el dolor me despabilara. Pero fue suficiente. El corte se llenó de sangre y pronto ésta comenzó a derramarse por mi brazo. Miré las lineas que dibujaba la sangre, como hipnotizada, hasta que no pude sostenerme mas. Deje caer los brazos y cuando la sangre empezó a gotear el piso se me aflojaron las piernas. Me dejé caer. Un golpe de sudor cubrió mi frente y me entraron ganas de vomitar. ¿Que había hecho..? Agarré la toalla y la envolví alrededor de mi brazo a la vez que me recostaba contra la puerta. Fui vagamente consciente de lo que decía mi mamá. Le hablaba a mi papá. Decía que algo me pasaba.

-Se ha peleado con una amiga… -dijo mi papá en un momento. No escuché mucho más, de pronto me sentía cansada. Tenía sueño…

No se cuanto tiempo pasó, cuando el pitido en mis oídos empezó a disminuir, la casa parecía estar en silencio. El baño se veía extraño. Mas grande o más pequeño. Baje la mirada a mi brazo, sin saber qué esperar. Cuando quise retirar la toalla, noté que parte de esta se había pegado a la herida. Mi remera y mi pantalón estaban manchados de sangre. Con cuidado fui despegando la toalla y al hacerlo, la herida empezó a sangrar de nuevo.

-No, otra vez no. Por favor… -susurré sin dejar de despegarla, a pesar del dolor. Cuando acabé me sentía enferma de nuevo, pero tenía que levantarme, tenia que aprovechar para ir a mi habitación. Metí una toallita femenina en mi bolsillo y abrí la puerta con cuidado. No se veía nadie. Fui al comedor, tiré los restos de la maquinita de afeitar y agarré la botella de alcohol antes de entrar en mi pieza. Me eché un chorro en la herida y a pesar de que me lo merecía, no pude evitar sacudir el brazo a causa del dolor. Luego me pequé la toallita sobre el corte y me metí bajo las sabanas. Agotada, rememoré lo que había ocurrido y esta vez no sentí enojo. Sentí que se me rompía el corazón. Me sentía traicionada y antes de caer dormida después de llorar desconsoladamente, me prometí que nunca, nunca más volvería a confiar en nadie.

***

Al día siguiente me levanté a las 11 de la mañana, y fui capaz de vendarme el brazo, desayunar e ir al colegio. Tal vez no era tan increíble, pensé mientras miraba por la ventana del colectivo. Había ido al colegio en peores condiciones, y nadie se había dado cuenta. Lo había logrado, incluso cuando sentí que no podría. Ese día no fue la excepción. Por mas pálida o zombie que estuviera, nadie dijo nada y de alguna manera el día acabó. A la salida mi papá no estaba, asi que fui a la parada de colectivo pues no sentía fuerzas para caminar hasta casa. Durante la noche se había metido en mi habitación y había intentado hablar conmigo, pero permanecí en silencio hasta que desistió. No quería enfrentarlo. No quería verlo nunca más. Por primera vez en meses, volví a fantasear con huir…

Cuando llegué a casa, fui directo al baño y me cambié la venda. Traté de cortarla lo más fina y pequeña posible, pero seguía sin ser suficiente. Mi papá se daría cuenta… Cerré los ojos con fuerza y me recriminé mi estupidez, pero solo durante un momento. No servia de nada arrepentirse. En especial porque no podría haber actuado de otro modo. Recordaba lo que había sentido. Recordaba la sensación de estar al borde de un precipicio, la sensación de estar a punto de romperme en mi pedazos. Recordaba no poder respirar ni pensar. Lo recordaba porque ya lo había sentido antes. Era como un agujero negro…

Logré evitar a mi papá durante unos días, y me dio la impresión de que él también estaba incómodo. Pero finalmente fue a buscarme al colegio otra vez. Impotente, dudé solo un segundo y luego subí al coche. Condujo hacia el centro y para mi incredulidad, estacionó frente al ciber donde siempre íbamos.

-No quiero ir al ciber. No quiero ir nunca más -dije si mirarlo, cruzándome de brazos.

-¿Por que? -preguntó, y tuve que reprimir el impulso de mirarlo con los ojos abiertos de par en par.

¿Vas que iba a fingir que no lo se? ¿Vas a fingir que no sabes que lo se?

Al parecer si. Al parecer iba a fingir que nada había ocurrido.

-Por que no. Me aburrió -dije apretando los dientes.

El esperó un momento y luego arrancó el motor sin decir nada. Me llevó a jugar pool y a tomar café. Jugué como si fuera un robot, ignorando sus comentarios y sus chistes. Volvió a interrogarme sobre el colegio y sobre si me gustaba alguien, y no respondí nada. No solo porque estaba enojada, sino porque no podía. Nunca había podido hablarle, y ahora menos todavía. Me juré no revelarle nada más en mi vida. Para el final del partido ya no intentaba hacerme reir, sino que estaba visiblemente molesto y eso me tenía al borde de las lágrimas.

Cuando llegamos a casa toda mi bravura había desaparecido. Apenas cruzamos la puerta me agarró de la mano y me llevó a su habitación. Intenté zafarme una vez y en respuesta me apretó hasta hacerme doler. Gemí, pero no me soltó hasta llegar a la cama. Entonces agarró mi mano y le dio un besó para luego masajearla cariñosamente. Tragué saliva, confundida por lo que sentía. Me dejé abrazar y en seguida comenzó a tocarme y a desvestirme. Pronto mi cerebro se desconectó y me entregué a la costumbre. No se dio cuenta de nada hasta que todo había acabado.

-¿Que te pasó ahí? -preguntó juntando las cejas y yo me paralicé a pesar de haberlo esperado. Baje la mirada a mi brazo y note que la venda estaba manchada de sangre. Levanté la mirada con gesto culpable, sin saber qué decir. De pronto su gesto cambió, como si se hubiera dado cuenta de algo.

-Dejame ver.

-No es nada.

-¡Mostrame! -me agarró del brazo y arrancó la venda. Cerré los ojos y hundí la cabeza entre mis hombros. Se hizo el silencio durante varios segundos, su mano me apretaba la muñeca con fuerza.

-¿Qué te hici… qué te paso?

»¡¡Te hice un a pregunta!! -gritó ante mi silencio, sacudiendo mi brazo con brusquedad.

-Me caí -respondí sin pensar.

-¿Te caíste?

-S-si. En el patio. Me caí del paredón.

-¿Y que hacías subida al paredón? -inquirió con incredulidad.

-Es que… se cortó el agua y me caí del paredón.

-¿Que?

Cerré los ojos un momento. Era una buena historia así que volví a empezar.

-Se cortó el agua, entonces subí al techo pa-para destrabar el cosito del termotanque y cu-cuando quise bajar me caí del paredón y me lastimé con los vidrios…-

Mi papa me soltó el brazo de golpe y comenzó a vestirse. Cuando acabó salió de la habitación a grandes zancadas. Sin saber que hacer, me vestí yo también.

-¡¡Ana!!

La voz venía desde el fondo de la casa. Me apresuré a ir a su encuentro. Él estaba en el patio, mirando el paredón con las manos en las caderas.

-¿Por dónde subiste?

-Por ahí -dije señalando la montaña de chatarra del rincón. -Y me caí y me lastimé con esos vidrios -agregué en un susurró, señalando los pedazos de vidrios colocados en punta, que recorrían toda la parte de arriba del paredón. Un método inútil de seguridad, común en nuestro barrio.

Él se quedó en silencio contemplando el paredón pero note tenía la mirada perdida, como si no me escuchara realmente. Me sobresalté al oír el timbre de la entrada.

-¡Holaaa! ¿Hay alguien en casa? -decía mi mamá, mientras golpeaba la puerta para que le abrieran. Miré a in papá nerviosa.

-¿Todavía te sangra? -preguntó él, en voz baja.

-No, no -dije levantando el brazo automáticamente. Pero era verdad, había dejado de sangrar.

-¡Bueno, tapate eso! -masculló entonces, molesto -No preocupes a tu madre al pedo.

Apreté el brazo contra mi costado y me giré ansiosa por alejarme de su enojo pero su voz me congeló en el lugar.

-Ana -llamó con tono grave. Esperó a que me girara antes de hablar «Que sea la última vez» dijo, advirtiéndome con la mirada.

-Si.

Dudé un momento y luego corrí hacia el interior de la casa.

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Ana 38 – Edad

-Chicas, yo sufrí más amamantando que con el parto. Porque mis pezones estaban cerrados.

Jackeline me miró abriendo los ojos de par en par, pero a mi la palabra pezones no me impresionaba. O tal vez era que estaba demasiado distraída como para reaccionar.

-A veces pasa, chicas… -continuó la profesora de biología, ignorando los murmullos y las risitas -La leche no baja o tienen los pezones obstruidos. Entonces el bebé se desespera y si tiene dientes, las muerde.

El estómago se me encogió al escuchar esto. Parecía más una de las películas de Alien que una clase de educación sexual. Ya habíamos tenido una charla sobre el tema el año pasado, en noveno grado, de la cual solo recordaba cuando un compañero preguntó si un perro podía embarazar a un gato y qué pasaba si un hombre hacía pis dentro de una mujer. Esta charla fue aún más confusa.

-…así que cada tanto es recomendable que se den una ducha fría o que dejen que el aire frío les de sobre los pechos -seguía la profesora. ­-Por ejemplo, pueden abrir una ventana a la noche y pararse en frente. Obviamente fíjense de que no haya nadie mirando -aclaró riendo. Yo no me reí.

-Bueno ¿alguien tiene alguna pregunta? -dijo finalmente. Se hizo el silencio durante algunos segundos hasta que el timbre del recreo sonó, dando por terminada la clase. Me levanté de mi asiento con un esquivo sentimiento de enojo. Al mismo tiempo que nosotras, los varones salían ruidosamente del salón contiguo, riendo y pegándose codazos entre ellos. Al parecer la habían pasado mejor en su clase que nosotras.

¿Que rayos había sido eso? La profesora solo había hablado de parto, embarazo y amamantar. Es verdad que había 2 chicas en el salón de más edad que ya tenían hijos, ¿pero qué había del resto? ¡Ni siquiera habían hablado de píldoras anticonceptivas! Ni siquiera nos mostraron cómo se ponía un preservativo. Si no hubiera sido por un folleto que trajo mi mama del hospital un día, ni hubiera sabido que daban píldoras gratis en salitas y en el hospital.

¡¿Y por qué nos habían separado de los varones?! Solían ser ellos los que se animaban a hacer las preguntas. Por más tontas que fueran, era mejor que nada. ¡Como si yo no tuviera preguntas!. Tenía muchas preguntas… pero era incapaz de hacerlas. Al menos no frente a todo el salón.

Nos sentamos las tres en la escalera del escenario, Yamila, jackeline y yo, pero no pude concentrarme en lo que decía jackeline. Mi mente estaba hecha un lío de preocupaciones e imágenes de bebes mordisqueando pezones hasta hacerlos sangrar. Tuve que contenerme de no masajearme los pechos para quitarme la sensación.

Días después decidí preguntarle a mi mamá sobre una de mis preocupaciones. No quería hacerlo, pero después de todo ella era enfermera y sabía algunas cosas.

-¿Ma, por qué puede ser… que me arda cuando voy al baño?

-¿Te arde?

-Si, o sea, cuando hago pis -expliqué con tono casual, alzando los hombros.

-Ah, eso es que has tomado frío -comentó como si nada, mientras fregaba el fondo de una olla.

-¿Entonces no es nada grave? -insistí, sintiendo un ola de alivio. Desde hace días que estaba enfermándome de preocupación.

-No creo. Igual tendrías que ir al hospital y hacerte un análisis por si acaso.

-Pero, ¿no es que no es nada importante?

-¡Ay Ana, yo que se! Tal vez si, tal vez no. Mejor andá al hospital y que te lo diga alguien que sabe, un doctor.

Tragué saliva, todo el alivio había abandonado mi cuerpo y había sido remplazado por bronca. Siempre que me quejaba de la mas mínima molestia se hacía la que tenía todas las respuestas, casi obligándome a tomar tal o cual medicamento. ¡Y ahora decía que no sabía!

-Bueno, ¡gracias por nada! -Le grité antes de darle la vuelta y meterme en mi habitación dando un portazo. ¡Maldita sea! ¿Por qué no podía responder si o no? ¿Por que tenia que aliviarme para luego volver a preocuparme?

Me senté en el borde de la cama y me llevé las manos a la frente. Desde que me había pasado lo del jabón, cada vez que iba al baño me ardía. Sentía la vagina inflamada y a veces me picaba. Era incómodo y me causaba un poco de dolor cuando…

Presioné las manos contra mis ojos. Se ira dentro de un tiempo, me dije. Se irá como todas las demás molestias que había sufrido antes. Suspiré, resignada. Esperar y aguantar era todo lo que podía hacer.

Desde lo que había pasado hace unos días, mi papá se comportaba más atento conmigo. Me llevaba a jugar pool y a merendar café con medialunas e intentaba hablar conmigo otra vez lo que era molesto.

-Ya pronto es tu cumpleaños… -comentó un día mientras sorbía su café. Me encogí de hombros. No quería recordarlo.

-16 años… -me miró de manera extraña -¿Y qué te gustaría de regalo? -inquirió cambiando de tono.

-Nada.

-Vamos, algo tenes que querer -dijo con cansancio, desviando la mirada hacia la ventana.

Me encogí de hombros otra vez, buscando que decir. No se me ocurría nada. Por suerte no insistió más y después de salir del café fuimos un rato a un ciber.

Estaba por cumplirse la hora cuando Charly21 preguntó:

-¿Qué edad tenías vos?

-15.

-¿15? pensé que eras mas grande.

-Soy grande.

-Si, ya se. Bueno, y cuándo los cumplís?

-¿Qué te importa?

¡Dios, no quería pensar en mi cumpleaños! Sería horrible.

-Dale Lucy, decime.

-Solo si dejas de llamarme así.

-Hecho.

Suspiré.

-9 de noviembre.

-Ah, dentro de poco.

-Aja…

-¿No te gustan los cumpleaños?

-No. Ya te lo dije varias veces.

-Bueno, no te enojes. ¿Y por qué no?

-Porque no.

-¡Que chica difícil!

Bajé la ventana y lo ignoré mientras buscaba fotos de un actor que me gustaba. La voz de mi papá me sobresaltó.

-¿Te falta mucho? -preguntó desde su computadora.

-No, no. Ya cierro -le dije. Amplié la conversación. Tenía 10 mensajes.

“-Lucy, no me ignores que me pongo triste.

-No me abandones!!!

-Luuuucy, estoy llorando.

-Luuuuucy!!!!!”

Me reí. Que patético.

-Bueno adiós, me tengo que ir -escribí rápido.

-¡Ah, estas viva! Bueno, adiós Lucy. Y no olvides que te quiero por mas mala que seas conmigo.

-Bobo.

-Adiós ❤

Siempre estaba al borde de bloquear a este contacto pero por alguna razón no lo hacía. Tal vez por lastima, o porque insistía tanto. Siempre era él el que iniciaba la conversación pero parecía no darse cuenta de mi apatía. Era el único contacto que retomaba el hilo y siempre quería saber más de mi, pero su curiosidad, lejos de halagarme, me hacía sentir incómoda…

En el colegio la rutina seguía igual, mis notas bajaban lentamente, pero no lo suficiente como para reprobar ninguna materia. A excepción e física. Ya me estaba haciendo a la idea de que me llevaría Física a diciembre a pesar de que intentaba aferrarme a la esperanza de sacarme 10 en el ultimo trimestre, y así llegar al 7. Era una fantasía totalmente ridícula, pero cada vez se me hacía más fácil bloquear las cosas sobre las que no tenía ningún control.

Micaela y sus amigas intentaron un par de veces más averiguar quien era mi misterioso novio, pero desistieron después de que yo me negara a contestar a sus interrogatorios. Al cabo de una semana habían vuelto a ignorarme como antes. Empecé a pasar más tiempo con Yamila, inesperadamente. Incluso fuimos juntas al cine sin Jackeline. Es que las dos estábamos obsesionadas con el actor principal.

-¿Te queres sentar de este lado? -me peguntó Yamila cuando yo ya me había acomodado, con un paquete de pochoclos en la mano.

-No. Me gusta en el medio.

-Es que no escucho de este lado -dijo señalándose el oído.

-¿Que?

-No escucho del lado derecho.

La miré extrañada y me puse de pie para intercambiar asientos. Le quise preguntar porqué pero la película ya estaba comenzando. Después de la función me contó que cuando era chica se había caído de un árbol y se había golpeado la cabeza.

-Desde entonces no escucho de este oído -concluyó.

¡Vaya! Nos juntábamos hace meses y recién ahora me decía algo tan importante como que era sorda de un oído. Me pregunté cuantas veces habría estado yo hablando y ella asintiendo sin escuchar ni una palabra de lo que decía. Esto explicaba muchas cosas… Me sentí un poco molesta aunque sonreí al pensar en todo el parloteo que Jackeline había desperdiciado con ella.

Finalmente llegó el día de mi cumpleaños. Ese día falté al colegio y no le dije a nadie la razón. Deseé que Jackeline no se acordara de la fecha porque, a pesar de que yo le pedía una y otra vez que no dijera nada, siempre lo hacía. Y lo ultimo que quería era ir al colegio el lunes temiendo una malteada llena de harina y huevos en mi cabeza. Esa clase de cosas me daban ganas de no ir al colegio nunca más. Y de matar a Jackeline.

-¡Pensar que no quisiste cumpleaños de 15! -comentó mi tía Lourdes sacudiendo la cabeza -Te vas a arrepentir Ana. Cuando seas grande y veas que no tenes fotos, te vas a arrepentir.

Estábamos todos en el comedor de nuestra casa, mis tíos sentados en el sillón con un pedazo de torta en la mano. Mi mamá apoyada contra la mesada y mi papá en el escritorio frente al televisor. Yo cerca del pasillo, esperando una oportunidad para irme a mi habitación.

-¡Eso le dije yo! -exclamó mi mamá dramáticamente -Los 15 son un cumpleaños especial, no es lo mismo que los 14 o los 16.

-A los 15 es cuando la niñas se ponen lindas -agregó mi tío, guiñándome un ojo.

Me encogí de hombros y apreté los dientes. Es todo lo que fui capaz de hacer. Estaba siendo, hasta la fecha, el peor cumpleaños de mi vida. Pero pronto supe que podía empeorar. No era suficiente que hiciera 27 grados y yo estuviera con una polera negra que me cubría los brazos hasta las muñecas, no. Mi tía me tenía que regalar una bikini y no solo eso, sino que quiso que me la probara. Agradecida, no por el regalo sino por la oportunidad de fuga, me metí en mi habitación y cerré la puerta. Me puse el bikini lo más rápido posible, me miré fugazmente en el reflejo de la ventana, ya que no tenia espejo, luego me lo saqué y volví a vestirme.

-Me queda bien -susurré asomándome por la puerta.

-¡Ah, pero yo quería ver como te quedaba! -dijo mi tía levantándose y dejando la torta a un lado.

-¡Yo también! Ay, Ana, obvio que queríamos ver cómo te quedaba puesto -comentó mi mama girando los ojos hacia el techo como si yo fuera una retrasada. Las dos me acorralaron en mi habitación.

-Ya me lo probé, me queda bien -dije, rogando con la mirada que no insista.

-¡Pero dale, hija! ¿Qué te cuesta?

-Es que ya me lo probé.

-Pero nosotras no te vi-

-¡No quiero! -Estallé, sin poder contenerme. Mi mama y mi tía se quedaron en silencio, mirándome. Yo clavé la mirada en el piso, apretando los puños.

-Bueno… si no querés, no te vamos a obligar -comentó mi tía con tono liviano mientras se daba la vuelta, pero se la notaba ofendida.

-Es que es vergonzosa -se apresuró a decir mi mama arrugando la nariz.

Cerré la puerta tras ellas y me contuve de golpear el piso con el pie. Maldito día, maldito bikini, maldito todo. ¿Por qué no me podían dejar en paz como regalo de cumpleaños? Esperé unos minutos y cuando vi oportunidad, abrí la puerta y me fui hacia el patio. Me senté en el pasto, contra la pared, y cerré los ojos mientras contenía las ganas de llorar. El sol me estaba adormilando cuando alguien me tocó la mano. Abrí los ojos apenas, y arranqué un diente de león que había a mi lado.

-Gracias. Es el mejor regalo que he recibido- dije mientras lo hacía girar entre mis dedos. -La verdad es que no he recibido muchos regalos.

-Ana, no podes estar toda la semana diciendo que no querés que te regalen nada y después estar decepcionada si te hacen caso.

Sonreí -Tenes razón. Es mi culpa.

-Sos una chica difícil. No dejas que nadie se te acerque.

Una nube oscura atravesó el sol en ese momento y el aire refrescó de golpe, provocándome piel de gallina. Apoyé la pera sobre mis rodillas.

-No es mi culpa que no sepa cómo hacer amigos -murmuré, insegura. -No lo hago a propósito, pero no puedo evitarlo. No me gusta ser así, de verdad. Odio mi personalidad, pero no se… no se cómo cambiar -me limpié las lágrimas repentinas con el dorso de la mano, intentando tranquilizarme.

-Bueno, no te preocupes. Yo estoy acá.

-Si… -dije clavándome la uña en mi mano, deseando realmente tener un amigo con quien hablar. O simplemente estar en silencio.

Él me pasó un dedo por la mejilla y acercó el diente de león a mis labios.

-Pedí un deseo.

Cerré los ojos y soplé con fuerza deseando que ese fuera mi último cumpleaños.

-¿Ana?

Abrí los ojos de golpe. Mi papá estaba de pie en la puerta, mirándome con el ceño arrugado.

-Tus tíos se van… vení a despedirte. -murmuró.

Me puse de pie de un salto y me sacudí la tierra de los vaqueros. La vergüenza provocó que mi cara enrojeciera. ¿Había estado hablando en voz alta, o solo en mi mente? Mortificada, seguí a mi papá al interior de la casa.

-Ana, vení a visitarnos cuando quieras. Siempre sos bienvenida en nuestra casa -dijo mi tía, como siempre, mientras me besaba la mejilla. Parecía más preocupada que ofendida y esto me hizo sentir culpable. Mi tío se mostró mas distante.

-…y a ver cuándo nos presentas a tu novio, eh? -bromeó ya desde la puerta.

Mis padres salieron de la casa con ellos y se entretuvieron hablando fuera. Yo fui a mi habitación sabiendo que el día aún no había terminado. Tironeé el cuello de la polera, repentinamente acalorada. No podía esperar a que se fuera mi mama así podía ponerme una remera manga corta.

Un rato después ella entró en mi habitación, con las manos en la cintura y me preparé para escuchar una hora de reproches sobre mi comportamiento ese día, pero me sorprendí cuando mi papá intervino y le dijo que me dejara en paz, que ya había sido un día muy largo. Mi mamá quiso rezongar pero no se atrevió a contradecirlo. Se me hinchó el pecho con alivio y agradecimiento.

Al día siguiente, cuando mi mamá no estaba en casa, mi papá entro en mi habitación y se sentó en el borde de mi cama. Agarró un oso de peluche que yo había dejado ahi después de limpiar las repisas y luego de mirarlo con gesto molesto lo tiró a un lado. Me puse nerviosa ante su silencio.

-¿Y a mi no me vas a mostrar la bikini? -preguntó al fin, sonriendo.

Tardé un momento en reaccionar.

-Si, claro -susurré poniéndome de pie y abriendo uno de los cajones de mi cómoda. Le extendí la bolsa con la bikini. Echó un vistazo al interior de la bolsa y volvió a sonreír.

-Muy linda, pero quiero ver cómo te queda -explicó.

Me congelé con el brazo extendido durante unos segundos. Luego apreté la bolsa contra mi pecho. Di un paso atrás y miré hacia la puerta.

-¿Qué pasa?

-Nada. Voy al baño.

Hizo un chasquido con la lengua -No sea tonta -dijo acomodándose sobre la cama. Al ver que yo no me movía giró los ojos hacia el techo. -Ya, ahí está. No veo nada -se cubrió los ojos con una mano.

Tragué saliva y decidí que mi comportamiento era estúpido. Empecé a desvestirme lo más rápido posible. La remera me cubría mientras me ponía la parte de abajo pero para ponerme la parte de arriba no pude evitar darme la vuelta. Cuando volví a girarme, mi papá me observaba fijamente. Bajé la vista al piso, conteniendo las ganas de cubrirme con las manos. Era una bikini blanca, con un aro de madera entre los pechos, y dos aros mas, uno a cada lado de la cadera. Era una bikini muy linda pero nunca la usaría. No entendía la diferencia entre una bikini y la ropa interior.

-Date la vuelta -ordenó mi papá con voz ronca. Así lo hice.

-Soltate el pelo.

Me solté el pelo y deshice la trenza.

-Nada mal… -dijo al fin, después de unos segundos tensos y a pesar de todo me alivió que le gustara cómo me quedaba -Excepto por una cosa -me agarró de la mano y tiró de mí hasta sentarme en su rodilla. Puso la mano en la parte interna de mi muslo y me apretó antes de meter los dedos por debajo de la tela.

-Tendrías que empezar a depilarte -sugirió mientras me acariciaba suavemente el vello púbico. No pude evitar contraer las piernas de vergüenza. -El pelo queda feo en las mujeres. Preguntale a tu madre cómo se hace.

-Bueno -dije, poniéndome colorada. Yo me depilaba únicamente las piernas. Una vez había intentado pasarme la maquinita por mis partes íntimas y me había irritado tanto que nunca más lo volví a hacer. Pero ahora tendría que hacerlo.

-¿Todavía con eso? -preguntó de repente, mirando mi brazo.

-Si, ya casi se cura -dije a la vez que escondía el brazo en mi espalda. Puso gesto curioso durante un segundo pero no insistió.

-¿Te sentís mas grande? -inquirió entonces, con voz suave.

Me encogí de hombros. Su mano se movía suavemente, acariciando mi entrepierna con la punta de los dedos.

-¿Pensás en eso…? ¿En la edad?

-A veces. -murmuré.

-¿Te molesta mi edad?

Me acomodé sobre su pierna, nerviosa por el cambio de tema. El aprovechó para meter la mano mas abajo.

-N-no. No se…

-Los hombres siempre son mayores que las mujeres. Yo le llevo 8 años a tu madre, ¿sabias?

-Si.

-Y bueno… -murmuró sin dejar de acariciarme -Cuando ella tenía 10 años yo tenía casi 20. Cuando ella tenia 20, yo tenia 30. Es normal.

Ante mi silencio continuó -Y mi abuelo… -dijo con tono de confidencia -tu bisabuelo, tenía 40 años cuando se casó con Rosa, mi abuela india. Una indiecita de pelo largo hasta las rodillas. ¿Sabes que edad tenía ella?

Sacudí la cabeza.

-16 años.

Abrí los ojos de par en par.

-Si. Tuvo que pedirle permiso a los padres para casarse -confirmó mi papa mientras me peinaba el pelo hacia atrás -y fueron muy felices… -murmuró apoyando la pera contra mi hombro.

Clavé la vista en el piso, profundamente confusa. Se hizo el silencio durante algunos segundos, su mano sumergida entre mis piernas, sin moverse.

-Ademas vos me hacer sentir muy joven -exclamó de repente, abrazándome con fuerza -¿No me ves mas joven? ¿Eh..? Mira, se me han ido las arrugas. Ya no tengo canas en el pelo.

Me reí nerviosa y el intentó darme un beso en la boca pero lo esquivé.

-La edad no importa Ana. Importa lo que se siente. ¿O me vas a decir que no me querés?

-No, no -respondí sin pensar. Y fue un alivio que no me preguntara a qué me refería, porque no lo sabía. Me tenía inclinada hacia un lado, su cara sonriente muy cerca de la mía. Se me hizo un nudo en la garganta cuando su gesto se ensombreció. Su mano en mi entrepierna comenzó a moverse de nuevo, pero esta vez con decisión. Me contraje involuntariamente y desvié la mirada. Su cara estaba tan cerca que podía sentir como se iba calentando su aliento.

-Creo que es hora de que te de tu regalo de cumpleaños…

A continuación me recostó sobre la cama, de manera que mis piernas colgaban hasta tocar el piso y tiró de la parte de inferior de la bikini hasta quitármela. Me acarició la panza y volvió a tocarme la vagina mientras me observaba. Mi pulso se disparó cuando se arrodillo en el piso y me separó las piernas. Inspiré aire de golpe al sentir su lengua húmeda sobre mi sexo. Luego hice la cara a un lado y me aflojé lo más que pude. Hacía bastante tiempo que no me hacía esto, y pronto estuve tan abrumada que no era capaz de pensar. Solo trataba de no moverme. Por la ventana se veía una franja de cielo azul, despejado…

No se cuanto estuvo, mucho tiempo. Lo hacía tan despacio, pasando la punta de la lengua en círculos, y luego hacia arriba y hacia abajo. Entonces dejaba de moverse para luego empezar de nuevo. Las sensaciones empezaron a acumularse y cuando sentía que no aguantaba más, él me acariciaba y apretaba los muslos hasta que dejaba de retorcerme. Finalmente cerré los ojos, intentando aguantar lo más posible y cuando los abrí, me encontré con la mirada fija de alguien que nos observaba por la ventana. Quise decir algo, pero solo emití un gemido ahogado. El más mínimo movimiento me haría desbordar. No podía hacer nada, así que sólo miré hacia la ventana, sin pestañar. El rostro, a pesar de no tener ni ojos, ni nariz, ni boca, nos observaba con horror primero, y luego, con decepción. Finalmente me miró con asco. La vergüenza llenó mis ojos de lágrimas. Estiré la mano hacia él débilmente pero entonces la tensión entre mis piernas estalló. Deje caer la mano y estiré la cabeza hacia atrás, mientras espasmos me sacudían hasta dejarme totalmente agotada y vacía. Para cuando pude enfocar la vista en la ventana otra vez, él ya se había ido, y de alguna manera supe que nunca más volvería a verlo.

***

Unos días después

-Hola Ana, ¿cómo andas?

-Bien…

-¿Cómo la pasaste en tu cumpleaños?

-No quiero hablar de eso.

-¿Tan mal?

-Sin comentarios.

-Vaya… Bueno, feliz cumpleaños atrasado.

Suspiré.

-Gracias, Charly.

De pronto un escalofrío me recorrió el cuerpo entero, cubriéndome con piel de gallina. Volví a leer. No había error.

-¿Quien sos? -escribí con dedos temblorosos.

-¿Que?

-¿¿Quien sos??

-¿Cómo que quien soy? ¡Soy Charly!

(…)

-Ah, ¿es porque te llamé Ana?

(…)

-Es que tengo otro contacto que se llama Ana.

»Me confundí.

»¿Vos también te llamas Ana? ¡Que casua-

Cerré la sesión y me quedé inmóvil mirando la pantalla. Una sospecha se instaló en mi interior, estrujando mi estómago. De pronto no podía respirar. No podía ser. No podía ser…

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Ana 37 – Jabón

Eran las tres de la mañana. Me giré otra vez y me froté la venda con el pulgar. A veces me picaba. Volví a suspirar de frustración. Mañana tenia que ir a gimnasia. Necesitaba dormir, necesitaba dormir…

¡Basta! Hice las mantas a un lado de un manotazo y me baje de la cama descalza. Prendí el velador y abrí el cajón de mi mesita de luz. Desenrollé el papel donde tenía guardadas las hojitas de afeitar y agarré una. Sentada en el piso con la espalda contra mi cama, despegué la venda de mi brazo. Dudé un segundo al ver las 3 lineas finas, rojizas, ordenadas una al lado de la otra. Luego apoyé el filo y me abrí la piel suavemente. Contuve el aire mientras duró el dolor, provocando la sensación de diminutas agujas clavándose en todo mi cuerpo, hasta en mi cara. Luego lo solté despacio, dejando caer las manos a los lados y la cabeza hacia atrás. Lagrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas hasta mis orejas, pero mi mente estaba en blanco. No se cuanto tiempo pasó hasta que al fin alcé la cabeza. Parecía pesar el doble.

“No debería haberlo hecho” me recriminé contemplando brazo. Por mas diminutos, estos cortes tardaban mucho en sanar. Mucho más de lo que me hubiera esperado. Ni siquiera el primer corte había sanado. Mi papa había aceptado que me duchara con la venda y luego me la cambiara por otra seca cuando estaba sola ¿pero por cuánto tiempo podría sostener esa excusa?

Y ahora tenía 3 cortes más… Apreté los párpados, sintiéndome estúpida. Dejé que algunas lágrimas más brotaran de mis ojos mientras observaba la gota oscura que colgaba de mi brazo. Siempre era una gota. Una única gota.

Finalmente me arrastré hasta la mesa de luz, guardé las hojitas de afeitar y me volví a pegar la venda en el brazo. Trepé hasta la cama, ya que me sentía débil, y luego de cubrirme con las colchas, ya que se sentía frío, cerré los ojos y caí dormida casi al instante.

***

Agarré otro rulero de la mesa y se lo enrollé cuidadosamente en el pelo de mi mamá.

-Tendrías que ser peluquera -comentó ella. -Tenes buena mano.

Siempre me decía lo mismo cuando la ayudaba a teñirse o a hacerse la permanente. Mi mama había estudiado peluquera de chica y había trabajado de eso durante algún tiempo, pero nunca le había gustado por lo que lo dejó tan pronto como pudo. Tiempo después, cansada de que le quemaran el pelo y le hicieran desastres en las peluquerías, me enseñó a hacer la permanente. No me molestaba poner los ruleros, pero odiaba el olor de los químicos.

-No podría estar todo el día oliendo esta porquería -le respondí -me desmayo.

-¡Ay que delicada! ¿Sabes cuánta plata te haces? Nadie sabe hacer la permanente bien. Nadie.

Le terminé de poner los ruleros y fuimos las dos al baño para poner los químicos. Traté de respirar lo menos posible mientras le mojaba la parte de la cabeza a la que ella no llegaba y cuando no aguanté más, le di el frasco y salí del baño sofocada. Tomé aire varias veces hasta que la cabeza dejó de darme vueltas y luego fui a la cocina a lavarme las manos preguntándome si tanta tortura valía la pena. Era verdad que los rulos le quedaban bien a mi mamá, no podía imaginarla sin ellos, pero me parecía demasiado trabajo.

Se estaba arreglando porque dentro de unos días sería su cumpleaños. Ella y mi papá se irían de viaje por unos días a las termas. Era la primera vez en mucho tiempo que tendría toda la casa para mi sola, algo que esperaba con impaciencia.

¿Lo había notado mi papa? A veces miraba el piso con gesto ceñudo. Traté de ocultar mi ansiedad mejor mientras la fecha se acercaba. Él no parecía tan entusiasmado por las mini-vacaciones, pero no decía nada. Mi mama tenía suficiente entusiasmo por los dos.

-Ana, aprovechá que no estamos y limpiá la casa ¿Si? Dale. Lavá todos los pisos ¡Dale que vas a estar sola! Nadie te va a molestar. Bueno, ¿necesitas algo? ¿tenes plata para los mandados? ¡Ay hiji, no nos extrañes tanto jaja! Cerrá bien las puertas. Acordate de cerrar la del patio que siempre queda abierta. Bueno, chau hiji, no hagas pijama party mientras no estamos jajaja-

Esperé al lado de la puerta hasta que ya no pude escuchar el ruido del auto y cerré con llave. Luego largué un profundo suspiro de alivio. Me giré para contemplar el comedor. Tenia toda la casa para mi. Podía hacer lo que quisiera. ¿Que quería hacer? Observé el pasillo, las paredes, y luego no vi nada. Me quede quieta con los ojos cerrados, absorbiendo el silencio. Luego puse agua a calentar y me fui a mi pieza. No quería hacer tarea. Tampoco quería limpiar, aunque empecé a juntar ropa para meterla al lavarropas. Cuando volvía al comedor noté que la puerta de la pieza de mis padres estaba cerrada y sentí un escalofrío.

¿Quien había cerrado la puerta? Me acerqué y, a pesar de que era tonto, apoyé la oreja contra la puerta. Luego, con cuidado, abrí la puerta.

-¿Hola…? -susurré y tragué saliva. No se veía nada dentro. Estiré el brazo y encendí la luz. No había nadie, obviamente. Sacudí la cabeza, riendo de mi misma ¡Que estúpida! Sacudí los hombros para sacarme la tensión y entré en la habitación. Abrí las persianas de par en par y apagué la luz. Dudé en la puerta un momento y luego puse una zapatilla contra la puerta para mantenerla abierta.

Con el termo lleno de agua caliente y el mate, me fui al patio. Me senté en la escalerita de la puerta trasera y me quedé mirando el cielo, dejando que el aire fresco acariciara mi piel. Como tantas otras veces, me pregunté si yo era rara. Cosas simples, como estar sola mirando los pájaros, escuchando el viento… ¿Las demás personas hacían estas cosas también? En momentos así sentía que no necesitaba nada más… que esto era la felicidad.

Pero no duraba. Nunca duraba. Miré a mi alrededor y noté que apenas si podía distinguir las formas. ¿Hace cuanto estaba ahí? El mate entre mis manos estaba frio. Le eché un chorro de agua pero lo terminé escupiendo en el piso de lo helado que estaba. Estiré mi espalda y entré en la casa. Prendí la luz del comedor y bajé las persianas de la pieza de mis padres. Me apuré a encender la luz y observé la cama vacía somo si me sorprendiera que no había aparecido alguien o algo. Volví a dudar en la puerta, y decidí dejar la luz prendida. Acomodé la zapatilla contra la puerta antes de volver al comedor.

Mi mama había dejado comida como para 10 personas en la heladera. Los perros del barrio iban a ponerse contentos…

Sin saber qué hacer, me puse a ver televisión. Recorrí todos los canales dos veces. Asi era mi mente: un zapping frenético o una película dañada. Me costaba enforcar las cosas. Al final me detuve en una serie que veía mi mamá pero yo odiaba. Smallville. La encontré más entretenida de lo esperado.

Para cenar me comí una banana y seguí mirando TV hasta que se me cerraban los ojos. Entonces apagué el televisor y me arrastré hasta mi cama. No había hecho nada en todo el día por lo que no estaba cansada físicamente. Un ruido extraño me sobresaltó y a partir de entonces no pude dormirme. La venda me picaba. Cansada de dar vueltas me levanté. ¡Había dejado la puerta del fondo abierta de par en par! Tal vez se había metido un gato o algo. La cerré y revisé toda la casa. Me fijé debajo de las camas, y detrás de cada puerta. Abrí el ropero de mis padres y lo revisé fugazmente. Luego me quedé contemplando las prendas colgadas en sus perchas.

“Ojala no regresaran. Ojala no volvieran nunca…”

Me atravesó el deseo fugaz de que tuvieran un accidente en la ruta y me llevé las manos a la frente.

“No. Dios, no escuches eso. No me hagas caso”

Cerré el ropero, deje la luz prendida en toda la casa y volví a mi habitación. Había pasado unos minutos cuando volví a escuchar un ruido. Me froté la venda y grite sin voz ¡Basta! Pero no hubo caso. Me levanté y volví a revisar la casa. Esta vez me demoré en la habitación de mis padres. Era estúpido dormir en mi pieza si estaría toda la noche pensando que había alguien en la casa. ¡No podría dormir en toda la noche! Fui a mi habitación a buscar mis sabanas y me acosté en un rincón de la cama de mis padres, desde donde podía ver el comedor.

Si, así sería más seguro.

***

Dos días después

-Ah bueno ¡Todo tal cual lo dejamos! -fue lo primero que dijo mi mamá cuando llegó. -¿Qué te costaba limpiar…?

-Hola -murmuré.

-Ay bueno, hola -se acercó a darme un beso en la mejilla y luego fue a su habitación a dejar su bolso. No sabía qué hacer, quería irme a mi habitación, pero tenía que saludar a mi papá. No lograba enfocar la vista en su cara, los ojos se me iban hacia abajo.

-Hola -susurré con voz nerviosa, haciendo un gesto con la mano cuando mi papá se acercó a mi.

-Hola hija -me dio un beso en la mejilla y me acarició la cara. -¿Qué has hecho?

-Nada -respondí alzándome de hombros. Era la verdad. No había hecho absolutamente nada. Ni siquiera había ido al colegio.

Mi mamá regresó al comedor, quejándose de algo y mi papá se alejó de mi. Ahora que los había saludado podía ir a mi habitación. Esperé con la mochila en el brazo hasta que me pareció que mi papá no estaba cerca y crucé el comedor de prisa.

-¡Ana para! Creo que tu padre te quería llevar….

-¡Ya comí, llego tarde! -respondí automáticamente mientras salía de la casa. Casi corrí hasta la parada de colectivo y, alabado sean los dioses, lo agarré justito. Llegaría media hora antes al colegio pero no importaba. Me dejé caer en el asiento, suspirando de alivio.

Fue un día tranquilo que se me pasó volando. A la hora de la salida decidí que iría caminando hasta mi casa, pero me detuve en seco al ver a mi papá del otro lado de la calle. Como si me hubieran golpeado el pecho, me quedé sin aire. Desvié la mirada hacia la esquina para hacer tiempo sin saber qué hacer. No podía pensar, solo sentía pánico. Sin haberlo decidido comencé a caminar hacia la esquina, esquivando estudiantes. Aceleré el paso cuando escuché una voz que me llamaba. Doblé la esquina y quise correr pero no lo hice. Una voz me decía que no debía alejarme demasiado. Iba a mitad de cuadra cuando la voz de mi papa me llegó desde cerca.

-¡Ana..!

Me detuve nerviosa y me retorcí las manos. Hasta acá. Hasta acá podía llegar. Di un paso hacia atrás, otro hacia el costado y después de girar en circulo me apreté contra la pared cuando me agarraron del brazo.

-¿Qué haces? -masculló mi papá apretándome con fuerza. -¿A donde vas?

Agaché la cabeza y mantuve la mirada en el piso.

-¡Te hice una pregunta!

-No se… -dije alzándome de hombros, con voz temblorosa. Sacudí la cabeza y me puse colorada. Temblaba por dentro, ¿por qué sentía tanto pánico?

Después de unos segundos mi papá aflojó el agarré y suspiró. Me acomodó el pelo detrás de la oreja y agachó su cabeza para mirarme a los ojos. Me sentí muy sensible de repente y empecé a sollozar. Mi voz se apagó contra su hombro cuando me rodeó con sus brazos.

-Shhh, tranquila -murmuró frotándome la espalda. -Tranquila. Ana no llores… Acá no.

Se separó un poco de mí, y me empujo hacia un rincón. Su cuerpo me cubría de la vista de la gente que pasaba. Me frotó los hombros durante unos segundos y luego me acarició la mejilla.

-Esperá a que traiga el coche, no te muevas ¿de acuerdo?

Asentí dos veces y baje la vista al piso. El se demoró un segundo y luego se alejó. No levanté la vista hasta que escuché un bocinazo desde la esquina. Me subí en la parte de atrás del coche. Mi papá no dijo nada y viajamos en silencio. Los arboles pasaban de largo y me parecía familiar. Aunque no era raro. Ya había hecho este trayecto. Yo sabía a dónde estábamos yendo, aunque trataba de no pensar en eso…

Cuando estuve desnuda en la cama, mi papá tocando y besando mi cuerpo, me mantuve alerta a pesar mío. Miré a mi alrededor notando las paredes, los cuadros, los colores. Tenía la impresión de que no había estado despierta hace algún tiempo. Volví a tener la sensación de deja vu, como si me encontrara dentro de un recuerdo. Recordé de pronto el pasillo del primer hotel. El color de la alfombra. El olor… detalles que pensé había olvidado. Mi papa pasaba la lengua por mis pechos, los tironeaba y chupaba y algo reaccionaba en mi interior. Una voz que me decía que no. Que esto estaba mal. Que yo no quería esto… Me retorcí débilmente y apreté las sábanas entre mis dedos. Estaba ocurriendo otra vez. El mismo dilema. Y otra vez me estaba dejado llevar. Otra vez me estaba entregando. ¿Cómo podía cometer el mismo error dos veces? Su boca bajó hasta mi entrepierna y no se detuvo hasta que todos mis nervios estuvieron agotados.

Horas después conducíamos de regreso a casa. Sentía como si flotara. Cada parte de mi cuerpo había sido acariciada, besada y penetrada. Me sentía blanda y atontada. Solo quería dormir. Mi papá estiró el brazo y me apretó la nuca. Me dijo que me había extrañado y que yo lloraba porque lo había extrañado también. Tal vez tenía razón…

***

Pronto el tiempo retomó la rutina, monótona y olvidable. El colegio, estar en mi casa, ir al ciber, ir alguna vez a lo de Jackeline, estar a solas con mi papá… no notaba gran diferencia entre estos acontecimientos. Estaban empezando a perder significado. Podía estar con mi papá un momento y en el otro estar yendo al colegio, o en mi habitación intentando hacer la tarea, o sentada en la mesa teniendo un almuerzo familiar. A veces, después de que todo había ocurrido y acabado, de pronto recordaba o creía recordar lo que había ocurrido, y me entraba pánico al no saber si había ocurrido o no realmente. A veces temía estar volviéndome loca, pero la mayor parte del tiempo no me importaba.

Sin embargo, había momentos que traspasaban toda la neblina a mi alrededor y penetraban tan profundo en mi ser que nunca más podría olvidarlos.

Estábamos en una habitación, yo boca abajo y mi papá sobre mi, moviéndose dentro y fuera de mi cuerpo. Entonces retiró el miembro de mi vagina y me quiso penetrar por atrás. Yo me removí con pánico, porque no quería hacerlo así ese día. No me sentía bien. Ignorando mis protestas, me sujetó los brazos hacia atrás y empujó contra mi. Me apreté pero eso solo hizo que empujara con más fuerza.

-No quiero así -susurré, intentado darme la vuelta, pero me apretó la espalda contra la cama.

-No seas maricona. ¡Dejá de moverte! -ordenó dándome un chirlo.

-No quiero así… -volví a susurrar sin fuerzas, y me quedé quieta.

Él encajó su pene y empujó hasta meter la punta dentro. Se sentía mal, me sentía constipada. Protesté otra vez pero no me hizo caso, y con esfuerzo comenzó a sacar y meter su pene dentro de mí, llegando más adentro cada vez. Me aflojé en la cama esperando a que acabara pero entonces se detuvo, me soltó los brazos y se alejó. Un momento después regresaba a la habitación. Me pasó una toalla húmeda por entre las nalgas y la mortificación enrojeció todo mi cuerpo. Arrojó la toalla al baño y acto seguido metió su pene hasta el fondo de mi vagina.

Me dio tanto asco que toda la excitación abandonó mi cuerpo de golpe. El estómago se me revolvió y el acto sexual se convirtió en algo totalmente asqueroso. Permanecí tensa, sintiendo como el miembro que acababa de estar en mi ano, me penetraba una y otra vez, ensuciándome por dentro.

Cuando al fin acabó me sentía enferma. Esperé a que saliera del baño para ir a ducharme. Tenía ganas de vomitar. Corrí las cortinas de la pequeña ducha y después de abrir el agua lo mas fuerte y caliente posible, me arrodillé en el piso y me quedé un rato echa un bollito, mientras el agua golpeaba contra mi cabeza. Luego agarré la pastilla de jabón me la pase por entre las piernas y las nalgas. La froté hacia arriba y hacia abajo tratando de limpiar lo mas posible pero sentía que no era suficiente. Presioné la pastilla contra la entrada de mi vagina y sin querer ésta resbaló hacia dentro. Pensé que no era un gran problema, ya que me limpiaría por dentro, pero entonces me empezó a arder. En un segundo me ardía tanto que me quemaba. Me retorcí de dolor mientras, con la punta de mis dedos, trataba de sacar el jabón hacia afuera. Trate dos veces, pero el jabón se me zafaba de los dedos. Lo pude sacar al tercer intento, pero el ardor no se detuvo. Los ojos se me llenaron de lagrimas mientras me retorcía de dolor. Me moví en el piso para que el agua de la ducha me diera entre las piernas pero no me aliviaba.

Alguien abrió la cortina del baño de un manotazo.

-¿Tanto te duele? -preguntó mi papá con el ceño arrugado.

-Me arde. Me arde…

-¿Te arde…?

-¡Aauuuh! ¡Me arde, me arde! ¡El jabón! -exclamé meciéndome y llorando.

Él se arrodillo en el piso y después de mojarse la mano, me la restregó entre las piernas, sacando los restos de jabón.

-Me arde…

Cerró la canilla de agua caliente y me rodeó con un brazo, alejándome del agua fría que daba contra mis piernas. Luego metió sus dedos en mi interior, masajeándome hacia afuera. Repitió la operación varias veces y el ardor se fue lavando de a poco.

-¿Mejor?

-S-si… -dije suspirando de alivio. Ya no me quemaba al menos.

Siguió masajeando con el agua fría un par de veces más hasta que el ardor desapareció. Cerré los ojos un momento. Temblaba de frío y tenia el cuerpo engarrotado.

-Shhh… no llores. Ya pasó… vamos -murmuró mientras me ayudaba a ponerme de piel. Me rodeó con varias toallas y me alzó en brazos.

-Vo-voy a mojar la ca-cama -protesté cuando me llevó hasta la cama.

-¿Y qué importa? -fue su respuesta antes de depositarme sobre el colchón. Me cubrió con las sabanas y luego me abrazó por detrás. A pesar de eso no pude evitar que temblores sacudieran todo mi cuerpo. Sus brazos me rodearon con más fuerza, apretándome contra él, y dobló las sabanas para taparme mejor. Me sentí muy pequeña y vulnerable, como si no tuviera piel. El calor de su cuerpo se fue traspasando al mio, y sin darme cuenta me fui aflojando. Mi mejilla descansaba en su brazo y su espeso vello me rozaba los labios. Unas ultimas lagrimas rodaron por mi mejilla hasta perderse en las sabanas y entonces cerré los ojos agotada. Nunca me había sentido tan relajada… No tenía frío ni dolor ni pensamientos. De hecho no sentía mi cuerpo, solo sabía que no quería moverme, quería estar así para siempre.